Lc 19, 1-10
- En todas las sociedades hay oficios mal vistos y despreciados, pues aunque no sean propiamente delitos, ocasionan molestias a la gente y se prestan a la extorción. Ejemplos entre nosotros podrían ser: policías y judiciales, sexoservidoras y sexoservidores, cobradores de deudas, encargados de embargar bienes de morosos, de hacer llamadas intimidantes de parte de los Bancos, burócratas de ventanilla… Ahora en México, ser político o funcionario se ha convertido en una profesión deshonrosa, a causa de que muchos de ellos, en lugar de ser servidores públicos, se sirven del puesto que la gente les confió para enriquecerse rápido, destruyendo, incluso, todo lo que obstruya su ambición.
- En tiempos de Jesús un oficio indecoroso eran los “publicanos”. Se trataba de judíos que se encargaban de cobrar tributo para los romanos. Siendo Roma un imperio de ocupación, estos funcionarios eran vistos como “colaboracionistas”, una manera de traidores. Por supuesto, había diferencias: estaban los publicanos principales, los que controlaban caminos principales, aduanas y puentes, y estaban también los publicanos subalternos –como Leví-Mateo-, que hacían los trabajos “sucios”. Los primeros compraban su cargo, pagando por adelantado. Se les exigía determinado monto y como no recibían un sueldo, se les permitía allegarse cierto porcentaje como comisión. Ya que a Herodes le interesaba quedar bien con el Cesar, ponía soldados a estos recaudadores para facilitarles sus tareas, de modo que abusaban, y como a algunos viajeros ya no los habrían de volver a ver jamás, les resultaba prácticamente imposible restituir lo así habían arrebatado. El Evangelio se refiere a uno de estos publicanos, Zaqueo, que probablemente controlaba el camino de Jerusalén a Jericó.
- Jesús llamó a colaborar en su proyecto del Reino a muchas clases de personas, incluso a algunos que realizaban trabajos denigrantes, como son los publicanos. Antes de llamarlos, esperaba algún signo de disponibilidad, que en el caso de Zaqueo fue su interés en verlo. Acaso esperaría que ese profeta, con fama de compasivo, pudiera comprender su profundo sentimiento de culpabilidad. Ya que Zaqueo era chaparrito, se subió a un árbol para poder verlo mejor, sin importarle el figurón que hiciera. Jesús, no sólo lo vio, sino que incluso, se autoinvitó a comer a su casa. Esto era mucho más de lo que Zaqueo hubiera esperado. Hospedar a tan insigne maestro, seguramente le daría la legitimidad que necesitaba, de modo que bajó presuroso.
- ¿Qué fue lo que sucedió en aquella comida? Es posible que el publicano se sintiera finalmente comprendido por alguien y de este modo, generara cierta disposición favorable para comprender a otros. Entonces Zaqueo necesitaba una corrección; pero Jesús no se la hizo directamente, sino que simplemente “abrió las ventanas”, es decir, posibilitó que Zaqueo, por primera vez, prestara atención a la gente, a esa misma que extorsionaba… y escuchó las murmuraciones (ásperas, como suelen ser las críticas de los pobres hacia sus explotadores). Pero esas críticas ni siquiera estaban dirigidas hacia él, sino al maestro compasivo, a quien aquel ya admiraba: “¡ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!”
- Cuando un perpetrador escucha, sin justificaciones, a su víctima, hay condiciones para que se genere un cambio radicar, que le conducirá a otra relación, más desinteresada, que le permite dejar esa soledad insoportable de todo egoísta victimario, y de este modo puede convertirse, de “aprovechado” en benefactor.
- Zaqueo experimentó un gozo nuevo derivado de esa posibilidad de conversión, y Jesús lo apoyó: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”, o como dice el libro de la Sabiduría, en la primera lectura de hoy: “Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos”. (…) “Por eso los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades…”
- Pero el perdón sólo es posible si hay arrepentimiento, y esto se demuestra con la satisfacción del agravio: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Hay personas que se enriquecieron gracias a la astucia en servicio de su ambición; pero que en los pocos casos en que se convierten, pueden poner esas habilidades en servicio de la colectividad. Jesús se alegra ante este cambio –“También él es hijo de Abraham”-. Lo reincorpora nuevamente a la convivencia con el pueblo. Al entregar la mitad de sus bienes a los pobres y al restituir por cuadruplicado, Zaqueo se empobreció y por su solidaridad en la justicia, pasó a formar parte del pueblo, que lo recibió con alegría y mereció la generosidad del perdón. En efecto, sólo hay cabida para una indulgente misericordia cuando el arrepentimiento no sustituye a la impunidad.