C-Pascua IV: MÁS ALLÁ DE LA METÁFORA

Jn 10, 27-30

  • Las metáforas son figuras retóricas bellas, pedagógicas y sugerentes. Relacionan, por un lado, un pensamiento abstracto y complejo, y por otro lado, con alguna imagen concreta cercana a la vida de los interlocutores. Por eso a Jesús les agradaban las parábolas, para acercar el Reino de Dios a sus experiencias cotidianas. Sin embargo, a veces las metáforas nos desvían o se prestan al equívoco, puesto que utilizan las analogías, es decir, dos cosas que se parecen entre sí; pero que a la vez, son diferentes. Esto es más claro cuando la metáfora se separa el contexto en que fue creada, del contexto cultural de quien la recibe: una misma imagen puede tener connotaciones diversas según tiempos y países.
  • Esto sucede con la alegoría del evangelio de hoy, el “Buen Pastor”. Todos habremos visto alguna estampita que presenta a Jesús llevando amorosamente sobre sus hombros a una ovejita lastimada. Cuando Jesús se presentó a sí mismo con esta imagen, probablemente pasaba por ahí algún muchacho con sus ovejitas, pues el pastoreo era en Israel la principal forma de producción ganadera, y seguramente sus oyentes conocían –y oraban- el salmo 33, “El Señor es mi Pastor”, que les despertaba sentimientos de confianza amorosa.
  • Pero a nosotros, a lo más, nos despierta reminiscencias bucólicas de un pasado idealizado que ya no existe más. Quien realmente conoce lo que es trabajar con ovejas, sabe que esas son animales que pesan más de 50 kgs, sucios y pestilentes, por lo que cargarlos sobre los hombros no es posible sin ensuciarse y quedarse con “olor a oveja” (como dijo el Papa Francisco). En el México urbano actual no vemos a “pastores” con rebaños, pues el pastoreo quizás siga existiendo sólo en algunas remotas localidades campesinas. Además, si Jesús es el “pastor”, consiguientemente nosotros seríamos sus “borregos”, y según la jerga política de México, la palabra connota personas o masas acríticas, que se dejan fácilmente manipular por cualquier líder demagógico y a nadie le gusta que lo llamen así.
  • Por lo tanto, hay que ir más allá de la metáfora para comprender lo que Jesús quiso decirnos a sus seguidores. Cada evangelista enfatiza ciertos elementos. Para San Juan, esas ovejas no son “borregos”, puesto que saben discernir entre la voz del pastor y las voces extrañas de “mercenarios” o salteadores (los que se saltan los cercados para abrir la puerta del corral y llamar a las ovejas). Después de su Resurrección, Jesús está presente a través de su Espíritu, y esto requiere de nosotros discernir entre voces de otros espíritus que puedan extraviar. Jesús-pastor, por su parte, mantiene, con cada uno de nosotros, una relación personalizada: no nos guía en “bola” (rebaño), sino que nos llama a cada cual por su propio nombre propio y en nuestra singularidad. Además, estas ovejas no le reportan ninguna utilidad al pastor (él no vive de ellas), sino que reciben de Él gratuitamente, nada menos que “vida eterna”, y además, disfrutan de su seguridad protectora, pues confían en que “nadie se las arrebatará” al pastor, pues es buen cuidador.
  • Y hay todavía más: en la lectura del Apocalipsis, este curioso pastor es a la vez cordero. Supera las dicotomías que a veces se dan en la Iglesia, entre “pastores” que guían (la “pastoral”) y la feligresía que debe obedecer; entre los que enseñan y quienes son enseñados; entre los que deciden y los que ejecutan.  Es un cordero “inmolado” -el famoso “chivo expiatorio” de los sacrificios levíticos-, a quien, sentado en su trono en el templo, día y noche recibe honores de un “rebaño”. Además, dice Jesús que “tiene ovejas que no son de este aprisco” (los discípulos hebreos), sino abierto a lo intercultural, “de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lengua”. En efecto, muy pronto -en Antioquía de Pisidia, a través de Pablo y Bernabé-, el “rebaño” salió del ámbito cultural de Israel para incorporar ovejas del helenismo. Ese es el Cordero-Pastor, quien habiendo lavado las túnicas de su rebaño cosmopolita y globalizado, lo conduce ahora hacia “las fuentes del agua de la vida” y enjuga sus ojos de toda lágrima.
  • La metáfora, decididamente, ha quedado muy atrás; pero fue buen punto de partida para una reflexión sobre nuestra realidad: la incertidumbre, la soledad y la inseguridad que caracterizan a nuestras ciudades. Vivimos tiempos de miedo: miedo a respirar (la contingencia ambiental), miedo a comer (los transgénicos), miedo a relaciones sexuales (el sida), miedo a salir de noche (la violencia), miedo a perder a la persona amada (la frecuencia de separaciones matrimoniales), miedo a ser espiado (hackers en celulares, tarjetas de crédito, internet)… No tenemos en el horizonte líderes confiables: hay demasiada ambición, corrupción y manipulación, por lo que anidamos sentimientos generalizados de desconfianza en propuestas e instituciones y no hay ya ideales o utopías plausibles. Hoy, más que en tiempos de Jesús, viene bien recordar que no estamos solos; que hay un Dios que nos cuida y que nos está conduciendo, no al azar, sino hacia destinos ciertos, adonde encontraremos “verdes prados” y “fuentes tranquilas”, superando la sensación de desamparo, confusión y orfandad generalizados. Nos alienta saber que Jesús resucitado sigue vivo y es el guía en quien confía un “rebaño” cosmopolita, no sólo de toda lengua, raza y nación, sino incluso, de toda religión o de increencia; pero que tiene ansia de los valores propuestos por este pastor.

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