La familia es la institución social más importante, sea para nuestro propio desarrollo, sea para la educación de los niños. Desde luego, en los diversos tiempos y culturas las familias han asumido formas diversas. Actualmente, la forma tradicional de nuestra familia está sufriendo una fuerte crisis. Motivos aducidos, entre otros: mayor libertad en sus miembros, la promoción de la mujer y el alejamiento del varón de la esfera familiar, la mayor autonomía de los hijos, el individualismo consumista… Estos, provocan transformaciones aceleradas que no hemos sido capaces de asimilar del todo. Esto se manifiesta sobre todo en la desintegración familiar y el gran número de separaciones y divorcios de parejas. En México, alrededor del 24% de los matrimonios se divorcian, y este recurso ha crecido el 136% en los últimos 15 años
En tiempos de Jesús le estaba permitido al varón el repudio a la mujer. En aquella sociedad misógina, sin un varón protector, la mujer quedaba totalmente expuesta, por lo que la autoridad exigía, al menos, un escrito de repudio para garantizar una mínima protección; aunque esto no sirviera de gran cosa.
Ante esto, Jesús presenta un antídoto contra el divorcio, tomado de una frase del Génesis: “Por eso abandonará el hombre (y la mujer) a su padre y a su madre, se unirá a su esposa/o, y serán los dos una sola carne”. Se puede observar que la frase abarca tres tiempos: pasado presente y futuro.
El pasado remite a la educación que cada cónyuge haya recibido en su hogar. Es sabido que el carácter que nos acompañará probablemente hasta la tumba se estructura en la infancia (entre 3-6 años). Se requiere, por tanto, un intenso trabajo –que probablemente dure toda la vida- de ir “abandonando” al padre y a la madre, es decir, irse emancipando de aquella imagen que de ellos tenemos introyectada y que nos condiciona (no basta con salirse de la casa paterna). De no hacer este trabajo, es probable que un cónyuge busque en su pareja un sustituto de la imagen que forjó su subconciente, y como la otra persona no está dispuesta a jugar ese papel sustituto, comiencen los problemas.
El futuro, a su vez, remite a un ideal utópico –“serán los dos una sola carne”-, que tampoco se logrará durante toda la vida, y que quizás ni siquiera fuera tan deseable. Se trata de una unidad de nuevo cuño: no la unidad simbiótica de la codependencia, sino la que respeta la libertad y la diferencia. El poeta árabe Jalil Gibrán comparaba esta nueva unión con el laúd, un instrumento musical de su cultura. Este constaba de dos juegos de cuerdas superpuestos, que si están bien afinados, al pulsar el juego de arriba, por vibración suena también el de abajo: “Vibran al unísono –dice el poeta-; pero permiten que el aire circule entre ellas”. La unidad ideal no será, pues, la del uniformismo simbiótico, sino aquella que permita el desarrollo personal de ambos.
El presente, entre el pasado y el futuro, es la voluntad de “unión” amorosa, conseguida en la cotidianidad de cada momento, y sobre todo, mediante el diálogo con sus dos actitudes: la primera, la escucha, a veces detrás de expresiones tal vez abruptas, de lo que en el fondo se quiere decir, y de lo cual es preciso examinarse. La segunda, el habla, claro, sincero, quizás enérgico; pero siempre amoroso. Esto es un amor que no sea romántico ni meramente erótico, sino que se afianza en la voluntad del compromiso. Cuando existe en ambos esta disposición, siempre se podrán superar las divergencias. Aunque hay que reconocer que muchas veces la convivencia deja de ser posible y se tiene que decidirse por la separación, siempre dolorosa para ambos cónyuges; pero sobretodo, con perjuicios para los hijos pequeños.
La llegada de los hijos suele afianzar a la pareja, siempre que no se les dé una atención absoluta y se descuida la relación íntima de la pareja. Los niños reciben trato diferente en cada cultura y tiempo. En algunos países, los niños suelen ser los reyes y los consentidos en el hogar. En tiempos de Jesús, la infancia, en cambio, era la etapa terrible de la vida. Cualquiera los mandaba o golpeaba; su padre mismo incluso podía venderlos, y quien jugaba con ellos era visto como un retrasado mental. Por eso, cuando le llevaron a Jesús unos niños para que los tocara, sus discípulos querían apartarlos de Él. Fue en esa ocasión cuando dijo que “el Reino de Dios es de los que son como ellos”.
Cada edad tiene cualidades y defectos propios de ella. Los niños suelen ser egocéntricos y caprichudos; cuando quieren algo, exigen su satisfacción inmediata, a veces son crueles; no son capaces de tareas que impliquen cierta responsabilidad o cuidado de las cosas. Tales defectos, en ellos, no están mal, como lo estaría en edades posteriores. Por otro lado, tienen también virtudes encantadoras: la confianza con su padre (“si éste está presente, nada me puede pasar”), son “limpios de corazón” (no tienen dobles intensiones, ni son calculadores), suelen ser tiernos y creativos. Si Jesús nos pide que “nos hagamos como niños”, no quiere que seamos infantiles o inmaduros, sino que aprendamos de ellos y los imitemos. Para Jesús, el Reino de Dios se construye desde los pequeños (los vulnerables, los sencillos, los que carecen de poder, los indigentes, los enfermos…)
Cierta corriente sicológica (“Análisis Transaccional”) asegura que todos llevamos dentro un niño, un padre y un adulto. El niño quiere jugar y hacer travesuras; el padre es quien introyecta el “superego” social; el adulto es quien pone a ambos en el lugar correspondiente: momentos para que aflore el niño y momentos para que el padre transmita el sentimiento del deber. Sucede que los adultos muchas veces olvidamos al niño que llevamos dentro, y nos volvemos demasiado formales. Construyamos, pues, nuestras familias a partir de los niños, con plena madurez y sobre todo, creando un clima de amor en el respeto y el servicio, para que el divorcio no tenga lugar.