La identidad es algo que nos configura a nosotros mismos y que nos distingue de los demás. Uno forma su propia identidad en referencia a las “alteridades” (“yo no soy como…. los otros”). Igual sucede con las identidades colectivas, se construyen seleccionando algunos rasgos característicos del grupo, en contraposición a cómo otras colectividades presentan los mismos rasgos. Por tanto, una persona o un grupo puede tener diversas identidades, de acuerdo al rasgo que sirve de criterio de comparación, y dichos rasgos pueden cambiar con los tiempos o lugares. Así, por ejemplo, tenemos:
Identidad de género, expresada en serían signos que reforzaban la diferenciación sexual: color (azul/rosa), prenda de vestir (falda/pantalón), trabajos (cocineras, azafatas, enfermeras /chefs, médicos), emociones (“los machos no lloran”. El varón no debe manifestar ternura; la sumisión de la buena esposa), etc.
Identidad nacional.- Arbitrariamente se eligen ciertas costumbres o productos de una región como características de todo un país, como el chile, la Guadalupana. A veces son rasgos de una región, como el folklore de Jalisco para todo México (mariachi, tequila), (ahora ya es la música norteña y los burritos).
Identidad generacional.- tipo de música, tatuajes, corte de pelo, redes sociales
La identidad confesional, como en las anteriores, selecciona algunos rasgos: dieta (los budistas son vegetarianos, los judíos no comen la carne de cerdo, los musulmanes no toman alcohol, los mormones, café, etc.), vestuario o apariencia (el velo -“burka” o “chador”, “nakaba”- de las mujeres musulmanas; la barba larga de los varones judíos; la túnica roja o cabeza rapada de los budistas…), posición orante (flor de loto budista, postración cabeza en suelo islámica, de rodillas cristiana, de pie judía, etc), conducta (la proclividad islámica a la guerra “santa” –yihad-, la racionalidad económica del judaísmo, el pacifismo y meditación budistas, etc.),.
Las primeras comunidades cristianas tuvieron ciertos problemas con su identidad confesional. Al principio compartieron varios rasgos con la religión judía (circuncisión, reposo del sábado, prohibición de comer cerdo); pero poco después de que se dieron las primeras conversiones de griegos, a quienes repugnaban algunos de dichos rasgos no esenciales a la nueva fe, para construir una identidad propia buscaron algún símbolo (la “señal” de la cruz). Legión tebea
Para Jesús esto estaba claro: “en eso los conocerán los demás que son mis discípulos”,en la forma de relacionarse basada en el amor. Él quería que los cristianos nos identificáramos por el modo amoroso de comportarnos en nuestras comunidades. No sólo el amor de una buena convivencia (comunidades cálidas) sino, incluso, llegando al grado heroico con que Jesús nos amó: hasta entregar la vida por nosotros (“como yo los he amado”).
Este rasgo distintivo podría ser impactante en los tiempos actuales, cuando se habla y se canta mucho sobre el amor, acaso porque nos falta en un mundo egocéntrico. A veces se confunde con un sentimiento (el amor romántico) o con la codependencia. En realidad, el amor tiene más que ver con una decisión opcional (“contigo hasta la muerte”), con la actitud de aceptación por encima de divergencias o defectos, con la capacidad madura ante la separatividad existencial a partir del parto.
¿Es realmente esta nuestra identidad confesional actual? Muchas veces las comunidades cristianas son terrenos de luchas internas y de politiquerías. Existen actitudes egoístas, ambiciosas o hedonistas de cristianos que causan escándalo y que provocan rechazos, justamente, porque en la Iglesia, muchos creyentes no nos amamos como debiéramos. Esto no quiere decir que no existan conflictos en la Iglesia, sino la manera cómo los manejamos y solucionamos. Ante esta falta, construimos nuestra identidad confesional en algún signo externo (la cruz, el rosario), lo que se presta al escándalo (alguien que lleva un rosario en su coche y conduce imprudentemente o insulta a otros automovilistas).
Los cristianos deberíamos caracterizarnos por ser especialistas en el amor. Dondequiera que haya convivencia humana se darán los conflictos -estos son inevitables-; pero sí tendríamos que mostrar cómo dichos conflictos son posibles de manejar de modo que lo “cordial” no se pierda.
Las comunidades cristianas están llamadas a ser difusoras de amor en el despiadado mundo actual, teniendo especial cuidado de los más vulnerables. En la medida en que nuestra conducta eclesial vaya siendo congruente con lo que nos debiera identificar, desencadenaremos una gran fuerza de atracción, pues es justamente la compasión misericordiosa lo que el mundo necesita. Así iremos construyendo el “cielo nuevo y la tierra nueva” de los que habla el Apocalipsis, y veremos descender del Cielo la Nueva Jerusalén, engalanada como una novia, es decir, otro mundo posible, en el que “las lágrimas sean enjugadas y no haya penas ni llantos”. Tal polo de atracción reproduciría al que se dio al inicio, cuando Pablo y Bernabé lograron interesar y “abrir a los paganos las puertas de la fe.”