La preocupación por lo sucedido “en el principio”, ha preocupado tanto a las religiones como en la ciencia. Parece una obviedad decir que nuestro interés por nuestros orígenes –saber de dónde venimos—es condición de posibilidad para saber quiénes somos los “sapiens sapiens” y más importante aún, saber qué podemos ser y qué queremos para nuestra especie y su entorno, de ahí por qué iniciar nuestro curso por las aportaciones la ciencia.
Hace apenas un par de décadas, que el desarrollo de las ciencias que se ocupan de esto ha tenido un auge espectacular, patrocinadas por varias universidades de prestigio mundial y generosamente financiadas por fundaciones expresamente para esto. La arqueología, la paleografía, la geología, la botánica, la climatología, etc., para conocer los testimonios más antiguos de los homininos1, nos remiten al Plioceno y Pleistoceno (entre 6 y 4 millones de años atrás) en el continente africano, uno de los lugares con mayor número de primates. Concretamente, en tres lugares concretos de África oriental son donde se encuentran tales reservorios. Me centro en una importante investigación realizada en la “Garganta de Olduvai” (Tanzania), donde se encontraron numerosos restos líticos, en la que pudieron conocerse restos el homo erectus, de hace millón y medio de años.2 Más en concreto, la investigación de Eudald Carbonell en el “Valle del Rif” que, supuestamente, sería la “Cuna de la Humanidad” 3.
La geología registra que hace dos o tres millones de años, cuando ya había varias especies de “homo” (homo australopitecus, homo habilis, homo ergaster, etc.), emergió una gran cordillera que partió la vasta región selvática de aquella región africana e impidió que la humedad pasara de occidente a la parte oriental, lo cual causó el retroceso de los bosques y la extensión de la sabana arbórea y arbustiva. Esto dificultó a los grandes antropoides encontrar suficiente alimento en los árboles y tuvieron necesidad de buscar otro tipo de comida en tierra, entre los grandes matorrales. Al principio, se incorporaban en sus dos miembros traseros, simplemente para orientarse, y poco a poco fueron adoptando la posición bípeda (homo erectus). Con ello, perdieron el músculo carnoso trasero de la nuca, permitiendo mayor crecimiento cerebral. Además, para la marcha, los miembros superiores no son necesarios, de modo que quedan libres para producir herramientas y la mayor amplitud toráxica adaptó sus órganos fonéticos para facilitar el lenguaje. Con las nuevas herramientas se facilitó la caza. Obviamente, tuvieron que pagar un precio por tales ventajas: en los cuadrúpedos, todas las vértebras descansan por igual en el vientre; pero en la posición erguida, las vértebras superiores descansan en las inferiores, lo que favorece la osteoporosis. Las hembras fueron las más perjudicadas por la adopción de la posición bípeda, pues el embarazo, hace más pesado el vientre y dificulta la carrera, vital para soportar las contingencias de los tiempos primitivos. La estrategia de la especie fue doble: por un lado, espaciar los partos (parece seguro que esto aconteció), y por otro, parir antes de tiempo. Con esto, el bebé humano es el más dependiente de entre los demás animales (cuando nacen un novillo, un gatito, un pato… al poco tiempo puede ya caminar o nadar), pues la madre tiene que amamantar y cuidar más tiempo a su bebé, un factor que inclinó al sedentarismo.
Actualmente, para comprobar la evolución del ser humana. ya no se habla del darwinista “eslabón perdido”, sino de una configuración arbórea, con convivencia de distintas formas de homininos primates, de géneros, especies, subespecies, cronoespecies, a veces con cruces y variaciones, por lo que resulta difíciles de clasificar4, y que tenían una masa encefálica de unos 600 cm3. Presento, a manera de muestra, algunos de estos fósiles (diapositiva).
Hace dos o tres millones de años, había ya varios homininos (homo australopitecus, homo habilis, homo ergaster, etc.), de posición erguida y mayor masa encefálica que llega a los 1,600 cm3. En aquel momento había variantes, ensayos, apariciones y desapariciones de especies. Hace nos 2.5 millones de años, a partir de un gran simio -el Australopithecus-, pasando por el “homo erectus”, se generarán ocho especies distintas de humanos, no simples razas (homo antecesor, homo rodesiensis, homo neanderthalensis, homo soloensis, homo denisova, homo florensis, homo ergaster…), hasta que hubo condiciones para la emergencia de nuestra especie, el homo sapiens sapiens”. Estas ocho especies de “sapiens”: ¿habrían convivido? ¿tendrían condiciones para copular y engendrar? ¿Cómo fue que el sapiens sobrevivió a sus hermanos “homo”? Hay discusión, entre los partidarios de la mezcla y los partidarios de la sustitución.5
Hace cerca de 6 Ma, entre las variantes de antropoides con posibilidades evolutivas, una especie hoy extinta de mono dio origen a dos ramas distintas del árbol de primates, el chimpancé y al hombre (y posiblemente, también al Bonobo, cuyo liderazgo lo tiene la hembra). El evento tuvo lugar en África, y allí permanecieron durante los siguientes 4 Ma. En la “chimpancé”, el liderazgo lo ejercía el Macho Alfa, con mayor fuerza y estatura, capaz de organizar la cacería y defender a la manada, quedándose siempre con la mejor porción de comida, y reservándose para sí a todas las hembras. En cambio, en la especie “bonobo”, el liderazgo recaía en la hembra, la cual, por la condición de su género, tendía a preocuparse por toda la manada, especialmente por los más débiles. Permítanme algo de fantasía (reconozco que no tengo bases científicas para sostenerlo): Quizás una simia abuela bonoba haya tenido dos hijas, una pudo copular con un chimpancé y la otra siguió la misma especie. A partir de entonces, al sapiens le dio por el desplazarse, hará entre 70,000 y 40,000 años, hasta llegar a México.