Un hecho inocultable, doloroso e insultante es la abismal distancia entre ricos y pobres: Se sabe que tan sólo 6 personas poseen una riqueza equivalente a la de 3,600 millones de personas; mientras que al mismo tiempo, hay 2,500 millones de personas bajo el umbral de la pobreza. Este hecho sociológico no puede dejar de interpelarnos como cristianos, y nos demanda una reflexión de fe. San Lucas es el evangelista que más se cuestionó esta realidad, que ya desde tiempos de Jesús existía. Es la diferencia evidente que Jeremías describe con metáforas botánicas: el cardo que sobrevive en la estepa y el junco plantado junto al río, símbolos diferenciales, respectivamente, entre quienes confían en sus propias fuerzas y en los recursos acaparados; y por otra parte, quienes ponen su confianza en el Señor.
El texto evangélico que hoy nos inspira es el llamado «sermón de la montaña» o «las 7 Bienaventuranas», en referencia a San Mateo. Para Lucas pone 4 buenaventuranzas y 4 malaventuranzas: la contraposición entre ricos y pobres, que además, están relacionados entre sí: los pobres son pobres PORQUE otros son ricos, y los ricos son ricos PORQUE otros son pobres. Esta diferencia de modos de vida lo es también por sentimientos y actitudes: En el presente: para los pobres, precariedad, llanto, exclusión y desprestigio (se les piensa borrachines, perezosos, descuidados, raterillos); mientras que para los ricos, su presente es de saciedad, y aparente alegría. Sin embargo, si miramos el futuro, vemos a los pobres saciados y alegres, y los ricos, con hambre y el vacío.
Para ser justos, tendríamos que complementar a San Lucas con San Mateo, para quién más que categorías sociológicas añade una adjetivación con categorías éticas: habla de pres «de espíritu», connotando personas sensibles, solidarias y compartidas, a pesar de sus riquezas; mientras que puede haber pobres «con espíritu de ricos», que actúan con la indiferencia a sus vecinos, que se dejan sobornar «hasta por un par de sandalias» una cubeta de huachicol; que denuncias a sus amigos y viven en el entre-devoramiento. Son quienes lloran con los que llora, quienes luchan por la justicia, a pesar de que con ello caen en el desprestigio; que tienden puentes para el diálogo que mitigue la violencia.
La Iglesia se debe a todos -buenos y malos; ricos y pobres-; pero, como Dios, hace «opción por los pobres», por los débiles, los vulnerables, las víctimas. Esto no es «opcional» para ningún cristiano; aunque haya algunos generosos que, además de eso, salga de su burbuja de confort para trasladarse a los lugares geográficos de pobreza. Si están con los ricos no es para proporcionarles aspirinas tranquilizadoras, sino para que, como Zaqueo, si han defraudado a alguien lo reparen con cuatro veces más, y donen la mitad de sus bienes para el combate contra la corrupción y la pobreza.