No es sencillo formarse una idea acerca de Dios, y mucho menos, una imagen suya. Pero curiosamente, nuestra actitud ante la vida depende mucho de la imagen que tengamos de Dios. Incluso un ateo tiene su propia imagen del Dios y esa imagen es justamente la que niega. Un principio de la teodicea es atribuir a Dios las cualidades más excelsas que percibimos en las creaturas; pero en grado superlativo –cualquier creatura no puede menos de llevar impresa la firma de su Creador–. Ahora bien, ¿para caracterizar a Dios, ¿qué es más perfecto, la unidad o la diversidad? ¿la autonomía o la interacción? Para responder a esto necesitamos revisar la escala de los seres:
La autonomía.- Los seres del reino mineral nos parecen compactos, sólidos, autónomos. Las plantas poseen una unidad más compleja, ya que son organismos, por lo que su unidad implica diversas funciones complementarias (pueden repararse ellas mismas). En el reino animal, la conciencia les da otro tipo de unidad más perfecta, así como su capacidad de desplazarse, para huir o defenderse; en el proceso evolutivo, las especies más desarrolladas posibilitan mayor autonomía de sus miembros. La independencia humana mejora con su capacidad de decidir en libertad y la conciencia de la propia individualidad. Incluso, vemos que, en el proceso de desarrollo, consideramos más maduros a quienes tienen más capacidad de autonomía, a quienes son menos dependientes. Por tanto, pareciera que la perfección guarda relación directa con la unicidad y la autonomía.
La interacción.- Sin embargo, podemos volver a revisar la escala de los seres desde la interdependencia: en el reino mineral vemos que cada ente en realidad está constituido por un campo energético de moléculas y partículas que se hallan interactuando en atracción o repulsión. La planta depende de otros seres externos –el sol, la lluvia, los minerales de la tierra, los insectos que la polinizan- e incluso, otras plantas (hay plantas celosas que no permiten que haya otras bajo su sombra, y plantas parásitas que requieren de otras para ser). Hay especies animales solidarias y especies solitarias. En algunos insectos, hormigueros o colmenas constituyen formas sorprendentes de organización. Rebaños, manadas, bandadas, parvadas, cardumen, etc. son otras tantas formas de agrupación en las que los animales de la misma especie se ayudan. En el ser humano la sociabilidad deriva en complejísimas formas de sociedades. En la sicología evolutiva, la madurez va en relación con la capacidad de comunicación e interacción comunitarias.
Por lo tanto, no resulta tan sencillo constatar cómo el atributo más perfecto para Dios sea su peculiar forma de combinar lo unitario y lo autónomo, por un lado, y lo comunitario y lo comunicacional, por el otro. Entre un monoteísmo radical y el politeísmo extremo, tenemos el Misterio de la Trinidad: un solo Dios; pero tripersonal.
Algunos teólogos han realizado bellísimas reflexiones, no tanto para “comprender” este Misterio (imposible para la inteligencia humana), sino, al menos, constatar su no repugnancia cognitiva.
Santo Tomás parte del proceso de conocimiento humano: no podemos conocer algo directamente, sino lo hacemos construyendo modelos de los seres a ser conocidos. De modo analógico, el Padre, al conocerse a sí mismo; crea también un concepto de Él mismo, concepto que se adecúa plenamente a la realidad representada (Él mismo), incluso comprende su existencia misma. Nosotros “concebimos” conceptos como una mujer “concibe” su hijo, de modo que el Concepto (Palabra) de Dios es su propio Hijo. Padre e Hijo, al reconocerse, se aman, y esa huella de amor es tan perfecta que cobra existencia propia: el Padre y su Palabra “espiran” al Espíritu Santo.
Pero no es este un espacio para continuar reflexiones abstractas que aburren y nos parecen inútiles. Sostengo que el dogma de la Santísima Trinidad resulta de gran utilidad para nuestra vida. La Creación seguramente llevará signos o huellas del Creador, pues de alguna manera lo manifiesta. Por tanto, podemos rastrear en la creación –y particularmente en la vida humana- vestigios trinitarios que nos indiquen procesos a implementar:
A nivel de desarrollo personal y pedagógico- plantearnos un modelo de personalidad que conjugue la propia independencia y autonomía con la capacidad de relación interpersonal (el Personalismo Social de Mounier): hay soledades fecundas y necesarias; pero hay también soledades que empobrecen y aíslan. Hay compañías que enriquecen y permiten desplegar el amor; pero hay compañías que empobrecen, nos desvían, hacen sufrir y enajenan.
A nivel familiar- La familia es una unidad; pero una unidad comunitaria: se tienen objetivos y metas comunes; pero al mismo tiempo se respetan y favorecen las metas y los objetivos de cada miembro. Equilibrar entre los objetivos familiares y los objetivos individuales es un ideal a construir, y cuando se va logrando, la familia es fuente de madurez y de alegría en el amor (“amoris laetitia”).
A nivel político- En los años de la “Guerra Fría”, la polarización entre dos grandes potencias era caracterizada como oposición de contrariedad: el llamado “Mundo Libre” propugnaría la Libertad individual (el libre comercio, la propiedad privada); aunque con mengua de la justicia. En cambio, el bloque socialista propugnaría la Justicia social, aunque con mengua de la libertad. Entre ambos extremos –según la filosofía política de Jacques Maritain- algunos proponían una “tercera vía”: Justicia con libertad, o Libertad con justicia (una democracia social o un socialismo democrático), aunque nunca se haya implementado realmente su proyecto. Globalización uniformista por el Gran Capital o encerrarse tras el muro del proteccionismo nacionalista
A nivel cultural- Frente al imperialismo cultural occidental (imponer a todo el mundo la cultura hegemónica –“american-way-of-life” o cultura “etno-euro-norteamericano” globalizada), por un lado, se constata cierto pluralismo cultural (transcultural), compuesto por regionalismos aislados, que difícilmente pueden sostenerse ante las comunicaciones actuales, por lo que se suele derivar en el “folklore” o en formar a un estilo de vida compuesto de retazos de pautas culturales diversas. Ante ello, algunos sueñan con una interculturalidad de respeto a diversos “ethos” propios; pero abiertos hacia otras formas y dejándose influir por ellas.
Así pues, nuestro Dios Uno y Trino nos impulsa al mismo tiempo hacia la autonomía y la comunicación, tan necesarios en nuestra sociedad actual. Configurémonos místicamente en esta dinámica tripersonal divina para asemejarnos a este Misterio.


