A-30 DE LA ÉTICA DEL DEBER A LA ÉTICA DEL AMOR

Mt 22, 34-40

  • Las colectividades, sobre todo cuando se constituyen por gran número de personas y grupos, requieren de una normativa jurídica consensuada para interactuar con los mínimos conflictos posibles. Sin embargo, todo sistema de leyes tiende a crecer sin necesidad. Además, mientras las sociedades están siempre en proceso de cambio, las leyes, que supuestamente deberían irse adaptando a tales cambios, tienden a “cosificarse”, a volverse sólidas, inamovibles, con lo que, en lugar de favorecer la convivencia, terminan por obstaculizarla.
  • Israel recibió de Dios –a través de Moisés- una legislación sabia; pero se fue llenando de preceptos rituales, que a pesar del cambio de situaciones históricas, se perpetuaban haciéndose gravosas. Algún curioso contó las prescripciones del Levítico y contó 670 prescripciones. Ya que los israelitas se enorgullecían de su legislación (la consideraban de las más sabias en comparación con las de los pueblos vecinos) y llegaron a considerarla como parte de su identidad como “pueblo de Dios”. Los fariseos, en especial, constituían un grupo que se ufanaba de cumplir al pie de la letra con todas las prescripciones, y despreciaban a los demás –en su mayoría, pobres que ni conocían toda la ley, ni podían cumplirla por no tener posibilidades—tachándolos de incumplidos, y ya que la mayoría de tales preceptos eran rituales, los consideraban “impuros” o “manchados”.
  • Ya que entonces se reconocía que eran muy pocos los “cumplidores” y la mayoría del pueblo iba quedando culpabilizada, los escribas propugnaban que se jerarquizara la legislación, de modo que el pueblo cumpliera al menos los mandamientos más importantes de la Ley. Pero entonces se discutía justamente cuáles serían los preceptos más importantes (¿la observancia del sábado? ¿el tabú alimenticio de la carne de cerdo? ¿las impurezas por tocar la sangre o a ciertos enfermos?), púes ni aún en esto había consenso.
  • En la perícopa de hoy (o sea cada fragmento de la Biblia que se selecciona para su lectura litúrgica), vemos a algunos fariseos, que reconociendo la autoridad religiosa de Jesús, le formulan la pregunta sobre el precepto más importante de la Ley. Jesús responde sencillamente con una sola palabra: AMOR: ¡Amor a Dios con todo el corazón y amor al prójimo como a uno mismo! En realidad, con esto, más que optar por un determinado precepto más entre otros, Jesús cambia de sistema prescriptivo, pasando de la ética del deber a la ética del amor: la ética del deber se centra en prohibiciones, premios, castigos y expiaciones, sentimiento de culpabilidad y engreimiento en caso de su observancia total (como los fariseos). En cambio, la ética del amor no es agobiante ni se necesita de mucho conocimiento jurídico: su cumplimiento produce gozo espiritual, más motivante que el castigo.
  • La respuesta de Jesús propone tres círculos concéntricos, en el que de afuera, el más amplio, sería el amor a Dios; luego vendría el amor al prójimo, y por último, el más pequeño, sería el amor a sí mismo.
  • Pero según San Juan “Si uno dice que ama a Dios y odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (I Jn 4, 20): El signo de que amamos a Dios pasa por el amor al prójimo. Pero a su vez, Jesús pide amar al prójimo “como a sí mismo”. Es decir, el parámetro de nuestro amor al prójimo es el amor a uno mismo. ¿No será eso egoísmo? No. El amor bien entendido empieza por uno mismo, que es legítimo y primordial. A veces, viendo como algunas personas se aman tan poco ellas mismas (se malpasan, nunca descansan, no hacen ejercicio, se abandonan a la obesidad y la pereza, etc.), me pregunto: “¿así aman ellas a su prójimo?”, pues: ¡Pobre prójimo!
  • El centro de la moral cristiana no consiste en cumplir preceptos. Toda la ley y los profetas quedan sintetizados en el precepto de Amor sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Pues como dice San Agustín: “ama y haz lo que quieras”. A veces al confesionario llegan algunos penitentes después de examinarse a sí mismos con lupa, atentos a cualquier imperfección inevitable. Les digo que lugar de centrar su atención en sus pecados, deberían centrarse en ver cómo poder amar mejor a los hermanos, con quienes entran en contacto, y con quienes sólo se conoce a través de las noticias y de las estadísticas… Esa es nuestra tarea de cristianos: aprender a amar mejor, pues el que ama ha cumplido toda la ley.

A-29 “AL CESAR LO QUE DEL CESAR…”

Mt 22, 15-21

  • “Den al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Esta frase de Jesús ha sido interpretada de diversas maneras. Para comprender mejor su significado hay que atender al contexto en que fue pronunciada:
  • La frase respondía a una pregunta que le fue formulada –“¿Es lícito pagar el tributo al Cesar o no?”—y se la hicieron precedida de un aparente e hipócrita reconocimiento con el que en realidad lo comprometía más: “nos consta que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y que no te fijas en la condición de las personas porque eres imparcial”.
  • Pero la verdadera intensión nada tiene que ver con esa frase lisonjera de connotada curiosidad, como se deduce al atender quiénes eran los que la formularon. Se trataba de una pregunta cuidadosamente premeditada, acordada entre dos grupos antagónicos; pero igualmente opuestos a Jesús: una comisión formada por fariseos y herodianos. Los primeros eran un grupo respetado por la tradición religiosa, ya que denotaba un nacionalismo religioso –Israel como “pueblo de Dios”–, y que por tanto, debían rechazar el sometimiento a la normatividad abusiva de un Imperio invasor idólatra y opresor, por lo que gozaba de las simpatías populares. Por el otro lado, Herodes se declaraba expresamente “romanizante”, es decir, entreguista y colaboracionista del invasor. Roma advertía claramente que negar el pago del tributo equivalía a una insurrección contra el Imperio y hacía acreedor a la pena capital por crucifixión. Por tanto, La pregunta, más que ser orientativa, comprometía a Jesús con la disyuntiva: o pasar como colaboracionista (y perder la popularidad que Jesús estaba logrando entre los oprimidos) o como rebelde insurrecto (y merecer la acusación de enfrentar al Cesar). Parecía no haber escapatoria. Jesús pide una moneda de la destinada al pago de impuestos –el denario- en el que de forma tosca estaba grabada la efigie del Cesar. Pero en Israel también circulaba la moneda judía, que no tenía ninguna representación más que el impronunciable nombre de Yahvé. En este contexto, la respuesta de Jesús puede ser interpretada de diversas maneras:
    1. La que pretendería deducir de ella alguna tesis política sobre la relación entre la Iglesia como institución y el Estado como Gobierno, en una situación de Estado laico, secularizado y no confesional (“ni Iglesia sumisa, ni Estado sacristán”). Esta problemática es propia de una realidad moderna, algo totalmente ajeno al modelo teocrático de aquel tiempo, en donde el Rey poseía una función religiosa (guiar al Pueblo al cumplimiento de la Alianza).
    2. La que distinguiría dos planos dicotómicos –lo material y lo espiritual- relegando a la autoridad civil que se ocupe del primero; mientras que a las autoridades religiosas les competería lo segundo. Esta interpretación supone una separación artificial y radical entre dos niveles, dejando lo material al margen de cualquier cuestionamiento religioso (e incluso, de la ética), para quedarse en lo meramente instrumental utilitario, y reivindicando; y al mismo tiempo lo religioso sería una esfera autónoma, reclamando sus “fueros” ante cualquier normativa civil (impuestos, derecho penal, etc.)
    3. La que propondría un estilo de vida contracultural: la invasión imperial cobraba un tributo excesivo que gravaba por familia y por terreno o por trabajos, y esto estaba empobreciendo al pueblo. Cesar cobraba tributo por todo: “tributum dolis” (por los terrenos cultivados) y “tributum cápitis” (al patriarca, por cada miembro del clan). Sin embargo, al mismo tiempo se obtenían ciertas ventajas al entrar en el orden romano, representado por su sistema monetario y sus tentadoras mercancías. Jesús pide a sus discípulos “renunciar a todos sus bienes” (los que tenían y los que pudieran obtener) y renunciar a la familia (“abandonar a su padre y a su madre”), es decir, vivir al margen del mercado. “Devolver” al Cesar lo suyo (la efigie) equivalía a liberarse de los impuestos, sobre los bienes y sobre el clan. En este caso, “dar al Cesar lo que es del Cesar” dejaría la respuesta a lo que cada cual decidiera por su forma de vivir: para quien aceptara la dominación, “darle lo suyo al Cesar” equivaldría a pagar el impuesto. Para quien negara la invasión, sería expulsar al Cesar del territorio y que regresara hacia donde llegó.
  1. Aquella por la que Jesús estaría condenando una idolatría: Cuando pidió la moneda del tributo, el denario, esta tenía toscamente gravada la efigie del Cesar –“Divus Caesar”- Por tanto, el Cesar estaba “divinizado” en la moneda, la que en realidad sería una medalla, una intromisión en la esfera divina. Curiosamente, también hoy, el billete de dólar tiene la leyenda “In God we trust”, bajo el dibujo de una pirámide truncada que el triángulo divino completaría: Suena a una burla, el papelito en que toda la feligresía profana pone su confianza en ese dios-dinero, el ídolo de la riqueza. La frase de Jesús superaría la dicotomía irreductible entre lo material y lo espiritual: “darle a Dios lo que es de Dios” abarcará vivir toda la realidad material en su integralidad desde la perspectiva divina, es decir, desde los más vulnerables, en la justicia, la paz y el amor. Al mismo tiempo, “Lo que es de Dios” sería la conciencia humana, el misterioso santuario de cada persona, que ningún Cesar tiene poder para violarla, pues pertenece a Dios, a quien únicamente se debe obediencia. La frase, entonces, estaría invitando a ubicarse desde la perspectiva en la que decidamos ver el mundo en toda su realidad integral (materia y espíritu), sea desde los ojos del Cesar, sea desde los ojos de Dios.

A-28 UN DESAIRE CONVERTIDO EN FIESTA

Mt 22, 1-14

  • ¿Alguna vez les ha tocado que se hayan quedado “con la mesa puesta”, porque a la mera hora los invitados dijeron que no podrían asistir? ¿Cómo se sintieron? ¿Y qué tal si la ausencia no fue sólo de algunos, sino de todos los invitados? ¿y si se notó que las razones aducidas fueron puros pretextos? ¿Y si el banquete era muy importante para ustedes, con el caso de la boda de un hijo? En ese caso el desaire se vuelve un agravio que no quedará sin consecuencias, antes que nada, por la ruptura de la supuesta amistad.
  • Tal fue el caso de la parábola de hoy. La comida era nada menos que con motivo de la boda del hijo de un rey, y estaba preparada espléndidamente, con mucho entusiasmo. En esos casos, se habría requerido una razón muy poderosa para no asistir; pero las razones aducidas — irse a su campo o a su negocio– eran claramente pretextos: nada que no pudiera posponerse. Incluso hubo más: aquellas personas maltrataron e incluso asesinaron a los mensajeros que personalmente el rey envió para recordarles la invitación. En este caso, el asunto tomaba otro cariz; se trataba de una provocación política, y con justa razón, en ese mismo momento el rey envió tropas que desoló las ciudades insurrectas de aquellos vasallos.
  • Pero ya que el banquete estaba suntuosamente preparado y el rey tenía tanta ilusión para que su hijo la pasara bien acompañado en su fiesta nupcial, decidió que de todos modos el banquete se realizara; pero con otros comensales. Sería un banquete de puertas abiertas; se convocaba a cuantos pasaran por los cruces de caminos, sin reparar en méritos o impedimentos.
  • El tema de este día está antecedido por las tres semanas anteriores y todas ellas a propósito de una viña: la estupenda cosecha que un propietario no podía recoger por falta de brazos y contrata a todos los que puede, incluso los que llegaron a última hora; el hijo que no quiso ir a trabajar a la viña por lo que se tuvo que enviar al otro; los trabajadores que pretendieron apropiarse de la viña del propietario, el cual les quitó la viña para dárselas a otros. Sabiendo que “la viña es la Casa de Israel” -el Pueblo Elegido- y que dicho pueblo rechazó la misión a la que estaba destinado, matando a los criados-profetas e incluso al Hijo mismo, la parábola de hoy insiste en un hecho teológico al que Jesús leyó como doloroso “signo de los tiempos”: al entregar a Jesús a Roma para su crucifixión el amado Israel, el “Pueblo de Dios”, rompió definitivamente la Alianza, y ahora se hace la invitación a ocupar ese lugar vacío de instrumento de bendición universal, a un nuevo pueblo, no ya formado por la comunidad de sangre, sino por la fe y la misión.
  • En la parábola la invitación es para un banquete, una fiesta, así como en la otra parábola, el jornal pagado, el “denario”, era en realidad el trabajo mismo en la viña del Señor. La oportunidad de ser incorporado al proyecto de salvación es en sí mismo una fiesta. Por lo mismo, esta recompensa –la invitación al banquete- no se otorga pasivamente, sino que requiere involucrarse activamente. Quizás esto signifique el “vestido de fiesta” (algunos dicen que en tales banquetes cortesanos a los invitados se les proporcionaba con la invitación misma)