7. JUICIO Y PASIÓN

El drama y su desenlace. Preparativos. Jesús decide asumir Él sólo las consecuencias. Ritual simbólico de despedida. Huida de los discípulos. Juicios religioso y político. Condena. El silencio del Padre. Fracaso de la causa de Jesús.

1) Preparativos para el drama (14, 1-16)

A. Preparativos del Centro judío (miércoles) (14, 1-2)

B. Preparativo simbólico de la sepultura: Unción (14, 3-9)

C. Preparativos de Judás (14, 4-11)

D. Preparativos de la cena (jueves am) 14, 12-16)

2) Opción de Jesús: asumir Él sólo las consecuencias (14, 17-21-42)

A. Jesús frente a la traición (viernes judío) (14, 17-42)

B.  Acción profético-simbólica sobre el pan y el vino (14, 22-26)

C.  Jesús frente a la inminente huida de los discípulos (14, 27-31)

D.  Jesús frente a la muerte. Silencio del Padre; resistencia y

sumisión (14, 32-42)

3) Juicio y condena: el fracaso de la causa de Jesús (14, 53 al 15, 47)

       Juicio de Judas: entrega y traición (14, 43 al 15, 4)

A1. Juicio religioso: (14, 53-65) (Sanedrín)

A2. Juicio de Pedro: (14, 66-72) (patio)

B1. Juicio político (15, 1-5) (adentro pretorio)

B2. Juicio popular (15, 6-20) (afuera pueblo y soldados)

C. Camino de cruz y crucifixión (15, 21-27)

D. En la cruz: tres burlas y tres juicios (15, 29-39)

  1. Preparativos para el drama

A y B- Preparativos del Centro judío, y de Judas (miércoles) (14, 1-2). “entrega – traición”

Las autoridades religiosas querían matar a Jesús antes de la Pascua, para evitar motines; pero no podían acercarse a su círculo íntimo por temor a que el pueblo fuera contra ellos, y no pueden entrar en su círculo. Necesitaban de alguien “de dentro” que se los entregase a los de “fuera”. Lo quieren matar durante la preparación a la fiesta celebrativa de la liberación de Israel, condenando a quien vivió para dicha liberación. Judas los contacta (goza de cierta libertad de acción por su cargo de proveedor). Acuerdan darle 30 monedas (el precio de un esclavo), y desde entonces, Judas estuvo buscando la oportunidad de entregarlo. Extraña las razones de la traición de uno de los Doce (bien elegidos y formados). El evangelio de San Juan le supone un motivo económico; pero, incluso, les botó las monedas. Quizás hayan sido sus tendencias zelotas, las que lo ilusionaron de creer que después de la toma del Templo se proclamaría rey, y los zelotas, seguramente, lo habrían ayudado. Creyó que Jesús habría traicionado la causa del reino.

C. Preparativo simbólico para la sepultura-unción (14, 3-9) En Betania

Jesús se refugia en la casa de un leproso. Entra una mujer con un frasco de perfume de nardo puro, muy costoso, lo quebró y lo derramó sobre la cabeza de Jesús, para ungirlo. Algunos (según Juan, fue Judas) criticaron a la mujer, pues con esos 300 denarios se habría podido ayudar a pobres; pero Jesús la defiende: “a los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran; pero a mí no siempre me tendrán” (v-7). Intérpretes de Derecha, apoyados en esa frase, afirman que para Jesús, siempre habrá pobres, y por tanto, ayudarlos -aparte de inútil-, sería ir contra la voluntad de Dios que, en su Providencia, así lo dispuso. Pero para Jesús, lo que realizó la mujer fue adelantar un ritual de unción para la sepultura, que ya se temía venir.

D. Preparativos de la cena (jueves am) (14, 12-16)

    Los discípulos le preguntaron a Jesús dónde quería celebrar la Pascua y Él envió a dos de ellos a la ciudad, donde les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua, al que debían seguir. Aquí me detengo, para presentar un estudio exegético que aporta un dato algo curioso[1]: ir por agua a la fuente era tarea de mujeres, las cuales llevaban el cántaro sobre la cabeza (los varones, cuando llevaban agua, lo hacían con dos botes y un palo). Las instrucciones de Jesús, según el autor, connotaban que tenían que seguir a un varón homosexual, y adonde entrase, tenían que hablar con el propietario sobre el sitio donde el Maestro celebraría la Pascua, quien les mostraría una “sala grande, en el piso superior y preparado con divanes”, lo que podría dar pie a pensar que habría, además, otros discípulos (o discípulas) que tal vez habrían podido también estar presentes.

2) Jesús asumirá Él sólo las consecuencias (14, 17-21-42)

  1. Acción profético-simbólica sobre el pan y el vino (14, 22-26)

    La Cena jueves anterior a la Pascua, Jesús y los suyos tuvieron una cena ritual, recordando el contexto del Éxodo (liberación). Implicaba una acción profética simbólica que condensaba toda su práctica y su suerte: la Alianza, por la que Israel se constituyó “Pueblo de Dios”, que en aquel momento se sellaría partiendo el pan y compartiendo (entregado) el vino. Con esto, Jesús entrega su vida como pan (multiplicado) y su sangre como vino (“tomen, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre”). Esta entrega será certeza escatológica (“No beberé vino hasta que llegue el Reino”). El cordero, centro de la cena, no es la víctima expiatoria del sacrificio levítico, sino el cordero Pascual, signo de liberación.

  • Previsión de la inminente huida de los discípulos (14, 27-31)

    Jesús previó la cobardía de sus discípulos, secuela normal de la condición humana. Después de los salmos rituales, salieron del “cenáculo” camino al Monte de los Olivos y Jesús les enfrenta con su premonición –“Todos van a fallar, como está escrito”- pero también les reconoce una conversión, que tendrá lugar cuando resucite y los vuelva a ver en Galilea. Pedro alardea: “Aunque todos falle, yo no”; pero Jesús lo pone en su lugar: “Te aseguro que hoy mismo, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”.

  • Jesús frente a la opción final (14, 32-42)

    Jesús es conciente de que llega el momento -previsto, aceptado, temido-: ya no huirá, pues esto desautorizaría su práctica y su causa (pero ¡qué más desautorización que su muerte!). Quizás pudo haber modificado a última hora la decisión de ir a Getsemaní, pero eso evidenciaría a Judas. Llegados al huerto de Getsemaní, Jesús  se aparta del grupo, llevándose consigo a sus apóstoles más concientes –Pedro, Santiago y Juan-, objeto de las mayores oportunidades formativas, y les pide -les ruega- quedarse cerca y despiertos, para el apoyo que necesita en su angustia mortal. Postrado en tierra, demanda que, de ser posible, se evite un desenlace violento (por supuesto, sin recurrir a salidas mágicas o milagrosas): “Abbá, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Sabe que no hay equivalencia entre su Padre y el poder; que Dios respeta la libertad humana, y que la voluntad de su Abbá, como siempre en la historia, será “kénosis” (abajamiento). Sabe que su muerte no es para satisfacer a un Dios vindicativo, necesitado de expiación, y que con esto, desenmascarará al poder homicida del Centro y de la Ley de la pureza… pero choca con el silencio del Padre. Aflora dramáticamente la condición humana de Jesús: necesita cualquier tipo ayuda; pero tropieza con la incomprensión de sus discípulos. Va a verlos cómo están… y los haya dormidos.

     Dirigiéndose al “envalentonado” Pedro, le recrimina no haber estado despierto ni siquiera una hora: “Despierten y oren para no caer en la tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. Jesús, siendo humano, conoce nuestra naturaleza caída. No pretende quitarnos las tentaciones, sino aprender a superarlas, y para ello, aconseja la oración y la vigilancia. Nuevamente se retiró a orar -dos y tres veces- y los encuentra dormidos. Ha llegado el momento terrible; los despierta bruscamente: “¡Todavía dormidos y descansando! Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores. Vamos, levántense, se acerca el traidor.”

  • Juicio y condena: el fracaso de la causa de Jesús (14, 53 al 15, 47)

       Juicio de Judas: entrega y traición (14, 43-52). El beso, de ser signo de intimidad, ahora se vuelve signo de traición (contraseña de la entrega). Al percibir aquella señal, de inmediato se le echaron encima. Hubo un connato de resistencia: uno de los presentes sacó una espada de sicario, y de un tajo cortó la oreja al sirviente del sumo sacerdote. Finalmente, todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Marcos anota un detalle embarazoso que los otros evangelistas y los traductores mismos prefieren pasar en silencio: en la trifulca, “agarraron a un joven cubierto tan sólo con una sábana; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo” (vv. 14, 51-52). ¿Qué hacía ese joven desnudo aquella noche? ¿Será otro detalle de la supuesta homosexualidad de Marcos? ¿O se tratará de Marcos mismo?

A. El Juicio religioso

   Dentro del Sanedrín (14, 53-65)

  • El juicio se desarrolló con varias irregularidades: para una pena capital, no podía convocarse Al Sanedrín por la noche, ni en sábado, ni en las fiestas; no se podía pronunciar sentencia de muerte el mismo día del juicio oral. Entre todos los testigos, Jesús era el único veraz (los discípulos habían huido). Habría, al menos, que cubrir las apariencias formales, por lo que Caifás le preguntó directamente a Jesús si era “el Mesías, Hijo del Bendito”. Dado que Caifás era la autoridad legítima, esta vez Jesús no quiso salirse “por la tangente”, como en otras ocasiones, y dio una respuesta afirmativa, clara e inequívoca: “Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo” (v.62, aludiendo a Dan. 7, 13). Caifás aprovechó la respuesta, presentándola como blasfemia; aunque en realidad no lo era (Jesús decía la verdad) y menos aún en aquel tiempo de expectativas mesiánicas.

  Fuera del Sanedrín (14, 66-72)

  • Marcos distingue dos juicios: mientras que en la interrogación del Sumo Sacerdote, Jesús afirmaba a Dios, comprometiendo su vida; Pedro, calentándose en una fogata del patio del palacio de Caifás, ante el interrogatorio de una sirvienta del sumo sacerdote –que lo había reconocido como seguidor del reo-, reniega de cuanto, desde la llamada de Jesús en la playa de Cafarnaúm, hasta ese momento, había sido su identidad: seguidor de Jesús; negándolo tres veces bajo juramento y poniendo a Dios por testigo. Volviendo al comentario de Manuel Villalobos quien, como se dijo, trata de resaltar elementos homosexuales en San Marcos, bajo el título “Rebequita la hocicona”.[2]  Villalobos Llama a la criada “Rebequita”, en alusión a una experiencia autobiográfica, y la pone como juez y parte, imaginándola como “marimacha” (en el pueblo de Villalobos, las reuniones nocturnas en torno a una fogata callejera es espacio solo para varones) y recuerda a una tal Rebequita, marimacha, quien habiéndose quedado sola, participaba en las asambleas de varones y tenía comportamientos similares.
  • En el episodio del evangelio, los criados se calientan en una fogata, en la que, además, está esta criada (“Rebequita”), y es quien  pone a Pedro en su lugar. Al corregir al apóstol es como si quisiera decirle: “tu lugar debía estar allá adentro, con el reo”. Villalobos rescata aquí toda una fenomenología de la mirada “observante”: los varones son quienes de ordinario miran a las mujeres; pero aquí, fue la mujer quien “se le quedó mirando” a Pedro, y le interrogó. Ante su respuesta negativa, en otro lugar, nuevamente la mujer volvió a ver a Pedro y empezó a confirmarles a los presentes que era uno de ellos. Lucas hace que Jesús se asome al patio, se vuelva y mire Pedro, y entonces el gallo cantó (Lc 22, 61).

B. El Juicio político

Afuera del Pretorio (15, 1-5)

  • Ya que el juicio religioso no reunió la legalidad necesaria, ante ciertas críticas de algunos miembros del Sanedrín, temprano al día siguiente, Caifás lo convocó de nuevo. Las autoridades quieren que Jesús sea condenado por el poder romano, y de la forma más cruenta posible, la crucifixión.

    Pilato interrogó a Jesús sobre sus pretensiones de hacerse rey:; pero Jesús le responde: “Eso eres tú quien lo dice” (en realidad, lo está negando). Es proverbial la justicia romana (el Derecho Romano), y Pilato querría obrar correctamente. Después de interrogarlo, hizo algunos intentos: intentó aplacarlos liberando a Barrabás -un zelota arrestado por un homicidio “durante el motín” (probablemente, el borlote del domingo anterior). Según San Lucas, Pilato le envió a Herodes al preso, quien lo regresó… en fin, hizo lo posible; pero sin comprometerse, cuidando más su prestigio que hacer justicia, y viendo que la gente estaba furiosa y obcecada, liberó a Barrabás y entregó el reo a la soldadesca.

 Dentro del Pretorio (15, 16-20)

  • Dentro del Pretorio, los soldados convocaron a toda la guardia (la “corte”). Le pusieron las insignias del Imperio (andrajos de púrpura, corona de espinas y una caña a guisa de cetro) y le hacían reverencia, golpeándolo en la cabeza con esta. De allí lo llevaron a crucificar.

C. Camino de cruz y crucifixión (15, 21-27)

  • El camino al Calvario, Jesús cargaba sólo el palo transversal de la cruz (el vertical ya estaba fijo para las crucifixiones). Ya se veía agotado y maltratado por los azotes y los golpes. El centurión teme que el reo no llegue a la cruz, lo que le representaría problemas, por eso, obliga a un emigrante (un vulnerable) a que ayude al reo cargando el madero. Se trataba de uno de los primeros conversos, conocido por la comunidad cristiana –“Simón de Cirene, padre de Alejandro y Rufo”-. Lo condujeron al Gólgota, “Lugar de la Calavera”, le ofrecieron vino mezclado con mirra (una especie de analgésico) que Jesús no tomó; lo desnudaron, repartiendo, por suertes, su ropa y a las 8 de la mañana lo crucificaron, en medio de dos asaltantes (“lestai”).

D. En la cruz: tres burlas y tres juicios (15, 29-39)

Tres burlas contra su proyecto de reinado (15, 29-36)

  1. “No puede destruir el templo y salvarse” (29 ss)- Esta burla proviene del poder religioso y se trata de la “ordalía”: si no puede salvarse, es señal de que es culpable, pues Dios no permite que un inocente sufra.
  2. “No puede slavarse a sí mismo y a los otros dos ajusticiados.” (31-32) La hacen los sumos sacerdotes -secundada sólo por uno de los ajusticiados-, “Que baje de la cruz y creeremos en Él”. denota una fe débil, condicionada a la victoria sobre los enemigos, realizado de manera maravillosista, connotando poder.
  3. “¡Veamos si lo salva Elías!” (35-36). Jesús agoniza, y sufre al sentir el abandono de Dios. Lo increpa. Ahora ya no lo llama “Abbá”, sino “Eloí, Eloí, lamá sabatacní” (Dios mío, por qué me has abandonado?). Los soldados (que no entienden el arameo) piensan que invoca a Elías.

Tres juicios (15, 34-39)

  1. Primer juicio: el silencio de Dios (34). Jesús está desconcertado ante el silencio de Dos, quien en esa hora, guardó silencio. Es lo que más le entristece. Jesús no reclama, sino sólo expresa su desconcierto, sólo quiere saber… Y dando un fuerte grito, encomendando al Padre su espíritu, expiró.
  2. Segundo juicio: el velo rasgado (38). Comienza el juicio de Dios. Una señal escatológica: ha llegado el Día de Yahvé. El Templo ya no retiene la presencia de Dios. Se cumple la condena que había hecho Jesús frente al Templo. Es importante también para nosotros: saber, en la historia, dónde se encuentra Dios.
  3. Tercer juicio: el comienzo de la fe (39). En contraste con las condiciones de los sacerdotes, el Centurión no puso condiciones, sino creyó y confesó a Jesús como Hijo de Dios. Una fe que contrastaba con quienes lo insultaban. Tampoco las mujeres necesitaron señales mágicas. El silencio de Dios fue su última palabra. Las mujeres mantienen su gran confianza en el Padre, por encima de aquel tremendo silencio y de aquella infame muerte. La última palabra es la resurrección.

EL EPÍLOGO (16, 1-8)

Marcos concluye su evangelio con el episodio del primer día de la semana, muy temprano, cuando María Magdalena, María de Santiago y Salomé van con perfumes a ungir el cuerpo, preocupadas por encontrar a alguien que les Ayude a mover la gran piedra del sepulcro; pero la encuentran ya corrida. Al entrar al sepulcro, vieron a un joven vestido de blanco, quien les dice que, si buscan a Jesús Nazareno, el crucificado, no está  ahí, ha resucitado; y les manda decirles a Pedro y a los demás, que vayan delante a Galilea y allá lo verán. Y Marcos en su último versículo: “Ellas salieron corriendo del sepulcro, asustadas y fuera de sí, y de puro miedo, no dijeron nada a nadie.”  Con estas palabras, también a los lectores nos deja desconcertados, como habrá quedado el mismo evangelista.

            En las versiones aprobadas de este Evangelio, se halla un epílogo que –por acuerdo unánime de los exégetas- no pertenece a Marcos, sino a otra pluma y otro estilo. En este epílogo. Jesús aparece a María Magdalena, quien va a ver a los apóstoles, los halla llorando y no la creyeron. Luego habla de los dos discípulos de Emaús, a quienes tampoco les creyeron. Por último, narra la aparición a los Once en la mesa; les reprende su obstinación por no haber creído a los que lo habían visto, y los envía por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad… y así, mientras hablaba, se fue elevando al cielo.


[1] VILLALOBOS MENDOZA, Manuel: “Cuerpos abyectos en el evangelio de Marcos”, Ediciones El Almendro, Córdona /Uniclaretiana (Edición Universitaria Claretiana. Quibdó, Chocó. Colombia, 2016. El autor es un biblista “chicano” claretiano, que se reconoce abiertamente homosexual, y que pretende visibilizar estos elementos de género en el evangelista. Utiliza el lenguaje “chicano” popular lúdico; pero no carente de sólidos fundamentos exegéticos (Para este pasaje, vid. “Nachín el Machín” pp 119-149). El autor observa que, mientras  Lucas simplemente sigue a Marcos, Mateo –quien siempre suele añadir detalles a Marcos- en esta ocasión, los elude completamente para no comprometerse.

[2] “Marimachas, descaradas, malcriadas y hociconas”, o.cit., pp 81-111

6. JERUSALÉN

Jesús se apresura en llegar a Jericó, para preparar su entrada triunfal en Jerusalén. Durante la Pascua y aprovechando el flujo de peregrinos, dará una fuerte señal. Esa tarde sólo observó e hizo su diagnóstico: (la causa de la profanación era el “sistema del sacrificios”) y al día siguiente tomó el Templo, expulsando a los vendedores y mostrando su autoridad. Las autoridades le ponen tres trampas, que Jesús resuelve. En Betania, profetizó la destrucción del Templo, que Marcos confundió con el fin del mundo.

Ahora conocemos la prisa de Jesús por llegar a Jericó: Había planificado la fecha apropiada para entrar en la Ciudad Santa el día la Pascua. Esto, no meramente por celebrar allí la fiesta, como muchos israelitas, sino porque tenía un objetivo más importante: las seculares expectativas mesiánicas habían sido falseadas por la ideología de las autoridades religiosas. Jesús pretendió corregírselas a sus discípulos; pero esto sólo había provocado una crisis en el grupo y tuvo que dedicarles mucho tiempo para quitarles la ceguera. Ahora se proponía enfrentar al Centro (del poder) en el centro mismo (el Templo): realizar una acción impactante –“poner toda la carne en el asador”-. ¿No habría sido mejor enfrentar a los romanos, invasores del pueblo de Dios? Antes de eso habría que rescatar la expectativa de liberación que el Centro había secuestrado y que inmovilizaba al pueblo. De modo que la religiosidad oficial era el primer obstáculo a la liberación política, y –según su análisis- el escenario estratégico era el Templo y su profanación debida al “sistema de sacrificios”.

La fiesta de Pascua en Jerusalén

  • La Pascua era la más importante. Para celebrarla, subían entre 100,000 y 250,000 peregrinos, muchos de ellos, venían de la “Diáspora”, es decir, la comunidad de israelitas (entre 6 y 8 millones) emigrados a las ciudades griegas alrededor del Mar Mediterráneo, comerciales, prósperas, cultas y por tanto, influyentes.
  • La estancia en Jericó fue bien aprovechada para su programa, diseñado con cuidado. Mucha gente en Jericó tenía ideas nacionalistas, y se entusiasmaron al saber que Jesús iba a entrar en Jerusalén para la Pascua: prepararon el canto mesiánico del “Hossana”, el follaje. Es probable que Jesús mismo haya ido antes a la ciudad, pasando inadvertido entre tanta gente que no lo conocían: clandestino, para evitar indiscreciones que alertaran al Centro. Tenía que visitar algunos discípulos, que si bien no lo siguieron en su campaña, le habían ofrecido colaborar con Él, cuando fuera allá (quien le prestaría el burro, quien le prepararía la cena y por supuesto, sus amigos de Betania, etc.). Algunos discípulos estarían en la ciudad y lo ponían al tanto de lo que sucedía, como el flujo de peregrinos, etc.. Llegado el momento, envió a dos discípulos a traerle el burro, quedando de verse en Betfage, cerca de Betania, junto al Monte de los Olivos, a 1 kilómetro de allí (la distancia permitida caminar en sábado).
  • El cortejo estuvo bien cuidado: Jesús entró montado, no a caballo, como los emperadores en sus entradas triunfales, sino en un humilde pollino. Sobre él, algunos discípulos habían echado sus mantos y con los mantos de otros, alfombraban el camino. Otros habían cortado ramos en el campo, y los que iban hasta adelante, dirigían la salmodia de un canto mesiánico: “¡Hossana! Bendito el que viene en nombre del señor. Bendito el reino de nuestro padre David que llega. ¡Bendito en las alturas!” Su entrada fue apoteósica, un verdadero borlote. Al llegar a Jerusalén, como cualquier peregrino piadoso, Jesús se dirigió al templo.
  • El Templo era una explanada de 144,000 m2 (12 x 12 x 1,000). En ese tiempo, Herodes lo estaba restaurando -¿para mejorar el culto a Yahvé? ¿O para engrandecer su propia imagen ante el Imperio?- En la restauración se ocupaban unos 18,000 trabajadores. A la entrada, Herodes había puesto el Águila imperial y la estatua del Cesar (“Divus Tiberius”), lo que humillaba e indignaba a los devotos. La restauración, además, implicaba un impuesto religioso extra, que representaba una carga para la población campesina. En el servicio del templo había 20,000 funcionarios. Tenía almacenes protegidos parea guardar los diezmos, primicias y algunas fortunas de potentados. Se calcula que en tales almacenes, la fortuna custodiada equivalía a 17 toneladas de plata, y se le acrecentaba para préstamos. Tiempo atrás, Sabino se había apoderado del tesoro, y después de haber recompensado espléndidamente a quienes lo ayudaron, y se quedó con 400,000 talentos de oro.

La toma del Templo (11, 15-19)

  • Al llegar Jesús al Templo, siendo ya era tarde, lo único que hizo fue inspeccionarlo todo, y luego volvió con los Doce a Betania. Pudo constatar lo que muchos peregrinos del extranjero ya notaban: que el templo estaba profanado, convertido en un mercado (ya conocemos algunos mercados afuera de santuarios: circula aguardiente, se escuchan palabrotas, suciedad, etc.). Algunos peregrinos influyentes se quejaban con las autoridades religiosas; Anás se disculpaba (“ya les dijimos que se comporten, pero no hacen caso”); pero las malas lenguas decían que aquello era negocio personal de Anás. Jesús hizo su diagnóstico; la causa última de aquella profanación era el “sistema de sacrificio”: algunas impurezas graves sólo podían expiarse mediante el sacrificio de una oveja o becerro; como traerla desde su ciudad era difícil, podían comprarla en el templo mismo. En Israel circulaban dos monedas: la romana, que para esas ocasiones era el “shekel” de Tiro, más estable, y la moneda hebrea, más modesta, con sólo el nombre prohibido de Yahvé. Las autoridades del Templo prohibían que entrase en las arcas monedas romanas, pues su leyenda y efigie la convertían en medalla (tenía la leyenda: “Dive Pater Augustus”, y en el anverso, la palabra “Caesar” y su imagen). De ahí la necesidad de proporcionar mesas de cambistas. Era necesario recuperar, de tanta profanación, la sacralidad del Templo.
  • Temprano al día siguiente, Jesús regresó al Templo y se encontró nuevamente con aquel mercado, y se detuvo, con semblante indignado frente a los vendedores y cambistas. Son conocidas las estampas que pintan a Jesús dando latigazos a “troche y moche”, volcando mesas de cambio y jaulas que se abren y salen volando las palomas. Tales imágenes son utilizadas como legitimación para una “ira santa” religiosa. Un hecho es que Jesús denunció enérgicamente aquella profanación del Templo; pero de haber utilizado la fuerza de su látigo, esto o hubiera sido posible sin un enfrentamiento violento, pues los vendedores tenían bastante fuerza (eran unos 3,000 varones) y Jesús, en esta ocasión, tenía detrás una multitud de peregrinos no judíos. Jesús habría provocado una trifulca, y Herodes, que tenía un acuartelamiento armado en la Torre Antonia, dentro del atrio del Templo, reprimiría de inmediato la reyerta. ¿Qué pasó entonces?

Probablemente, los vendedores y cambistas del Templo serían judíos creyentes, que creían prestar un servicio religioso a los peregrinos fuereños, para que hubiera víctimas expiatorias, y que, en el fondo, también reprobaban aquel desorden. Es posible que lo que Jesús se propusiera, fuese atacar la conciencia religiosa de aquella gente: “Mi casa será casa de oración para todas las naciones (Is 56, 7); mientras que ustedes la han convertido en “cueva de asaltantes” (Jer. 7, 11). Los vendedores habrían quedado indecisos, sin saber qué hacer. Jesús les daría una “ayudadita”, arriando alguna vaca, que al salir, volcara una mesa de cambistas o alguna jaula. Su propietario, al ver que se iba su animal, saldría tras él, y lo fueron siguiendo otros más, de modo que muy pronto, el Templo quedó limpio. Los exégetas concuerdan en que no se trató sólo de una “purificación”, sino de una verdadera “toma” del Templo: después de aquel impactante signo de autoridad, Jesús se quedó todavía poniendo orden –“no dejaba a nadie transportar objetos por el templo” (v.16)-. Aquel signo llegó a oídos de los sumos sacerdotes y los letrados y buscaban la forma de acabar con Él; pero le tenían miedo al pueblo, porque todos habían quedado maravillados de su enseñanza. Al anochecer, se regresó con los Doce fuera de la ciudad.

  • Nuevamente, siguiendo su el esquema narrativo (A – B – A), coloca la toma del templo entre dos pasajes en torno al símbolo de la higuera: Por la mañana de aquel día, saliendo de Betania, Jesús sintió hambre y fue a una higuera frondosa a buscar higos; pero como aún no era tiempo de higos, sólo encontró hojas, y maldijo a la higuera: “Que nunca jamás nadie coma frutos tuyos” (11, 12-14). Al día siguiente por la mañana, observaron que la higuera se había secado. Jesús los instruyó: “Tengan fe en Dios. Les aseguro que si uno de ustedes, sin dudar en su corazón, creyendo que se cumplirá lo  que dice, manda al “monte ese” que se quite de allí y se tire al mar, sucederá (v 23-24). Para algunos exégetas, la higuera simboliza el Templo: de mucho follaje; pero ya estéril. La acción significante de Jesús de aquel día, le despojó de su signo salvífico. El grupo se encontraba de cara al Monte Sión (“el monte ese”), que puede ya ser tirado al mar.
  • La autoridad de Jesús en el templo (11, 27-33)

Jesús y sus acompañantes regresan temprano y “se paseaban por el templo”, no como meros curiosos, sino inspeccionando todo… con autoridad. Como era de esperarse, las autoridades religiosas trataron de despojarlo de su autoridad delante el pueblo; para ello, utilizaron diversos actores de su grupo, con sendas tácticas:

  1. El Sanedrín (11, 29-33) Era la suprema autoridad religioso-civil. Estaba compuesto por los Sumos Sacerdotes (Anás y Caifás), los letrados (entre ellos, el sector saduceo helenista, puesto por Herodes) y los ancianos (los patriarcas de mayor poder). Delante de la gente, le piden cuentas a Jesús de su intervención de la víspera: “Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te la dio?”. Jesús les revierte la legitimación de autoridad, les pregunta su discernimiento sobre el bautismo de Juan, ¿procedía del Cielo o de los hombres? Las autoridades se ven envueltas en una aporía: si dicen que de Dios, Jesús les podía responder: ¿entonces por qué no le creyeron?; pero tienen miedo responder que su autoridad era meramente humana, pues todos tenían a Juan por un gran profeta, de modo que confesaron que no sabían. Así quedaron evidenciados, siendo los supuestos especialistas en la Escritura, confesaron no saber algo tan evidente para cualquiera, quedando su autoridad en entredicho.
    1. Los viñadores malvados (12, 1-12). La “mediería al arrendamiento” sigue siendo una forma de contrato de predios hortícolas con trabajadores no propietarios (con sus propias yuntas), que podría ser por partes iguales (“medieros”) u otra forma de convenio. La parábola presenta un ejemplo: ciertos viñadores pretendieron quedarse con el predio, recurriendo incluso a la violencia. Posee elementos alegóricos que podrían denotar que fue escrita “a posteriori” (habla de muerte a profetas; el hijo del propietario es sacado fuera de la viña para darle muerte, etc.). Tiene, por tanto, un significado preciso: las autoridades religiosas que se apropiaron del Pueblo de Dios. Jesús plantea una trampa: “¿Qué hará el dueño de la viña?” y algunos patriarcas del sanedrín, terratenientes, se echaron la soga al cuello: “Irá, acabará con esos viñadores y entregará la viña a otros”. Luego entendieron que se refería a ellos y pretenden arrestar a Jesús; pero le tuvieron miedo a la gente.
    1. El tributo al Cesar (12, 13-17). Las autoridades planearon una trampa, confiada a una confabulación entre fariseos y herodianos: ¿Es lícito o no pagar tributo al Cesar? Herodes era colaboracionista de los romanos y exigían su pago; los fariseos, nacionalistas, se oponían  a él. Seguramente con alguno Jesús quedará mal (de cualquier forma, sacarán raja política). Jesús da una respuesta sabia e inesperada: pide un denario (el no trae monedas) y pregunta por la imagen e inscripción –la efigie en relieve y la inscripción “Divi Augusti Filius Caesar Augustus” (“El divino Augusto, hijo de Cesar Augusto”-: “Entonces den al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Esta airosa respuesta ha sido objeto de variadas interpretaciones.[1] Los romanos cobraban dos tipos de impuesto: tributumsolis” (a la propiedad) y tributum “capitis” (al patriarca del clan); pero Jesús había renunciado a ambos. Por lo tanto, a él no le obligaban los tributos. La dominación romana era gravosa y humillante; pero la invasión romana también presentaba cierta protección: la seguridad en las carreteras, la justa legislación del Derecho Romano, los acueductos, etc. Quienes aceptaban beneficiarse de tales ventajas, tendrían que pagar el tributo correspondiente; pero quienes aceptaban la protección de Dios (el Templo, la Ley), sólo debían pagar el diezmo religioso, con la moneda hebrea.
    1. Los saduceos (12, 18-27). Dentro del sector de los escribas (letrados), estaba el grupo de los “saduceos”, puestos por Herodes: eran racionalistas, helenistas griegos, y afirmaban no creer en “supersticiones” (v.gr., la creencia en la resurrección) y le pusieron a Jesús, como ejemplo. La “ley del “Levirato” o ley dinástica, dada por Moisés mismo: si un varón moría sin dejar descendencia, su hermano debía casarse con la viuda, y sus hijos se conceptuaban como legítimos del primero, para mantener la dinastía. Le propusieron un problema de casuística: siete hermanos, todos casados con la misma viuda y luego, todos murieron ¿De quién de ellos sería esposa la viuda? (cuál dinastía se mantendría). Jesús respondió con dos argumentos: en la resurrección, ya que no habrá reproducción, por lo tanto, el cuerpo no necesitará de la sexualidad. Se suponía que los escribas sólo aceptaban el Pentateuco de Moisés, y en el episodio de la zarza se lee “Yo soy el Dios de Abraham, del Dios de Isaac, el Dios de Jacob”; pero “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. Jesús evidenció que no conocían bien, ni siquiera el Pentateuco, del que alardeaban.
    1. El reconocimiento de un escriba honesto (12, 28-34). Como suele suceder con las legislaciones, los artículos originales se van completando con numerosas leyes secundarias, terminando en que nadie conoce todas. La Ley dada por Moisés se fue completando con numerosas prescripciones, en su mayoría, impurezas de tipo “tabú” (contaminan por simple contacto, incluso cuando se quebrantan involuntariamente). Un curioso contó todos los preceptos del Levítico y sumaron 647. Dado que eran tantos, y que la mayoría de la gente, ni podía observarlos todos y ni siquiera los conocían (sólo los fariseos, por su posición social, se ufanaban de cumplirlos todos, e incluso, añadían ciertas tradiciones no obligatorias). Los escribas afirmaban que más bien había que prescribirles a la gente sólo los preceptos más importantes… pero ni siquiera coincidían en saber cuáles eran los más importantes (¿El sábado? ¿La circuncisión? ¿las prohibiciones dietéticas?), y la discusión no se cerraba… de ahí la pregunta de aquel escriba sobre cuál de todas las leyes era la más importante, y Jesús respondió con dos preceptos correlacionados, el primero, tomado del “Shelma, Israel”, oración de los  judíos recitaban tres veces al día (“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno sólo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”. Y Jesús añadió un segundo precepto, reiterativo en los profetas: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. El escriba coincidió con Jesús en estos.
    1. Los letrados y las viudas (12, 38-40; 41-43). Jesús advierte a sus discípulos contra los escribas, a quienes el pueblo admira y respeta:
      1. Los letrados gustan de apariencias y de recibir muestras de honor; pero el corazón está lleno de avaricia. Con pretexto de largas oraciones, se hacen de los bienes de las viudas.
      1. El grupo está sentado frente a las alcancías del templo. La gente está fascinada por esa competencia de vanidades: Llega Don Fulano, el escriba, con varios camellos cargando costales de trigo: Le sigue Don Zutano, con varios esclavos cargando vasos de oro, etc… La gente aplaude y toma partido. Nadie se fijó en una pobre viuda que discretamente echó  dos moneditas de muy poco valor. Jesús fue el único que la vio y la visualizó a sus discípulos, haciéndoles ver que ella había echado más que todos, pues realizaba un ritual de confianza: lo que había depositado en la alcancía era todo lo que le quedaba para vivir: había puesto en Dios lo más preciado, su vida misma; mientras que los grandes donadores compraban prestigio y sobornaban a las autoridades religiosas para sus propios beneficios personales.

EL DISCURSO ESCATOLÓGICO (13, 1-32)

  • Después de salir del templo, Jesús y los apóstoles están descansando sentados de contra el Templo[2]. El sol del ocaso hace brillar las piedras, y los discípulos están maravillados. Jesús hace una premonición: “¿Ven esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra”. En efecto, en el año 66 DC, Tito, antes de ser nombrado emperador, fue a sofocar una rebelión zelota. Esta se desató con ocasión  de un sacrificio pagano ante la entrada de la sinagoga de Cesarea del Mar, seguido de la sustracción de 17 toneladas de oro del tesoro del Templo; pero el acto decisivo fue​ la decisión del encargado del cuidado del Templo, de no aceptar más el sacrificio cotidiano que se le hacía al emperador. ​Los patriotas resistieron heroicamente; pero el año 73, los romanos tomaron la fortaleza de Masada, donde los judíos se habían atrincherado, y para no ser capturados, se suicidaron. El historiador Flavio Josefo afirma que 1,110.000 personas murieron durante el asedio, y 97,000 fueron capturados y esclavizados. Durante la confrontación, por descuido, un soldado tiró una antorcha y cundió el incendio del templo. Se dice que, para recuperar el oro que recubría las paredes, los soldados tuvieron que raspar “piedra sobre piedra” para obtener el oro.
  • Los apóstoles más allegados preguntaron, estando ya aparte, cuando sucedería esto. Al parecer, Marcos extrapoló la predicción de la destrucción del templo, con la predicción del fin del mundo (del “mundo” judío). Jesús, advirtiéndoles no dejarse engañar, les habló de rumores de guerras y de falsos mesías que engañarían a muchos, de terremotos, de carestías, de una “gran tribulación” (la represalia romana) que se desataría cuando el “ídolo abominable” (la estatua del Cesar) se instalase “donde no debe” (el Templo), y los conmina a una inmediata huida.

    Al referirse a persecuciones y conflictos ante tribunales, los alivia hablándoles de “no preocuparse por lo que deban decir en ese momento final, pues ya se les inspirara”: Se trata de las “últimas palabras” de héroes y mártires, ya puestos ante el paredón, cuando ya sobran las razones justificantes, pues la decisión estará tomada previo al juicio, y ya no tendrán nada que perder, pues “ya están muertos”. Son esas palabras fuertes e imperecederas de los mártires y de los héroes, las que pasan a la historia (“los valientes no asesinan”, “¡Viva Cristo Rey!”, “No les tomes en cuenta este pecado”).

  • La “parusía”: Jesús habla del fin del mundo, utilizando la narrativa apocalíptica (“el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestiales temblarán”). Entonces, cuando perezca el último sobreviviente de la especie humana, “verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria”, y los ángeles reunirán a los elegidos desde los cuatro vientos.[3] San Mateo (25, 31-46) describe un juicio final a la especie humana en su conjunto (todas las naciones), separada en sendos grupos -los cómplices de la injusticia y los que lucharon contra ella- y destinándolos respectivamente a la condenación (fuego eterno) o a la salvación (vida eterna). Esta separación no es fácil hacerla, ya que todos, de una manera u otra, somos corresponsables: la línea divisoria entre ambos grupos –víctimas y victimarios- pasa por en medio de cada uno, y sólo Dios conoce la parte de responsabilidad que a cada cual corresponda, tomando cada vida en su conjunto (no en actos aislados). En cuanto al criterio del juicio, no será el decálogo (los diez mandamientos), sino la preocupación solidaria  (las “obras de misericordia”), y Jesús mismo se presenta como encarnado en las víctimas (hambrientos, sedientos, emigrantes, desnudos, enfermos, encarcelados). Una curiosa descripción de los condenados connota los prejuicios culturales del evangelista, al calificarlos como “caprinos de izquierda”.[4]
  • ¿Cuando será el fin? Marcos advierte que debemos estar atentos a los signos de los tiempos, que entonces eran, justamente, los acontecimientos a que Jesús hacía referencia; pero nuevamente extrapolando los dos relatos (la destrucción del Templo y el fin del mundo), advierte que el fin ya está cerca y que no pasará aquella generación sin que suceda (y en efecto, a algunos contemporáneos de Jesús les tocó ver la destrucción del templo), “En cuanto al día y la hora no los conoce nadie, no los ángeles en el cielo, ni el Hijo; sólo los conoce el Padre.”

    Una interesante diferencia entre Marcos y Mateo es que, mientras en este la Venida del Hijo de Hombre se trata de un juicio vindicativo, en Marcos su finalidad es salvífica: Los ángeles “reunirán a los elegidos desde los cuatro vientos, desde un extremo de la tierra a un extremo del cielo” (v 27)

  • ¡Estar alerta! Jesús nos insta a estar siempre preparados “vigilando” (en vigilia), como el vigía del barco o el centinela en su atalaya. Es el “Kairós”, el paso del Señor. Lo ilustra esta actitud con la parábola del criado fiel, preparado para cuando el amo regrese de la boda a la que asistió (al anochecer, a la media noche, al canto del gallo, a la madrugada), y cuando este llegue y toque la puerta, se tranquilice al escuchar el “chancleteo” conocido y encuentra todo dispuesto: el fuego en la chimenea, las pantuflas en el sillón y el té en la marmota.

[1] Un ejemplo es la anacrónica justificación de la separación de la Iglesia y el Estado laico, defendida por Dr. JM Luis Mora, en el conflicto de la Iglesia y el Estado liberal: MARROQUÍN, Enrique: “La disertación sobre los bienes eclesiásticos del Dr. José Ma. Luis Mora”, en “A Dios lo que es de Dios”, Carlos Martínez Assad (coord.), Nuevo Siglo Aguilar, Alfaguara, 1994, México

[2] Carlos Bravo anota que el verbo “katananti” denota oposición

[3] El juicio particular ya habrá tenido lugar en el momento mismo de la muerte, quedando en un atemporal “stand-by” hasta este momento.

[4] La figura del chivo es la primera representación de una deidad, en la caverna “Des Trois Fréres”, en Ariége (un danzante cubierto con una piel de reno. Se trata del dios cornudo ,“Cernunnus”, adorado por las belicosas tribus druidas del paleolítico, en el extremo norte de Irlanda, a quienes los celtas no pudieron conquistar no obstante contar con armas de bronce, debido a que los primeros conocían mejor las marismas y que atribuían su potencia a dicho dios. Los cristianos, que solían  disfrazar los dioses vencidos con algún santo cristiano, no supieron qué  hacer con este temido dios, y lo convirtieron en el diablo. En cuanto a su posición en el juicio, obviamente ocupará el lado izquierdo (“sinistro”), la mano izquierda discriminada por la derecha: lo siniestro.

5. CRISIS DE GALILEA – FORMACIÓN DE APÓSTOLES

Del ciego de Betsaida (8, 17) al ciego de Jericó (10, 53)

Conciente Jesús de haber subestimado el poder de sus enemigos, así como la ceguera de sus apóstoles, decide salir del territorio israelita y pasar a tierra pagana, para pasar desapercibido –sin lograrlo- y dedicarse a instruir a quienes dejará en su lugar. Después de discernirlo (Tabor, Cesarea), decide partir pronto hacia Jerusalén, y dar allá una fuerte señal profética.

La segunda parte del relato de San Marcos es sumamente importante. Jesús había subestimado la fuerza de las autoridades religiosas de Jerusalén, presentes a través de los fariseos, omnipresentes al menos en las ciudades. Cada vez con mayor insistencia, lo acosaban y obstaculizaban su misión. Jesús había visto un desenlace violento, primero, como mera posibilidad; luego, como probabilidad y ahora lo veía como certeza inminente. Por otro lado, veía la lentitud del proceso de comprensión que tenían sus discípulos, que por más evidencias que les daba, no acababan de comprender que era el Mesías, el Hijo de Dios. Quiso ir demasiado rápido al pretender corregir las falsas expectativas mesiánicas, y sólo provocó crisis en el grupo. Ante ambas realidades, parecía  necesario corregir la estrategia: tal vez viajar a Jerusalén lo más pronto posible, y allí, desde el centro, dar un golpe fuerte al Centro, a riesgo de que lo mataran.

Viaje de incógnito a territorio fenicio (7, 24-30)

  • Jesús necesita una tregua: alejarse un poco de territorio adverso para deliberar sobre un eventual cambio de estrategia, y sobretodo, dedicar más tiempo a la formación del grupo que será su relevo. De modo que sale de Palestina y va a la tierra de Tiro y Sidón, tratando de pasar inadvertido en ese nuevo escenario; pero una mujer pagana siro-fenicia lo reconoce y le pide que sane a su hija, poseída por un mal espíritu. Jesús le respondió que primero tenían que saciarse los hijos antes de echarles las sobras a los “perritos” (los israelitas llamaban a los extranjeros “perros paganos”); pero la mujer lo corrigió -“Señor, también los perritos, debajo de la mesa comen las migas que dejan caer los niños”-. Esa respuesta conmovió a Jesús, quien –por esa y única vez- se dejó corregir, y nada menos que por una mujer pagana.
  • De Tiro pasa a Sidón, y bordeando el lago de Genezaret, continua por el lado oriental de Israel y atraviesa los montes de la Decápolis, aun en territorio pagano. Pero como “se le revolvían las entrañas” ante cualquier sufrimiento, en aquel lugar sana a un sordomudo. Ya de nuevo en territorio israelita, nuevamente multiplica panes para alimentar a una multitud. Ya en tierra israelita, tiene otro desencuentro con fariseos, que le piden un milagro impactante (“una señal del cielo”) como condición para creer, y Jesús, obviamente, se las niega.
  • Ceguera: del ciego de Betsaida y la de los apóstoles

Van, por barca, hacia la orilla griega, y Jesús les previene contra “la levadura de los fariseos y la de Herodes”. Los apóstoles suponen que es una recriminación por no llevar pan. Jesús les reprende con fuerza:

“¿Por qué discuten que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen acaso la mente cerrada? ¿Tienen ojos y no ven? tienen oídos ¿y no oyen? ¿No se acuerdan? Cuando repartí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas canastas de sobras recogieron?. ¿Todavía no comprenden?” (8, 17-21)

  • El ciego de Betsaida (8, 22-26)

Jesús se encuentra en Betsaida -pueblo de Felipe y de Natanael-, junto al lago y cerca de Cafarnaúm (yendo en barca). Allí, Jesús cura a un ciego, con un proceso más lento y complejo, lo que para Marcos, es un símbolo de la difícil ceguera de los apóstoles.

  • Confesión de Pedro (8, 27-38).

De allí suben a Cesarea de Filipo -todavía tierra griega- fuera de la jurisdicción de Herodes, y por el camino, les hace una pregunta a los apóstoles “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”.

 A mi parecer, la pregunta persigue dos propósitos:

  1. Conocerse a sí mismo es un principio de sabiduría; pero puede dificultarse cuando nuestra “autoimagen” está supravalorada (“se cree mucho”) o infravalorada (“los acomplejados”). Por eso e conveniente cotejar nuestra “autoimagen” con la “heteroimagen” (“quien dice la gente que soy yo”).

  A Jesús no le interesa tanto conocerse a sí mismo, cuanto saber si ya hay, entre la gente, algún barrunto de reconocimiento de que Él pueda ser el Mesías. Por eso pregunta a sus discípulos, quienes se mueven entre la gente; pero su respuesta es negativa: la gente está interpreta su persona desde el “maravillosismo” -es Juan Bautista resucitado, o Elías arrebatado en un carro de fuego, o Jeremías de quien se decía que regresaría antes del fin del mundo, o alguno de los profetas…

“La gente” es un conglomerado anónimo, demasiado vago: quienes les antipatizo se expresarán mal de mí, y quienes les simpatizo, se expresarán bien (aunque haya conveniencieros que quedar bien conmigo, simplemente para adularme).

     Pero también existe la “heteroimagen” de mis amigos, quienes no me adularán, ni me adornaran y que me dirán incluso mis defectos, con honestidad y caridad: estos, los verdaderos amigos, “valen oro” y hay cuidarlos como un tesoro. Por eso Jesús les pregunta “Y para ustedes, ¿Quién soy yo?”

  • El segundo propósito de Jesús con aquella pregunta, sería ponerles una especie de test a los apóstoles: al primero de los Doce que descubriera que Él era el Mesías, lo nombraría su sucesor como coordinador del grupo, pues habría demostrado tener el mejor don de discernimiento, y fue Simón-Pedro quien hizo la confesión: “Tú eres el Mesías!”.

    Entonces Jesús les predijo lo que ya veía venir: El Sanedrín lo rechazaría, y después de torturarlo, lo entregarían a los paganos, que le condenarían  a muerte; pero al tercer día resucitaría. Pedro lo llevó a parte y se le enfrentó reprendiéndolo: “Eso no te puede suceder a ti”: ¡Eres el Mesías! ¡Tienes todo el poder de Dios! ¡Ponte en tu lugar”; pero fue a Pedro a quien Jesús puso en su lugar: la Vulgata dice: “Vade retro, Satana”, que suele traducirse como “retírate, Satanás”; pero en realidad es “Ponte detrás, Satanás”. En los magisterios itinerantes, el maestro va delante y los discípulos, detrás. Ahora, Pedro se pone delante de Jesús y lo increpó: estaba queriendo darle clases al maestro, de cómo comportarse dignamente. Pero fue a Pedro a quien el maestro lo puso en su lugar: “¡Vete detrás de mí!” Tú sólo eres el discípulo, y lo llamó “Satanás”, porque fue esa, justamente, la tentación que Satanás le puso en el desierto: ejercer su mesianismo desde el poder impactante.

     Según San Mateo, ante la confesión de Pedro, Jesús lo habría felicitado: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del Cielo!”(16, 13-19). Marcos omite esta felicitación, y hace responder Jesús a Pedro: “Tus pensamientos son de los hombres, no los de Dios” (33).

La transfiguración de Jesús. (9, 1-12)

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan (los más despiertos) y se los llevó aparte, a una montaña elevada, donde se “transfiguró”, es decir, manifestó su divinidad, con las características propias de otras teofanías veterotestamentarias: la vestidura blanca resplandeciente (Daniel), la nube (Éxodo), la voz (Bautismo). Se aparecieron Elías (el profeta más célebre de Galilea) y Moisés (supuesto autor del Pentateuco) conversando con Él: es decir, Jesús, parea su discernimiento, se está confrontando con la Ley y los Profetas, que constituían las dos grandes partes que tenía la Biblia de entonces: un discernimiento sobre su eventual modificación de la estrategia inicial -cambiar de ritmo e irse cuanto antes a Jerusalén, para “poner toda la carne en el asador” con una fuerte intervención profética.

     Los apóstoles estaban embelesados ante esa visión, plena y cautivadora. Se trataba del “Mysterium Tremendum”, que suscita el Temor de Dios (no es miedo a Dios; es “pavor” ante la divinidad, que conlleva el “sentimiento de creatura”). Pedro toma la palabra por sus compañeros: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. La nube se posa sobre ellos y se escucha la voz de Dios, con las palabras escuchadas en el bautizo de Jesús “¡Éste es mi Hijo querido, escúchenlo!”. La teofanía se evanesce, y ven a Jesús solo con ellos.

    Habría que recordar la crítica de Marx a la religión como “opio”; aunque le reconozca una función positiva: aunque el opio ayude a evitar la locura ante situaciones límite, impide la toma de conciencia transformadora (“pone florecitas a las cadenas”, dice). Pero Marx no conoció un cristianismo “levadura”, que rompe las cadenas y transforma. Los apóstoles quisieran instalarse allí -el intimismo quietista-; pero la finalidad de Jesús, al transfigurarse, había sido abrirles los ojos para bajar del monte, adonde estaban sus adversarios que lo asesinarían (Anás, Caifás, Herodes, los escribas, los fariseos). Por eso, al bajar del monte, Jesús les encargó no contar la visión a nadie (pues contribuiría a la interpretación del impactante mesianismo real). Para Jesús, en cambio, este discernimiento fue decisivo: A partir de ese momento, iría lo más pronto posible hacia Jerusalén, dando un rodeo por las montañas de la Decápolis y bordeando el Río Jordán, que no siendo muy profundo, permitía el paso fácil de uno al otro lado, si bien, en ese momento prefería viajar fuera del territorio de Herodes y de los fariseos.

La autoridad desde el no-poder. El Monte Tabor se encuentra en Galilea. Por lo tanto, Jesús está en el escenario ya harto conocido en aquella comarca (como el exorcismo a un niño epiléptico: 9, 14-29). Jesús prefiere pasar de incógnito, pero se deja conmover. Les anuncia a sus apóstoles, por segunda vez, su inminente pasión y resurrección; pero ellos siguen sin entender y tienen miedo de preguntar (miedo de la verdad). Va caminando delante ellos y nota que el grupo de atrás va muy animado. Le llegan algunas frases y advierte de lo qué se trata: venían peleando por ver quién de ellos era el más grande. Cuando llegaron a su casa, en Cafarnaum, Jesús les dará una enseñanza, dando un vuelco de 180° al concepto de autoridad: “el que quiera ser el primero, que se haga el último y servidor de todos”. (A) Pone a un niño en medio del grupo y les dice: “Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me envió” (9, 30-37).

Los vulnerables del No-Poder. (9, 36-37; 42-48; 10, 13-16).

Siguiendo su esquema narrativo A – B – A, Marcos corta el tema de los niños con el enlace “B” de un exorcista que no es del grupo (no tiene título), a quien Juan trató de impedírselo, y la respuesta de Jesús: “Quien no está contra nosotros, está en favor nuestro” (9, 38-40). Luego regresa al tema “A”, de los niños, que había suspendido, para hablar del escándalo: “Si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, más les valdría que le atase una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al mar”. Nuevamente suspende ese tema “A”, para insertar la objeción de los fariseos sobre el divorcio (“B”), que narraremos más abajo y vuelve de nuevo al tema de los niños, que representan aquí a los pequeños, los débiles, los sencillos (“A”): la gente le lleva a Jesús a sus hijos para que los toque; pero los discípulos lo tratan de impedir. En la cultura semita, la infancia era la edad terrible: los niños eran totalmente vulnerables, su padre los puede castigar, y hasta venderlos. A quien se le ve con los niños se le tilda de imbécil. Jesús enseña: “Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos”.

(“B”) El divorcio (Mt 19, 1-12). El grupo cruza el Jordán y se encuentra ya en Judea. Como siempre, enseñaba a la multitud y enfrentaría a los omnipresentes fariseos. Para ponerlo a prueba, le preguntan sobre la cuestión de desligarse de la esposa. Jesús les devuelve la pregunta: “¿Qué les enseñó Moisés?” La Ley le permitía al varón repudiar a la mujer, mediante un acta de divorcio. Entonces Jesús ya puede responderles: Moisés lo hizo por la dureza de corazón del pueblo, y cita al Génesis: “Al principio de la Creación, Dios los hizo varón y mujer, y ‘por eso abandonará un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne´… Así lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Puede verse aquí un antídoto contra el divorcio: un pasado, “abandonar” a los progenitores –no dejarlos en el abandono, sino relativizar la introyección mental de la educación familiar-. Un futuro -hacerse una sola carne –; tarea que, como la anterior, puede llevar toda la vida: tratar de compenetrarse; aunque nunca se logre del todo, y que, incluso, ni siquiera sería conveniente, por el riesgo de una absorción simbiótica, de una parte sobre a la otra. Los dos tiempos verbales (pasado y futuro) convergen en el tiempo presente: la unión amorosa, renovada cada día.

Estando ya en casa, estando solos los “de dentro”, Jesús lo ratifica (10, 1-12). En la versión de Mateo, Jesús aprovecha una pregunta de los discípulos, para hablar del celibato –“los eunucos por el Reino”-.

La ambición del poder y del dinero. Jesús dio esta enseñanza en dos pasajes “A”: el del joven rico (10, 17-31) y los hijos de Zebedeo (10, 35-45), intercalados por “B” un tercer anuncio de la pasión (10, 32-33). 

  • Un joven rico llega corriendo y se postra, pidiéndole que le diga lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna. Supongo que quiere una receta pronta, al alcance de la mano; aunque se trata de un prospecto bien intencionado (cumple con los mandamientos del decálogo; pero desea ir más lejos). Jesús, “mirándolo con cariño, le dice: “una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dáselo a os pobres y tendrás un tesoro en el cielo: después sígueme”. El joven no fue capaz de dar este paso, pues tenía muchos bienes, dio la vuelta y se fue: llegó entusiasmado y se retiró apesadumbrado; llegó creyéndose bueno y se retiró consciente de sus apegos. La conclusión didáctica del episodio fue: “difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas”. (…) Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”.
    • Los discípulos quedaron asombrados, pues los ricos suelen pasar por “gente decente”, “personas de bien”. Los pobres, como es sabido, “son mal hablados, borrachines, ladronzuelos, fornicadores”; pero aquellos son “buenos, educados, incapaces de robarse una botellita de agua de un Oxxo y comulgan en la iglesia”…. por eso, los discípulos preguntan: “Entonces, ¿quién  podrá salvarse?”. Este episodio sigue desconcertando a los ricos, y sus exégetas se afanan por encontrar explicaciones seudo culturales: La aguja, según estos, sería

“una puerta para que las ovejas entrasen al corral, ciertamente, pequeña; pero un camello, esforzándose (mejor si es un poco elástico), podría pasar.

  • Pedro comenta entonces: “nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido”. Ciertamente, dejaron sus redes (algo rotas); pero –valga en su crédito- Más bien dejaron su vocación de pescadores, que era lo que daba sentido a sus vidas. Jesús promete, a quienes hayan dejado familia y propiedades, cien veces más en familia y propiedades –en medio de persecuciones- y en el mundo futuro, la vida eterna.
  • Los hijos de Zebedeo (10, 35-43)
  • Santiago y Juan le piden a Jesús que, cuando le llegue su gloria, se sienten a sus costados, Jesús les recrimina: “No saben lo que piden (…) eso le toca al Padre”; aunque les reconoce que, cuando llegue el momento, serán capaces de beber su cáliz y de recibir su bautismo.
  • Cuando los otros diez se enteraron de esa pretensión, se enojaron con Santiago y Juan, porque se les adelantaron, y eso fue ocasión para otra enseñanza: los gobernantes dominan sobre las naciones como si fueran sus dueños, que no sea así entre sus discípulos: “el que quiera ser grande, hágase servidor de los demás; y el que quiera ser el primero, que se haga sirviente de todos”, como Jesús mismo, quien no vino a ser servido, sino a servir.

Entre ambos pasajes, a modo de enlace (B), está el tercer anuncio de la pasión (10, 32-33). En el primer versículo sitúa la escenografía: “Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús se les adelantó, ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían, iban con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que iba a suceder…” ¿Por qué los apóstoles estaban sorprendidos? ¿Por qué le urgía a Jesús llegar cuanto antes a Jerusalén? Los apóstoles no sabían y sentían miedo.

Por fin, llegan al lugar donde Jesús fue bautizado, cruzan el Jordán y entran en Jericó. Allí cura a Bartimeo, un mendigo ciego, sentado a la vera del camino, quien al oír que pasaba Jesús, se pone a gritar. Lo reconoce como Hijo de David; pero como está ciego, no lo puede seguir, por eso, clama a Jesús pidiendo piedad. El maestro se apiada del ciego, y como el mendigo tiene fe, Jesús lo toca y al instante, recobra la vista. Con esto se cierra esta II Parte, la cual, como se dijo al principio, abarca entre el ciego de Betsaida y el ciego de Jericó, simbolizando la ceguera de los apóstoles.