UN PARADIGMA TEOLÓGICO

 

  • Las mediaciones. La teología es una mediación, entre el “corpus” revelado y el sujeto receptor, que sirve para mejor comprensión de la Palabra. Esto conlleva una paradoja: por una parte, ninguna mediación se adecúa plenamente al Misterio; por otra parte, no podemos prescindir de alguna suerte de mediación para alcanzar nuestro propósito de clarificarlo. La mediación teológica, por su parte, requiere siempre de algún paradigma. La filosofía es la mediación que ha gozado de mayor aceptación para esta finalidad. Desde el siglo XIII la filosofía escolástica -en especial, la monumental obra de Santo Tomás de Aquino- fue preferida por la Iglesia para formular su marco dogmático. Para ejercer esta función, el “Doctor Angélico” se valió de la “mediación” de Aristóteles, filósofo pagano recién descubierto por la escuela árabe de traductores en la ciudad de Córdoba. Desde el siglo XVIII, esta filosofía hegemónica griego-medieval dejó de ser monopólica y tuvo que competir con la filosofía “moderna”, expresión del individualismo liberal y sostén del Capitalismo industrial. Después del Concilio Vaticano II, la teología dio un viraje y pasó, de buscar una “mediación” filosófica, a la comprensión directa de la Sagrada Escritura. Sin embargo, muchos teólogos, insatisfechos de quedarse meramente en los textos bíblicos, miraron hacia otras teologías más acordes a los receptores contemporáneos.
  • Desarrollismo latinoamericano. A raíz de su desafortunado viaje por Sudamérica en 1958, el presidente Nixon percibió que el anticomunismo de la postguerra había perdido su capacidad de control político en el subcontinente y que era necesario cambiar de política hacia América Latina. Fue por esta razón que John F Kennedy convocó a una “Alianza para el Progreso”, destinando 20,000 millones de dólares en 10 años, para el desarrollo de la región. La palabra “Desarrollo” pasó a ser la palabra mágica. Sus exponentes teóricos opinaban que todos los países modernos atravesaban forzosamente por tres etapas –Subdesarrollo – Período de “despegue” – Desarrollo-, y que con ayuda tecnológica y créditos generosos, Latinoamérica pronto sería una región próspera y feliz. La Iglesia Conciliar no podía quedarse al margen de la euforia desarrollista: Juan XXIII publicó su encíclica “Mater et Magistra” (1961) y Pablo VI, la “Populorum Progressio” (1967), aportando un fundamento teológico a esa palabra; al mismo tiempo, católicos alemanes organizaron agencias –Adveniat y Misereor- para aportar generosos financiamientos para obras sociales (no para construir templos).
  • Liberación”. La reflexión latinoamericana de las décadas 60’s y 70’s cambiaría la perspectiva socio-política. Connotados sociólogos, apoyados por Raúl Prebisch en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), se agruparon en una corriente científica conocida como “La Teoría de la Dependencia”. Estos autores sostenían que “el subdesarrollo no es consecuencia de la supervivencia de instituciones arcaicas y de la falta de capitales en las regiones alejadas del torrente de la historia del mundo (como defendían los desarrollistas)… por el contrario, el subdesarrollo ha sido y es aun generado por el mismo proceso histórico que genera el desarrollo económico del propio capitalismo”.[1]  Mientras se mantuvieran las mismas estructuras, las naciones periféricas no alcanzarían el nivel de desarrollo de las industrializadas, sino, por el contrario, el desarrollismo, en realidad, beneficiaba a estas últimas. Por lo tanto, la única vía para salir de la pobreza, sería la liberación, y para llevar a cabo esta tarea, el paradigma más confiable era la del filósofo alemán Carlos Marx. Fue así que “liberación” se convirtió en la nueva palabra mágica. El triunfo de la Revolución Cubana, el 1° de enero de 1959, era un ejemplo exitoso de estos procesos, y por toda la región, el mítico Ernesto “Ché” Guevara promovía los “Movimientos de Liberación Nacional”.
  • La CELAM II, 1968. Esta Conferencia Episcopal Latinoamericana tuvo lugar en Medellín, Colombia. En ella, los obispos del subcontinente hicieron una solemne “opción por los pobres”, pues recién habían cobrado conciencia de que la mayoría de la población de la región es pobre y es católica; mientras que los religiosos concentraban su atención en las clases media-altas urbanas. Las Congregaciones se comprometieron a desplazar parte de su personal a zonas marginadas, en “experiencias de inserción” (buscando estilos de vida adaptados a la cultura de la pobreza), y aconsejaron como el mejor recurso pastoral, la creación de redes de Comunidades Cristianas de Base. Finalmente, los obispos acordaron “promover una reflexión teológica tendiente a la transformación de esa situación de injusticia”.

La Teología de la Liberación

  • Como mencioné, la mediación filosófica utilizada por la teología oficial había sido la Escolástica medieval; pero el abandono de su forma monopólica dejaba un vacío teológico de mediación, y la Iglesia de entonces estaba en búsqueda de alternativas. Podría parecer una obviedad que, siendo el marxismo la filosofía social que mejor comprende la explotación capitalista; siendo también dicha filosofía la más aceptada en ese momento entre los estudiantes, académicos y líderes comprometidos en toda la región subcontinental[2] y finalmente, siendo este paradigma el que podría dar respaldo a los “teóricos de la dependencia” frente a las recomendaciones desarrollistas que se estaban tratando de imponer de fuera, no sería inconsecuente que la teología buscada por los obispos de la II CELAM utilizara algunos aportes del marxismo. Por supuesto, habría que proceder con cautela: aparte de las reticencias que seguramente presentaría Roma, había otras dos de más fondo: el ateísmo de Marx, y la revolución armada como táctica de lucha para que las clases emergentes accedieran al poder. A los primeros Teólogos de la Liberación les tocaría clarificar ambas cuestiones.
    • En cuanto al supuesto ateísmo de Marx. Ya el jesuita mexicano Porfirio Miranda había negado ese supuesto ateísmo del filósofo de Tréveris; pero, sobre todo, debemos al renombrado filósofo argentino Enrique Dussel radicado en México -de agradecida memoria- la comprobada refutación a este supuesto, después de sus largos meses de lectura realizadas en Holanda misma, donde se encuentra el acervo completo de los manuscritos originales de Carlos Marx, algunos de ellos, incluso, inéditos en el alemán mismo. Como veremos en el anexo al final, para Dussel, el ateísmo de Marx fue una deformación del leninismo-stalinista, aprovechado posteriormente por el anticomunismo de la postguerra. En todo caso, se puede alegar el precedente, ya mencionado, de que si Santo Tomás había utilizado la mediación del filósofo pagano Aristóteles para inspirar su teología, tampoco sería impensable hacer otro tanto con un filósofo supuestamente ateo.
    • En cuanto a la lucha revolucionaria para la toma de poder, el marxismo –como cualquier otro sistema de ideas- se ha venido modificando. Antonio Gramsci, célebre pensador italiano de tiempos de Mussolini, después de una meticulosa investigación histórica, de cómo la burguesía accedió al poder, observó que, salvo en el caso atípico de Francia, la burguesía logró la dirigencia social, en la mayoría de los países, mediante su conocida táctica de lucha: la “Revolución Pasiva” (“revolución sin revolución; pero finalmente, revolución”). Concluye, que en situaciones en las que el sujeto hegemónico sea demasiado poderoso y el sujeto emergente, demasiado débil, la vía armada no es la forma adecuada para la transición, sino que lo aconsejable es irse filtrando entre los poros de la clase hegemónica –(dominante por coerción y dirigente por consenso) … Además, actualmente, los partidos políticos de Izquierda se han abierto (en parte, gracias a la Teología de la Liberación misma) y ya se les permite a los cristianos militar en ellos, pues el ateísmo dejó de ser condición de afiliación.
  • La Teología de la Liberación fue aceptada con entusiasmo (sobre todo en los sectores académicos y militantes), inspiró y ayudó a numerosos movimientos populares de emancipación sociopolítica (como en Nicaragua y El Salvador). En los diversos países de Latinoamérica, aparecieron obras de teólogos identificados con esta corriente,[3] aunque no todos ellos utilizaron el marxismo como mediación. También fue compartida por varios obispos ejemplares, por santos y por mártires,[4] siendo actualmente su máximo exponente, nada menos que el Papa Francisco mismo.
  • Personalmente me reconozco deudor de este gran movimiento teológico, uno de los aportes más significativos que ha donado Latinoamérica para la Iglesia universal. Actualmente, la situación ha variado: el marxismo, sin haber sido “falseado” (en el sentido de Popper), ya “pasó de moda” y dejó de interesar a los jóvenes. Además, gracias a los actuales estudios de arqueología, paleografía, lingüística, etc. (v.gr., José Antonio Pagola), conocemos más de Jesús, que los cristianos del siglo I, y ese conocimiento directo permite prescindir ya de “mediaciones” (que más bien meten ruido). Esto no quita que sigamos utilizando algunas tesis marxistas para nuestros “análisis de realidad”.[5]

ANEXO

EL ATEÍSMO DE MARX

El supuesto ateísmo de Marx ha sido la principal causa del rechazo del marxismo –no sólo entre las Iglesias-. Sin embargo, actualmente esta tesis está siendo revisada, principalmente, como mencionamos arriba, por el renombrado filósofo, maestro y militante Enrique Dussel. El desenmascaramiento de la tesis del Marx ateo fue la pasión más constante durante toda su vida, dedicándole sus mejores esfuerzos a este desenmascararamiento. A continuación rescato algunas de sus citas, con las interpretaciones propias. Las tomo de una de sus últimas conferencias: la expuesta en uno de los Foros organizados por el Instituto Nacional de Formación Política para la formación de cuadros de Morena.[6]

  1. El “ateísmo” es necesario sólo durante el proceso de liberación. Marx pone como ejemplo el caso de los hebreos: En Egipto, el faraón estaba divinizado y utilizaba su aura sagrada –tanto en nombre suyo, como en el de los dioses del Imperio-, para justificar la esclavitud. Por tanto, los hebreos tuvieron necesidad de declarar su “ateísmo” respecto a las divinidades egipcias con el faraón incluido. Pero una vez que lograron liberarse y salir de Egipto, en el desierto, aquel ateísmo dejó de tener ninguna importancia, y se volvieron al “Dios de nuestros padres, que nos sacó de la esclavitud de Egipto”.[7] Esto me recuerda otro caso: la causa de condena hacia los primeros mártires romanos fue, precisamente, la de ser “ateos”… y lo eran, pues negaban la divinización de Cesar y la de Marte, el dios de la guerra.
  • El ateísmo no era tan relevante para Marx. Dussel cita al respecto, una carta que Marx escribió a Engels en 1887. En ella se mofaba del anarquista Bakunin, quien pretendía incorporar a la Internacional Socialista a cierta “Unión de Obreros Ateos Socialistas”. Marx, por supuesto, rechazó dicha petición, negando que la contradicción principal se diera entre creyentes y ateos, siendo así que la contradicción realmente importante era la que se daba entre explotadores y explotados. La discusión entre cosmovisiones podía posponerse, y entre tanto, lo verdaderamente apremiante era luchar juntos –creyentes y no creyentes- por la liberación ante la injusticia social.
  • El fetichismo de la mercancía”. En “El Capital”, su obra principal, al hablar de la mercancía en el capitalismo, Marx utiliza la misma metáfora con la que los profetas veterotestamentarios descalificaban a los ídolos (fetiches): eran obra de manos humanas, de piedra o madera, quizás mediante algún ritual, adquirían una cualidad divina y se convertían en objeto de adoración. De la misma manera, según Marx, las mercancías, producto de manos humanas obreras, misteriosamente, adquirían un valor inexplicable (se divinizaban) y eran objeto de adoración de los capitalistas: el dios-dinero, al que sacrificaban su salud, su vida familiar… y hasta su conciencia.[8] Hoy la Teología de la Liberación aplica la condena profética a los nuevos ídolos: el “poder”, el “tener” y el “placer” egoísta (gozar, sin importar los daños que pueda hacer a otros).
  • La plusvalía. La siguiente cita, rescatada por Dussel, también se halla en “El Capital”, justamente al tratar de explicar aquello que fue su principal descubrimiento: de dónde proviene la riqueza del capitalista. Resumo brevemente cómo Marx describe el proceso de producción. Parte del “trabajo vivo” o sea el que realiza el trabajador. Su trabajo le compensa con un “valor de uso” (el obrero tiene ahora una mesa dónde comer o colocar sus objetos); pero también esa mesa puede objetivarse, en “valor de cambio”, o sea, si hace la mesa para cambiarla en el mercado (mediante trueque o mejor, por dinero): lo que gana al vender directamente su producto: su valor o costo de producción (materiales, herramientas y el trabajo vivo o esfuerzo que a él le costó) y además, una ganancia como mercancía, lo que daría el “precio final”. Pero en el capitalismo, lo que el propietario de las “herramientas” (fábrica) gasta en salario (uno de sus costos de producción), supongamos que representa sólo unas 2 horas del trabajo vivo de cada obrero. La ganancia obtenida por el resto de la jornada de trabajo (supongamos una jornada laboral de 8 horas), no proviene tanto de lo que se obtenga en el comercio (aun cuando vendiera el producto mucho más caro que los costos), sino que es un “plus valor” (plusvalía) escondido, invisible, ignorado aún al propio empresario, es en realidad una donación gratuita que el obrero hace al capitalista. El capital que una empresa incrementa sería la suma de plusvalía del conjunto de todos sus obreros.

    Hasta aquí un breve resumen del proceso productivo; pero en la explicación que estaría dando, Marx utiliza una expresión sorprendente para nuestro tema: esa ganancia (la que el obrero dona gratuitamente al empresario) que no sale del comercio, es en realidad una “creación de la nada” (“ex nihilo”); es decir, Marx utiliza la expresión bíblica de la creación  cosmológica de Dios, para explicar la creación “de la nada”, que dona el obrero. Este descubrimiento, cree Dussel, no lo notaron los camaradas revolucionarios (Engels, ni Lenin). Marx, nieto del rabino, era conocedor de la metafísica semita; conocía la Biblia y la aplicaba en su lucha libertaria. [9]

ARGUMENTACIÓN SOFISTICA DEL ATEÍSMO SOVIÉTICO

Stalin justificaba su represión antirreligiosa, basada en un silogismo de tres falacias:

  1. LA MAYOR: Para Marx “el ateísmo es necesario para ser revolucionario, y al llegar el Comunismo, desaparecerá la religión: Hemos visto con Dussel que el supuesto ateísmo de Marx no era tal. Yo, por mi parte, añadiría que su recelo hacia la religión como obstáculo para las luchas libertarias, pudo también deberse a las religiosidades enajenantes que conoció:
    1. La “religiosidad popular”, es decir, la de los explotados, era necesaria para no enloquecer ante la despiadada explotación (como también fue necesario el “opio” para momentos insoportables). Para Marx, la religión es “el corazón de un mundo sin corazón”. Pero en la lucha libertaria, “no se trata de ponerle florecitas a las cadenas, sino de romperlas”)[10].
    1. La teología de Hegel, para quien la encarnación más evolucionada del Espíritu, fungía como soporte del Estado prusiano. El materialismo de Marx no era como para el burdo positivismo; se contraponía simplemente al idealismo Hegeliano, que navegaba en un mar de conceptos; mientras que Marx los “encarnaba” en el terreno de la historia y el mundo material.
  2. LA MENOR: Rusia ya es comunista: Otro sofisma. Lo que Stalin hacía pasar como “Comunismo”, en realidad se trataba del llamado “Capitalismo Monopolista de Estado” (el Estado soviético se apropiaba de toda la plusvalía del país, obtenida por su bárbara opresión y explotación, para beneficio de la elite burocrática).
  3. CONCLUSIÓN: Luego, la religión ya no existe: Otra falacia. Cualquiera podía ver por cualquier parte los abigarrados rituales religiosos de la Iglesia Ortodoxa Rusa, a pesar de su persecución (esa Iglesia se oponía a Stalin, y terminó teniendo un departamento en el Kremlin).

ENTONCES, “si la realidad no coincide con las ideas, tanto peor para la realidad”, habrá que darle una ayudadita…, y así se hizo, con aquella estúpida persecución religiosa y su millón de asesinatos.

EL ANTICOMUNISMO

  1. El anticomunismo

Pese a la falacia de la argumentación anterior, fácilmente refutables, a Estados Unidos, le venían bien los excesos stalinistas para el control de los movimientos contestatarios. Durante la II Guerra Mundial, le resultó muy favorable tener un peligroso antagonista. Bastaba con sustituir al nazismo por el comunismo. De dónde, el éxito propagandístico del anticomunismo, durante la “Guerra Fría” de la postguerra. La Derecha estadounidense inventa el Marx perverso, materialista y ateo, según Dussel, una deformación del leninismo-stalinista.

   Al regreso de su mencionado viaje, el presidente Nixon encargó a Rockefeller una investigación exhaustiva sobre los peligros que presentaba Latinoamérica para la seguridad nacional estadounidense. Al presentar su conocido “informe”, de 1969, elencó las diez mayores amenazas, poniendo como primer lugar –antes de la guerrilla de inspiración guevarista- a la Teología de la Liberación. “La Iglesia Católica ha dejado de ser confiable”, mencionaba, y entonces, los servicios de espionaje apoyaron a la llamada “Nueva Derecha” religiosa.

  • La Ultraderecha

     El anticomunismo no ha muerto. En la ultraderecha sigue vivo, agazapado y operante; escondido, silencioso, quizás disfrazado de neoliberalismo, o infiltrado (para espiarlos) en todos los partidos políticos (incluso en los de izquierda). Sostiene en su discurso, que la causa de muchos males actuales viene del complot entre judíos, masones y comunistas, y difunden ideas racistas, sexistas e integristas…

   Unos cuantos ejemplos en nuestro país: los sinarquistas de los años 40’s, los grupos universitarios porriles de los años 60’s y 70’s -el MURO en la CDMX, los TECOS en la Universidad Autónoma de Guadalajara, los FUAS en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla-. Tenemos que mencionar al “Yunque”, fundado en Puebla en 1963, que cuenta actualmente con presencia en varios países. También el retorno reciente de ideas fascistas en varios países progresistas sudamericanos (como Javier Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil).

      Penetrar sectores de la Iglesia Católica ha sido una característica de la ultraderecha, desde que ésta fue afectada en sus bienes por el liberalismo y por el Estado Laico (que, por cierto, la Iglesia no acaba de comprender). En México fue abonada por la persecución religiosa callista, especialmente en aquellos Estados del Bajío, donde hubo levantamientos cristeros. Es apoyada por algunos grupos empresariales fuertes, como en los grupos “Provida”, en muchos países relacionados con la minería. Lamentablemente, estas ideas tienen mucho peso en algunos sectores eclesiales: en algunos obispos, secundados por sus párrocos incondicionales con capacidad de movilización, e incluso, han llegado al Vaticano mismo, en la oposición abierta contra el Papa Francisco.


[1] Anibal Quijano, Enzo Faletto, Theotonio Dos Santos, Frank Hinckelambert, Alberto Henrique Cardoso, Samir Amín, André Gunder Frank, Celso Furtado. Anibal Pinto, etc.

[2] Mientras sesionaba la II CELAM, en 1968, México estaba absorto en el gigantesco movimiento estudiantil, con su consabida represión del 2 de octubre, en el cual, la obra de Carlos Marx daba respaldo fresco y colérico. En el siguiente sexenio, con Echeverría (quien parece ser el que ordenó la matanza), los libros marxistas se vendían  en los supermercados, y en cualquier carrera universitarias había que leer los tres tomos de “El Capital”.

[3] Cito algunos nombres relevantes de esta corriente: Gustavo Gutiérrez, Frank Hinckelambert, Hugo Assman, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Raúl Vidales, Luis Alberto Gómez de Souza, Ignacio González Fauss, José Comblin, Frei Beto, Enrique Angelelli, Enrique Dussel, Jorge Pixley, Pablo Richard, Miguel Concha, Leonardo Boff… y muchos más. 

[4] Algunos de estos obispos (a riesgo de inmerecidas omisiones) fueron: Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño, Helder Cámara, Arturo Lona, Samuel Ruiz, José Alberto Llaguno, Bartolomé Carrasco, etc. Ayudó a la santificación de varios teólogos reconocidos, como el obispo poeta Pedro Casaldáliga, y forjó a los mártires salvadoreños, como los jesuitas Ignacio Ellacuría y Rutilio Grande, sobresaliendo San Oscar Arnulfo Romero.

[5] Como ejemplo, la categoría de “modos de producción” (MP), que utilizo en otros lugares de esta misma Página (v.gr., el curso de “Lo religioso en la historia de México”), pues cada MP implica condicionamientos sociorreligiosos.

[6] “Hacia un Marx Desconocido: mirada desde América Latina”, conferencia expuesta en marzo de 2023. (disponible en YouTube).

[7]Dussel, Enrique: “Hacia un Marx Desconocido. Un Comentario de los Manuscritos del 61-63”, Siglo XXI, México, 1988.

[8] Marx, Carlos: “El Capital: Crítica de la economía política”, Septiembre de 1867

[9] Esto lo desarrolló más en los “Grundrisse” (fundamentos), en 1857.

[10] Carlos Marx: “Miseria de la Filosofía”, 1847.

ADORADORES EN BUSCA DE SU DIOS[1]

El Misterio

Adorar es una actitud de respuesta ante el “Misterio”, esto es, lo oculto, lo ignoto, la experiencia sacral. Suele suscitarse ante un evento impactante (un rayo, una tempestad), o también, ante el embeleso ante una experiencia de gran belleza (un ocaso en la playa). Irrumpe en un instante efímero -el relámpago de una tormenta eléctrica, que ilumina fugazmente todo el firmamento-, causa un profundo impacto y, luego se evanesce, esfumándose; pero cuyo recuerdo perdura convertido en memoria. Algunos creyentes lo llaman Dios; aunque según Rudolph Otto,[2] ese impacto se infunde ante presencias que hacen que “se paren los pelos” o que se “ponga la carne de gallina”, que no necesariamente son deidades, pues también puede ser una aparición fantasmagórica, un “espanto” o incluso, el demonio mismo. Otto lo describe como “Mysterium Tremendum”, pues se trata de algo que sobrecoge, una forma de “temor y temblor” (Kierkegaard) y suele conocerse como “temor de Dios” (diferente del miedo a condenarnos). Es el “pavor” ante la inmensa grandeza divina y su enceguecedora iluminación,[3] contrastado con el “sentimiento de creatura” (“Somos polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada, a causa de nuestros pecados”).

El evangelio nos presenta el siguiente pasaje hierofánico:

Los apóstoles viajan en la barca sin Jesús, quien se quedó despidiendo a la gente. Les señaló la playa adonde los encontraría después. Al poco rato se desencadenó una tormenta inusualmente fuerte: el mar encrespado y un fuerte viento en contra. El agua inundaba la barca, ganándoles a quienes trataban de “achicarla”. Todos tenían miedo, incluso Pedro, capitán de la barca y experto marinero; pero era un miedo especial, según su cosmología cultural: Era de noche, la “Hora de las Tinieblas”, cuando actúan sin límite algunas “Fuerzas” llamadas “daimones” (no necesariamente malignas; pero sí peligrosas); las mismas que habitaban bajo el mar, como Leviatán, el monstruo marino, o que irrumpían a través del viento. La situación era de “terror”. En eso, ven un espectro caminando sobre las aguas del mar, y que, al parecer, se dirige hacia ellos. Les gana el “pánico” y gritan aterrorizados. Jesús los calma, “´Soy yo’.[4] No teman”  Pedro le propone: “Si eres Tú, Señor, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”, y Jesús le responde –“Ven”-. Entonces Pedro, aún sin darse cuenta cabal de lo que pidió, baja de la barca, embelesado, con los ojos fijos en Jesús, y confiado camina hacia Él. De pronto cobra conciencia de lo que está sucediendo: “¡¡¡Estoy caminando sobre el agua!!!” Recobra la razón y se hunde. Jesús le toma del brazo y le reprocha –“¿Por qué dudaste? Hombre de poca fe”. Ambos suben a la barca. Jesús, puesto de pie, increpa fuertemente al mar –“¡Cálmate”!- y al viento –“Enmudece!”. Entonces, lejos de tranquilizarse, su pánico se transforma en “pavor”: ¿Quién es ese Jesús? Maestro y amigo, ciertamente; pero también alguien a quien “el viento y el mar obedecen”? y postrado, agobiado por el “sentimiento de creatura”, Pedro exclama: “Apártate de mí, que soy un pecador”.

Inmanencia y Trascendencia[5]

Quienes han profundizado en el “misterio”, distinguen en él dos dimensiones: la “trascendencia” y la “inmanencia”. Algunos tratan de compaginar ambas y otros, optan por una de ellas excluyendo – o dando simplemente más preponderancia a la otra.

La “Trascendencia”.

  • Dios, desde la dimensión trascendental, sería el “totalmente Otro”, el absolutamente diferente a sus creaturas, al punto que, según la “teología negativa”, sólo podríamos referirnos a Él de forma negativa, afirmando “lo que no es”: incomprensible, inabarcable, infinito, infalible, inconmensurable, intemporal, impecable, etc… La trascendencia de Dios sobre todo se manifiesta en la creación: “Los cielos proclaman la Gloria de Dios”

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8, 3-6).

  • La astronomía actual habla de “polvo cósmico”, compuesto –según conocemos- por sólo los 63 elementos químicos encontrados en la tabla periódica de Mendeleiev, los cuales se fueron agrupados en átomos – moléculas – cuerpos- estrellas – soles – sistemas planetarios –galaxias – miles de millones de nebulosas cada una con sus miles de millones de estrellas y “sistemas planetarios”[6], que se separan unas de otras. Esto hace presuponer que hubo un “Big-Bang” inicial que estalló hace unos 15 mil millones de años y que, según Newton, al moverse en el vacío y sin fricción alguna, se distancian a velocidades vertiginosas. ¿Habrá en el inmenso espacio otros Big-Bangs similares? Esas regiones llamadas “hoyos negros” (la mayor parte del espacio), donde no hay luminosidad que refracte y haga visible ciertos cuerpos, ¿serán la simple ausencia de materia? La biología balbucea rastreando el origen de la vida, en este pequeño planeta azul, que reúne las condiciones óptimas para hacerla posible.[7]  También  asombran las formas tan variadas de su evolución, que han llegado a alcanzar la complejidad del cerebro humano. Y si de la inmensidad espacial pasamos a la inmensidad microscópica, el asombro crecerá aún más. El creacionismo teísta constituye la hipótesis más racional y plausible que la ingenuidad del ateo (es por azar)… si bien, el “motor inmóvil” de Aristóteles a nadie ha convertido.
    • Pero, si bien la trascendencia describe la “omnipotencia divina”, nuestro Credo también reconoce otro atributos complementario: el “Padre”, ese “Otro” contra-distinto al “nos-otros”, que nos invita a un diálogo de intimidad. Podemos aceptar su invitación y relacionarnos con Él, mediante el “habla” y la “escucha”, con las características dialogantes del “personalismo comunitario”.[8] Muchos devotos le hablan a su modo: repitiendo oraciones piadosas redactadas por otros (algunas, muy bellas, de autores místicos, otras, las del pietismo ingenuo, se enredan en peticiones y palabrerías).

La “Inmanencia”

  • Es la otra dimensión del Misterio, opuesta a la anterior. Se trata de lo más cercano, lo más íntimo, lo más profundo. Los cristianos nunca hemos negado esta característica; pero durante mucho tiempo, preferimos la “trascendencia” y descuidamos la “Inmanencia”. Recientemente, con la moda orientalista del New Age, pudimos conocer mejor el panteísmo budista como forma inmanente del “Ser en su totalidad”. Esta intuición alerta a quien practica la meditación trascendental, contra la supuesta ilusión del “ego”: un “sujeto” contrapuesto a un “objeto”.                                        
  • La conciencia de que existo dentro de una totalidad de la que formo parte, y su conclusión lógica -no existo por mí mismo, pues si así fuera, sería inmortal- me lleva a concluir que mi ser depende de Alguien más íntimo y profundo que yo: el Espíritu Santo, quien actúa en mí con su Gracia y con quien puedo relacionarme, adorándolo sin necesidad de palabras. Esta introspección contemplativa, según testimonian los místicos, provoca un estado de gran bienestar, semejante al del enamoramiento.
  • Este inmanentismo  contemplativo es legítimo y gratificante; pero corre el riesgo de que este embeleso nos ancle en una actitud intimista, olvidando la realidad del pavoroso mundo que asesina día con día a millones de hermanos nuestros. Una contemplación indiferente al sufrimiento de estas multitudes, nos enajena y nos aleja de la “misión transformadora”.
  • Si, como vimos, la dimensión “trascendente” nos condujo al Dios todopoderoso, algunos místicos y poetas testimonian que también desde la dimensión “inmanente” se puede llegar al Dios creador, no mediante la razón, sino mediante la búsqueda apreciativa. Se trata del Espíritu, a quien San Juan llamó “el Amor”. El arrobamiento embriagó a estos místicos, quienes también vivieron ese momento “evanescente” y fugaz, que los flechó; pero que se fue esfumando, despertando el apremio de la búsqueda: “Como busca la sierva, corrientes de agua, así mi alma te busca a Tí, Dios mío”: mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios”? (Sal 41) (“No lo buscarías, si no lo hubieses ya encontrado”).
  • A esa nostalgia de un gran amor fugazmente experimentado, San Juan de la Cruz llamó “Noche Oscura del Alma”. En su Cántico Espiritual comunica esa conocida añoranza:

“¿A dónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y ya eras ido”.

Con Isaías, San Juan podría exclamar: “Es verdad: tú eres un Dios escondido” (45, 25). Pareciera que Dios juega a las escondidillas, incentivando nuestro anhelo: “Pastores los que fuéredes allá por esos sotos sin fronteras, si por ventura viérdes a aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero” (San Juan de la Cruz).

Y esos “pastores” (“deseos, afectos, gemidos”) le responden al alma nostálgica: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura.

  • La Revelación es la “palabra segunda” de Dios; pero la creación es su “palabra primera”; y así como el artista deja su firma en la obra pictórica o escultórica, Dios deja su huella en las creaturas, que -excelentes y bellas- alaban al Creador (cántico de alabanza de las creaturas, de Daniel 3, 57-88). Por eso, San Francisco de Asís, extasiado ante ellas, las consideraba sus “hermanas”, hijas del mismo Dios (hermano sol, hermana agua, hermano fuego).
  • Pero ni siquiera los místicos mismos conocen ahora a este Ser, “cara-a-cara”, sino tan sólo en enigma, “como en un espejo”, en las múltiples imágenes de Dios que, muchas veces, las creamos a nuestra imagen y semejanza.

¿Con que Dios identificamos al Misterio?

  1. El politeísmoMuchos creyentes identifican a “Dios” con el “Misterio”. Pero la palabra “dios” nos confunde, pues existe gran variedad de dioses, en guerra unos contra otros. En el proceso de cristianización de la época colonial se dio un sincretismo de yuxtaposición: los antiguos mesoamericanos se convertían sinceramente al Dios cristiano, dándole el culto prescrito; pero luego, iban a ritos clandestinos a satisfacer a sus antiguas deidades. El sincretismo que Jesús condena es el que intenta combinar dos cultos antagónicos: “Nadie puede estar al servicio de dos señores, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará. No se puede estar al servicio de Dios y de Maimón (el dios de las riquezas)” (Mt. 6, 24). O la condena de Josué al llegar a la tierra prometida, cuando los israelitas daban culto a Yahvé; pero también a Baal (el dios local de los cananeos).Los profetas luchaban contra los ídolos, considerándolos como “falsos”, fabricados de madera o piedra. Actualmente seguimos adorando ídolos; ahora más crueles y sofisticados: los ídolos del “tener”, del “poder” y del “placer” egoísta.Ateniendo a los orígenes etimológicos, nos muestra la insuficiencia del término “dios”, para nuestra adoración, pues la palabra se identifica con el politeísmo: La lengua de los pueblos indoeuropeos (su territorio abarcaba desde la India hasta Francia, pasando por los pueblos germánicos, eslavos, grecorromanos, etc.). En su lengua, el sánscrito, la palabra “dios” era “Dyaus” (el Cielo diurno),  que pasó al griego como “Theus” –participando de la mitología de aquella cultura: “Zeus”, padre de los dioses, sería la deidad del trueno. Del griego pasó al latino “Deus” y de allí a las lenguas germánicas o eslavas -Theo o Teo (“teología”), Thio, Dío o Día (el cielo diurno)-. La palabra original fue consubstancial al politeísmo griego, con sus abigarradas mitologías de dioses emparentados, quizás personificaciones de elementos de la Naturaleza; pero creados “a imagen y semejanza” de sus creadores, con sus mismos defectos, odios, envidias, adulterios, etc.[9]
  • El Monoteísmo
    • Las tres religiones monoteístas se remontan a un primer hombre, Abrahám, a quien Yahvé se le reveló pidiéndole que creyera que sólo Él era el único Dios verdadero. Para probar su fe, lo sacó de su ciudad -Ur de los caldeos- y lo mandó al desierto, prometiéndole la mejor tierra de Oriente Medio, Palestina. De él derivaron las tres religiones monoteístas -el judaísmo, el Islam y el cristianismo- que radican en esa misma región, que consideran a Jerusalén como su ciudad santa, las tres religiones se consideran descendientes de Abraham, el padre en la fe, si bien, una de ellas, desciende de la estirpe de Ismael, hijo de Agar, la esclava (en aquel entonces, cuando la esposa era estéril y le prestaba su esposo a una esclava para procrear, el hijo se considera descendiente legítimo del marido). Las tres religiones creen en el mismo Dios, cuyo nombre original sería Yahvé (Adonai), “Yo soy el que existo”: unDios sin nombre y sin imagen. Siendo el mismo Dios, recibió distintos nombres: el lejano Yahavé, el belicoso Alá o el compasivo Abbá. Las tres son “religiones del libro”, considerado su principal fuente de fe: (El Antiguo Testamento, el Corán, los Evangelios); las tres tienen su propio “enviado” (Moisés, Mahoma, Jesús); su tipo propio de “santo”: el “profeta”, el “kamikaze” (que se deja matar o mata por su fe), el “santo canonizado” (la Iglesia lo acredita como auténtico discípulo de Jesús). Su propia postura de orar (postrado rostro en tierra y brazos adelante; de pie, alabando con los brazos en alto; de rodillas).
  • Nuestro Abbá
  • El Dios de Jesús es el “Abbá”, padre compasivo y misericordioso. Pero Dios no posee ningún nombre ni con en ninguna imagen. Ni siquiera con este “Abbá”, pues también ese nombre está condicionado culturalmente: el fuerte patriarcado semita le impidió a Jesús llamar a Dios, p.ej., como “Madre” o como “Padre-Madre”. Además, la palabra “padre” connota imágenes de nuestras experiencias subjetivas del “papá” que nos tocó: el padre-juez castigador, implacable, que nos azotaba para corregirnos; el padre distante,  que delegaba en la madre la educación de los hijos y no se interesaba por ellos; el papá-cuate o “abuelito consentidor”, buena onda y compasivo, que nos deja hacer todo lo que se nos antoje, aunque así lo haga inseguro.
  • Más interesante es constatar que, más que diversos dioses, existe una gran pluralidad de “imágenes de Dios”. Cada uno de los “adoradores” construye su propia imagen de Dios y su forma de adorarlo. Se precisa de un trabajo de discernimiento, que implica la deconstrucción de la imagen que nos hemos formado, a partir de nuestra subjetividad, de nuestros recuerdos, de nuestra provisionalidad, para la reconstrucción de otra imagen que percibimos ahora como preferible a la que teníamos.
  • El criterio definitivo para elegir a nuestro Dios como objeto de adoración, lo aporta San Juan al término de su prólogo: “A Dios nadie lo ha visto jamás; la Palabra nos lo dio a conocer” (Jn 1, 18).Creo que la referencia es a la Segunda Persona trinitaria, el llamado “Dios-Hijo”, obedeciendo a cómo lo llamó Jesús, y esa es la Persona “por quien todo fue hecho”. Todo lo que conocemos de ella es por lo que Jesús nos mostró por sus enseñanzas; pero, sobre todo, por su vida. Es conociendo a Jesús -el Dios encarnado- como aprendemos cómo es ese “Abbá”: ¿Cómo pensaba, de qué le gustaba hablar, con quiénes se juntaba, que le hacía enojar, de que temas hablaba más y qué temas apenas los tocaba, como oraba, como planificaba y evaluaba, cómo descubrió y cumplió con la importante y difícil misión, aparentemente fracasada? El único camino para conocer a la Segunda Persona trinitaria es Jesús de Nazaret, y así se cierra una espiritualidad trinitaria: el Padre creador trascendente, la Palabra enviada del Padre para redimirnos y el Espíritu Santo, Amor y Santificador inmanente.

[1] Charla a exclaretianos (noviembre 2023)

[2] “Das Heilige”, en español traducido como “Lo Santo”; pero quizás fuese mejor “Lo Sacro”

[3] El Éxodo” narra que cuando Moisés hablaba “cara a cara” con Dios, su rostro quedaba resplandeciente y intimidante, por lo la gente le obligaba a cubrirse el rostro con un velo.

[4] “Soy yo”, expresión impronunciable, el nombre de Yahvé, “Yo soy el que existo”, que sólo se pronunciaba al revés, “Adonai”.

[5] Inspirado en Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[6] La nuestra, la “Vía Láctea”, tiene 7 sistemas planetarios

[7] La teoría más aceptada hoy sobre el origen de la vida, la atribuye a polímeros y aminoácidos, con préstamos de átomos de oxígeno y ayudados por la energía del sol.

[8] Manuel Mounier, Levinas, Laín Entralgo, etc.

[9] Zeus, esposo de Juno, comete adulterio con Selene, una humana mortal, con quien engendra a Dionisio. Juno, vengativa, le mete celos a la mortal Selene, diciendo que no se trataba de Zeus, sino de un impostor, y que le pida mostrarle su Gloria. A base de tanto insistir, Zeus se la muestra y su fuerte esplendor mata a Selene. Zeus esconde a su hijo dentro del muslo, mientras se desarrolle y nazca

Clase 10. El ciclo de las estaciones

1. MITOLOGÍA Y RITUAL

  • El cosmos emerge a la conciencia en su doble aspecto, fascinación y terror. Tratando de escrutar el Misterio es como las colectividades construyen su mitología. La mitología, empero, no se queda en lo mero cognitivo (el afán de saber), sino por necesidad de la sobrevivencia misma.
  • Cuando los mitos se derivan de la contemplación, se traducen en “comportamiento” –los animales no tienen ritos: el león que devora una cebra no la ve como algo distinto de sí mismo; ambos están inmersos en la inmediatez de la naturaleza–. Es la conciencia la que introduce la objetivación. La naturaleza se evidencia entonces como algo más que lo “ya dado”, y es por esto que la colectividad plasma sus mitos en instituciones culturales (trabajo, vestido, sistema de parentesco, dieta alimenticia, construcción de la vivienda o de la aldea, etc.).
  • Aquel comportamiento destinado a humanizar la naturaleza, deviene “perpetración”. Si deriva de lo racional, conduce a la técnica utilitaria. Si deriva del conocimiento mítico, se realiza a través del ritual. En el ritual no hay manipulación técnica, sino “sacrificio”, don.

Imbricación de mito y rito

El mito y el rito son inescindibles. En algunas ocasiones, el ritual que rememora una cosmovisión mítica; en otras, la narración misma de un mito constituye un ritual

  • Un ejemplo: el mito mexica del nacimiento de Huitzilopochtli. Su madre, la Coatlicue (“la de la falda de serpientes”), era una diosa importante, rostro femenino de Ometéotl. Era la diosa madre de la Tierra, y por esto, mu temible. En su figura mortal, era una sacerdotisa, cuya función era mantener limpio el templo de Coatepec (“Cerro de la Serpiente”). Un día en que estaba barriendo el templo le cayó encima una bola de plumas de ave (¿paloma?,¿colibrí?). Ella recogió algunas y se las metió en su cinturón; pero luego ya no las encontró. Al poco tiempo, se dio cuenta que estaba encinta (por la pluma), engendrando a Huitzilopochtli, el dios del Sol y de la Guerra. Ya durante la gestación misma, podía hablar con su madre. La hija de Coatlicue, la Coyolxauhqui, la poderosa diosa Luna, muy fuerte. Ella se disgustó, pues, se desconocía al que embarazó a su madre. Quería matar al niño, y para ello, fue a hablar con sus 400 hermanos, los Centzon Huitznahua (‘Cuatrocientos Huiztnaua’), que eran las estrellas. Uno de estos 400 hermanos, no estuvo de acuerdo y subía para hablar con Huitzilopochtli, avisándole por donde andaban sus hermanos, y cuando ya estaban por entrar al templo, el niño nació, azul, totalmente armado, con un escudo y una espada de pedazos de obsidiana, y un poderoso rayo de sol. Los descuartizó a todos; pero en primer lugar, la la “Coyolxauqui”, a la cual, despedazada, la arrojó por las escalinatas del templo.

En la fiesta de Huitzilopochtli, se hace una representación del mito: Se sacrifica a un esclavo, al cual, un año anterior al rito, era venerado como encarnación del dios, bien alimentado y bien vestido; pero el día de la fiesta, ya muy conciente de que lo iban a sacrificar, subía orgulloso y tranquilo, pues sabía que con su corazón alimentaría a la divinidad, y el pueblo quedaba expiado. Entre tanto, 400 guerreros, danzando, daban la vuelta en torno al Templo Mayor.

  • Otro ejemplo: la misa católica. Toda la liturgia prepara el momento central, la Consagración, en la que el sacerdote recita la narración del memorial sagrado, de la muerte de Jesús. El celebrante va escenificando cada gesto de Jesús, cuando instauró la Eucaristía: “mientras cenaba con sus apóstoles, tomó el pan en sus santas y venerables manos, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo las palabras mismas que, según los evangelios, recitó Jesús: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo”. Y después, volviendo a darte gracias, tomó el cáliz con el vino, y dando gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo: “tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de la alianza, nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos, para el perdón de sus pecados”. Y entonces sucede la “transfiguración”, es decir, en ese preciso momento, el pan se convierte en el cuerpo de Jesús y el vino en su sangre. Mito y rito se han fundido en el momento más sublime del principal rito católico, y el mito trasciende los dos mil años del suceso y se hace presente, y el comulgante, al recibir la Hostia consagrada, se identificará con Jesús mismo, muriendo en ese instante, con la muerte misma del maestro (dos saltos mortales, temporal y espacial: el otro cuerpo.)
  • Rito, juego y teatro. Parece que el rito tuvo su origen en el juego. La actividad lúdica es previa a todo producto cultural -incluido el lenguaje- y acompaña a las culturas hasta la muerte. Huitziga afirma que el juego, el rito y el teatro tuvieron el mismo origen, y describe el juego como “una acción libre, ejecutada ‘como si’ sentida como una acción fuera de la vida corriente; pero que a pesar de todo, puede absorber por completo al jugador sin que haya ningún interés material, ni se obtenga de ello provecho alguno; que se ejecuta dentro de un determinado tiempo y espacio, que se desarrolla en un orden sometido a reglas y que da origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio o a disfrazarse para destacarse del mundo habitual”. Como vemos, esta descripción podría aplicarse con facilidad a los ritos. Pienso, por ejemplo, en el “Pedimento”, lugar cercano al Santuario de Juquila, donde hay lodo. Allí, los peregrinos a visitar a la Virgen, hacen reproducciones en barro de los bienes que esperan obtener de ella. Incluso, un cerdo puede ser una bellota a la que se amarra un cordel; o una casita o coche de juguete, o un enamorado lleva del brazo a una novia invisible, etc.

• Pero el hecho que no haya un provecho utilitario en el rito, no quiere decir que no haya trabajo. A veces hay mucho trabajo; pero no es productivo ni remunerado. La preparación de culto requiere de actividades intensas, a veces, agotadoras. Un ejemplo es el rito del “descendimiento” del viernes santo en las comunidades rurales de Oaxaca (bajar de la cruz a Jesús muerto, y ponerlo en el ataúd). Este acto tiene lugar terminado el sermón de las Siete Palabras, a eso de las tres de la tarde. El sacerdote predica desde el púlpito, en medio del templo. El presbiterio esta cubierto con un gran velo morando. El sacerdote debe decir en su sermón la expresión convenida: “el velo del templo se rasgó”; entonces se corre el velo y se deja ver un escenario de la imagen un Cristo articulado, delante de un entramado cubierto de plantas verdes, traídas desde lejos la noche anterior. A ambos lados de la cruz, están sendas escaleras sobre las cuales dos “santos varones” (José de Arimatea y Nicodemo) proceden, de inmediato a bajar al Jesús: primero desclavan el letrero INRI, quitan la corona de espinas. Luego desclavan un brazo, con un martillo que golpea algún objeto metálico oculto. Como decíamos que el Cristo está articulado, con cuidado se baja el brazo, y de igual manera se procede con el otro brazo y con las piernas. Entonces, con sumo cuidado, uno de los “Varones”, con un lienzo en la mano, baja muy despacio y con delicadeza, el cuerpo del Crucificado. Entre tanto, la gente esta de pie, a la expectativa, sin moverse ni perder ningún detalle. Pareciera que, si sucediera algún percance, recaería sobre el pueblo alguna desgracia. Ungen con oleo el cuerpo y lo depositan en el ataúd, que posteriormente lo llevarán en peregrinación a otra capilla, donde será velado.

Hay que hacer notar que previamente a esta ceremonia, durante toda la noche anterior, un grupo de hombres estuvo trabajando para cimentar la cruz en el presbiterio, quitando una losa del piso, y un armazón de madera sobre el cual se fueron poniendo todas las plantas. Este trabajo se realiza detrás de la cortina morada; entretanto, un rezandero canta algo. Nadie -y menos las mujeres- puede ver esto. Y todo este trabajo para que se corra el telón morado, un soldado le da una lanzada al Cristo, y de inmediato comienzan a desmantelar todo. La gente se lleva los ramos de planta o las flores, de modo que todo se deshace. ¡Todo este trabajo efímero no dura sino un minuto!

Reiteración rubricista y migración de significado

Un rito se convierte en culto, cuando se dirige hacia una deidad y que, además, se den reiteración de actividades detalladas, en secuencia preestablecida y eventualmente y en fechas precisas del calendario. Mediante tales rúbricas se institucionaliza y así logra su estabilidad en el tiempo. El ritual, entonces, permanece más allá de la mitología. La gente sigue asistiendo a lugares “sagrados”, en fechas precisas; aunque no se recuerde su origen mitológico.
Por ejemplo, en la ciudad de Oaxaca, el “lunes del cerro” (primer lunes después de la fiesta de la Virgen del Carmen), muchas personas suben al cerro de El Fortín, a la orilla de la ciudad, para comer tlayudas; aunque nadie relacione ésta tradición con el despeñamiento de una doncella noble, según ritual practicado cuatro siglos atrás en aquel bastión azteca, ni tampoco piensen que aquella doncella fue sustituida por la Virgen del Carmen. Pudo perderse la “memoria peligrosa”; pero el rito permanece, incluso en una cultura secularizada.
Otro ejemplo de cómo un significante permanece con un cambio de significado, lo encontramos en el símbolo cristiano de la cruz. Originalmente, instrumento de pena capital reservado a quienes osaran rebelarse contra el Imperio Romano, y disuadir a sus simpatizantes (de ahí que se alentara todo tipo de tortura y humillación). La Legión Tebea, un ejército que destacaba por su valentía y heroísmo, integrado en su mayoría por cristianos, optó por grabar en su casco el signo de la cruz, provocando a las autoridades, pues no se les podría acusar de desobediencia o traición. De ahí pasó a ser símbolo de la fe cristiana; pero sincretizado por la cruz celta de Whiteleaf, como amuleto para defenderse del fiero dios Cernnunus, de los grupos paleolíticos del Norte, quienes, con armas menos poderosas que las de los celtas, sin embargo, por su conocimiento del terreno y su agilidad, no podían ser vencidos, lo que sus enemigos atribuían a la protección de aquel dios de cuernos y pesuñas de ciervo. Luego se convirtió en amuleto contra los vampiros, en la novela sobre el conde Drácula, habitante en un castillo en los Montes Carpatos, de Transilvania, Rumania, y en explica que en desde la Colonia Novhispana, se pusiera una gran cruz en la boca de las cavernas, donde los nativos habían escondido a sus dioses, que para los misioneros eran en realidad, demonios. La migración del significado no fue causada tanto por la banalización de sus repeticiones, cuanto a la variación del contexto sociocultural.

  • Los mortales se comunican con la divinidad a través de los rituales. Se trata de una “comunicación participativa” de tipo platónico, en la que el ser que posee una cualidad en forma plena es causa formal de todos cuantos participan de ella en forma degradada o menguada, sin que, por ello, su cualidad se vea menoscabada. Es así como la comunidad, por medio de ritos, se incorpora al ámbito de lo sagrado, pudiendo adquirir ciertos beneficios, gracias a la acción benevolente de los seres sobrenaturales.
  • Ya que el poder se deriva del saber, los ritos, al ser interpretados, constituyen un sistema de señales capaz de comunicar información, verbal y gestual (símbolos, danzas, dramatizaciones), que es el lenguaje religioso primitivo. De este modo, según Durkheim, por medio de los ritos, la comunidad se comunica consigo misma, congregando multitudes y contagiando sentimientos de euforia y exaltación, otorgándole cohesión y unidad. Por esto, quizás sin ritos no pueda existir ninguna colectividad (al menos, los ritos secularizados que aún conservamos). Concluyo afirmando cómo el contenido de esta comunicación es nada menos que la forma como la comunidad organiza su “mundo” (mitología), es decir, todo aquello que considera dignos de ser transmitido a las nuevas generaciones.

El Ciclo de las Estaciones

Espacio y tiempo son categorías del ser humano, no son cualidades intrínsecas de la naturaleza. El animal vive en la inmediatez -el león se considera a sí mismo y a su presa como una sola entidad. El ser humano se concibe como “cosa”, ubicado en un tiempo y un espacio. No existe una especie de reloj cósmico donde se colocarían todos los movimientos astrales, ni tampoco una especie de brújula cósmica que ubicara la dirección de sus desplazamientos. Estos son conceptos elaborados por nosotros.

Ritualización del Espacio

  • El tiempo y el espacio son categorías meramente gnoseológicas. Las necesitamos para pensar, e incluso, para percibir y manejarnos en el mundo. Cada época y cada cultura poseen su propia manera de concebir el espacio y el tiempo: en Occidente, las consideramos como cualidades homogéneas; divisibles en segmentos iguales indefinidamente (el punto y el instante no tienen dimensiones, son sólo realidades matemáticas). En las culturas primitivas, se “separan” ciertos fragmentos y se les considera con cualidades diferentes, la oposición binaria más antigua que se conoce –antes de “bien/mal; “bello/feo”; sano/enfermo– es la oposición entre “sacro” y “profano”.
    • Sin embargo, pueden darse desplazamientos entre una realidad y otra. Concretándonos al espacio, existen los “lugares sagrados”, separado de la profanidad general del mundo, y de ahí vienen rituales espaciales, como la procesión y la peregrinación. En la procesión, lo sagrado sale de su espacio propio e irrumpe en el espacio de la profanidad, santificándola. En la peregrinación, al contrario, es lo profano que se desplaza hacia el lugar sagrado, para entrar en su contacto y obtener bendiciones sobrenaturales.
  • Peregrinación. El ser humano ha sido siempre un perpetuo itinerante -su sedentarismo data de apenas 6000 años-; las migraciones siguen siendo un preocupante fenómeno actual. Las causas saltan a la vista: las oleadas de emigrantes salen de su pueblo y patria natales, pues ya la sobrevivencia no se le garantiza ahí, e incluso, para ayudar a su familia. Pero es posible que en su inconciente se agazape, tal vez, la curiosidad milenaria por querer investigar qué hay detrás de aquellas montañas.
  • La peregrinación es un ritual muy antiguo: los registros de visita a ciertos lugares sagrados se remontan a hace unos 20,000 años. Pero no basta el mero desplazamiento hacia aquellos lugares, sino que se requiere del “romero” o peregrino de ciertas actitudes. No es difícil distinguir al “peregrino” del mero “visitante”. El devoto deja por un tiempo sus horizontes habituales, sus “hábitos” donde “habita”, para incursionar hacia la fuente de todo; al encuentro del radicalmente Otro.

Ritualización del Tiempo

• La medición del tiempo suele ser de dos tipos: el tiempo ecológico, cósmico -ciclo de las estaciones-, y el tiempo y el tiempo estructural -ciclo vital del individuo)
• El tiempo -como el espacio- depende de la calidad de su influencia (tiempo sacro / tiempo profano): tiempo fasto o nefasto, según el período que se mida:
o Las horas del día: nosotros distinguimos 24 horas, día y noche; pero en otras culturas son 7 horas día o noche. Las 9 am es fasto, el mediodía también es fasto, la media noche es nefasto.
o Los días de la semana: Días fastos: sábado y domingo/ nefastos martes y viernes/ peligroso, lunes (ánimas)
o La semana (lunas) llena, menguante, nueva, creciente.
o Días del mes: 1 (fasto) 13 (nefasto).
o “Cabañuelas”: métodos tradicionales de predicción metereológica utilizado en España y América, durante el mes de enero. Para tales predicciones, el experto se basa en indicadores como las formas de las nubes, la dirección del viento, las características del Sol, la Luna, las estrellas, la niebla, el rocío de la mañana, el arco iris o el granizo, etc.
o El trimestre (estaciones). Para ello es necesaria la observación astronómica para fijar la fecha exacta de solsticios y equinoccios, y algunas etnias lo fijan arquitectónicamente: los mayas de Chichén Itza, por ejemplo, saben que en el solsticio de otoño baja Quetzalcóatl, y esto lo marca la pirámide de Chichén Itsá. Exactamente, el 23 de septiembre, un juego de luces y sombras deja ver cómo baja la serpiente emplumada. Los nahuas de Malinalco, en el equinoccio de primavera, el sol queda al centro de un monumento pétreo. Los Zapotecos de Monte Albán, construyeron en la escalinata de un edificio al que en uno de sus escalones le falta la piedra del fondo, y ese hueco da a un camerino, y en una fecha precisa, el rayo del sol poniente ilumina un jeroglifo.
En el medio rural, el cristianismo preconciliar celebraba las “témporas”, al inicio de las estaciones, Se hacían procesiones por los campos y se bendecían los terrenos y labores
o El año: años nones (fastos) / años pares (nefastos).

• Contra lo que pensamos (que primero se inventó el calendario y luego las fiestas), en realidad fue al revés: sin fiestas no habría calendario, y la vida social no tendría orden: sin domingo (reposo y culto) no habría semana.
• Las exigencias de las labores requirieron la medición del tiempo. Sin embargo, no todas las culturas reconocen el mismo número de estaciones (los chinos tienen 5; en otros lados, sólo dos -secas y lluvias-), y también, del tipo de labores que se realicen y de las latitudes (en el Cono Sur del Continente, la Navidad es tiempo de calor, por lo que no tiene sentido los trineos y los abetos). En las sociedades más complejas, los trabajos se diversifican, por lo que se requiere una medición más exacta del tiempo para coordinarlos:
o Los pescadores atienden a la luna, pues demasiado brillo impide que salgan los peces
o Los cazadores deben prever el tiempo de migración de las aves.
o Los campesinos necesitan saber el tiempo adecuado para sus labores del campo.
• Esto se realiza comparando dos movimientos distintos, y lo más práctico fue regirse por el movimiento de los astros, especialmente Venus, el Sol y la luna. Lo más común es acomodar el ciclo laboral (siembra/cosecha) con los cambios en la naturaleza: el ciclo astral (cambio de las estaciones), y para recordar el tiempo exacto entre la población mayoritaria, ajena a cálculos astrales, se estableció el ciclo ritual, en torno a los ejes litúrgicos de Navidad y Pascua.
• No siempre el movimiento de los astros determina las labores. Ejemplos:
Los huicholes no se guían por los astros, sino por el peyote, su planta sagrada. Este grupo étnico es seminómada y habita en el desierto potosino. Dado que la reserva de cosecha de maíz no alcanza para todos los habitantes del poblado, los varones, dejando en el poblado a mujeres, niños y ancianos, salen al desierto, y en recolección y cacería, se agencian el alimento de cada día. Cuando aparecen los primeros peyotes, los flechan y reconocen que el maíz ya casi está a punto de ser cosechado. Entonces cazan un venado y regresan al pueblo para celebrar la fiesta del maíz. Por el camino, hacen un minucioso examen de conciencia de sus pecados, que recuerdan por nudos en un cordel. Al llegar, cosechan el maíz y hacen su fiesta. En determinada fecha, peregrinan hacia la meseta de Viricota y comen peyote para comulgar con su dios Mezcalito, quien se deja ver.

o Los Nuer basan sus actividades laborales en las dos únicas estaciones tropicales: tiempo de lluvias torrenciales, que inundan todo el valle, por lo que tienen que cambiarse a lugares elevados y sembrar mijo; y el tiempo de seca en que bajan a pastorear y cazar.
o Los Mursi (Etiopía) también alternan su cultivo en campo inundado y el pastoreo. Pero ellos no se guían por el sol, sino por las lunas. Tienen un calendario de 12 lunas, con nombres y actividades precisas para cada una de ellas; pero no es claro fijar cada año cuál será la luna inicial, lo que requiere de debates y acuerdos (nosotros decimos: “ya estamos en abril, ya van a llegar las primeras lluvias”; mientras que ellos razonan así “ya llegaron las lluvias, luego, estamos en abril”)
o Los Trobriand (Polinesia) inician el año después del plenilunio de otoño (entre octubre y noviembre), cuando el gusano “malimalia” coletea en el agua y emite su material reproductivo (octubre-noviembre)
o Los Huaves (Oaxaca) son pescadores que viven cerca de unas lagunas cercanas al mar. Las lluvias les son necesarias; pero si se prolongan, se unen aguas dulces y saladas. Por esto, en la fiesta patronal de San Mateo, hacen la danza de la tortuga (lluvia), para pedir lluvia; pero la suspenden, y la renuevan en la fiesta de Corpus Christi, para pedir el cese de las lluvias, para lo cual, degüellan a la tortuga.

• En Mesoamérica precolombina, los antiguos supieron calcular los cambios de estación mejor que los invasores. Mientras que, en Europa, antes de conocer los años bisiestos, sus cálculos tenían muchas fallas; mientras que, entre los Mexicas, los calculaban con exactitud, e incluso, supieron popularizar este conocimiento entre la población, gracias al símbolo del “Ollin”. Su cálculo lo lograron fijándose en el curso de los astros, tanto en el día como en la noche:
o En la noche lo hicieron mirando las estrellas de dos constelaciones, que hoy las conocemos como Osa Mayor y Osa Menor, las cuales giran en un año, en torno a la Estrella Polar (hasta hace poco, se confundía con el Planeta Venus). Notaron que su ciclo anual podía coincidir con los equinoccios y solsticios, y si gráficamente se dibujaban en los días de cada estación, forman una especie de cruz gamada. Además, sumando las siete estrellas de la Osa Mayor, las cinco de la Osa Menor y añadiendo el astro central de referencia (Venus), daría 13. Y si multiplicamos 13 por las cuatro estaciones, sumaría 52, el siglo mesoamericano.

o En el día, Se fijaron los puntos exactos por donde el sol salía y se ponía en el solsticio de verano y se trazaba una línea recta; y los puntos exactos en los que el sol salía y se ponía en el solsticio de invierno y se trazaba otra línea recta. Se trazaban sendos arcos de un sol a otro, resultando cuatro ámbitos, con referencia al punto de cruzamiento, lo que hacía una figura en forma de flor. Cada ámbito era un punto cardinal (no puntual, como nuestra brújula, sino más buen un ámbito extenso), teniendo el Norte arriba, Oriente a la derecha, Sur abajo y poniente a la izquierda. De este modo, midiendo los respectivos lugares del recorrido solar en el amanecer y el ocaso, se podía calcular los meses del año, conociendo por el sol, al mismo tiempo, el tiempo y el espacio, es decir, el calendario y la brújula. También pudieron calcular con exactitud los días sobrantes, que ritualizaban como “tiempo muerto” de descanso y culto. Todavía persiste en la actualidad vestigios del Ollin, en los pueblos originarios, como se supone, por ejemplo, en la Danza de los Voladores de Papantla; el centro, con el flautista, y los cuatro volcadores, los puntos cardinales, que dan 13 vueltas el ir desenredando el cordel. Se han encontrado símbolos del Ollin, por ejemplo, en las Estaciones Pozas de la parroquia de Huejotzingo, Puebla, en la corona de la Virgen misma, y para mayor sorpresa, se puede observar la flor de cuatro pétalos del Ollin en el vientre de la imagen de la Virgen de Guadalupe.

o Para el cristianismo, acomodar las fechas litúrgicas a los equinoccios y solsticios exigió de cuidadosa adaptación. Por ejemplo, fijar la fecha de la Navidad. En los Evangelios no hay ningún indicio sobre la fecha del nacimiento de Jesús. La Iglesia procuraba aprovechar las fechas de tiempos de fiestas paganas de Roma para cambiar el contenido de dicha fiesta (La Iglesia es “romana”). En el solsticio de invierno (cerca del 25 de diciembre), los romanos celebraban la fiesta de los “Saturnalia” (al dios Saturno), en ella, los patrones servían a los esclavos y estos mandaban. También era la fiesta del “Sol Invictus”, pues cuando los etruscos comenzaron a interesarse por los fenómenos astrales, veían con preocupación que, desde el verano, el Sol iba amaneciendo cada día más tarde y se ponía más temprano. Temían, pues, que llegaría el momento en que el sol ya no saliera; más he aquí que, a partir de la noche más larga, el día comienza a crecer de nuevo. La claridad solar vencía a las tinieblas, y por eso se regalaban lucecitas y velas. Una vez fijada la fecha del nacimiento de Jesús, contaban seis meses atrás, en el solsticio de verano, cuando era el día más largo, para fijar la fecha del nacimiento de San Juan Bautista, recordando la frase del profeta, cuando sus discípulos recelaban que Jesús también estuviera bautizando: “conviene que Él crezca y yo disminuya, pues Él es más grande que yo”. El sol del Bautista disminuía y el sol de Jesús iría creciendo. Sin embargo, entre los pueblos originarios mesoamericanos, la Navidad no es tan celebrada como el Día de los Muertos, que en México es más importante, pues para esta fiesta, los emigrantes que pueden visitan su pueblo, se reúne toda la familia, incluso los difuntos son invitados a comer, y es día no de tristeza, sino de alegría.
o El otro eje litúrgico es la Semana Santa. El cristianismo trató de poner de relieve la noche de la resurrección, simbolizado por la luna llena. Esto implicaba una fiesta movible, se procuró entonces fijara en el plenilunio más cercano al equinoccio de primavera. los judíos ya celebraban la fiesta de la Pascua (“paso” a través del mar rojo. Cristo pasa de la muerte a la vida); pero para ellos era fiesta fija (el 14 de Nissán, por el mes de abril). En Roma, los árboles, que durante el invierno pierden sus hojas y parece que ya están muertos, en este tiempo florecen (Pascua Florida), aunque todavía no nazcan las hojas. Esas flores pronto caen y después de las hojas florecen otra vez y dan fruto. Tiempo de resurrección. En los pueblos rurales, la fiesta de Pascua marca, más o menos, el tiempo del inicio de las siembras. De modo que, teniendo los dos ejes del ciclo litúrgico, el tiempo es pendular. SE muere para resucitar; se nace para morir.
La tradición sajona de la Pascua sustituye a la fiesta en honor a diosa teutona de la luz y la primavera, “Easter”, que se remota al culto fenicio de la diosa de la fertilidad “Astarté” o “Istar” (easter), cuyos símbolos eran el huevo y la liebre (los huevos de pascua, traídos por un conejo)

LA FIESTA PATRONAL

• La primigenia dicotomía Sacro/Profano implica también a la dimensión temporal: Tiempo “profano” y tiempo “sagrado”. Se trata de un tiempo extraordinario. La fiesta patronal es fiesta litúrgica; pero sólo en el ámbito local, por lo que suele fungir como identidad del pueblo. Las mejores fiestas se realizan en ambientes pobres. El dispendio que aparentemente sería derroche (cohetes, flores, comida), resulta funcional, como una inversión para exorcizar la miseria. El núcleo original de estas fiestas era el sacrificio: desprenderse de un bien útil y destruirlo para compartirlo con la divinidad, por el mecanismo reciproco del “do ut des” (dar para que me des).
• En la fiesta, la comunidad se celebra a sí misma
En ella todo se trastrueca:
 La noche se vuelve día
 El trabajo intenso no es utilitario.
 Surgen nuevas autoridades
 Los varones se visten de mujeres
 Las normas se relajan