- En 1976 llegué a Puebla, para atender el templo del Corazón de María. Este era el corazón del “Barrio del Parral”, en el Sur Poniente de la ciudad, dentro del área misma de “el primer cuadro”. Para deslindar sus límites, podemos partir del Paseo Bravo (11 Sur) esquina con la 11 Pte. Subir por esta misma calle, hasta llegar al eje 16 de septiembre; continuamos por ella hacia el oriente, cruzando el Eje Reforma hasta la calle 2 Ote.; doblamos a la izquierda una cuadra, para regresar, por Reforma, hasta llegar nuevamente a la 11 Sur del Paseo Bravo. El barrio abarca 15 manzanas y una población que entonces sumaba 12,330 personas, alojadas en 161 casas habitación, 37 inmuebles de departamentos, 41 edificios de departamentos… y 55 vecindades. En él se registraban 8 establecimientos educativos, numerosos negocios pequeños de alimentos, un taller que fabrica piezas metálicas, 13 lugares de venta de alcohol…
- El barrio data de finales del siglo XVII, cuando era conocido como “Barrio de Oaxaquilla”; aunque ya en el siglo XVIII lo llamaban “Barrio del Parral”, por haber estado allí los huertos del convento de San Agustín, donde los frailes cultivaban sus parras; pero también la gente lo conocía como el “Barrio de los Locos”. Desde 1754 tiene un parque -“el Paseo Bravo”, nombre en honor al prócer Miguel Bravo, en el lugar donde fue fusilado en 1814-. Desde 1860 hubo un templo propio, que se incendió en 1948. En su lugar, los misioneros claretianos, instalados ya antes, en otro templo cercano, se hicieron cargo del templo, comprometiéndose a construir uno nuevo que reemplazase al incendiado, a condición de que su titulación fuera el Corazón de María, patrona del instituto. Hay un hospital de la UPAEP (antes fue la maternidad Haro y Tamarit) y hubo una plaza de Toros.
- Con las conversaciones con la gente, nos dimos cuenta de que, a pesar de lo precario de la vivienda, ser obligados a salir de ella les resultaba peor. Allí podían hacer su lucha con pequeños trabajitos remunerados, no pagaban transporte, tenían a mano servicios (farmacia, escuela, mercado, etc.). En cambio, si los sacaban de allí y los mandaban a la periferia, carecerían de todos esos servicios y todo les quedaría lejos. De modo que nos quedaba claro que la contradicción principal era la lucha por permanecer viviendo en el centro, tratando de mejorar los inmuebles.
- Los claretianos tratábamos de evitar la comercialización religiosa, y ya que no disponíamos de recursos, nuestra pastoral utilizaba los medios pobres (la pizarra, el franelógrafo, el teatro popular -escribí dos obras originales: “Cristo Pueblo” (“la Pasión”) y “Cristo nace hoy” (“las posadas”). Luego se abaratarán los proyectores de diapositivas… y ahora podemos hacer maravillas con las nuevas tecnologías; pero sigo recomendando “medios pobres”, fácilmente reproducibles y de fácil manejo.
- Según el análisis de realidad que realizamos, detectamos que la única manera para neutralizar un poco la política urbana diseñada por el gran capital para el Centro de la ciudad, era la organización. Con algunas vecindades más cercanas, formamos pequeñas “comunidades de base”, tratando de relacionar entre sí esas vecindades, y aprovechábamos las reflexiones de formación religiosa para ir dando a conocer nuestros objetivos, siendo nuestro estilo de evangelización: acercar la fe a la realidad social de sus destinatarios. Me centré en la vecindad más poblada (7 Pte. 717), que serviría como experiencia piloto.
- Pronto nos dimos cuenta de lo difícil que es formar una organización entre estos habitantes de vecindades: lo impedía la reducción de los espacios, el hacinamiento, la falta de servicios elementales (no había agua, únicamente dos baños, uno para mujeres y otro para varones, riesgos de derrumbe de ciertas partes de los techos, etc.); pero, sobre todo, falta de conciencia del necesario respeto al espacio de los demás.
- Supimos que ya existía una organización de inquilinos que pugnaba por organizar a los pobladores de las vecindades, y que también estaban creando una red de vecindades. Se táctica no excluía la fuerza para apoyar a quienes iban a ser desalojados. La táctica de los dueños fue presionar a la gente a salir, y cuando accedían a dejar su cuarto vacío, este se demolía, dejando a los cuartos vecinos sin protección.
- Algunos fracasos: Dice un proverbio chino: “el fracaso es la madre del éxito” (en lengua china, fracaso es femenino). Se aprende corrigiendo errores. Cito algunos:
- ¿Capacidad organizativa de los más pobres? Las condiciones de vida (al límite de la sobrevivencia) hace que el llamado “lumpen” no sea el sujeto histórico para la transformación. Por eso, para Marx, dicho sujeto habría de ser el “proletariado” obrero, a quien la misma organización fabril enseñó la necesidad de una organización para lograr exitosamente cualquier proyecto. No obstante, al poner nuestra esperanza en “los más pobres” el proletariado como sujeto de lucha resultó desgastante y frustrante. En las luchas urbanas, las mujeres suelen ser el sujeto más fácil de responder, pues a ellas son a quienes más afecta la precariedad de servicios públicos (agua, basura, transporte), tienen más tiempo disponible que los obreros, por lo que son las más comprometidas en las luchas colectivas, como es la vivienda.
- Inadecuadas dinámicas de integración grupal: al utilizarlas, estas dinámicas (entonces de moda para organizar grupos), se evidenciaron inadecuadas para las vecindades: cuando, por la presión del momento se suscitaba la confianza momentánea, algunas señoras se abrían para contarle al grupo algo de su vida; pero después, en los chismes de lavadero, lo que ellas externaron en el grupo salía a relucir. Comprobé que tales dinámicas son inconvenientes cuando se vive en el mismo espacio y en condiciones precarias, por lo que era más urgente una organización primaria.
- Las penalizaciones. La vecindad fue mejorando su convivencia; se la veía más limpia y segura; pero seguía habiendo personas indolentes e irresponsables. Aproveché la presión social de los inquilinos de mayor prestigio para utilizar una suerte de sanción moral: ante una falta contra la convivencia vecinal, les entregaba una tarjeta verde. Obviamente, no se podía expulsar a nadie de la vecindad (la lucha era, justamente, por su derecho a la permanencia), así que continuando con la presión social: “a las tres tarjetas verdes se dará una tarjeta amarilla” y “a las tres amarillas, una roja”. Esta lección me llevó a adelantar los aprendizajes de organización.
- Las reuniones de los martes:
- Todos los martes, a las 9 pm, recorría yo la vecindad con una bocina (siempre con la misma música) y pregonaba (siempre con el mismo sonsonete) que ya íbamos a empezar la reunión (los niños me acompañaban coreando). Cuando ya había varias vecinas, daba una breve cápsula sobre las ventajas de una convivencia organizada… y empezaban las quejas. Si se señalaba a alguien, la aludida contraatacaba señalando un abuso de otro familiar suyo… y todos tenían cola para ser pisada. Ante varias quejas similares, proponía a su consideración, alguna medida correctiva (como una leve multa).
- Las comisiones:
- Comisión de limpieza: Cada semana, la comisión señalaba alguna tarea y se ofrecían voluntarias, tratando de ir cambiando de personas. La vecindad, poco a poco, se fue viendo más limpia.
- Comisión de seguridad: La vecindad era utilizada por maleantes, que cuando eran perseguidos por la policía, entraban a la vecindad y salían saltando la baja tapia de atrás. Se propuso poner un portero nocturno, quien recibía una pequeña contribución de todos (antes era pagado por las dueñas). El portón de la vecindad se cerraba a las 10, y el portero, a cambio de una propina, les abría a quienes llegaran más tarde. Además del portero, la comisión de vigilancia incorporó a los pandilleros mismos, que supieron llevar con rigor su cometido.
- Comisión de arquitectura: apuntalar un tramo del techo para que no se derrumbara, pues las dueñas no se daban por enteradas.
- Comisión jurídica: se planteó ir a México, a la Colonia del Pedregal misma, a visitar a las dueñas de la vecindad (una señora se nos perdió en el camino). Hicimos nuestro “diario de campo” de aquella colonia residencial (policías que SÍ protegían, amplias aceras con pasto perfectamente cortado, garaje para cinco autos, etc.). Nuestro objetivo era detener el alza de la renta, estando el inmueble en pésimas condiciones. Hablamos con las dueñas, siendo recibidas en el garaje. Nuestra visita sirvió al menos para evitar el alza de renta.
- Continuamos esta labora un tiempo, pues tuve que dejar Puebla, como consecuencia punitiva por mi participación en la III CELAM. Cuando años más tarde regresé y visité el Barrio de El Parral, la vecindad de la 7 Pte 717, era un lujoso salón de fiestas, y otra vecindad estaba convertida en un paradero turístico de calidad. Evaluando esta lucha por la vivienda, se evidenció lo desproporcionado de las fuerzas de los contendientes -los inquilinos de vecindades contra el poder de los invisibles planificadores-. La composición social de estos (lumpen subproletariado) hacía que la gente de vecindad difícilmente sacrificara su precaria seguridad por beneficiar de una organización abstracta. Se impuso el gran capital (hubo algunos pocos que obtuvieron de los dueños alguna pequeña retribución para irse del lugar).
- Sin embargo, creo que los inquilinos que participaron en la organización tuvieron un claro avance en su nivel de conciencia organizativa y social. Desde el punto de vista pastoral, se notó un cambio de visión de su fe y de su visión de la Iglesia, pues descubrieron que, no obstante que Dios está con los pobres, Él no modifica de modo impactante y mágico el curso de los acontecimientos, sino que siempre actúa discretamente y a través de las luchas en favor de la justicia y con los pobres. Cambiaron también la imagen que tenían de la Iglesia, pues ahora saben que se interesa por su suerte.
Pobres entre los más pobres
- Jesús, en una parábola, habla de los últimos lugares (el invitado que se las ingenió a estar en la mesa de los novios, en una boda, y que el encargado del protocolo lo hizo dejar aquel lugar, y con vergüenza, tuvo que ocupar el último lugar). Pero en la escena de las Bodas de Caná se vio la ventaja de los últimos lugares, pues fueron estos –además de los criados- quienes fueron los testigos del milagro de la conversión de agua en vino (no lo supo ni siquiera el padrino, que le dio un regañito al novio “inexperto”). Quienes tienen a visión de todo el con junto de un banquete (o de la estructura de una sociedad) son los de los últimos lugares (los de la mesa de los “gorrones”, en los banquetes de boda de las barriadas, en las que la puerta de la casa se mantiene abierta, y donde la “segunda mesa” es para los gorrones: Éstos son quienes perciben la generosidad del novio (si les toca una pieza de pollo y no nada más arroz, mole y frijoles). A los de la mesa principal, siempre les va bien. En el banquete de la vida en sociedad, son desde los últimos.
- Esto se puede analizar también en la sociedad en su conjunto: desde los primeros lugares, parece que todo el sistema social funciona muy bien. Los privilegiados tienden a deformar la realidad para justificarla a sus privilegios; mientras que los últimos requieren analizar correctamente los mecanismos de la sociedad excluyente, pues de lo que tratan es, justamente, transformarla.
- La ciudad capitalista, decíamos, es una ciudad segmentada, la situación económica de sus habitantes: habrá un sector de privilegiados, que gozan de todas las ventajas de la ciudad, y es la que se publicita al exterior; las colonias de clase media, que viven suficientemente bien y están conformes, o aspiran a vivir en colonias mejores (ellos o sus hijos). Pero están las colonias y barrios pobres, que los planificadores tratan de esconder (las bardas que esconden a La Marranera). Más abajo todavía, son los parias citadinos, aquellos de quienes se refiere Engels: “siempre habrá demandantes para vivir en la peor pocilga”. Es el “lumpen”, viviendo en “entre-devoramiento”, con hermanos igualmente pobres; pero también en la “entre-ayuda” para sobrevivir. Como decía un personaje de la película “Mi bella dama”: “la moral es un lujo burgués”: incapaces de robarse una botellita de agua; pero en sus negocios no entra Dios.
CUESTIONARIO
- ¿Cuáles fueron los factores de expulsión y los de atracción en los inquilinos de Puebla para el paso del campo a la ciudad?
- ¿Qué dificultades observas para una organización popular entre los estratos más pobres (lumpen), teniendo en cuenta el poder de la política urbana dominante, los condicionamientos del espacio habitacional y las incapacidades de los inquilinos de vecindades o de la gente de “La Marranera” a organizarse?
- ¿Qué efectos positivos crees que hayan tenido nuestros esfuerzos por organizar a los más pobres?
- ¿Qué cuestionamientos pastorales puedes hacer a estas experiencias, y que logros reconoces?
- ¿Cómo te parecieron los estudios de sociología urbana, y cómo ves la relación entre la teoría y la práctica en estas dos experiencias?
- ¿Cómo te imaginas que sería ahora una pastoral social urbana transformadora?