Lc 16, 19-31
- Una obra en dos actos, de la que en el primero se presenta una escena en dos cuadros, separados por uno de esos vidrios utilizados en la llamada “Cámara de Gisel” para estudiar sicológicamente el comportamiento de los niños. Que en una cara parece un espejo; pero que en la otra puede verse a través. En la parte de adentro -la del espejo que sólo refleja a los protagonistas-, vemos a un hombre rico, elegantemente vestido, banqueteando espléndidamente con algunos invitados. En la parte de afuera, la del vidrio transparente, un mendigo, llagado, unos perros lamiéndole las heridas; el hambre fustiga al mendigo, quien mira del otro lado cómo los comensales se limpiaban la grasa de las manos con migas de pan, a guisa de servilleta que luego arrojaban al suelo, que quisiera devorarlas golosamente, pero nadie se las daba. Los comensales banquetean como si el mendigo no existiera, y esto les permitía tener buenas digestiones. Lucas menciona al mendigo por su nombre, Lázaro (también Eleazar, “ayudado por Dios”); mientras que al rico lo deja en el anonimato, al contrario de lo que sucede en nuestras realidades, donde los ricos tienen nombre y apellidos ilustres; mientras que los pobres, carentes de rostro (como decían los zapatistas. Para los “ladinos” todos los indios son iguales) no tienen tampoco nombre. Son simplemente los “juanes” y las “marías” de los ejércitos de la Revolución (“guachos” y soldaderas).
- El segundo acto se desarrolla en la ultratumba; también en una escena en dos cuadros: en el primero, Lázaro reposa en él mítico “Seno de Abraham”, en el segundo, el rico padece en el “lugar de castigo”, abrasado por las llamas. Lucas no menciona cómo hizo su fortuna el rico. Quizás presuponga -como posteriormente San Juan Crisóstomo- que detrás de toda gran fortuna hay siempre un delito, si no del propietario actual, rastreando dicha fortuna se llega al delito de los antepasados que la heredaron. Pero supongamos que la riqueza de los comensales de la parábola haya sido fue legítimamente adquirida, al parecer, el motivo del castigo no sería tanto la riqueza allegada, sino la insensible indiferencia hacia el mendigo ulcerado.
- Este cuadro evoca y coincide con la escena de la primera lectura: El pueblo de Israel está gozando una época de prosperidad y riqueza. El reino del Norte había derrotado a los sirios y ampliado su territorio; el del Sur había vencido a los pueblos comarcanos y no había peligros serios para la seguridad del pueblo. Israel atribuía esto al hecho de ser el “pueblo elegido” de Dios. Sin embargo, dicho bienestar era fruto del tremendo empobrecimiento de las mayorías. Amos, estando cerca del pueblo por ser “cuidador de higos y pastor de ovejas”, ve la realidad del otro lado del espejo, no visible para los privilegiados: una tragedia dramática, invisibilizada por la indiferencia de los ricos.
- La indiferencia es actualmente una actitud muy extendida. Al inicio de este año, el Papa Francisco tituló su mensaje que nos envió con motivo de la Jornada Mundial de la Paz: “¡Vence la Indiferencia con la Paz!”. En él dijo que la indiferencia constituye una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, según sus posibilidades, al bien común y la paz. La indiferencia ante la injusticia es una forma de complicidad. La indiferencia –al decir del Papa- comienza con la falta de interés por lo que sucede en el mundo, cuyo signo podría ser el no leer el periódico (fuera de los “deportes”), o tragarse acríticamente todo lo que los media nos “(des)informan”.
- Ante la situación por la que atraviesa nuestro país, no podemos permanecer indiferentes ante la suerte de las mayorías, la de aquellos que se desgastan, simplemente para sobrevivir, víctimas de la indiferencia de una mala política económica que les recorta el gasto social; pero que deja intocables los desmedidos salarios de altos funcionarios o que condona impuestos a los propietarios de las grandes fortunas. Tampoco podemos ser indiferentes ante las violaciones de los derechos de los migrantes y de los refugiados, de los familiares que sufren la desaparición forzada de los suyos, los de tantos homosexuales víctimas de discriminación laboral, social y hasta familiar…
- Dios no es indiferente: vio la opresión de su pueblo, bajó, se involucró en su liberación. El samaritano no fue indiferente de la víctima infeliz de los bandidos: se detuvo, bajó de su cabalgadura, actuó. La indiferencia, en cambio, fue la del sacerdote o de los levitas que pasaron de largo; fue la de Caín -“¿soy yo acaso guardián de mi hermano?”-. Por eso vienen bien aquellas palabras de Martin Luther King: “No me duelen los actos de la gente mala; me duele la indiferencia de la gente buena”
- Lo opuesto a la indiferencia es la compasión: “com-padecer” es “padecer-con-otro”; es una forma de empatía solidaria. Es sentir con los demás, tanto en el dolor como en el goce. Es la expresión de que formamos una misma humanidad, y que por lo mismo, nada de lo que suceda a un hermano me puede ser ajeno.
- Pero tanto la indiferencia como la compasión se pueden revertir: “Dichosos los solidarios, porque alcanzarán solidaridad”, dijo Jesús. Pero también es verdad lo contrario: los insolidarios no suelen merecer solidaridad, como recuerda Bertold Brecht en su cuento -en forma del diario inconcluso-, acerca de un indiferente en tiempos del nazismo, que no se preocupó cuando llegó la policía ni por los judíos, ni por los comunistas, ni por los sindicalistas, ni por los periodistas… Pero, por lo mismo, nadie se preocupó cuando llegaron por él.
- Una consecuencia de esto aparece en el segundo acto, en la ultratumba. Aunque descrita por San Lucas en lenguaje mítico-simbólico, revela una verdad teológica: al ser privados de corporalidad, quienes estén en el “más allá” no pueden cambiar la actitud que fueron forjando durante su situación mundana. Por tanto, los sufrimientos de los réprobos, más que castigos, son consecuencia de una libre elección de rechazo de Dios, único capaz de saciar plenamente las aspiraciones humanas. Abraham dice que hay “un abismo inmenso que nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”. Aquel vidrio unilateralmente transparente, en el más allá se convertirá en abismo infranqueable, pues aunque en el infierno no haya rejas, los réprobos no quieren salir de él y se obstinan en su rechazo al Dios de misericordia. Quienes, atrapados en sus propias actitudes egoístas, sólo se preocupan por sí mismos, sin interesarse de los sufrimientos ajenos, quedan totalmente bloqueados a todo lo que no sean ellos mismos, y por lo mismo, no harán caso “ni aunque resucite un muerto”. Por tanto, abramos nuestros ojos y nuestros oídos a las víctimas de la injusticia y la violencia, y no temamos de abrir nuestra boca para la denuncia, tal y como hizo Amós.