B-11 LA SEMILLA DE MOSTAZA

Mc 4, 26-34

El REINO DE DIOS es el núcleo del mensaje de Jesús, su ideal y su pasión. No lo definió, pues a su cultura no agradaban las definiciones abstractas, sino que simplemente lo describió con parábolas o metáforas. Estudiando todo lo que Él decía, ahora sabemos que se trata de un ideal (Utopía), primer proyecto global: hacer de todo el mundo una única familia, por tener todos un mismo Padre. Un mundo normado por el amor, en búsqueda constante de justicia, paz, verdad, libertad y fraternidad, pesando todo desde los más vulnerables. En esta ocasión lo compara a una semilla de mostaza (“sinapis alba”, “brásica hirta”, de la familia de las cricíferas), “la más pequeña” –redondita, del tamaño de una cabecita de alfiler, negra o marrón-; pero con gran potencial de crecimiento -unos 75 cms; pero en Israel llega a crecer hasta tres metros. Aparentemente la metáfora ha fracasado pues el Reino inaugurado por Jesús después de 2000 años ya debía verse bastante desarrollado ¿Le fallaron sus expectativas?

  1. El Reino de Dios no equivale a la Iglesia. Es más amplio que ella –todos los esfuerzos por estos valores, independientemente de religión o ideología-. La Iglesia es un simple instrumento en función del Reino. El Espíritu de Dios lo está suscitando en la historia; aunque también actúa el espíritu del Mal. Parece que éste gana, pues el mal hace mucho ruido, pero es estéril. En cambio, el bien es discreto; pero fecundo.
  2. La Iglesia sería un espacio privilegiado. Pero vemos que disminuye la feligresía en Occidente, faltan vocaciones y los sacerdotes y religiosas son ya mayores, muchos católicos se convierten a otros grupos de cristianos, hay escándalos a su interior…
  3. Hay que tener presente lo sucedido con Constantino, emperador romano que se “convirtió” al cristianismo, y con él, su corte y su pueblo. En Mesoamérica también se dieron conversiones masivas después de la Conquista. Cada misionero bautizaba hasta 3,000 indios en un día; en pocos años, eran ya millones de cristianos. Es el llamado “Estado de Cristiandad”, en que esta religión era obligatoria (la Inquisición quemaba a los herejes). Se ahí surgen grandes masas de cierto barniz cristiano, que es lo que ahora está haciendo agua. Cristianos a medias, de sólo costumbres y devociones.
  4. En realidad, el retroceso es aparente, pues el cristianismo auténtico no es de mayorías. A Jesús no le interesaba tener muchos discípulos. Incluso pone condiciones muy exigentes a sus seguidores. Los ve como levadura que fermenta la masa; como sal que da sabor al aliento; como semilla de mostaza….
  5. Pero el Reino sigue adelante. Aparentemente no sucede nada, como la semilla sembrada en el campo (o el “experimento” que los niños de primaria hacen en la escuela), oculta bajo tierra, va creciendo, sin que se sepa cómo; como el retoño en las ramas de un roble… pero de pronto, cuando uno la nota, nos sorprende su crecimiento. Igual sucede con el Reino de Dios: ahora en muchas religiones, movimientos, filosofías… se están difundiendo los esfuerzos por la Ecología, los derechos humanos, la equidad de género, las búsquedas de nuevas formas de democracia, es decir, los valores del Reino.
  6. Desde luego que el Reino de Dios alcanzará su plenitud de crecimiento a nivel de lo escatológico, después del juicio final y el regreso de Jesús –los “nuevos cielos y la nueva tierra”-; sin embargo, ya en nuestra historia se va realizando. Nada nos garantiza un progreso lineal, y hemos de darnos prisa ya que el proceso suicida del Anticristo, conducido por el ídolo del Mercado, está poniendo en peligro la existencia misma de la vida humana en el Planeta. Una convocatoria abierta, a creyentes y a no creyentes, de unir esfuerzos y buscar nuevos paradigmas.
  7. Quizás seamos perceptivos ahora en las próximas elecciones: parecía que no pasaba nada, y de pronto, nos sorprende una toma de conciencia de mucha gente, movimientos cívicos en favor de la democracia, de la transparencia, de la paz, contra la corrupción… Un voto, parece insignificante; pero unido nuestro voto al de muchos, puede ser la diferencia.

B-10 ¿QUÉ ESPÍRITU TE ESTÁ INSPIRANDO?

Mc 3, 20-35

  • En esta ocasión vemos que Jesús está teniendo un éxito indudable. Se había congregado un gentío inmenso para escucharlo, dejarlo, a Él y a sus apóstoles, ni siquiera tiempo para comer. Para toda esa gente Jesús seguramente era un profeta enviado por Dios.
  • Pero la fama de tal entusiasmo con que Jesús hablaba, de tal euforia, llegó hasta Nazareth –probablemente por boca de fariseos-, que lo acusaban ante su parentela de que criticaba a ellos e incluso se atrevía a criticar hasta a los Sumos Sacerdotes mismos, y que iba en contra de muchas leyes cultuales. Dado que no pensaban que Jesús abandonara su religiosidad, llegaron a pensar que se había vuelto loco. De hecho, no les había gustado que abandonara su clan en el pueblo, donde hacían falta brazos hábiles y fuertes de un artesano como él, de modo que fueron por él. El discernimiento que hicieron los parientes fue atribuir la “pasión” del ilustre pariente a una enfermedad mental, padecía alguna enajenación y habría que llevárselo para sanearlo. Algún discípulo le advirtió a Jesús que habían llegado sus parientes: “mira: Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están allá fuera y te buscan”. Nadie hubiera tomado a mal que interrumpiera un momento su enseñanza para atenderlos brevemente; pero Jesús respondió enigmáticamente: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” y señalando a sus discípulos respondió: “Miren, estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que haga la voluntad de Dios ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” Jesús valora los lasos familiares –indudablemente, los lasos de sangre son siempre importantes-; pero no los absolutiza. Él mismo había dado el ejemplo al abandonar a los suyos para dedicarse a su Misión. A varios candidatos a les condicionaba su seguimiento a dejar (“abandonar”) a su familia. Quien optara por el Reino ingresaba a una nueva familia mayor.
  • Otros protagonistas también se hicieron presente en aquella ocasión, se trataba de una comisión enviada desde el Templo para averiguar qué espíritu poseía a Jesús. Su objetivo era el llamado “discernimiento de espíritus” del que San Ignacio de Loyola insistiera. Cuando nosotros tengamos alguna moción, una decisión que vamos a tomar, no basta indagar sobre las condiciones de posibilidad, para ver si es realizable; ni sólo las ventajas o desventajas materiales, sino vale la pena preguntarnos “¿Qué espíritu me está inspirando esto? ¿Será realmente el Espíritu Santo? ¿Será una tentación del espíritu del Mal? ¿o Será simplemente una inspiración exclusivamente “natural”, medios humanos, o acaso simples deseos del “ego”? Preguntarnos esto es algo necesario antes de decidirnos por las mociones o insinuaciones que se nos presenten.
  • Un ejemplo de este ejercicio de “Discernimiento de Espíritus” es el que debieron de haber hecho los letrados de la Comisión enviada desde el Templo de Jerusalén para investigar a Jesús: “¿Qué espíritu anima a ese supuesto profeta?”. Con lo primero que se encontraron fue una impactante sanación realizada por Jesús, el caso de un probable epiléptico –dada la ausencia entonces de la siquiatría, tales enfermedades se atribuían a la posesión de algún mal espíritu-. Tuvieron que descartar una causa “natural”, una simple enfermedad. Dada la información de aquel tiempo, la curación no podía haber sido realizada por medios humanos, por lo que sería un milagro indiscutible. Pero por otra parte, la sanación había sido realizada en sábado, el Día del Señor, ese descanso obligatorio que vimos la semana pasada, que recibía una importancia desproporcionada, como si fuese una tabú ritual inquebrantable. Si Jesús violaba el sábado, no respetaba el Día del Señor, y entonces, el espíritu que lo movía no podía ser el Espíritu Santo. En buen raciocinio, Jesús estaba poseído de un espíritu del mal, Belzebú, jefe de demonios, por cuyo poder hacía esos milagros.
  • Para el discernimiento de espíritus, el razonamiento lógico es el primer método al que hay que recurrir. Pero hay que tener cierta vigilancia epistemológica, para que los silogismos no se vuelvan falacias, dada la capacidad que tiene la mente de hacer “racionalizaciones”, es decir, conclusiones que parecen derivadas de raciocinio; pero que en realidad están degradados por intereses o prejuicios. Hay “racionalizaciones” muy sofisticadas que pueden engañarnos fácilmente; pero otras son demasiado ingenuas; aunque para alguien prejuiciado le parece que no tienen vuelta de hoja.
  • Tal fue el caso los letrados que nos ocupa. La falacia del razonamiento de los letrados caía por su propio peso: entonces tendríamos a un demonio expulsando a otro demonio: “¿Cómo puede Satanás expulsarse a sí mismo? Un reino dividido internamente no puede sostenerse. “Si Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede sostenerse en pie, antes perece”. En buena lógica el argumento no se sostiene. Lo más grave es que los escribas estarían incurriendo en blasfemia, confundiendo al Espíritu Santo con el espíritu del mal, y por tanto, se oponían a Él, lo que sería imperdonable. Los acusadores terminaron siendo acusados de que su argumentación misma era llevada por un mal espíritu.

B-09 DÍA DE DESCANSO

Mc 2, 23-27; 3, 6

  • Todas las sociedades, para convivir, requieren de un cuerpo de leyes. Cuando las sociedades se vuelven más complejas, se elaboran sendos reglamentos, legislaciones o normatividades específicas para cada área o sistema social. Así, por ejemplo, tenemos leyes sanitarias o de higiene, normas de cortesía o urbanidad, reglamentos de tránsito, reglamento para los deportes, y por supuesto, normas morales y normas de religión.
  • A veces sucede que algunas leyes que tuvieron una razón importante de ser, para afrontar ciertas situaciones, tiende a quedarse; aunque tales situaciones hayan dejado de existir (son obsoletas). A veces, en tales circunstancias, pueden cambiar del área correspondiente y entonces, lo que originalmente era benéfico para dicha sociedad, se convierte en una carga.
  • Un ejemplo de esto es el quinto mandamiento de la Ley de Dios, el que prescribe un día semanal de descanso. Indudablemente, en sus orígenes, este mandato fue benéfico para los trabajadores: cuando se contrataban jornaleros para los rudos trabajos del campo, un día de descanso, pagado fue una valiosa reivindicación para los trabajadores; pero a la vez era una obligación para los patronos, para frenar una posible voracidad de explotación de la fuerza del trabajador (¡hasta las máquinas descansan!). El descanso fue una forma de “santificar las fiestas”, pues ese derecho al descanso se convierte en algo santo. El Día del Señor es un día de regocijo y de justicia; un día en que se rompe la monotonía de la semana, propicio para salir al campo a dar un paseo, visitar amigos y familiares, dedicarse a la lectura, la música o la pintura… en fin, la “fiesta”. El libro del Deuteronomio norma este precepto en favor de los débiles (los esclavos, los inmigrantes), y lo justifica en recuerdo de cuando el pueblo fue esclavo en Egipto. Es por tanto, un día de libertad y liberación
  • Pero cuando se convirtió en un “mandamiento” obligatorio, se le perdió la gratuidad. La interpretación dada por las autoridades judías y difundida por los fariseos, lo convirtieron en una norma ritual, como un “tabú”, cuyo quebranto, mancha e impide la incorporación a la asamblea de los creyentes. La ley así interpretada no distinguía entre la trasgresión el ambicioso acumulador guiado por el “time is money”, y la trasgresión del el pobre, quien cuando hay “jale” lo tiene que tomar de inmediato, pues no siempre hay. Recuerdo en Ciudad Juárez un maquilador que en la confesión me preguntó si trabajar el domingo era pecado. Le respondí que más que verlo como tal, que cobrase conciencia de su derecho. Se le obligaba, mediante horas extras mejor pagadas, a desaparecer su semana (sin la interrupción del 7° día), y sin tener tiempo siquiera de disfrutar los “juguetitos” que compraba con ese dinerillo estéril. Si convertimos el descanso en la simple “prohibición de trabajar” le hacemos perder su atractivo.
  • Por eso, el sentido común es el que mejor interpreta las leyes rituales, como hizo Moisés: relativizó la prohibición de comer los “panes consagrados que sólo los sacerdotes podían comer”, compartiéndolos con sus compañeros hambrientos por defender la causa de Dios. Con dicho ejemplo, Jesús da una clave interpretativa para todas las normas legales. “el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado“: las reglas se hicieron para los humanos, y no los humanos para el cumplimiento de normas”