Utopía 1. INTRODUCCIÓN

El tiempo es algo exclusivo del ser humano. No existe en el universo algo así como un gigantesco reloj cósmico que registrara lo que ha venido acaeciendo a partir de aquel “Big-Bang” primigenio1. El tiempo y el espacio, para Kant, son “imperativos categóricos”, es decir, que los humanos no podemos pensar sino desde estas categorías -los animales campean en la presente inmediatez de la naturaleza, y Dios existe en la eternidad del instante único,  

Por razones utilitarias, pronto se vio la conveniencia de calcular el tiempo. Distinguiéndose de dos tipos de tiempo, la duración y el devenir. El tiempo, como “duración” (“tiempo ecológico”) se midió comparando dos movimientos: desde que el cavernícola aprendió a calcular el movimiento del sol, para llegar a su cueva antes de que oscureciera, y no tener que guiarse por el olfato para encontrar a su hembra. Apenas hace unos 6,000 años, cuando se domesticaron los cereales, fue necesario conocer cuáles serían los mejores momentos para realizar las distintas actividades agrícolas. Los primeros astrónomos lograron prever solsticios y equinoccios (el ciclo de las estaciones); pero para que la población en general pudiera conocer y aprovechar este complicado cálculo, se valieron del ciclo ritual festivo. Contra lo que parecería lógico –primero establecer el calendario, y en éste, posteriormente, fijar las fiestas–, parece que, a los campesinos les resultó más fácil recordar un ciclo ritual, y sobre este ciclo, elaborar el calendario.  

El tiempo como “devenir” (“tiempo estructural”) sirve para constatar cómo envejecemos (el espejo o la fotografía), y de esta forma, distinguir las generaciones, pues las diversas culturas asignan a cada una de ellas ciertos deberes y ciertos derechos que les corresponden. Más tarde, cuando las colectividades sintieron la conveniencia de registrar los acontecimientos que, por su relevancia, tenían necesidad de recordar, se descubrió la utilidad de contar los años (a partir de la fundación de la ciudad “a Roma condita”, o el nacimiento de Cristo). Así se desarrolló una concepción de la temporalidad, sea como prospectiva hacia adelante, sea como retrospectiva hacia atrás (A.C., D.C.): el pasado, el presente y el futuro.  

Ha sido un imperativo de la humanidad el conocimiento del pasado, así como tratar de predecir una visión del futuro. De ahí que Gramsci afirmara la “identidad” entre historia (pasado) y política (presente), y esto, no por un vano afán de erudición, sino por y para los intereses del presente. Pero hay que tomar en cuenta que el conocimiento ha asumido modalidades diversas. La modernidad se caracteriza por su alarde de la racionalidad gnoseológica (objetivación de la “cosa”), cuyo prestigio más patente es la ciencia y la técnica. Sin embargo, la “posmodernidad” desveló los límites del conocimiento racional. Einstein consideraba a la imaginación como más importante que el conocimiento racional. El conocimiento propio de los pueblos originarios era combinar lo racional con lo emocional-imaginativo. Ahora hay algunos académicos que están reivindicando este modo de reflexión, al que llaman “sentipensar”. Nosotros nos moveremos dentro de lo imaginario, sea si queremos dar cuenta de las nostalgias colectivas del pasado, concretizadas en una “Edad de Oro” inicial, sea de los sueños colectivos del futuro, aspirando alcanzar una “Utopía” final. Los sueños son indispensables para toda sociedad. “Toda aventura humana importante, supone una forma de utopía”.2 Sin embargo, necesitamos también del pensamiento racional lógico, sin lo cual, no podremos alcanzar nuestros sueños. Se precisa de un equilibrio entre imaginación y razón; entre lo sacro y lo profano. Gracias al pensamiento científico, podemos ahora conocer mejor el pasado remoto y cómo será el futuro que pronto nos alcanzará, de no poner ahora remedios realistas. Por eso, en nuestro curso también recurriremos a la ciencia y a la filosofía. 

Históricamente, la principal inquietud humana se volvía hacia los orígenes, para explicar de dónde venimos y responder al interrogante sobre el origen de nuestra tendencia hacia el mal. De ahí que la imaginación se centrara en una supuesta “Edad de Oro” originaria (el “homo naturalis”), la cual se habría perdido por una traumática “caída” (“homo cadens”), que el cristianismo completaría con un esperanzador futuro (homo redentus”). No fue sino hasta la Alta Edad Media -en especial, en los inicios de los milenios I y II-, cuando la preocupación temporal prefirió interesarse, más por el futuro que por el pasado, imaginando aquel, sea como utópico, sea como distópico; milenarista o apocalíptico.  

El pensamiento utópico constituye nuestro “futuro deseable”. Sin embargo, ahora se habla de la “muerte de las utopías”. Habríamos llegado, según Fucuyama, al “fin de la historia”, y si nuestro mundo actual no es como lo habíamos soñado, al menos –dice el ideólogo del neoliberalismo- hemos alcanzado ya en “el mejor de los mundos posibles”. Ahora, pocos años después de aquella desafortunada declaración, vemos que muchos indicadores apuntan a que el “futuro probable” que nos espera, podría ser aún peor; que el verdadero “fin de la historia”, será “distópico”; pero que, no obstante, esto no significa un futuro fatal. Como cristianos, necesitamos de la esperanza, por más que esta no sea ilusoria, ni nos caerá del Cielo. Esto sería el “futuro posible”, pues como dicen los altermundistas, “otro mundo es posible”. La futurología científica coloca a la humanidad ante una tremenda disyuntiva: decidir entre estos “futuros”; y que a las próximas generaciones –quizás a los niños que ya están naciendo ahora— les tocará esta tremenda decisión. Por lo mismo, ahora es un momento para soñar. Los momentos de mayor riesgo, son los más propicios para imaginar nuevas alternativas y nuevas utopías. Igualmente, precisamos de un nuevo pensamiento científico-técnico que no se oriente a optimizar el bienestar de las minorías depredadoras, sino orientado hacia el mayor bienestar de las mayorías empobrecidas. 

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