Epifanía: Los reyes magos

  • Hoy es la fiesta de la “Epifanía”. La palabra es griega es έπιϕάνεια, del verbo ϕαινέιν (brillar) y del prefijo επι (por encima): “acción de mostrarse o aparece por encima”; manifestación a la superficie; manifestación sobrenatural del poder divino. Dios mismo manifiesta que ese bebé nacido en una cueva (en la periferia de Belén, periferia de Jerusalén, periferia del Imperio Romano) es nada menos que el Mesías largo tiempo esperado, el Hijo de Dios. En la Iglesia primitiva –y todavía hoy en las iglesias orientales-, la fiesta abarcaba tres “epifanías”: la adoración de los reyes, el bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en Caná. La Iglesia Latina separa estos actos: el día de hoy celebramos la adoración de los Santos Reyes y mañana, el bautismo de Jesús.
  • Los evangelios de la infancia no tienen la misma precisión histórica que el resto del Evangelio. De hecho, San Mateo es el único que narra este episodio, debido a su interés en mostrar a los judíos recién conversos que en Jesús se cumplían las antiguas profecías. Su relato fue complementado por tradiciones medievales legendarias. De hecho, Mateo no dice que fueran tres, ni menciona que sus nombres fuesen Melchor, Gaspar y Baltazar, ni dice que alguno fuera negro, ni que vinieran montados en un dromedario, un caballo y un elefante (poco probable en las travesías por el desierto). Sin embargo el relato no deja de tener verosimilitud histórica que podemos reconstruir con imaginación antropológica.
  • ¿Quiénes pudieron ser estos personajes? Probablemente miembros de clanes nómadas de comerciantes, que traficaban mercancías exóticas para las élites de las ciudades -marfiles, sedas, especias, perfumes, etc.- a través del terrible desierto de Arabá, entre los dos grandes centros civilizatorios, junto a los ríos Éufrates (Babilonia, el actual Irak) y Nilo (Egipto). Llevaban, obviamente, gente armada, para defenderse de los asaltantes y vivían en tiendas de campaña con cierto lujo. Los patriarcas del clan eran naturalmente los jefes (del árabe “jeques”), que traducimos como “reyes”, connotando, en la imaginería popular, a los reyes medioevales, con corona, capas y atuendos que hubieran resultado totalmente imprácticos en aquellas travesías. Ya que las dunas del desierto son muy cambiantes debido a los ventarrones del simún, no sirven de puntos de referencia. La única forma de orientarse en aquellas arideces era mirando al cielo. Las posiciones del sol y de la luna marcan los puntos cardinales; pero no basta, por lo que importa mirar las estrellas. Se dice que en aquella región es donde se pueden mirar el mayor número de estrellas, y no en balde en Asiria surgió la astrología, práctica que supone que los astros influyen en la historia personal y social. La ignorancia astronómica de sus subalternos de los clanes pudo atribuir a sus jefes poder adivinatorio para guiar la caravana hacia los lugares adónde pretendían llegar, y de ahí su calificación de “magos”. Así que los “reyes magos” fueron en realidad “jeques astrólogos”
  • ¿Podría haber algún registro en la historia astronómica que explicase este fenómeno celeste? En 1614 el astrónomo Johannes Kepler registró que una serie de 105 conjunciones de los planetas Júpiter y Saturno (hecho poco frecuente) que tuvieron lugar en el año 7 AC, lo que daba impresión de una nueva estrella más luminosa. Según la astrología asiria, el nacimiento de los grandes personajes estaría vaticinado en signos astrológicos del firmamento, y según las observaciones zodiacales, una constelación aparentemente fija sirve de eje a las demás; aunque dicha constelación en realidad también gira; aunque mucho más lento, pues cada 2,000 años se da un cambio de eje. Justamente entonces Aries (Abraham y el cordero) estaba siendo sucedida por Piscis (Jesús, el pez), y en esa región se estaba esperando el nacimiento de un rey o personaje importante, que seguramente habría de ser anunciado por el nacimiento de una estrella. Esto explicaría el interés de estos jeques en cambiar su ruta, para dar reconocimiento a dicho personaje.
  • No es difícil sacar conclusiones de este pasaje para alguna llamada para nuestra vida espiritual, eso que suele llamarse “vocación”, y que no es exclusivo para entrar al seminario o al convento. Responder en la vida a una llamada o destino para cierta encomienda (misión), suele dar sentido a la existencia y orientar nuestras metas y esfuerzos en alguna dirección. Algo que pudiera ser oportuno al inicio de un año. También nosotros solemos estar inmersos en nuestros negocios (como los reyes magos en sus rutas comerciales); pero es posible que nos encontremos con un evento que parece significativo. Requiere de nosotros una actitud de discernimiento para ver si no es sino un acontecimiento azaroso o si constituye verdaderamente una señal. En este caso nos obligaría hacer un alto y cambiar de rumbo nuestra vida. No se tratará ahora, por supuesto, de maravillosos signos celestes, sino de los “signos de los tiempos”, es decir, ciertos fenómenos sociales significativos que pueden indicarnos por dónde el Espíritu señala que hay que caminar para implementar la voluntad del Padre. (Jesús recriminó a quienes predecían la lluvia o el calor por signos metereológicos: “Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo entonces no interpretar el momento presente?”).
  • Un dato curioso: la superposición de ambos planetas Júpiter y Saturno no era total, de modo que podría notarse un chipotito o especie de flecha en una vaga dirección hacia Palestina (acaso algún oasis del Jordán), y hacia allá se dirigieron. Si bien cada jeque de clan, por su lado, hizo la misma interpretación del fenómeno celestial, la estrella los hizo encontrarse en el camino. Igualmente nosotros, al atender esos “signos” para reorientar el rumbo de nuestra vida hacia metas supraindividuales, encontraremos compañeros de viaje que podrán convertirse en amigos y hermanos en la misma causa.
  • Ya en tierra Palestina se dirigieron, como era lógico, a Jerusalén, confiados en que si se trataba del nacimiento de un rey glorioso, seguramente allá estarían al tanto y les darían razón.
  • Una vez llegados a la gran ciudad, la estrella ya no les era suficiente (se ocultó). Ahora se requería más bien de indagar. Tampoco a nosotros nos basta con interpretar ciertos sucesos como “signos” epifánicos de la voluntad del Padre sobre nuestro actuar. Necesitamos también del arduo trabajo investigativo y crítico. Para saber el “cómo”, “cuándo”, “dónde”, “con quiénes”… nos ayudarán los dones del Espíritu Santo: los de Ciencia, de Entendimiento, y también el de Consejo -la consulta a los profesionistas especializados-. Toda la ciudad se conmocionó con la llegada de aquellos personajes exóticos del desierto, al punto que el mismo rey se interesó alarmado y llamó a los escribas para ver si existía en las viejas profecías algún indicio del nacimiento de algún rey-mesías. Ellos le recordaron la del profeta Miqueas (5, 1) “Tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un ´jeque’, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.
  • Los reyes magos se encaminaron, pues, hacia Belén y allí no les fue difícil indagar entre los lugareños. Unos pastores les hablaron del niño nacido en una cueva. Con el testimonio de los sencillos, “limpios de corazón”, nuevamente el signo (la estrella) se les hizo brillante. Ante la luz de la fe de los sencillos, terminó su búsqueda, dando con la casa de los parientes de José, donde se encontraba pasado el censo.
  • Por aquel entonces se esperaba la venida inminente de cierto personaje misterioso –el “Mesías”-, a quien se atribuían funciones reales, y Mateo apoya su relato en la profecía de Isaías –a quien leímos en la primera lectura-: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti… Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará y se ensanchará cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos… Te inundará una multitud de camellos y dromedarios procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor” (60, 1-6). El Mesías esperado habría de ser un rey reconocido por muchos pueblos, no para sustentar el dominio de Israel, sino atraídos por una luz: su mensaje de paz y fraternidad, que tiene potencial para iluminar a las diversas culturas e incluso, otras religiones o a personas de buena voluntad que no crean en un Dios; pero dispuestos a vivir sus valores éticos. Es ese misterio revelado a San Pablo (segunda lectura); pero ya manifestado antes por los apóstoles y profetas: “que también los paganos son coherederos de la misma herencia…partícipe de la misma promesa en Jesucristo”.
  • Los viajeros no se desilusionaron al constatar que aquel Rey preclaro anunciado por la naciente estrella, como habían creído, era en realidad un pequeño niño pobre; el Niño-Dios que se “manifiesta” en los más oprimidos y empobrecidos. Entonces, nuestros jeques astrólogos (“reyes magos”) le ofrecieron dones de su tesoro: oro, incienso y mirra. Nosotros también podemos ofrecer como dones, la disponibilidad para cumplir la voluntad del Padre, la fidelidad a nuestro compromiso bautismal y un corazón amoroso hacia los sufrientes. Nosotros también podemos ofrecerle nuestros tres dones: nuestra disposición en seguir la voluntad del Padre, nuestro compromiso bautismal de entregarnos al proyecto de Jesús y nuestro discernimiento de fe para distinguir la moción del Espíritu Santo de otras mociones provenientes del azar o incluso, del anticristo mismo.
  • En la conversación que seguramente habrían tenido los astrólogos con José, le narraron cómo el mismo rey Herodes se había interesado en conocer al recién nacido y darle su reconocimiento; pero entonces les externó que ese rey tenía mala fama: aparte de supersticioso, era ambicioso y cruel. Receloso de cualquiera que pareciera disputarle su trono a él o a su dinastía, no se tentaba el corazón para asesinar, e incluso había matado a su esposa y a sus hijos. Como todo signo, la estrella era objeto de interpretaciones ambivalentes: para los Reyes Magos fue bendición; pero para Herodes, fue amenaza. De modo que entonces tuvieron una revelación: los jeques regresarían a su ruta por otro camino y José y su familia se exiliarían en Egipto. Desde su nacimiento, el Niño tuvo enemigos de muerte; varios bebés fueron masacrados, y tuvo que ser exiliado para salvarse. En nuestra búsqueda por cumplir la voluntad divina, tendremos enemigos, las fuerzas del Anticristo, cuya ambición puede llevarlos al asesinato de inocentes. Hemos de hacer continuamente discernimiento crítico para buscar continuamente, con astucia y audacia, caminos alternativos para defender la esperanza. La “Epifanía” nos evoca todas las búsquedas interculturales e interreligiosas de Dios; nuestras nostalgias y anhelos, nuestro caminar por el desierto árido de la vida, en la incertidumbre. Tan sólo guiados por leves signos de luz.

B-DOMINGO DE RAMOS: ACLAMACIÓN PELIGROSA

  • Jesús dedicó unos tres años –según la tradición- a impulsar su campaña mesiánica en misión itinerante. Recorrió las aldeas de Galilea contagiando pasión por su utopía –el “Reino de Dios”-, enseñando en las sinagogas los sábados, predicando al aire libre en parábolas inspiradas en lo que veía, sanando enfermos, y desenmascarando aquella religiosidad legalista, acartonada, ritualista, difundida desde el Santuario de Jerusalén por los omnipresentes fariseos. Por otro lado, ya le quedaba claro que los Sumos Sacerdotes rechazaban su interpretación de la Ley, y no lo iban a reconocer como el “Mesías”. Ni ellos ni Él estaban dispuestos a ceder, ni había lugar para componendas, de modo que se anunciaba un “choque de trenes”. Viendo que esta etapa podía darse por cumplida, decidió dar un testimonio fuerte y definitivo, una “acción de choque” en el Templo mismo, poniendo en ello “toda la carne en el asador”.
  • De modo que se puso en marcha hacia Jerusalén para la fiesta anual de la Pascua (“Pésaj”), la fiesta principal en el calendario ritual. Se dice que subían a la Ciudad Santa unos 60,000 peregrinos, muchos de ellos llegando de lejos, de la “Diáspora,” de modo que su denuncia sería más difundida y la multitud misma podría protegerlo un poco. Mientras llegaba el día fijado, prudentemente, se quedó unos días cerca de allí, junto al río Jordán, adonde había estado bautizando con su primo Juan. Sabía que los peregrinos irían llegando en grupos, de modo que llegado el momento, Jesús y sus discípulos también subieron. Envió a dos de ellos a un poblado próximo, en avanzada, a casa de uno de sus simpatizantes, a que le pidieran prestado su burro y lo llevaran a Betfagé, donde los esperó, y entonces los apóstoles pusieron sus túnicas sobre el animal.
  • De este modo Jesús que hizo una entrada triunfal, no montado en brioso corcel -como solían hacerlo los reyes después de alguna conquista victoriosa-, sino en un manso pollino. Algunos lo reconocieron. Se corrió la voz, y los muchachos se treparon a las palmeras a cortar hojas o ramos de encina, y empezaron a entonar el salmo 118:25 de interpretación mesiánica: “¡Hossana! (“salva ahora”) ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. En la Fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén se cantaba “el gran halel” (los salmos 113-118), y a intervalos la congregación coreaba agitando ramas de sauce y palmera. A pesar de que su actuación no correspondía a la imagen oficial de “mesías” (ese rey que superaba en gloria a David mismo; ese guerrero invicto, milagrero por tener todo el poder de Dios…), el canto manifestaba que el pueblo, finalmente, lo reconocía como el Mesías esperado, recuperando algunas claras profecías olvidadas que así lo anunciaban.
  • Se armó un gran alboroto. La gente estaba entusiasmada, y –de ser cierta la interpretación de algún estudioso- esa euforia fue aprovechada por grupos de zelotas, y uno de ellos (quizás ese tal Barrabás “preso por un homicidio perpetrado durante ´el motín’”) mató a un soldado romano. Las autoridades religiosas estaban horrorizadas: Seguramente que Pilatos –quien ya había llegado de Siria como solía hacer para esta fiesta- en esos momentos ya estaría enterado. Si notara que los Sumos Sacerdotes habrían perdido su autoridad moral-religiosa para controlar al pueblo, les podría quitar su Ley, su diezmo, sus privilegios… y los romanos no se tentaban el corazón para las represalias, de modo que le mandaron exigir a Jesús que calmase y silenciase a las turbas, a lo que Él respondió: “Aunque éstos se callaran, gritarían las piedras”.
  • Para este día, el símbolo central es la palma bendita. Hay que evitar convertirla en un amuleto (no sirve ponerla detrás de la puerta para que no entren los ladrones ni para que se vaya la suegra). Es simplemente un símbolo de reconocimiento de este Jesús como la referencia última en nuestra vida (el Mesías). Aclamar a Jesús con palmas, en aquel momento fundante de la tradición, había sido signo de rebeldía contra el Imperio y la teocracia judía, y por tanto, objeto potencial de represión. Esa palma laudatoria se vuelve símbolo de nuestra valiente confesión de Jesús y de su utopía, en este mundo “distópico”; es aclamarlo a Él solo, en su entrada a nuestra Semana Santa; es, finalmente, signo de nuestro compromiso de entregar la vida, con todas sus consecuencias, para su gran proyecto.
  • Al entrar en la Ciudad Santa, posiblemente Jesús hizo lo que cualquier israelita piadoso: visitar el Templo (para San Juan, esa visita fue un par de días más tarde). Allí se topó con el triste espectáculo que a muchos peregrinos –y a Él mismo en otras ocasiones- desagradaba: el atrio se había convertido en un mercado, con lo que suele haber en todo mercado (aguardiente, palabras soeces, etc.). Algunos peregrinos influyentes manifestaban su disgusto; pero los sacerdotes les respondían que, por más que insistían, la gente no los obedecía (pero las malas lenguas aseguraban que aquel tráfico era negocio particular de Anás, quien cobraba “derecho de piso”). Se suponía que a los peregrinos les resultaba demasiado incómodo llevar desde el pueblo el cordero para ser inmolado y muchos lo compraban en el atrio mismo. Por otra parte, las fiestas religiosas eran aprovechadas para pagar el “diezmo” para gastos del Santuario. Con la invasión romana circulaban dos monedas, la romana y la hebrea. En la primera estaba esculpida la efigie e inscripción del Cesar autodivinizado (“Divus Caesar Augustus”), por lo que las autoridades religiosas mandaban que no se arrojasen a las alcancías del Santuario tales “medallas” o fetiches, y esto implicaba instalar en el atrio mismo, “casas de cambio” entre ambas monedas. Jesús sabía que la raíz de toda esta profanidad era el “Sistema de Sacrificio” mismo. Este consistía en transferirle a un animal (el “chivo expiatorio”: una oveja o un becerro) todas las “impurezas”, es decir, aquellas transgresiones, a veces involuntarias, a algunas de las 640 contempladas en la Toráh. Uno de los levitas inmolaba el cordero y se quedaba con parte de su carne, con lo cual el oferente quedaba purificado y podía regresar, limpio de sus “manchas”, a incorporarse nuevamente a las asambleas sabatinas de su sinagoga. Pero de acuerdo con los profetas, el holocausto agradable a Dios no podía ser otro que las obras de misericordia.
  • De modo que ese día, se detuvo frente al mercado. Los comerciantes –alguien calcula en unos 3,000 mercaderes-, presintiendo algo, se fueron agolpando ante él. En otras ocasiones se había reducido a manifestar su repudio; pero esta vez tenía detrás de sí a toda una multitud de seguidores. Si no hubiera manejado bien la situación, habría habido una trifulca y la guardia del Santuario habría tenido justificación para intervenir. Contra algunas pinturas de todos conocidas, en las que se presenta a un Jesús iracundo, corriendo a latigazos a los mercaderes, supongo que sabía que aquellos hombres eran gente creyente y practicante, y que más bien había que golpearles sus conciencias –“Está escrito: mi Templo es Casa de Oración, pero ustedes la están convirtiendo en cueva de ladrones”-. Los vendedores no podían negar su crítica; pero como allí tenían su inversión y su “modus vivendi”, no se animaban a renunciar. Fue entonces cuando Jesús, tomando una cuerda, comenzó a arriar alguna vaca, que al salir tiró la mesa de un cambista… y viendo que su mercancía se iba, sus dueños fueron yéndose en pos… Y así el atrio quedó limpio (¿no que no se podía?).
  • Esto fue la puntilla. Con tal acción Jesús desacreditaba todo el “Sistema de Sacrificios”. Los sacerdotes lo sabían, por lo que convocaron de inmediato al Sanedrín y resolvieron detener a Jesús (“más vale que un hombre muera, y no que todo el pueblo sea víctima de la represión romana”). Hacerlo no era fácil: de día, la multitud lo protegía. Incluso los soldados, a quienes enviaron a arrestarlo, regresaron sin Él –“Nadie jamás ha hablado como este hombre”-. De noche, en cambio, se escondía. No habrían podido detenerlo sin el recurso de un traidor…

B-Cuaresma V: QUIEN QUIERA LOGRARSE, SE PIERDE; QUIEN SE ENTREGA, SE SALVA

Jn 12, 20-33

  • La semana pasada reflexionamos sobre una entrevista con Jesús que consiguió, por interpósita persona, un eminente escriturista. Ahora reflexionaremos sobre otra entrevista: la de unos griegos prosélitos que se encontraban en Jerusalén con motivo de la fiesta de Pascua, conseguida por mediación de Felipe, el único apóstol que hablaba griego. A estos helenos, afamados por su amor a la sabiduría (“filo-sofía”), la idea de un “mesías” crucificado –algo de lo que Jesús mismo veía como inevitable-, les parecía una locura, una insensatiez. Jesús tratará de argumentar que este final no significaba necesariamente un fracaso:
  • Lo argumenta con la metáfora botánica: para que la semilla de trigo pueda dar fruto, es necesario que se corrompa: en el sarcófago descubierto de una momia del antiguo Egipto, se encontró un recipiente sellado que contenía granos de trigo, que después de milenios quedaban intactos, pero no engendraron vida.
  • “El que se ama a sí mismo, se pierde, el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna”: Es más fácil trascender con una muerte entregada por amor, que el aferrarse a una existencia (de todos modos todos vamos a morir); vivir en una estabilidad segura, puede aumentar un poquito más la vida; pero en la esterilidad y el sin sentido.
  • “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La misma referencia a la crucifixión hecha a Nicodemo la semana pasada: La exhibición de la más horripilante tortura mortal, una vez que se haya comprendida como un misterio de amor inconmensurable –y superada por la Resurrección- será justamente el criterio de juicio para este mundo y la derrota para su “Príncipe”, pues se convertirá en el símbolo más fuerte de atracción que perdurará por los siglos.
  • Saber esto, obviamente, no elimina el miedo. Una muerte violenta, sobre todo precedida de la tortura, es algo pavoroso, Jesús lo sabe y confiesa el miedo que siente. No es un ingenuo, ni un temerario imprudente; pero a pesar de esto, llegada esa hora no tratará de liberarse, y la asume con amor.
  • Con estos argumentos Jesús nos prepara para el memorial de la pasión y muerte de pronto recordaremos.