B-Pascua III: ANTE LA CRISIS ACTUAL DE LIDERAZGO

Jn 10, 11-18

  • En nuestra época carecemos de líderes auténticos. El descrédito del autoritarismo patriarcal ha producido cierto temor de ejercer funciones de conducción, que son tan necesarias, comenzando desde la familia, la empresa, la escuela, el sindicato, la Iglesia misma y sobre todo, en la política. Un poco en todas partes, la clase política pierde legitimidad: el ansia de poder, el utilizar los puestos públicos para fines personales, la corrupción, la ambición, el distanciamiento del pueblo (del que sólo se acuerdan en tiempos de elecciones), etc… son vicios generalizados. En vísperas de elecciones, a muchos ciudadanos les cuesta todavía encontrar un candidato plenamente convincente. Frente a esto, se necesita encontrar algún modelo iluminador, y cuál mejor que el de Jesús, cuyo ejemplo de liderazgo lo plasma en su alegoría del “buen pastor”.
  • Sin embargo, las metáforas sólo resultan iluminativas si las ubicamos en el contexto en donde se construyeron.
    • Jesús la propuso a un pueblo seminómada, y seguramente mientras la exponía, podía verse pasar algún muchacho cuidando sus ovejas. En cambio, en nuestro medio moderno urbanizado no vemos ovejas pastando, y la figura del pastor nos despierta reminiscencias bucólicas, idealizadas –Jesús cargando sobre sus hombros una ovejita, con su blanca túnica porque estamos lejos de los pastores reales y de las ovejas (cada una pesa 50 kgs; su olor es apestoso; al cargarla, el pastor no puede dejar de ensuciarse y contagiarse con su pestilencia). En nuestro medio, lo que más se nos acerca a esta alegoría quizás fuesen los policías que regulan el tránsito.
    • La cosa se complica aún más en México, pues aquí, referirnos a un “rebaño de ovejas” nos connota la expresión de una “bola de borregos” (masas acríticas y manipulables). Por tanto, no nos agrada la comparación. Pero podemos hacer un esfuerzo para ponernos en el contexto de Jesús o también, en el del salmo 23, y entonces podemos notar pistas útiles para nuestra formación de líderes:
  • Jesús “buen pastor”, guía a su rebaño hacia “verdes praderas” para “hacerlas reposar”: un buen guía piensa en el mejor objetivo, no tanto el que se le acomode a él, sino pensando en el conjunto de sus guiados (a lo mejor el pastor preferiría un camino más corto; pero inadecuado para sus borreguitos).
  • Veámoslo: va delante de sus ovejas. Los arrieros suelen ir detrás de su recua, arriándola, de modo similar a aquellos líderes que no arriesgan, sino que sólo buscan seguridades; que se conforman con lo que “siempre se ha hecho así y seguirá siendo así”, que frenan iniciativas de sus subordinados. En cambio, el verdadero pastor va siempre delante de su grey, para observar mejor el “camino seguro”, que lleve hacia los buenos pastos y las “fuentes tranquilas” donde puedan “reparar sus fuerzas”. Un guía tal se adelanta a sus “agremiados”: busca nuevas ideas, proyectos creativos, investiga, indaga nuevas rutas.
  • Lleva en su mano izquierda su cayado –ese bastón que al golpear en el suelo, marca el paso del rebaño. El guía también es quien marca el paso de su comunidad, atendiendo a las fuerzas o limitaciones de todos (no corre con los más ligeros, sino atiende a los últimos). Lleva en la mano derecha una vara, con la que suavemente hace avanzar más de prisa a las ovejas rezagadas o con la que integra al redil a las descarriadas. El buen líder se preocupa por integrar comunidad (laboral, religiosa, familiar): unas veces tiene que corregir, otras, que impulsar o empujar un poco; pero sabe hacerlo con afecto y no con ira. Es lo que a los hijos, por ejemplo, les da seguridad (“tu vara y tu cayado me dan seguridad”).
  • La realidad narrada supera a la metáfora: Sería posible que un pastor defendiera al rebaño de su propiedad ante el ataque de los lobos; pero si ve que no puede afrontarlos con sus perros, seguramente huirá y lo abandonará (con mayor razón si se trata de un asalariado). En cambio, nuestro pastor “da la vida por sus ovejas”, como lo vimos en el Huerto de Getsemaní. Hay algunos líderes que se meten en problemas por su pueblo, o que incluso, corren el riesgo de ser asesinado (como algunos alcaldes a manos del crimen organizado).
  • Además, la relación entre rebaño y pastor es totalmente distinta a la que habría entre la “bola de borregos” y el líder manipulador:
    • La relación entre pastor y ovejas es muy personalizada. Este pastor “conoce a cada oveja por su nombre” y las ovejas, que “reconocen su voz”. Sus ovejas no son “borregos”. De regreso al corral, cuando van entrando una a una –o mientras las ovejas “reparan sus fuerzas” en un oasis de “fuentes tranquilas”—las cuenta y nota la ausencia de “Negrita”, su amada “oveja negra”. De inmediato deja el resto del rebaño al cuidado de los perros y sale en su búsqueda. La encuentra en la “cañada oscura” con la patita lastimada. La carga sobre sus hombros y regresa al redil. El buen líder se interesa por los problemas de cada uno de sus empleados (no los considera sólo por el servicio que le prestan), y se adelanta a ofrecerle sus servicios o sanar sus dificultades.
    • Por su parte, estas ovejas lo siguen sólo a él: quizás una noche, un salteador brincó la cerca, quitó el cerrojo por dentro, entreabrió la puerta y llamaba a alguna oveja para robarla; pero ella lo rehúye; el redil no hacen caso a la voz del extraño y sólo obedece a la voz del pastor.
  • Jesús sería la única vía, el único medio para entrar a la vida. Podemos encontrar en nuestro ambiente muchas otras ofertas de liderazgos que nos encandilan prometiéndonos placer, éxito, poder; pero que a la postre nos revelan que simplemente fuimos utilizados para su provecho. Son los salteadores o ladrones de ovejas; son aquellos que sólo utilizan a la borregada como mercancía o para trasquilarla, ordeñarla y hacerse una barbacoa. El líder ha conseguido la confianza de sus subalternos y estos ya no escuchan otras voces extrañas que quieran encandilarlas. Jesús es el pastorcito que encariñado con su rebaño, se pone en su servicio; el guía que ofreciéndonos disfrutar de ese don maravilloso que es la vida, la vida que supera la muerte, y que se pone en servicio del rebaño, pues ha venido “para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
  • Este pastor es ambicioso. No se conforma con sólo su aprisco, sino que se preocupa por otros rebaños, ya que su objetivo último es que haya “un solo rebaño bajo un solo pastor”. La salvación de Cristo no se redujo a sólo el pueblo de Israel, sino que como “luz de las naciones” envió a sus seguidores “por todo el mundo” y hasta el “fin de los tiempos”. De este modo es Señor de la Historia, pues su proyecto abarca el espacio global y el tiempo de toda la especie humana.

B-Pascua III: DISTORSIONES DE LA PAZ

Lc 24, 35-48

  • ¡Jesús vive! Sigue estando entre nosotros. Pero percibir su presencia requiere de una atención especial, pues pareciera que su cuerpo resucitado sufrió cierta transformación con la muerte: ya desde el principio mismo, dos discípulos caminan 12 kms con Jesús y lo confunden con un caminante despistado; los apóstoles reunidos lo confunden con una alucinación colectiva; Magdalena lo confundió con el jardinero; los pescadores de la barca, con un transeúnte que a distancia nota mejor la mancha del cardumen… Entonces, rastreando con cuidado, es posible encontrar signos suficientes de esa presencia. Así, respectivamente, el pan y el vino juntamente con la explicación de la Palabra; las espinitas del pescado, el nombre (“María”) con aquella entonación especial que sólo el “Rabbuní” sabía dar; la pesca milagrosa…
  • Jesús, unos días antes de pasar a otra dimensión, se dejó ver esporádicamente a sus amigos, para dejarles su encomienda: ser testigos de su Resurrección, sea –en el texto de hoy-, regresando a Jerusalén, sea -en la Ascención-, transmitiéndola hasta el fin de los tiempos–. La presencia de Jesús sigue dándose mediante algunas señales, para después de su partida, la señal que nos deja es la Paz: “la Paz les dejo”. Pero una paz diferente de cómo el mundo la suele dar, pues hay varias formas distorsionadas de paz:
    1. “Paz como equilibrio del terror”.- Como la que se dio durante la Guerra Fría: dos superpotencias armadas hasta el paroxismo, con capacidad de aniquilar totalmente a la otra parte.
    2. “La paz de los sepulcros”, como la de Porfirio Díaz, que reprimía cualquier oposición.
    3. “la paz de la no intervención”.- La indiferencia: tú no te metes conmigo y yo no me meto contigo. El dejar hacer para no meterme en problemas
  • En cambio, la Paz que los discípulos-testigos de la resurrección necesitan transmitir puede describirse por estos rasgos:
    1. Una paz que proviene de la seguridad de que Dios está con el “crucificado”, y no con las autoridades religiosas de aquel tiempo. Ya no hay ya lugar para otros “salvadores” (lect 1ª)
    2. La paz auténtica se hermana con la Justicia (“la Justicia y la Paz se besan”), pues como advirtió el Papa Paulo VI, “si quieres la Paz, trabaja por la justicia”. Al mismo tenor está el concepto de Paz que definió nuestro benemérito Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la Paz”.
    3. Los testigos de la Resurrección serán reconocidos por la paz interior que de ellos dimana: aquella que supera nuestros conflictos entre tendencias divergentes, entre los deseos y las posibilidades; entre las tendencias filantrópicas y las narcisistas. Aquel que confía en Jesús resucitado y sabe que la muerte ha quedado vencida, por lo que no se aferra a los bienes de este mundo, sino que más bien los suelta y deja ir, con lo que le hace ser más libre.
    4. Además, la paz significante de resurrección convierte a estos discípulos en mediadores de conflictos: “Dichosos los que buscan la Paz (los “peacemakers”), porque serán llamados ‘hijos de Dios’”. Quien está al servicio de la paz se asume muchas veces como “traductor” entre contendientes, acercando sus posturas de manera más “potable” a unos y a otros, al tiempo que contribuye buscando y ofreciendo soluciones.
  • De esta manera, nuestra fe en el Resucitado modifica nuestra forma de ser.

B-Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREDULIDAD

Jn 20, 19-31

  • La resurrección de Jesús es el fundamento de la fe cristiana. No se trata, empero, de un dogma abstracto que “haya que creer aunque no lo comprendamos”, sino, ante todo, de un hecho histórico; de algo que es verdad porque sucedió realmente. ¿Cómo nos consta esto? Pues como nos consta cualquier hecho histórico: por los testimonios orales o escritos. Por fortuna, contamos con ellos. Es verdad que hubo también testimonios que afirmaron lo contrario: los soldados, quienes aseguraron que el cadáver fue robado por los apóstoles. Pero según ellos mismos dijeron esto sucedió “mientras dormían”, por lo tanto, no les constó; su testimonio no es válido, y menos aun cuando uno de ellos confesó después haber sido sobornado por los sacerdotes del templo. En las cuestiones judiciales siempre suele haber algún tipo de fe, pues hay que creerle a testigos oculares, siempre y cuando posean condiciones que comprueben su credibilidad: honorabilidad, capacidad (un ciego, un mentiroso, un borracho, un demente… no son “dignos de crédito”), lugar adecuado, que hayan verificado y constatado, etc.
  • La fe es una virtud y como la mayoría de ellas, se ubican entre dos defectos opuestos (v.gr., la valentía está entre la cobardía y la temeridad). La fe se haya entre la credulidad y la incredulidad. Se dice de una persona que es “crédula” cuando está propensa a creer cualquier cosa sin verificar su aserto. En lo religioso, la credulidad se manifiesta en la tendencia a aceptar milagros o apariciones sin prueba alguna (una imagen de la virgen que se apareció en el piso del Metro o en el vidrio de una ventana; la creencia en rumores de posesiones diabólicas, las supersticiones o a algún otro fenómeno parasicológico). Hay muchos mexicanos crédulos, de quienes se suele decir que “tienen mucha fe”; pero que en realidad denotan propensión a lo mágico, y tienden a interpretar acontecimientos del azar como si se tratase de “milagros”.
  • Por el otro extremo está la incredulidad: aquellos que, prejuiciosamente, están bloqueados de antemano a cualquier actitud religiosa. En realidad, algunos de estos a lo que se oponen más bien es a la credulidad. Consideran cualquier manifestación religiosa como producto de manipulación o ignorancia. Supuestamente “racionales”, no caen en la cuenta que confunden la verdadera ciencia con el “cientificismo”, que también tiene sus “dogmas”; y que una auténtica fe cristiana no aliena del compromiso transformador por la justicia, ni es refugio de almas débiles.
  • Mientras la credulidad se cree todo de cualquiera, la incredulidad no cree nada de nadie. La fe auténtica, en cambio, se encuentra entre ambos extremos: Está abierta a lo divino; pero, para creer, exige ciertas condiciones de credibilidad, no para “probar” los asertos (pues ya no sería fe), sino de premisas racionales de que tales asertos -signos o testimonios- indiquen la posibilidad de la realidad connotada.
  • En cuanto al testimonio de los apóstoles, alguno podría pensar que se mostraron crédulos, ya que por su amor a su maestro estaban propensos a creer en la resurrección profetizada; pero más bien parecen haber estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad: cuando ocho días después de la resurrección, encontrándose los apóstoles reunidos, quizás frustrados, decepcionados o confundidos, Jesús se les apareció. Ellos quedaron estupefactos, sin saber si esa aparición fuese una alucinación. Jesús, para probar su corporalidad, les pidió de comer y le sirvieron un pescado. Jesús lo comió y sólo dejó el puro esqueleto y las espinitas. ¡Los fantasmas no comen! Tomás, en aquella ocasión no estaba con ellos, y cuando le contaron lo de la aparición, dijo que no creería a no ser que metiera su dedo en las llagas y su mano en el costado. Las llagas y las espinas del pescado fueron signos que les llevó a la fe; pero habían estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad.
  • Creer no es fácil en nuestro tiempo. Seguimos propensos, por un lado, a la credulidad, ahora con ropaje de seudociencia (los ovnis, la ouija, la astrología). Por otro lado, la mentalidad científica lleva a no aceptar más que lo que se pueda medir y pesar, a lo demostrable con los aparatos técnicos. Pero creer en alguien; tenerle fe a alguien es confiarse de él. En la fe cristiana es apostar vivir la vida desde la visión del Evangelio. Sólo se vive una vez, y según testimonios de quienes vivieron su vida cristianamente, se puede ser auténtico y feliz. En cambio, “quien no vive para servir, no sirve para vivir.” Expresemos nuestra fe en el Resucitado con una vida de alegría, de valentía, de esperanza y de amor.