Jn 21, 10-14; 22-23
- Para el establecimiento de una relación interpersonal afectiva, son importantes el saludo y la despedida. En todas las culturas se siente necesidad de ritualizar los momentos que abren y cierran ciclos de convivencia. Podemos imaginarnos como pudo iniciarse el saludo ritual más usual: darse la mano. Pensemos en un caminante solitario en medio del desierto o en una vereda no hay nadie cerca, el caminante ve venir hacia él otra persona. Ambos llevan escondida bajo el manto su mano derecha. Al acercarse, uno saca la mano y la tiende: no hay arma alguna, es sólo un simple ofrecimiento de ayuda. La otra persona hace otro tanto, se dan la mano sellando así un pacto de viandantes.
- Aquel acompañamiento de un trecho del camino pudo dar lugar a una posterior amistad, con lo que nos habremos “domesticado” (en expresión de la zorra de “El Principito” de Saint-Exupery); pero luego, la vida hace que los amigos transiten por caminos diversos y tengan que separarse. Duele la partida, y de alguna manera habrá que realizar ciertas actividades para cerrar esta separación -durante cierto tiempo o quizás para siempre-. Quizás el hijo o el esposo parte a la aventura como emigrante, con tantos peligros e ilusiones soñadas
- Nos estamos acercando a la fiesta de la ascensión de Jesús. Después de una cincuentena de fugaces apariciones, apenas las suficientes para testimoniar su resurrección, llega el momento en que los apóstoles ya no lo verán: no se reflejarán más en aquella mirada que penetraba hasta lo más íntimo del alma; no mirarán más ese rostro que serenaba al verlo; no escucharán más aquellas palabras de sabiduría con que los confortaban… y se hallan tristes. La liturgia toma para la ocasión, el discurso de despedida de la Última Cena, antes de ser aprehendido; pero ahora, para ser releído en enclave de la ascensión. Se hallan varios elementos:
- Tratándose de una relación demasiado estrecha, que ha generado dependencia, y que quisiera retener a la otra persona, convencerla para que desista de su intensión de partir (“¿para qué te vas?”), y la respuesta madura se da en clave de amor: “Si realmente me amas, me dejarías partir, pues sabes que a mí me conviene”, o como dijo Jesús: “Si me amaran, se alegrarían de que me vaya”: Jesús estará con el Padre, participando de la vida trinitaria, lo que para Él su mayor anhelo.
- Entonces, quien se va argumenta: “conviene que yo me vaya” por bien de los dos, pues “voy a prepararles un lugar”, pues en el Cielo “hay muchas habitaciones”, y cuando ya tenga lista una bonita morada, volveré por ustedes. Jesús dice: “me voy; pero volveré a su lado”. Regresará en su Ultima Venida, a llevarnos consigo al Cielo.
- Si la separación es definitiva (la muerte), la despedida será el momento cuando se digan las últimas palabras: aquellas que se grabarán para siempre, las que se habrían querido pronunciar, pero que cierto pudor lo impedía. Serán las palabras más sentidas, las que quedan grabadas, la enjundia extraída de las más valiosas experiencias. Son las recomendaciones que podrán guiar en los caminos oscuros, cuando ya no se hallen presentes… Jesús les deja a sus discípulos un encargo, un consejo, una consigna: “El que me ama, cumplirá mi Palabra”. De esta forma, “el Padre los amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Habrá otro tipo de presencia, menos visible o tangible; pero más íntima, estrecha y fecunda.
- Es frecuente que quienes se despiden se deprendan de objetos preciados que se obsequien como “recuerdo”, pues dicho objeto deja de ser una simple “cosa” y se convierte en una prenda que simboliza a quien se va, para que de alguna manera mantenga memoria de su presencia. Otras veces, en la ´+ultima conversación, quien se va deja un consejo: el “legado” de Jesús es la Paz (“les doy mi paz, les dejo mi paz); pero no la paz que da el “mundo”. ¿Cómo sería esa falsa paz? Presentamos algunos ejemplos:
- La “Pax Romana”. La Paz Porfiriana, llamada “la Paz de los Sepulcros”. Porfirio Díaz alardeaba que durante su gobierno disminuyeron los delitos callejeros y que no había concentraciones que obstaculizaban el tránsito; pero se trataba de la paz del miedo, que reprimía cualquier oposición o rebeldía.
- La paz de la “coexistencia pacífica”, cuando la Guerra Fría: el equilibrio del terror de dos superpotencias que se amenazaban mutuamente, concientes de que si alguno decidía apretar el botón que comandaba el bombardeo atómico, el enemigo haría otro tanto, y no habría ni vencedor ni vencido.
- La paz según Benito Juárez: “Entre sociedades y entre individuos, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Se trata de una paz jurídica: de respeto a lo que al otro corresponde, con una ley que deslinda espacios.
- La paz entre complicidades e indiferencias: el mero respeto pasivo: “yo te respeto a ti, tú me respetas a mí; yo no me meto contigo; pero tú tampoco debes meterte conmigo”; cada cual encerrado en su propia esfera, en la indiferencia o la complicidad; es la paz que evade el conflicto.
- La paz de la sumisión cobarde. La que no contradice para no disgustar a la otra parte; prefiere callar ante injurias y someterse, acumulando resentimientos. La paz no es sólo la ausencia de conflictos, sino aquella que se construye buscando juntos los acuerdos.
- La Paz que ofrece Jesús proviene de hacer la voluntad del Padre; es la paz consigo mismo, con los hermanos y con Dios, tomando como referencia las palabras que dejó Jesús.
- En la primera lectura vemos una de las primeras manifestaciones de la actuación del Espíritu en la Iglesia. La nueva fe, no sólo sale de las fronteras geográficas de Israel (la persecución religiosa fue providencial para ello, pues los cristianos se instalan en las Ciudades-Estado helénicas, a las orillas del Mar Mediterráneo, en los guetos judíos); ni siquiera las fronteras raciales (muchos griegos se están convirtiendo a la nueva fe, que deja ya de ser patrimonio hebreo). Ahora se está a punto de salir de las fronteras culturales: ya dejarán de compartir los signos de identidad confesional con los judíos (la circuncisión, la privación de carne de cerdo, etc.). Según la interpretación de la Ley, ningún varón no circuncidado podía vivir en Israel. Al eliminar la circuncisión como signo de identidad religiosa, se inaugura la necesaria “inculturación” de la fe y de la Iglesia: superando la condición de ser una religión nacionalista o circunscrita a un área geográfica, comienza a ser “católica”, es decir, “universal”. Para nosotros, nuestra tarea es continuar dicha “inculturación”; pero en la cultura global actual, será también interreligiosa, sin perder su profetismo “crítico” hacia las demás culturas.
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