Lc 20, 27-38
- Todavía con ecos del “Día de Muertos”, la liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre la muerte y el “más allá”. Dicen que sólo el ser humano “muere”; que los animales simplemente “perecen”. La diferencia entre el “morir” y el perecer” radica en que sólo los humanos prevemos que un día vamos a morir. Para Heidegger, esta certeza es la fuente de la angustia. Nuestra cultura esconde la muerte y procura evitar que pensemos en ella (o en México, su exhibición satírica es otra forma de evadirla, simplemente tomándola a broma). Para no pensar en ella, según el filósofo mencionado, inventamos gran cantidad de distractores –el andar de aquí para allá, conociéndolo todo, chismeando, comprando, entreteniéndonos-, con tal de no enfrentarnos a nuestra propia muerte, y de este modo vivimos enajenados.
- En cambio, si la afrontamos y la tenemos presente, podemos salir de la enajenación y vivir el momento presente con mayor autenticidad. Es lo que ya San Ignacio de Loyola presentaba a su ejercitante: lo tendía en el piso, entre cuatro candelabros y su meditación le iba describiendo el terrible momento de la agonía. En ese “flash-back” de toda nuestra vida, que según dicen, pasa rápidamente en aquellos breves momentos. Ese recorrido se fija el momento que el ejercitante vive actualmente, y entonces, vista su vida desde su término (“sub specie mortis”) y más aún, desde la vida eterna, se crean condiciones para desenajenarse y vivir concientemente el presente.
- Los textos bíblicos para hoy nos hablan de la vida de ultratumba, en dos historias paralelas, de 7 hermanos cada una (7 es número simbólico que denota totalidad). En la del Evangelio, la creenica en el más allá, interpretada ingenuamente, enajena. En la primera lectura, en cambio, esta creencia alienta a mayor compromiso. Los interlocutores de Jesús en esta ocasión son los “saduceos”, facción de escribas griegos o “filohelénistas”, adinerados, de baja identidad judía, racionalistas y que -por lo mismo- no creían en la resurrección. Esta actitud, por otra parte normal ante un cadáver, se presenta como “la posibilidad de nuestra imposibilidad”; la muerte como el término fatal –cierto o probable- de la persona.
- Una forma de enajenación que, según algunos filósofos, puede producir la creencia en la vida eterna, provendría el anhelo profundo de Justicia que todos tenemos; pero que al mismo tiempo constatamos que no se satisface en nuestras sociedades, donde a los opresores suele irles bien. Entonces, el deseo de una vida ultramundana donde finalmente se haga justicia, y que si bien “sufrir me tocó a mí en esta vida” -“en este Valle de Lágrimas”-, en el otro mundo quizás me toque gozar. Por lo tanto, la creencia en el “más allá” enajenaría, al eludir el compromiso de luchar en el “aquí y ahora” por la justicia, y de este modo, la creencia en el ultramundo haría el juego a la impunidad en el “más acá”.
- Otra forma de enajenación e pensar que la muerte es “de mentiritas”, creyendo que seguiremos viviendo como aquí: La objeción que los saduceos presentaron a Jesús se basaba en la Ley del Levirato, vigente en culturas de fuerte estructura de clanes (israelitas, hunos, tibetanos, panyabíes, mongoles, etc.). Según esta ley, una mujer viuda que no ha tenido hijos se deberá casar, obligatoriamente, con uno de los hermanos del fallecido esposo, para continuar la descendencia familiar y asegurar la herencia de sus bienes. La ingenuidad de aquella impugnación (“en el más allá, ¿quién sería su esposo?”)se debía a la incapacidad que tenemos los humanos, dada nuestra corporalidad, de pensar otra vida humana sin materia, por lo que tendemos a imaginárnoslo a modo semejante a lo que sucede “en esta vida, (donde) hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios…”
- Ignoramos cómo podría ser una vida resucitada. “La resurrección de la carne” parece ser necesaria para conservar la conciencia de la individualidad, la cual depende de la materia. Pero al no tener necesidades materiales, los aparatos biológicos (respiratorio, alimenticio, reproductivo, circulatorio) y los sentidos (olfato, gusto, etc.) ya no serían necesarios. Quizás la única base corporal infaltable fuese el cerebro (¿en qué cuerpo? ¿en un planeta para cada cual?). La “fantateología” no tiene sentido ni importancia. Nos basta confiar en que nuestro Padre Dios nos ama y nos reserva lo mejor.
- En cambio, en la primera lectura vemos cómo la creencia en la resurrección puede, incluso, alentar hacia un compromiso más valiente y audaz en favor de la justicia y de la vida, tal y como fue el caso de aquellos otros siete hermanos macabeos, de la primera lectura, que ante las presiones del rey Antíoco para la apostasía, fue justamente esta creencia la que les dio valor para resistir, pues como respondió uno de ellos al tirano: “Asesino: tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes”… Y otro hermano: Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firma esperanza de que Dios nos resucitará.
- De esta forma, la creencia en la vida eterna puede impulsarnos hacia mayor compromiso por los ideales del “Reino de Dios”, pues nadie toma en cuenta a un cristiano cobarde y aferrado a las seguridades mundanas.
- Disfrutemos, pues, esta vida, regalo de nuestro Padre amoroso, que nos la concede sobre todo, para aprender a amar mejor a Él y a nuestros semejantes.