B-06 DE CÓMO LA FAMA DIFICULTA LA COMPASIÓN

Mc 1, 40-45

  • Algunos de los presentes recordarán que a fines de agosto, veinte años atrás u con apenas cinco días de diferencia, fallecieron dos mujeres reconocidas ambas por su labor filantrópica; aunque con muy diversa imagen. Me refiero a la Princesa Diana de Gales y a la madre Teresa de Calcuta. La muerte de la primera impactó por lo liberal de su vida; la de la segunda, en labor callada, hasta que antes de ser encumbrada a los altares. Hacer algo por los necesitados, atender a un enfermo, el tenderle la mano a personas vulnerables… son acciones encomiables que despiertan simpatía siempre; pero, especialmente en tiempos de tanta indiferencia y dureza como los actuales. Justamente por esto, aquellas personas que necesitan del aplauso y de la admiración, buscan ansiosamente la difusión y el reconocimiento público de su gesto benevolente. Ya no nos extraña ver en la prensa o la TV la imagen de algún político o celebridad que se “rebaje” a tocar a personas enfermas o carentes. Por el contrario, aquellos que se conmueven sinceramente ante el dolor ajeno, tratan de ayudar con mucha discreción y de pasar desapercibidos. Como dijo Jesús: “cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha”.
  • Hay algunas enfermedades que ocasionalmente, además de los sufrimientos que conllevan, se convierten en estigmas que provocan repugnancia y rechazo: la peste medieval, la tuberculosis y la sífilis decimonónicas (enfermedades de viciosos), el sida del siglo XX (enfermedades de homosexuales). En el Israel de tiempos de Jesús, la lepra era una de ellas: una horrible enfermedad, pues el enfermo está viendo cómo su carne se pudre en vida. Los leprosos de entonces eran objeto de ostracismo y exclusión, pues se les consideraba producto de posesión demoniaca. Aunque ahora no parece tan contagiosa, entonces, a los leprosos se les excluía de la convivencia. Se les obligaba llevar una campanilla colgada al cuello, y si algún pastorcillo escuchaba su fatídico sonido, se echaba a correr despavorido. Para facilitar la sobrevivencia, a veces los leprosos se juntaban en bandas, y algunos familiares o personas de buena voluntad dejaban sobre alguna piedra de una encrucijada, un cántaro de agua o algún mendrugo de pan.
  • En una de sus travesías, Jesús encuentra a un leproso quien le implora con fe: “si quieres, puedes curarme”. No duda del poder sanador de Jesús; pero está tan habituado a tanta indiferencia y exclusión que ha perdido fe en la compasión de la gente. Jesús extendió la mano y lo tocó; pero en vez de convertirse él mismo en impuro, como se decía, purificó y sanó al instante al leproso, mandándole únicamente que se presentase al sacerdote –eran entonces los encargados del servicio sanitario-, llevándole la ofrenda prescrita, para obtener el certificado de salud con el que podría reintegrarse a la convivencia en el poblado.
  • En nuestro compromiso de imitar a Jesús en todo, es obvio que no tenemos poder para curar enfermedades, y menos de la lepra de que se tratase de esta. Sin embargo, sí podemos actuar hacia procurar formas de inclusión a todos los “leprosos” de hoy: todos los excluidos por cualquier forma de discriminación, por la raza, la clase social, el género u orientación sexual, la religión, etc. para tratar de incluirlos socialmente. El riesgo será que a veces, acercarse y “tocar” compasivos a alguna de las víctimas estigmatizadas, también nosotros compartamos aquel estigma y se nos mire con antipatía.
  • En otras ocasiones, en cambio, la ayuda a los vulnerables causa simpatía y admiración, lo cual nos da renombre y contribuye a nuestra buena fama. Nos llama la atención ahora la enérgica recomendación que Jesús hizo al leproso de no contar a nadie la forma de su curación. Al sanado le ha de haber parecido que una forma de agradecimiento por el favor era justamente difundir el beneficio de que había sido objeto (“proclamar y divulgar el hecho”); pero pronto se vio la razón de la advertencia de Jesús: se extendió su fama por todas partes, y esto, en lugar de beneficiar el objetivo de la misión de Jesús, la desviaba, para reducirlo a un simple curandero de mayor poder que otros. Por eso, ahora mucha gente lo buscaba, no en razón de su mensaje, ni seducidos por tan noble misión, sino simplemente para obtener beneficios personales y poder presenciar efectos milagrosos. La consecuencia de esta fama fue que Jesús “ya no podía presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados, y aun así de todas partes acudían a Él”.
  • La fama, el éxito y el renombre suelen proporcionar satisfacción tan placentera que para conseguir un éxito tal, muchos estarían dispuestos a pagar cualquier cosa -sacrificando, incluso, su conciencia-. Pero a veces, la fama misma obstaculiza objetivos nobles o el desempeño apasionado de una vocación sublime, pues la fama embriaga y nos hace perder objetividad, poniéndonos a nosotros como protagonistas por encima de la misión que nos proponíamos. A veces la discreción y la humildad consiguen más que un renombre obtenido a veces artificialmente (como ahora ofrecen los media o la publicidad). Como Jesús, hemos de preferir hacer discretamente los beneficios motivados por la compasión, a aquellos beneficios publicitados en aras de una renombrada imagen.

B-05 UN DÍA EN LA VIDA

Mc 1, 29-39

  • ¿Recuerdan ustedes aquella canción de Los Beatles “un día en la vida”, en la que se describe el ritual mañanero de un joven? El antropólogo norteamericano Oscar Lewis narró en su libro (“Antropología de la pobreza”) un día en la vida de cinco familias de emigrantes de Tepozotlán a una vecindad de Tepito, describiendo con toda minucia todo lo que la familia hacen cada día, desde el primero que se levanta hasta el último que apaga la luz. Fue una forma de exponer cómo viven los pobres, no por opción, sino por imposición. Para ellos, su meta de cada día es simplemente sobrevivir.
  • Una especie de test o prueba para conocer el nivel de madurez de una persona es pedirle que escriba detalladamente todo lo que hizo un día cualquiera, desde que despierta hasta que apague la luz (no uno especial, sino uno cualquiera). Es un buen ejercicio que podemos hacer solos, y puesto así, por escrito, quizás colocando incluso el horario, nos daremos mejor cuenta de cómo empleamos nuestro tiempo.
  • En efecto, el tiempo no es otra cosa que la vida misma, que nos es dada para desarrollarnos, para ser felices, para aprender a amar… Al perseguir una meta, al orientar nuestra vida hacia un ideal o una causa, quisiéramos estirar el tiempo lo más posible para conseguir mejor nuestro proyecto. En cambio, el activismo sería una especie de avaricia temporal, como si pudiéramos llenar espacios de tiempo frenéticamente, siendo así que como mejor podemos aprovechar la vida es permitiéndonos momentos para la meditación, contemplación u oración.
  • Los filósofos griegos la llamaban “ataraxia” y para ellos, esta sería la finalidad en la vida, como también para los filósofos romanos, el “otium”. Ahora bien, lo opuesto al “otium” es su negación: el “nec-otium”; el “negocio” como negación del ocio: las necesarias tareas productivas cuyo fin era obtener mayor tiempo de ocio: el tiempo que necesitamos para serenarnos y estar en la presencia de Dios, dejando pasar el tiempo, atentos a todo lo que pueda suceder. En cambio, en nuestra sociedad utilitaria, el “negocio” es el fin de la vida, y para reparar la máquina utilitaria se nos regatea cierto tiempo, que empleamos para “estar de ociosos”, apoltronados frente a un televisor.
  • San Marcos nos presenta ahora un día en la vida de Jesús, si bien hay que advertir que no fue un día cualquiera. Temprano, caminando por el lago, encuentra a cuatro pescadores ya conocidos y los invita a seguirlo. Llegan a Cafarnaum y siendo sábado, asisten a la sinagoga de la ciudad, en la que –como vimos el domingo pasado- hablaba “como quien tiene autoridad y no como los escribas. Cura a un endemoniado, demostrando que tiene autoridad sobre ellos. Al salir, se dirige con sus cuatro amigos a la casa de Andrés y Simón, cuya suegra yace en cama con algo de fiebre. Jesús la sana y la mujer, agradece el servicio recibido poniéndose, a su vez, a servir a Jesús y sus acompañantes. Es posible que después de la sobremesa se entretuviera un poco platicando y jugando con los niños, como le agradaba. Ya empezando a caer el sol le llevaban muchos enfermos, y Él, compadecido, los sanaba. La vida en aquellos poblados, dado que no había luz eléctrica, terminaba prácticamente con la luz solar; pero a Jesús le agradaba madrugar: se retira a una loma para ver salir el sol, haciendo oración –imaginemos cómo sería su oración, al ponerse en contacto directo con su Padre-, y en ocasiones importantes, como esta, dedica una oración especial, ya que va a tomar una decisión crucial para su estrategia. Los apóstoles le interrumpen, pues hay mucha gente enferma que solicita curaciones… Pero Jesús se da cuenta que no puede instalarse en un lugar y convertirse en El Curandero de Galilea. Su misión habrá de ser itinerante, ir recorriendo de pueblo en pueblo…
  • Como podemos ver, sin activismos ni precipitaciones, Jesús emplea su tiempo admirablemente, combinando la predicación, la convivencia, la compasión y la oración. Quizás revisando lo que escribimos en nuestro ejercicio nos hayamos dado cuenta del tiempo que perdimos, en el chateo, programas insulsos de TV, el chismorreo, la pereza, las adicciones o las rutinas diarias realizadas como en “stand-by”. O tal vez nuestra ambición o compulsión convierta nuestra vida en un frenético ajetreo, yendo de aquí para allá, metiéndonos en todo, ambicionando ganar y ganar, escalar y competir por mejores puestos… para llegar al final de la vida con las manos vacías, descubriendo que el tiempo se nos coló de entre los dedos. Habiendo revisado nuestro día, ¿qué cambios podríamos hacer para utilizar mejor nuestro tiempo?

B-04 LA VOCACIÓN DEL MAESTRO

Mc 1, 21-28

  • Entre las numerosas pérdidas que ha traído consigo la modernidad neoliberal es la de las vocaciones. Desde luego la disminución de vocaciones sacerdotales; pero quizás no sea lo más grave. Me refiero a esas vocaciones que antaño marcaban la elección de una profesión: la vocación del médico (ahora mercaderes de la salud), la vocación del político (ahora negociantes desde los puestos de mando), la vocación del abogado (ahora asesores de fraudes), y de modo especial, la vocación del maestro.
  • México tuvo momentos de gloria para el magisterio: después del período revolucionario, bajo la inspiración de Vasconcelos, se gestó una pléyade de maestros rurales, jóvenes generosos, entusiastas e idealistas, quienes suplían su poca formación con la generosidad y entrega. Ellos no se reducían a trabajar en el aula, sino que influían en todo el pueblo, cuidando la alfabetización de los adultos y echando a andar algunos programas desarrollistas donde no había.
  • Muchos de nosotros guardamos en nuestro recuerdo, con cariño y admiración, a algún maestro, a quien reconocemos, quizás, un lugar especial en nuestro proceso educativo. Los maestros de vocación no se conforman con la mera transmisión de conocimientos (la información que podemos encontrar en Google), sino que se preocupan de educar, de formar buenas personas y buenos ciudadanos, que el día de mañana construirán un México mejor. Estos maestros se preocupan ante todo en conocer a sus alumnos y el ambiente dónde se desenvuelven. Son sensibles a los problemas de estos estudiantes y cuidan que en la propia vida personal puedan ser ejemplo y modelo de los muchachos a ellos confiados.
  • Los maestros de vocación logran borrar la brecha entre educador y educando, pues son concientes de que el verdadero educador también es un educando, y que los educandos, también pueden ser educadores de los maestros mismos. Son concientes de que nadie puede enseñar nada a otro, y que al maestro, humildemente, tan sólo le toca coadyuvar para que los alumnos descubran por sí mismos la realidad. Hemos de reconocer que los conocimientos de mayor utilidad que adquirimos, los que realmente nos sirven para la vida, no son tanto la información, cuanto la que se origina con una relación recíproca con el “mentor” o “tutor”; con aquel que nos acompañó en años y con quien en esos años acaso hayamos pasado más tiempo que con nuestros padres mismos.
  • Ahora, en cambio, la falta de apoyo, bajos salarios, malas condiciones de las escuelas, así como los controles sindicales, han convertido a los maestros en burócratas mal pagados, que muchas veces tienen que completar su salario con otras “chambitas”. Suele criticarse a la reciente Reforma Educativa de que parece perseguir como objetivo formar técnicos de empresas trasnacionales (computación, inglés, matemáticas), olvidando la criticidad que implica todo verdadero aprendizaje. Se han suprimido de la currícula las materias humanistas –tales como el civismo, la filosofía, la historia o la antropología-. El resultado es que muchos maestros se conforman con transmitir conocimientos, conforme a los guiones uniformizados y evaluables.
  • Entre estos maestros con quienes nos relacionamos en la vida, un lugar importante son los “maestros de la vida espiritual”. Antiguamente eran los profetas, tales como Moisés lo fue para el pueblo, según nos lo narra el Deuteronomio, a quien merece ser escuchado. La gente que se relacionaba con Jesús sabía distinguir entre aquellos maestros de la ley, los escribas, que acaso conocieron perfectamente las Escrituras y que convertidas en “doctrina”, las podían hasta recitar de memoria. Tantas veces educar en la fe se entiende como la mera transmisión (de memoria) de fórmulas doctrinales, de dogmas que deben ser aceptador sin cuestionar. Así no se forman “discípulos creyentes”, sino fanáticos apologetas.
  • La autoridad de los maestros academicistas proviene de los conocimientos que nos transmiten y que acaso nos hicieron aprender de memoria; mientras que la autoridad de los maestros de vocación proviene del testimonio de vida, en la empatía que lograron establecer con sus alumnos. En cambio, la autoridad del verdadero formador de la fe proviene de su ejemplo, y acompaña al niño para que vaya descubriendo a Dios, a Jesús como un “alguien” vivo y que exige nuestra entrega. Jesús “hablaba como quien tiene autoridad”, provocaba asombro, puesto que su enseñanza estaba respaldada por sus obras en favor de sus discípulos, exorcizando los demonios que se suelen colar con los aprendizajes (ambición, vanidad, exclusión de quienes menos saben, etc.). Era por esto mismo que sedujo a tantos buscadores de verdad, por lo que “su fama se extendió por toda Galilea”.