C-Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREENCIA

Jn 20, 19-31

  • La fe es una virtud difícil. Como otras virtudes, se halla entre dos defectos opuestos (así como la valentía, que se halla entre la cobardía y la temeridad, o la templanza, entre la anorexia y la gula). Por un lado tenemos la increencia, la de aquellos que niegan la existencia de Dios (o su variante “agnóstica”, que piensa que no se puede, ni demostrar, ni negar, la realidad divina). Por el otro lado, tenemos la credulidad, la de aquellos que se inclinan cualquier tipo de “maravillosismo” –apariciones, milagros, posesiones, magia-; que son propensos a lo sorprendente, a quienes lo sobrenatural les resulta patente, ya que continuamente interfiere en las realidades “naturales” y que se tragan acríticamente cualquiera de sus supuestas manifestaciones (va “volando” a ver la aparición de la Guadalupana en la mancha de una pared, la de Jesús en las nubes, o que atribuye a una intervención de un santo cualquier mejoría de sus padecimientos. Simplificando, podríamos decir que los incrédulos “no creen nada de nada”; mientras que los crédulos creen “cualquier cosa de cualquiera”.
  • A veces se confunde la fe con la credulidad (“la fe del carbonero”), encomiando la religiosidad acrítica e ingenua. Sin embargo, el creyente con fe madura, por un lado sabe que ésta no puede contradecir ninguna verdad realmente científica (no así las provenientes de la seudociencia); pero por otro, requiere que no haya repugnancia epistemológica en lo que se cree. Si no es posible aducir “pruebas” de las intervenciones divinas (pues ya no sería fe), sí pide al menos signos de verosimilitud.
  • La resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra fe cristiana, y por tanto, requerimos, con razón, algunos elementos en que la apoyen, a guisa de “criterios de credibilidad”. No se trata de un dogma abstracto, de formulación inasequible, sino de un hecho histórico (no cree que cierto enunciado dogmático sea verdad, sino que es acepta como verdadero lo que sucedió realmente). Por tanto, su aceptación únicamente es posible por la existencia de testimonios confiables.
  • Tales testigos no pueden ser otros que los más allegados a Jesús, lo cual nos presenta algunas dudas: ¿Quién dice que estando tan apegados a su maestro, los apóstoles no estuviesen propensos a “verlo” en alguna alucinación? ¿no estaríamos hablando de testigos “crédulos”?
  • Quizás por eso, los evangelistas presentan a los apóstoles un tanto escépticos. No le creyeron ni a María Magdalena cuando afirmara que lo vio y lo tocó, ni a los dos discípulos de Emaús. Incluso, cuando Jesús se les aparece mientras comían (pasando a través de la puerta cerrada), todavía seguían pensando que a lo mejor eran víctimas de alguna visión colectiva. Por eso les pidió de comer pescado.
  • No deja de llamar la atención la falta de reconocimiento de aquellos que habían estado tan cercanos de Él: María Magdalena lo confunde con el jardinero, los discípulos de Emaús caminaron con Él algunos kilómetros y lo tomaron por un caminante más; los apóstoles que estaban pescando, pensaron que Jesús era alguien que desde la orilla veía mejor la mancha del cardumen…
  • Tomás, cuando sus compañeros afirmaron haberlo visto, dijo que no creería hasta no meter su dedo en las llagas de las manos y su mano, en el costado. Estaba, al parecer, más cerca de la incredulidad que de la credulidad. Nosotros ahora le agradecemos sus dudas, pues nos garantizan mejor la veracidad de su testimonio.
  • El reconocimiento de Jesús se da mediante algún signo: que Jesús fuese más que una visión ante los apóstoles se confirma porque sólo dejó las vértebras espinosas del pescado; Magdalena lo reconoció por esa entonación única con que Jesús pronunciaba su nombre –“María”-; los discípulos de Emaús, en la repetición del ritual eucarístico; los apóstoles pescadores, por la pesca milagrosa… y ahora, Tomás, por su contacto con las llagas.
  • Tener fe en alguien es fiarse de él. Una actitud que tiene el riesgo de tomar una decisión sin certezas absolutas, sino confiados en la palabra de quien la tiene por ser “digno de crédito”. Los cristianos aceptamos la palabra –el Evangelio- de Aquel que es la Palabra; porque aceptamos el testimonio de quienes lo vieron –y tocaron- habiendo resucitado, “para que, creyendo, tengan vida en su nombre”. Como a Juan, escuchamos que nos dice: No temas. Yo soy el primero y el último. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos.
  • El mejor testimonio que dieron los apóstoles de la presencia del Espíritu de Jesús resucitado es su vida misma: ¿dónde están ahora aquellos discípulos temerosos que se escondieron desde el arresto de Jesús? Los vemos ahora, llenos de valor, reuniéndose públicamente, haciendo milagros y proclamando abiertamente su fe.
  • Si somos realmente “creyentes” (y no sólo “crédulos”), nos toca testimoniar nuestra fe de resucitados, desde nuestro bautismo, con actitudes que vencen la muerte: la alegría, la audacia, la esperanza y el amor compasivo.

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