Toda convivencia humana es difícil. Consciente o inconscientemente, nos estamos causando molestias o nos agredemos. Ante un agresor más fuerte. reaccionamos de dos maneras: una es reaccionar con violencia,; pero «la violencia engendra más violencia, en espiral». La otra es sometimiento cobarde, la que también engendra mayor sometimiento (el agresor da otra vuelta al tornillo). Ante esto, Jesús nos propone otra actitud más madura: «Amen a sus enemigos». Cuando uno reacciona presentando su vulnerabilidad; pero no mostrando miedo y corrige con amor y firmeza, el perpetrador no sabe ya qué hacer. El evangelio pone dos ejemplos «si alguien te abofetea en una mejilla, preséntale la otra. Y Él mismo nos puso el ejemplo, cuando ya preso le responde a Caifás y un soldado le dio un bofetón. Jesús no reaccionó, ni con violencia, ni con sumisión: atacó la conciencia del soldado con un argumento valiente y sensato. Otro ejemplo es el de un prestamista, que pide algo en prenda. El hombre le deja el manto, y otros prestamistas por la noche se lo devuelve , para cubrirse del frío; pero si el acreedor no quiere devolvérselo, dice Jesús que le deje en prenda incluso la túnica (solían tener dos) y lo deja desconcertado. En la primera lectura vemos a David siendo perseguido por el rey Saúl. Una noche, David y su amigo entran sigilosos al campamento. Todos los soldados duermen. Llegan hasta donde está el rey, que tiene su lanza clavada en el suelo junto a él, la desclavan y se la llevan. Al día siguiente, desde lejos David le muestra la lanza al rey, y este, desconcertado, regresa a su casa.