Mc 1, 21-28
- Entre las numerosas pérdidas que ha traído consigo la modernidad neoliberal es la de las vocaciones. Desde luego la disminución de vocaciones sacerdotales; pero quizás no sea lo más grave. Me refiero a esas vocaciones que antaño marcaban la elección de una profesión: la vocación del médico (ahora mercaderes de la salud), la vocación del político (ahora negociantes desde los puestos de mando), la vocación del abogado (ahora asesores de fraudes), y de modo especial, la vocación del maestro.
- México tuvo momentos de gloria para el magisterio: después del período revolucionario, bajo la inspiración de Vasconcelos, se gestó una pléyade de maestros rurales, jóvenes generosos, entusiastas e idealistas, quienes suplían su poca formación con la generosidad y entrega. Ellos no se reducían a trabajar en el aula, sino que influían en todo el pueblo, cuidando la alfabetización de los adultos y echando a andar algunos programas desarrollistas donde no había.
- Muchos de nosotros guardamos en nuestro recuerdo, con cariño y admiración, a algún maestro, a quien reconocemos, quizás, un lugar especial en nuestro proceso educativo. Los maestros de vocación no se conforman con la mera transmisión de conocimientos (la información que podemos encontrar en Google), sino que se preocupan de educar, de formar buenas personas y buenos ciudadanos, que el día de mañana construirán un México mejor. Estos maestros se preocupan ante todo en conocer a sus alumnos y el ambiente dónde se desenvuelven. Son sensibles a los problemas de estos estudiantes y cuidan que en la propia vida personal puedan ser ejemplo y modelo de los muchachos a ellos confiados.
- Los maestros de vocación logran borrar la brecha entre educador y educando, pues son concientes de que el verdadero educador también es un educando, y que los educandos, también pueden ser educadores de los maestros mismos. Son concientes de que nadie puede enseñar nada a otro, y que al maestro, humildemente, tan sólo le toca coadyuvar para que los alumnos descubran por sí mismos la realidad. Hemos de reconocer que los conocimientos de mayor utilidad que adquirimos, los que realmente nos sirven para la vida, no son tanto la información, cuanto la que se origina con una relación recíproca con el “mentor” o “tutor”; con aquel que nos acompañó en años y con quien en esos años acaso hayamos pasado más tiempo que con nuestros padres mismos.
- Ahora, en cambio, la falta de apoyo, bajos salarios, malas condiciones de las escuelas, así como los controles sindicales, han convertido a los maestros en burócratas mal pagados, que muchas veces tienen que completar su salario con otras “chambitas”. Suele criticarse a la reciente Reforma Educativa de que parece perseguir como objetivo formar técnicos de empresas trasnacionales (computación, inglés, matemáticas), olvidando la criticidad que implica todo verdadero aprendizaje. Se han suprimido de la currícula las materias humanistas –tales como el civismo, la filosofía, la historia o la antropología-. El resultado es que muchos maestros se conforman con transmitir conocimientos, conforme a los guiones uniformizados y evaluables.
- Entre estos maestros con quienes nos relacionamos en la vida, un lugar importante son los “maestros de la vida espiritual”. Antiguamente eran los profetas, tales como Moisés lo fue para el pueblo, según nos lo narra el Deuteronomio, a quien merece ser escuchado. La gente que se relacionaba con Jesús sabía distinguir entre aquellos maestros de la ley, los escribas, que acaso conocieron perfectamente las Escrituras y que convertidas en “doctrina”, las podían hasta recitar de memoria. Tantas veces educar en la fe se entiende como la mera transmisión (de memoria) de fórmulas doctrinales, de dogmas que deben ser aceptador sin cuestionar. Así no se forman “discípulos creyentes”, sino fanáticos apologetas.
- La autoridad de los maestros academicistas proviene de los conocimientos que nos transmiten y que acaso nos hicieron aprender de memoria; mientras que la autoridad de los maestros de vocación proviene del testimonio de vida, en la empatía que lograron establecer con sus alumnos. En cambio, la autoridad del verdadero formador de la fe proviene de su ejemplo, y acompaña al niño para que vaya descubriendo a Dios, a Jesús como un “alguien” vivo y que exige nuestra entrega. Jesús “hablaba como quien tiene autoridad”, provocaba asombro, puesto que su enseñanza estaba respaldada por sus obras en favor de sus discípulos, exorcizando los demonios que se suelen colar con los aprendizajes (ambición, vanidad, exclusión de quienes menos saben, etc.). Era por esto mismo que sedujo a tantos buscadores de verdad, por lo que “su fama se extendió por toda Galilea”.