B-27 ANTÍDOTO CONTRA EL DIVORCIO: LOS HIJOS QUE LLEGAN

  • La familia es la institución social más importante, sea para nuestro propio desarrollo, sea para la educación de los niños. Desde luego, en los diversos tiempos y culturas las familias han asumido formas diversas. Actualmente, la forma tradicional de nuestra familia está sufriendo una fuerte crisis. Motivos aducidos, entre otros: mayor libertad en sus miembros, la promoción de la mujer y el alejamiento del varón de la esfera familiar, la mayor autonomía de los hijos, el individualismo consumista… Estos, provocan transformaciones aceleradas que no hemos sido capaces de asimilar del todo. Esto se manifiesta sobre todo en la desintegración familiar y el gran número de separaciones y divorcios de parejas. En México, alrededor del 24% de los matrimonios se divorcian, y este recurso ha crecido el 136% en los últimos 15 años
  • En tiempos de Jesús le estaba permitido al varón el repudio a la mujer. En aquella sociedad misógina, sin un varón protector, la mujer quedaba totalmente expuesta, por lo que la autoridad exigía, al menos, un escrito de repudio para garantizar una mínima protección; aunque esto no sirviera de gran cosa.
  • Ante esto, Jesús presenta un antídoto contra el divorcio, tomado de una frase del Génesis: “Por eso abandonará el hombre (y la mujer) a su padre y a su madre, se unirá a su esposa/o, y serán los dos una sola carne”. Se puede observar que la frase abarca tres tiempos: pasado presente y futuro.
  • El pasado remite a la educación que cada cónyuge haya recibido en su hogar. Es sabido que el carácter que nos acompañará probablemente hasta la tumba se estructura en la infancia (entre 3-6 años). Se requiere, por tanto, un intenso trabajo –que probablemente dure toda la vida- de ir “abandonando” al padre y a la madre, es decir, irse emancipando de aquella imagen que de ellos tenemos introyectada y que nos condiciona (no basta con salirse de la casa paterna). De no hacer este trabajo, es probable que un cónyuge busque en su pareja un sustituto de la imagen que forjó su subconciente, y como la otra persona no está dispuesta a jugar ese papel sustituto, comiencen los problemas.
  • El futuro, a su vez, remite a un ideal utópico –“serán los dos una sola carne”-, que tampoco se logrará durante toda la vida, y que quizás ni siquiera fuera tan deseable. Se trata de una unidad de nuevo cuño: no la unidad simbiótica de la codependencia, sino la que respeta la libertad y la diferencia. El poeta árabe Jalil Gibrán comparaba esta nueva unión con el laúd, un instrumento musical de su cultura. Este constaba de dos juegos de cuerdas superpuestos, que si están bien afinados, al pulsar el juego de arriba, por vibración suena también el de abajo: “Vibran al unísono –dice el poeta-; pero permiten que el aire circule entre ellas”. La unidad ideal no será, pues, la del uniformismo simbiótico, sino aquella que permita el desarrollo personal de ambos.
  • El presente, entre el pasado y el futuro, es la voluntad de “unión” amorosa, conseguida en la cotidianidad de cada momento, y sobre todo, mediante el diálogo con sus dos actitudes: la primera, la escucha, a veces detrás de expresiones tal vez abruptas, de lo que en el fondo se quiere decir, y de lo cual es preciso examinarse. La segunda, el habla, claro, sincero, quizás enérgico; pero siempre amoroso. Esto es un amor que no sea romántico ni meramente erótico, sino que se afianza en la voluntad del compromiso. Cuando existe en ambos esta disposición, siempre se podrán superar las divergencias. Aunque hay que reconocer que muchas veces la convivencia deja de ser posible y se tiene que decidirse por la separación, siempre dolorosa para ambos cónyuges; pero sobretodo, con perjuicios para los hijos pequeños.
  • La llegada de los hijos suele afianzar a la pareja, siempre que no se les dé una atención absoluta y se descuida la relación íntima de la pareja. Los niños reciben trato diferente en cada cultura y tiempo. En algunos países, los niños suelen ser los reyes y los consentidos en el hogar. En tiempos de Jesús, la infancia, en cambio, era la etapa terrible de la vida. Cualquiera los mandaba o golpeaba; su padre mismo incluso podía venderlos, y quien jugaba con ellos era visto como un retrasado mental. Por eso, cuando le llevaron a Jesús unos niños para que los tocara, sus discípulos querían apartarlos de Él. Fue en esa ocasión cuando dijo que “el Reino de Dios es de los que son como ellos”.
  • Cada edad tiene cualidades y defectos propios de ella. Los niños suelen ser egocéntricos y caprichudos; cuando quieren algo, exigen su satisfacción inmediata, a veces son crueles; no son capaces de tareas que impliquen cierta responsabilidad o cuidado de las cosas. Tales defectos, en ellos, no están mal, como lo estaría en edades posteriores. Por otro lado, tienen también virtudes encantadoras: la confianza con su padre (“si éste está presente, nada me puede pasar”), son “limpios de corazón” (no tienen dobles intensiones, ni son calculadores), suelen ser tiernos y creativos. Si Jesús nos pide que “nos hagamos como niños”, no quiere que seamos infantiles o inmaduros, sino que aprendamos de ellos y los imitemos. Para Jesús, el Reino de Dios se construye desde los pequeños (los vulnerables, los sencillos, los que carecen de poder, los indigentes, los enfermos…)
  • Cierta corriente sicológica (“Análisis Transaccional”) asegura que todos llevamos dentro un niño, un padre y un adulto. El niño quiere jugar y hacer travesuras; el padre es quien introyecta el “superego” social; el adulto es quien pone a ambos en el lugar correspondiente: momentos para que aflore el niño y momentos para que el padre transmita el sentimiento del deber. Sucede que los adultos muchas veces olvidamos al niño que llevamos dentro, y nos volvemos demasiado formales. Construyamos, pues, nuestras familias a partir de los niños, con plena madurez y sobre todo, creando un clima de amor en el respeto y el servicio, para que el divorcio no tenga lugar.

B-26 CRISTIANOS “DE CONVENTILLO”

(Mc 9, 38-43)

  • Las colectividades bien integradas tienen un sentido de grupo para unirse y protegerse. Uno de los mecanismos para lograrlo es forjarse una identidad colectiva, que funciona para mantener su unión y para diferenciarse de otros grupos afines. Los miembros de ese grupo distinguen entonces el “nosotros” de “los otros”, a quienes ven como inferiores o intimidantes. Así sucede con los pueblos rurales, con los Partidos políticos, las aficiones futbolísticas, las religiones, los institutos religiosos, los nacionalismos, etc.
  • En situaciones de tensión con aquellos, los signos de identidad exterior se exageran; los miembros del grupo se repliegan en ellos mismos, o incluso se encierran en aislamiento físico o “gueto”. La diferenciación entonces se convierte en recelo ante lo que se toma como competencia desleal, y la reacción hacia “los otros” llega al fanatismo.
  • En el Evangelio, Juan le informa a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros (de nuestro grupo, de nuestro club, de nuestra pandilla… nos hace competencia, y por eso)… “se lo prohibimos”, Jesús le reprende: “No se lo prohiban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre (acciones relevantes de compasión), que luego sea capaz de hablar mal de mí”.
  • Tampoco Moisés, en la primera lectura, aceptó prohibir profetizar a Eldad y Medad, como quería Josué, pues no se trataba de competencia: “Ojalá que todo el pueblo fuese profeta”.
  • A veces, por fijarnos en los detalles de diferencia nos olvidamos de lo esencial que nos une. Esta es la base del ecumenismo o del diálogo de religiones: es mucho más lo que nos une e lo que nos separa, pues es posible que persigamos los mismos objetivos.
  • Los cristianos somos llamados por el Padre para hacer un mundo más unido, más fraterno, más justo y más pacífico, y un Planeta más cuidado. Es una misión compartida: ir a trabajar con otros, con católicos de otros movimientos, con cristianos de otras denominaciones, con creyentes de otras religiones, con ateos filántropos… Hay tantos que en realidad son “de Cristo”, aunque digan que no creen en Él. Lo que sucede es que a lo mejor, el Cristo que se les presentó en realidad había sido un ídolo; que el aspecto de la Iglesia que conocieron fue su lado pecador y no su lado heroico (el “efecto Francisco”). Si en “los otros” hay preocupación por los empobrecidos, podemos colaborar con ellos. Hemos de ser inclusivos y considerar parte nuestra, incluso a los simpatizantes por los valores del Reino (“todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son discípulos míos”). Todos aquellos que se interesan por los más pequeños, los más vulnerables y saben darles ternura solidaria y compasiva. La clave, la identidad, el desafío de ser cristiano se reduce a una sola letra: ir convirtiendo lo más posible de “los-otros” en “nos-otros”.
  • Pero -¡ojo!- sí existen los “otros”, los verdaderamente “otros”, que no son los que no creen en Dios o en el Cristianismo, sino todos aquellos que se oponen al proyecto de Jesús; aquellos que “escandalizan”, aquellos que se aprovechan de los sencillos para sus ambiciones egoístas (y quizás haya algunos cristianos entre ellos). Para ellos Jesús es intolerante: “más le valdría que le pongan al cuello una de esas piedras enormes de molino y lo arrojaran al mar”.
  • Ellos son nuestros verdaderos enemigos, y hay que cuidarse de ellos, pues son poderosos: quienes se sientan afectados en sus intereses cuando se haga realidad el Reino, no dudarán en perseguir, y torturar, como hicieron con el buen Jesús… y sacarán ojos y cortarán manos, y mutilarán pies. Pero finalmente, son estos perseguidos por causa de la justicia, quienes merecerán entrar en la historia y en la vida eterna.

B-25 LA POLÍTICA COMO VOCACIÓN

Mc9, 30-37

  • El poder, entendido como capacidad (yo puedo hacer esto) no es otra cosa sino las facultades y oportunidades que cada uno tiene para desarrollarse y para ayudar a los demás. Pero “el poder de dominación” es obligar a otros a hacer lo que a mí me correspondería o yo quiero. Esta es la gran tentación que convierte al hombre en lobo de sus semejantes: los más fuertes se aprovechan de los débiles para sus intereses egoístas, y gracias a ello, obtienen riqueza y placer sádico. Sin embargo, para obtener este poder se habrá requerido cierta justificación: la dinastía de la sangre, la elección divina, o la pretensión de proteger a la colectividad y gobernarla justamente.
  • Una de las modalidades que reviste el poder es el de autoridad. Pensada desde su primera significación, la autoridad es un servicio de dirección o conducción de la sociedad; pero fácilmente puede degenerarse en autoridad como dominación. A lo largo de la historia, esta modalidad se fue ampliando en extensión y en intensidad. Ha asumido diversos regímenes –la esclavitud, la servidumbre feudal, la monarquía absoluta, la oligarquía–… Por ahora, la democracia representativa es el menos peor de los regímenes que han existido. En ella se supone que la autoridad dimana del pueblo y de los gobernados, y que “se manda obedeciendo”.
  • Ciertamente que en todos los regímenes ha habido gobernantes justos y sabios; pero estos han sido excepción. Líderes de buena voluntad llegan a convencerse que desde el poder resulta más fácil hacer avanzar proyectos de justicia y de civilización. Por eso no extraña que incluso Jesús mismo haya sido tentado por esta posibilidad: cumplir su misión de Mesías desde el poder. Así hubiera cedido, habría respondido, ciertamente, a las expectativas del Mesías que se tenían en aquel tiempo; pero apoyado en algunos textos proféticos, Jesús llegó al convencimiento de que no era esta la Voluntad de su Padre, sino que Él quería un mesianismo solidario, realizado desde el no-poder, que habría de mantenerse siempre fiel a su condición humana sin utilizar sus poderes sobrenaturales que tenía como Dios, y esto implicaría el rechazo de las autoridades religiosas, que lo harían sufrir y lo condenarían a muerte… aunque finalmente, el Padre Dios le haría justicia resucitándolo.
  • Ahora vemos a Jesús camino de Cafarnaúm. Conmovido, se está sincerando con los discípulos más cercanos, tratando de explicarles -a ellos y a sí mismo- las razones de su opción… pero notaba que los que venían detrás discutían entre sí acaloradamente. ¡Cuánta paciencia tuvo que tener para formar a sus apóstoles! Era muy difícil aceptar este cambio de perspectivas, pues su mesianismo podría terminar en un aparente fracaso. Lo que ellos discutían, era ni más ni menos sobre ¿Quién sería el más importante entre ellos? ¿Quién tendría mayor poder?
  • Al llegar a su destino, Jesús dio un vuelco de 180 grados al concepto de autoridad. A diferencia de los poderosos de cualquier tiempo -que utilizan un cargo de gobierno en beneficio de sus intereses-, en su Reino futuro la autoridad habría de ser servicio de los demás. “La política como vocación, es la más noble. La política como negocio es el más vil”. Un político de vocación es un “servidor público”, es decir, utiliza su autoridad (moral) para servir mejor al público, a la gente, mediante un Gobierno justo y eficiente. En cambio, un político venal “se sirve” del público para sus intereses.
  • La clase política mexicana defiende celosamente sus puestos e impide el relevo generacional. Atravesando los Partidos Políticos, el sistema resulta demasiado caro, hay manipulación, corrupción, fraude electoral y entreguismo apátrida… y se confunde la autoridad con la dominación. Es necesario un cambio en la cultura política de los mexicanos, y esperamos que en el próximo Gobierno haya más condiciones para implementarlo. Un programa de Gobierno, en este sentido, tendría que partir desde los intereses de los más pobres, de los últimos.
  • En el Reino ideal de Jesús, los políticos han de hacerse niños, tomando en cuenta que en aquellos tiempos la infancia era la edad del terror: los niños estaban totalmente indefensos; cualquiera los podía mandar y el padre mismo decidía si los aceptaba en la familia o si los vendía como esclavos. Un buen Gobierno deberá ejercerse a partir de los pequeños, de los vulnerables, de los que carecen de poder… tendiendo a “empoderarlos”, es decir, a crear un poder colectivo de los discriminados de la Tierra. Por parte de los gobernados, les corresponderá mayor participación, opinar en las consultas públicas y control de quienes recibieron nuestro mandato.
  • De una u otra manera, todos nosotros tenemos nuestra dosis de poder y de autoridad. No nos dejemos llevar por la tendencia dominante de utilizar el poder como dominación. Tratemos de aplicarlo según con criterios del Evangelio, y así estaremos contribuyendo a ese cambio cultural que México tanto necesita