Mc 10, 17-30
- Es escandalosa e incomprensible la desigualdad económica mundial: el 1% de la población posee el 99% de la riqueza mundial. La riqueza de 8 empresarios es igual a la de la mitad de la población mundial. Un puñado de superricos (unas 6,000 personas, entre financieros, militares, políticos, líderes de las comunicaciones, del deporte y del espectáculo, etc.) controlan el mundo y constituyen un gobierno mundial. Las riquezas acumuladas por unas cuantas megacorporaciones y sus instituciones financieras imponen sus decisiones a los Gobiernos, defendidas con sofisticado armamentismo y espionaje. Aquí, 10 mexicanos tienen tanta riqueza como la de la mitad de la población.
- El principio de la maximalización de la ganancia provoca efectos amenazantes: el agotamiento de los recursos naturales, la destrucción de medio ambiente y el empobrecimiento creciente de miles de millones de seres humanos. Es lo que el Papa denomina “la cultura del descarte” (se “descartan” como obsoletos millones de toneladas de productos diseñados para ser desechados, igual que se descartan centenares de millones de personas, que se quedan sin país donde sobre vivir y sin satisfacer sus necesidades más elementales). Esto, al mismo tiempo de indudables “avances” tecnológicos, jamás soñados; pero destinados a minorías hiperconsumistas gracias a una tecnología diseñada para prescindir del trabajo humano: grandes masas en calidad de “descarte”.
- Como el legendario Frankenstein que mató a su creador, toda esta maquinaria (que podría calificarse de “infernal”) cobra autonomía. Quienes se encuentran identificados con ella se convierten en servidores suyos, sin que nadie pueda hacer nada para desmontarla. El Capital mundial se ha convertido en un ídolo cruel, que exige el sacrificio humano por hambre o por las armas, y lo que es peor, exige el sacrificio de la propia conciencia.
- Este “rico” es incompatible con el Evangelio, que busca fraternidad y justicia. Entre Dios, Padre de Jesús y el sistema de ganancias actuales hay incompatibilidad radical. En tiempos de Jesús: Israel estaba abandonando su vocación inicial fraguada en el desierto, con sus estructuras fraternas (las tierras volvían a sus propietarios originales…). Con las Ciudades, deudas e impuestos despojaban a los campesinos de sus tierras. Un “rico” urbano era un saqueador. Como decían los Santos Padres, “en el origen de los grandes capitales hubo siempre rapiña”.
- Esto escandalizó a los apóstoles –“¿Entonces quién puede salvarse?”-. Los ricos eran visto como los justos, mientras que los pobres estaban hundidos en sentimiento de culpabilidad, considerados como “impuros”. También hoy, son la “gente decente”, con su peculiar “moral” centrada en “los 10 mandamientos”: no se roban ni una fruta del mercado. En cambio, los pobres son rateros, promiscuos, borrachos, flojos…
- El joven rico de hoy llevaba, ciertamente, una vida “moral”; tenía su concepción de lo bueno y lo malo según la moralidad vigente, lo convencional (los “mandamientos”). Jesús lo remite a otra perspectiva ética fundamentada, donde lo Absoluto sólo lo son Dios y el pobre, todo lo opuesto a los principios de la Economía de mercado y sus axiomas técnicos, sagrados e inmutables. Pero desde el Evangelio, los “negocios” deben juzgarse desde la dimensión ética, que no suele tomarse en cuenta.
- Estos “ricos” suelen justificarse con interpretaciones forzadas del Evangelio, donde camellos elásticos ambulan a través de agujas gigantes. Por eso, para Jesús es importante que sus seguidores se desprendan de la propiedad individual, que se desconecten de este sistema de mercado conducido por el criterio de la maximalización de la ganancia, que emprendan un difícil éxodo del sistema actual (incluso con ruptura de lasos de sangre), para trabajar, poco a poco, por un nuevo proyecto de economía solidaria en el que se vuelvan a recuperar “casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras”. Obviamente, esto no podrá darse, más que “con persecuciones”, pues los ricos se sentirán amenazados, ya que no los podrán explotar, y tratarán de deshacerse de ellos.
- Pero Jesús no se cierra totalmente a personas ricas: “Para Dios nada es imposible”. Hay ricos que formación, contactos, capacidades, han sido muy importantes en la construcción del Reino. Sólo queda, pues, o el proyecto de la maximalización de la ganancia que lleva a la muerte y al exterminio, o el proyecto de Dios que busca la fraternidad construida desde los desposeídos, y para lo cual, renunciar a intereses particulares lleva a recuperarse en una economía solidaria, enriquecida de lasos compasivos más profundos que los de la sangre. Quizás ahora, con la nueva coyuntura política, se posible colaborar todos para un México más justo y por tanto, más pacífico. ¿Somos cómplices inconcientes de este proyecto de muerte (por nuestra indiferencia, ambiciones, pasividades, falta de información, etc.) o intentamos entrar en el proyecto de Vida, que es el de Dios?