Jn 21, 1-19
- Momentos de desilusión y frustración: No hacía mucho que la piedra, rodando, había cerrado el sepulcro. Parecía que todo había terminado. Las autoridades religiosas se ensañaron contra el Maestro, y los discípulos reconocen ahora lo demasiado poderoso que es el mal. No había ya nada qué hacer. Ahora vemos a siete de ellos -5 apóstoles y 2 discípulos-, juntos todavía; pero sumidos cada cual en sus propios recuerdos: en aquellos breves años todo había sido tan hermoso… Fueron contagiados por un gran sueño –ahora les parece un sueño imposible-; pero ya no queda sino despertar; volver atrás, por doloroso que sea.
- La vida humana está compuesta por ciclos sucesivos. Antes de comenzar uno nuevo, es preciso darle un cierre al anterior; ritualizar el término, darlo por consumado, saldar las deudas y aprender de errores. Pero esto, no es para quedarse en el vacío, sino para iniciar otro nuevo ciclo, que a lo mejor irá en continuidad con el ciclo anterior: No se trata de un final, sino de un recomienzo.
- Se cerraba un círculo. La mayoría se había dispersado, y los del grupo nuclear permanecen indecisos. La convivencia con el Maestro los aglutinó y ahora les cuesta trabajo separarse. Pero parece que no hay de otra. Simón toma la iniciativa: -“¡Voy a pescar!”-. Simón era pescador de vocación; pero aunque la pesca siempre fuera dura, eso de “pescar hombres y mujeres” sonaba bonito; pero ya no parecía realista. Había que volver a emplear las redes abandonadas. El grupo le reconoce a Pedro su liderazgo: si bien todos pensaban lo mismo, nadie se atrevía a ser el primero: –“¡Vamos contigo!”. Habían esperado a ver si algo sucedía; pero no pasaba nada. Ni siquiera la pesca resultaba -esa noche no mordió ningún pez y la red continuaba vacía, en sintonía con ese vacío de su espíritu-.
- En la bruma del amanecer, alguien les aconseja desde la playa tirar las redes a la derecha. A nadie extraña: desde la lejanía de la orilla, resulta más fácil a una persona notar la mancha del cardumen… pero de inmediato las redes se llenaron y casi no pueden subirla por la gran cantidad de peces –más tarde tendrían la curiosidad de contarlos, y eran 153-. De inmediato recordaron aquella otra pesca milagrosa que ahora se repetía… y fue entonces cuando reconocieron a Jesús. Juan fue el primero en reconocerlo y Pedro, impulsivo, se lanza al mar pues no puede esperar.
- Sabemos que Jesús resucitó, no creyendo un dogma abstracto, sino por tratarse de un hecho histórico, y como tal –como cualquier otro hecho histórico-, sólo es reconocido en su verdad por los testigos o fuentes testimoniales. Pero curiosamente, los testigos de aquella resurrección, las personas más allegadas, quienes más intimaron y siguieron de cerca… indefectiblemente, no lo reconocen a la primera: Magdalena lo confunde con el jardinero, los dos de Emaús, después de caminar con Él 12 kilómetros lo confunden con un viandante más… y ahora, estos discípulos pescadores lo toman simplemente por alguien –quizás un pescador- deseoso de ayudar. Pero finalmente, Jesús es reconocido, siempre por algún signo: el nombre “María”, pronunciado con aquella entonación peculiar que sólo Él daba, la fracción del pan, las llagas, la columna vertebral del pescado, y ahora… la pesca milagrosa.
- Es verdad que Jesús ya no estará más visible, como antaño. Ya no podrán volver a ver aquel rostro cargado de fuerza, ya no mirarán aquellos ojos que calaban hasta lo profundo del alma; ya no escucharán aquellas palabras llevas de sabiduría… pero ahora se dan cuenta que su espíritu sigue vivo y que de algún modo los acompaña. Se abría un nuevo ciclo. Tan sólo era necesario un líder que los convocara para continuar la obra del Maestro. Jesús aparecido, procede ahora a elegir quien deberá aglutinar el naciente grupo eclesial, “apacentando corderos y pastoreando ovejas”. El criterio que tuvo para elegir a quien habría de ser el primer “Papa”, no fue ni por ser el más inteligente o estudiado, ni por tener más relaciones públicas, ni el de mayor capacidad administrativa u organizacional, ni el de mejor “don de mando”…, sino el que mostraba mayor capacidad de amar (“¿me amas más que estos?”) y firmeza para afrontar adversidades (como Pedro y Juan siendo azotados).
- Y en la primera lectura, volvemos a ver a Pedro y a Juan; pero ya transformados. ¿Dónde estaban aquellos apóstoles dubitativos y acobardados? Allí están, valientes, proclamando a Jesús resucitado y denunciando su condena; predican en el Templo mismo, con gran unción y convencimiento.
- En este tiempo, el mundo atraviesa por peligrosa crisis de esperanza. Prestigiosos sueños utópicos que hace unas décadas parecían aguardar a la vuelta de la esquina, ahora se derrumban. No aparecen por ningún lado alternativas hacia dónde dirigir nuestra mirada. Los sueños se alejaron; quedan sólo los problemas, más peligrosos que los de antaño. El Planeta no aguanta el deterioro por la ambición de unos pocos y la violencia se impone. La ciudadanía pierde rápida y peligrosamente su confianza en todas las instituciones, especialmente en las encargadas de brindar seguridad. No brindan garantías ni las inmensas fortunas equivalentes a la mitad de la población mundial, ni los casi dos billones de dólares invertidos en armamentismo, ni la manipulación de los media, ni el hedonismo abierto por el consumo superfluo, ni mesías políticos que anuncian tener -ellos sí- las soluciones; pero que a nadie extrañaría que luego fuesen destapadas sus empresas offshore ocultas en “paraísos” perdidos (en lo oscurito, pues quien obra el mal se aparta de la luz). Ni siquiera las religiones que publicitan tranquilizantes o soluciones mágicas a las múltiples carencias cada vez más en aumento, y sus venerados ministros aparecen luego envueltos en escándalos. Todo esto ahora se va revelando como ilusorio y más bien provoca la hecatombe… El mundo parece derrumbarse irremediablemente, sin haber nada que lo sustituya.
- La Iglesia misma de Jesús, que se supone es la que custodiaría la Esperanza, después de casi dos milenios, perdió el poder político y económico de la antigua cristiandad. Hoy está siendo cribada por el desprestigio de algunos de sus hijos, pecadores como todos los demás. No pretende tener todas las respuestas a los difíciles interrogantes que plantea la cultura actual, ni es capaz de mantener esa organización que durante siglos le permitió subsistir y que ahora parece menos eficaz. Faltan vocaciones sacerdotales, los templos se han ido vaciando Pareciera que el ciclo de la Cristiandad estuviese acabándose, y se habla de sociedades “postcristianas”…
- Lo peor de todo es que cuando no hay cabida para la Esperanza, sólo queda lugar para el entredevoramiento, para el egoísmo feroz y para la indiferencia. Pero es justamente ahora, cuando el sucesor de Pedro -que sabe “amar más que estos”- nos invita a no sucumbir a la tentación de la resignación. Parece que va habiendo un “recomienzo”, un nuevo modelo de Iglesia “en salida”; minoritaria y conciente; sin esa “mundanidad” que más que protegerla, la encadenaba; con cristianos que testimonien con su vida “la alegría del evangelio”, y con pastores “con olor a oveja”. Ahora nos damos cuenta que el mal hace mucho ruido; pero es estéril. El bien, en cambio, es discreto, no es noticia; pero es fecundo. Los cristianos haríamos bien en visualizar aquellos pequeños signos que aquí, allá y acullá están surgiendo y que son capaces de mantener viva la esperanza “contra toda desesperanza”, de que algo nuevo está empezando. Baste ver en esta semana a una organización globalizada de periodistas de investigación, con vocación de preservar la verdad sobre cualquier simulación o distorsión “histórica”; una ciudadanía preocupada por elaborar su propia Constitución de una ciudad convertida es nuevo Estado autónomo; hombres y mujeres, padres de hijos desaparecidos, persiguen tercamente la justicia; investigadores profesionales empeñados en que salga a luz la verdad… Es preciso convertirnos en testigos de que el Espíritu de Cristo resucitado sigue actuante, y que algo nuevo está surgiendo, en la discreta humildad de servicio compasivo y misericordioso, en la fraternidad horizontal y solidaria de unos para con otros, y que aún ahora, es posible mantener una esperanza, que no sea ingenua.