6. JERUSALÉN

Jesús se apresura en llegar a Jericó, para preparar su entrada triunfal en Jerusalén. Durante la Pascua y aprovechando el flujo de peregrinos, dará una fuerte señal. Esa tarde sólo observó e hizo su diagnóstico: (la causa de la profanación era el “sistema del sacrificios”) y al día siguiente tomó el Templo, expulsando a los vendedores y mostrando su autoridad. Las autoridades le ponen tres trampas, que Jesús resuelve. En Betania, profetizó la destrucción del Templo, que Marcos confundió con el fin del mundo.

Ahora conocemos la prisa de Jesús por llegar a Jericó: Había planificado la fecha apropiada para entrar en la Ciudad Santa el día la Pascua. Esto, no meramente por celebrar allí la fiesta, como muchos israelitas, sino porque tenía un objetivo más importante: las seculares expectativas mesiánicas habían sido falseadas por la ideología de las autoridades religiosas. Jesús pretendió corregírselas a sus discípulos; pero esto sólo había provocado una crisis en el grupo y tuvo que dedicarles mucho tiempo para quitarles la ceguera. Ahora se proponía enfrentar al Centro (del poder) en el centro mismo (el Templo): realizar una acción impactante –“poner toda la carne en el asador”-. ¿No habría sido mejor enfrentar a los romanos, invasores del pueblo de Dios? Antes de eso habría que rescatar la expectativa de liberación que el Centro había secuestrado y que inmovilizaba al pueblo. De modo que la religiosidad oficial era el primer obstáculo a la liberación política, y –según su análisis- el escenario estratégico era el Templo y su profanación debida al “sistema de sacrificios”.

La fiesta de Pascua en Jerusalén

  • La Pascua era la más importante. Para celebrarla, subían entre 100,000 y 250,000 peregrinos, muchos de ellos, venían de la “Diáspora”, es decir, la comunidad de israelitas (entre 6 y 8 millones) emigrados a las ciudades griegas alrededor del Mar Mediterráneo, comerciales, prósperas, cultas y por tanto, influyentes.
  • La estancia en Jericó fue bien aprovechada para su programa, diseñado con cuidado. Mucha gente en Jericó tenía ideas nacionalistas, y se entusiasmaron al saber que Jesús iba a entrar en Jerusalén para la Pascua: prepararon el canto mesiánico del “Hossana”, el follaje. Es probable que Jesús mismo haya ido antes a la ciudad, pasando inadvertido entre tanta gente que no lo conocían: clandestino, para evitar indiscreciones que alertaran al Centro. Tenía que visitar algunos discípulos, que si bien no lo siguieron en su campaña, le habían ofrecido colaborar con Él, cuando fuera allá (quien le prestaría el burro, quien le prepararía la cena y por supuesto, sus amigos de Betania, etc.). Algunos discípulos estarían en la ciudad y lo ponían al tanto de lo que sucedía, como el flujo de peregrinos, etc.. Llegado el momento, envió a dos discípulos a traerle el burro, quedando de verse en Betfage, cerca de Betania, junto al Monte de los Olivos, a 1 kilómetro de allí (la distancia permitida caminar en sábado).
  • El cortejo estuvo bien cuidado: Jesús entró montado, no a caballo, como los emperadores en sus entradas triunfales, sino en un humilde pollino. Sobre él, algunos discípulos habían echado sus mantos y con los mantos de otros, alfombraban el camino. Otros habían cortado ramos en el campo, y los que iban hasta adelante, dirigían la salmodia de un canto mesiánico: “¡Hossana! Bendito el que viene en nombre del señor. Bendito el reino de nuestro padre David que llega. ¡Bendito en las alturas!” Su entrada fue apoteósica, un verdadero borlote. Al llegar a Jerusalén, como cualquier peregrino piadoso, Jesús se dirigió al templo.
  • El Templo era una explanada de 144,000 m2 (12 x 12 x 1,000). En ese tiempo, Herodes lo estaba restaurando -¿para mejorar el culto a Yahvé? ¿O para engrandecer su propia imagen ante el Imperio?- En la restauración se ocupaban unos 18,000 trabajadores. A la entrada, Herodes había puesto el Águila imperial y la estatua del Cesar (“Divus Tiberius”), lo que humillaba e indignaba a los devotos. La restauración, además, implicaba un impuesto religioso extra, que representaba una carga para la población campesina. En el servicio del templo había 20,000 funcionarios. Tenía almacenes protegidos parea guardar los diezmos, primicias y algunas fortunas de potentados. Se calcula que en tales almacenes, la fortuna custodiada equivalía a 17 toneladas de plata, y se le acrecentaba para préstamos. Tiempo atrás, Sabino se había apoderado del tesoro, y después de haber recompensado espléndidamente a quienes lo ayudaron, y se quedó con 400,000 talentos de oro.

La toma del Templo (11, 15-19)

  • Al llegar Jesús al Templo, siendo ya era tarde, lo único que hizo fue inspeccionarlo todo, y luego volvió con los Doce a Betania. Pudo constatar lo que muchos peregrinos del extranjero ya notaban: que el templo estaba profanado, convertido en un mercado (ya conocemos algunos mercados afuera de santuarios: circula aguardiente, se escuchan palabrotas, suciedad, etc.). Algunos peregrinos influyentes se quejaban con las autoridades religiosas; Anás se disculpaba (“ya les dijimos que se comporten, pero no hacen caso”); pero las malas lenguas decían que aquello era negocio personal de Anás. Jesús hizo su diagnóstico; la causa última de aquella profanación era el “sistema de sacrificio”: algunas impurezas graves sólo podían expiarse mediante el sacrificio de una oveja o becerro; como traerla desde su ciudad era difícil, podían comprarla en el templo mismo. En Israel circulaban dos monedas: la romana, que para esas ocasiones era el “shekel” de Tiro, más estable, y la moneda hebrea, más modesta, con sólo el nombre prohibido de Yahvé. Las autoridades del Templo prohibían que entrase en las arcas monedas romanas, pues su leyenda y efigie la convertían en medalla (tenía la leyenda: “Dive Pater Augustus”, y en el anverso, la palabra “Caesar” y su imagen). De ahí la necesidad de proporcionar mesas de cambistas. Era necesario recuperar, de tanta profanación, la sacralidad del Templo.
  • Temprano al día siguiente, Jesús regresó al Templo y se encontró nuevamente con aquel mercado, y se detuvo, con semblante indignado frente a los vendedores y cambistas. Son conocidas las estampas que pintan a Jesús dando latigazos a “troche y moche”, volcando mesas de cambio y jaulas que se abren y salen volando las palomas. Tales imágenes son utilizadas como legitimación para una “ira santa” religiosa. Un hecho es que Jesús denunció enérgicamente aquella profanación del Templo; pero de haber utilizado la fuerza de su látigo, esto o hubiera sido posible sin un enfrentamiento violento, pues los vendedores tenían bastante fuerza (eran unos 3,000 varones) y Jesús, en esta ocasión, tenía detrás una multitud de peregrinos no judíos. Jesús habría provocado una trifulca, y Herodes, que tenía un acuartelamiento armado en la Torre Antonia, dentro del atrio del Templo, reprimiría de inmediato la reyerta. ¿Qué pasó entonces?

Probablemente, los vendedores y cambistas del Templo serían judíos creyentes, que creían prestar un servicio religioso a los peregrinos fuereños, para que hubiera víctimas expiatorias, y que, en el fondo, también reprobaban aquel desorden. Es posible que lo que Jesús se propusiera, fuese atacar la conciencia religiosa de aquella gente: “Mi casa será casa de oración para todas las naciones (Is 56, 7); mientras que ustedes la han convertido en “cueva de asaltantes” (Jer. 7, 11). Los vendedores habrían quedado indecisos, sin saber qué hacer. Jesús les daría una “ayudadita”, arriando alguna vaca, que al salir, volcara una mesa de cambistas o alguna jaula. Su propietario, al ver que se iba su animal, saldría tras él, y lo fueron siguiendo otros más, de modo que muy pronto, el Templo quedó limpio. Los exégetas concuerdan en que no se trató sólo de una “purificación”, sino de una verdadera “toma” del Templo: después de aquel impactante signo de autoridad, Jesús se quedó todavía poniendo orden –“no dejaba a nadie transportar objetos por el templo” (v.16)-. Aquel signo llegó a oídos de los sumos sacerdotes y los letrados y buscaban la forma de acabar con Él; pero le tenían miedo al pueblo, porque todos habían quedado maravillados de su enseñanza. Al anochecer, se regresó con los Doce fuera de la ciudad.

  • Nuevamente, siguiendo su el esquema narrativo (A – B – A), coloca la toma del templo entre dos pasajes en torno al símbolo de la higuera: Por la mañana de aquel día, saliendo de Betania, Jesús sintió hambre y fue a una higuera frondosa a buscar higos; pero como aún no era tiempo de higos, sólo encontró hojas, y maldijo a la higuera: “Que nunca jamás nadie coma frutos tuyos” (11, 12-14). Al día siguiente por la mañana, observaron que la higuera se había secado. Jesús los instruyó: “Tengan fe en Dios. Les aseguro que si uno de ustedes, sin dudar en su corazón, creyendo que se cumplirá lo  que dice, manda al “monte ese” que se quite de allí y se tire al mar, sucederá (v 23-24). Para algunos exégetas, la higuera simboliza el Templo: de mucho follaje; pero ya estéril. La acción significante de Jesús de aquel día, le despojó de su signo salvífico. El grupo se encontraba de cara al Monte Sión (“el monte ese”), que puede ya ser tirado al mar.
  • La autoridad de Jesús en el templo (11, 27-33)

Jesús y sus acompañantes regresan temprano y “se paseaban por el templo”, no como meros curiosos, sino inspeccionando todo… con autoridad. Como era de esperarse, las autoridades religiosas trataron de despojarlo de su autoridad delante el pueblo; para ello, utilizaron diversos actores de su grupo, con sendas tácticas:

  1. El Sanedrín (11, 29-33) Era la suprema autoridad religioso-civil. Estaba compuesto por los Sumos Sacerdotes (Anás y Caifás), los letrados (entre ellos, el sector saduceo helenista, puesto por Herodes) y los ancianos (los patriarcas de mayor poder). Delante de la gente, le piden cuentas a Jesús de su intervención de la víspera: “Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te la dio?”. Jesús les revierte la legitimación de autoridad, les pregunta su discernimiento sobre el bautismo de Juan, ¿procedía del Cielo o de los hombres? Las autoridades se ven envueltas en una aporía: si dicen que de Dios, Jesús les podía responder: ¿entonces por qué no le creyeron?; pero tienen miedo responder que su autoridad era meramente humana, pues todos tenían a Juan por un gran profeta, de modo que confesaron que no sabían. Así quedaron evidenciados, siendo los supuestos especialistas en la Escritura, confesaron no saber algo tan evidente para cualquiera, quedando su autoridad en entredicho.
    1. Los viñadores malvados (12, 1-12). La “mediería al arrendamiento” sigue siendo una forma de contrato de predios hortícolas con trabajadores no propietarios (con sus propias yuntas), que podría ser por partes iguales (“medieros”) u otra forma de convenio. La parábola presenta un ejemplo: ciertos viñadores pretendieron quedarse con el predio, recurriendo incluso a la violencia. Posee elementos alegóricos que podrían denotar que fue escrita “a posteriori” (habla de muerte a profetas; el hijo del propietario es sacado fuera de la viña para darle muerte, etc.). Tiene, por tanto, un significado preciso: las autoridades religiosas que se apropiaron del Pueblo de Dios. Jesús plantea una trampa: “¿Qué hará el dueño de la viña?” y algunos patriarcas del sanedrín, terratenientes, se echaron la soga al cuello: “Irá, acabará con esos viñadores y entregará la viña a otros”. Luego entendieron que se refería a ellos y pretenden arrestar a Jesús; pero le tuvieron miedo a la gente.
    1. El tributo al Cesar (12, 13-17). Las autoridades planearon una trampa, confiada a una confabulación entre fariseos y herodianos: ¿Es lícito o no pagar tributo al Cesar? Herodes era colaboracionista de los romanos y exigían su pago; los fariseos, nacionalistas, se oponían  a él. Seguramente con alguno Jesús quedará mal (de cualquier forma, sacarán raja política). Jesús da una respuesta sabia e inesperada: pide un denario (el no trae monedas) y pregunta por la imagen e inscripción –la efigie en relieve y la inscripción “Divi Augusti Filius Caesar Augustus” (“El divino Augusto, hijo de Cesar Augusto”-: “Entonces den al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Esta airosa respuesta ha sido objeto de variadas interpretaciones.[1] Los romanos cobraban dos tipos de impuesto: tributumsolis” (a la propiedad) y tributum “capitis” (al patriarca del clan); pero Jesús había renunciado a ambos. Por lo tanto, a él no le obligaban los tributos. La dominación romana era gravosa y humillante; pero la invasión romana también presentaba cierta protección: la seguridad en las carreteras, la justa legislación del Derecho Romano, los acueductos, etc. Quienes aceptaban beneficiarse de tales ventajas, tendrían que pagar el tributo correspondiente; pero quienes aceptaban la protección de Dios (el Templo, la Ley), sólo debían pagar el diezmo religioso, con la moneda hebrea.
    1. Los saduceos (12, 18-27). Dentro del sector de los escribas (letrados), estaba el grupo de los “saduceos”, puestos por Herodes: eran racionalistas, helenistas griegos, y afirmaban no creer en “supersticiones” (v.gr., la creencia en la resurrección) y le pusieron a Jesús, como ejemplo. La “ley del “Levirato” o ley dinástica, dada por Moisés mismo: si un varón moría sin dejar descendencia, su hermano debía casarse con la viuda, y sus hijos se conceptuaban como legítimos del primero, para mantener la dinastía. Le propusieron un problema de casuística: siete hermanos, todos casados con la misma viuda y luego, todos murieron ¿De quién de ellos sería esposa la viuda? (cuál dinastía se mantendría). Jesús respondió con dos argumentos: en la resurrección, ya que no habrá reproducción, por lo tanto, el cuerpo no necesitará de la sexualidad. Se suponía que los escribas sólo aceptaban el Pentateuco de Moisés, y en el episodio de la zarza se lee “Yo soy el Dios de Abraham, del Dios de Isaac, el Dios de Jacob”; pero “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. Jesús evidenció que no conocían bien, ni siquiera el Pentateuco, del que alardeaban.
    1. El reconocimiento de un escriba honesto (12, 28-34). Como suele suceder con las legislaciones, los artículos originales se van completando con numerosas leyes secundarias, terminando en que nadie conoce todas. La Ley dada por Moisés se fue completando con numerosas prescripciones, en su mayoría, impurezas de tipo “tabú” (contaminan por simple contacto, incluso cuando se quebrantan involuntariamente). Un curioso contó todos los preceptos del Levítico y sumaron 647. Dado que eran tantos, y que la mayoría de la gente, ni podía observarlos todos y ni siquiera los conocían (sólo los fariseos, por su posición social, se ufanaban de cumplirlos todos, e incluso, añadían ciertas tradiciones no obligatorias). Los escribas afirmaban que más bien había que prescribirles a la gente sólo los preceptos más importantes… pero ni siquiera coincidían en saber cuáles eran los más importantes (¿El sábado? ¿La circuncisión? ¿las prohibiciones dietéticas?), y la discusión no se cerraba… de ahí la pregunta de aquel escriba sobre cuál de todas las leyes era la más importante, y Jesús respondió con dos preceptos correlacionados, el primero, tomado del “Shelma, Israel”, oración de los  judíos recitaban tres veces al día (“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno sólo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”. Y Jesús añadió un segundo precepto, reiterativo en los profetas: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. El escriba coincidió con Jesús en estos.
    1. Los letrados y las viudas (12, 38-40; 41-43). Jesús advierte a sus discípulos contra los escribas, a quienes el pueblo admira y respeta:
      1. Los letrados gustan de apariencias y de recibir muestras de honor; pero el corazón está lleno de avaricia. Con pretexto de largas oraciones, se hacen de los bienes de las viudas.
      1. El grupo está sentado frente a las alcancías del templo. La gente está fascinada por esa competencia de vanidades: Llega Don Fulano, el escriba, con varios camellos cargando costales de trigo: Le sigue Don Zutano, con varios esclavos cargando vasos de oro, etc… La gente aplaude y toma partido. Nadie se fijó en una pobre viuda que discretamente echó  dos moneditas de muy poco valor. Jesús fue el único que la vio y la visualizó a sus discípulos, haciéndoles ver que ella había echado más que todos, pues realizaba un ritual de confianza: lo que había depositado en la alcancía era todo lo que le quedaba para vivir: había puesto en Dios lo más preciado, su vida misma; mientras que los grandes donadores compraban prestigio y sobornaban a las autoridades religiosas para sus propios beneficios personales.

EL DISCURSO ESCATOLÓGICO (13, 1-32)

  • Después de salir del templo, Jesús y los apóstoles están descansando sentados de contra el Templo[2]. El sol del ocaso hace brillar las piedras, y los discípulos están maravillados. Jesús hace una premonición: “¿Ven esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra”. En efecto, en el año 66 DC, Tito, antes de ser nombrado emperador, fue a sofocar una rebelión zelota. Esta se desató con ocasión  de un sacrificio pagano ante la entrada de la sinagoga de Cesarea del Mar, seguido de la sustracción de 17 toneladas de oro del tesoro del Templo; pero el acto decisivo fue​ la decisión del encargado del cuidado del Templo, de no aceptar más el sacrificio cotidiano que se le hacía al emperador. ​Los patriotas resistieron heroicamente; pero el año 73, los romanos tomaron la fortaleza de Masada, donde los judíos se habían atrincherado, y para no ser capturados, se suicidaron. El historiador Flavio Josefo afirma que 1,110.000 personas murieron durante el asedio, y 97,000 fueron capturados y esclavizados. Durante la confrontación, por descuido, un soldado tiró una antorcha y cundió el incendio del templo. Se dice que, para recuperar el oro que recubría las paredes, los soldados tuvieron que raspar “piedra sobre piedra” para obtener el oro.
  • Los apóstoles más allegados preguntaron, estando ya aparte, cuando sucedería esto. Al parecer, Marcos extrapoló la predicción de la destrucción del templo, con la predicción del fin del mundo (del “mundo” judío). Jesús, advirtiéndoles no dejarse engañar, les habló de rumores de guerras y de falsos mesías que engañarían a muchos, de terremotos, de carestías, de una “gran tribulación” (la represalia romana) que se desataría cuando el “ídolo abominable” (la estatua del Cesar) se instalase “donde no debe” (el Templo), y los conmina a una inmediata huida.

    Al referirse a persecuciones y conflictos ante tribunales, los alivia hablándoles de “no preocuparse por lo que deban decir en ese momento final, pues ya se les inspirara”: Se trata de las “últimas palabras” de héroes y mártires, ya puestos ante el paredón, cuando ya sobran las razones justificantes, pues la decisión estará tomada previo al juicio, y ya no tendrán nada que perder, pues “ya están muertos”. Son esas palabras fuertes e imperecederas de los mártires y de los héroes, las que pasan a la historia (“los valientes no asesinan”, “¡Viva Cristo Rey!”, “No les tomes en cuenta este pecado”).

  • La “parusía”: Jesús habla del fin del mundo, utilizando la narrativa apocalíptica (“el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestiales temblarán”). Entonces, cuando perezca el último sobreviviente de la especie humana, “verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria”, y los ángeles reunirán a los elegidos desde los cuatro vientos.[3] San Mateo (25, 31-46) describe un juicio final a la especie humana en su conjunto (todas las naciones), separada en sendos grupos -los cómplices de la injusticia y los que lucharon contra ella- y destinándolos respectivamente a la condenación (fuego eterno) o a la salvación (vida eterna). Esta separación no es fácil hacerla, ya que todos, de una manera u otra, somos corresponsables: la línea divisoria entre ambos grupos –víctimas y victimarios- pasa por en medio de cada uno, y sólo Dios conoce la parte de responsabilidad que a cada cual corresponda, tomando cada vida en su conjunto (no en actos aislados). En cuanto al criterio del juicio, no será el decálogo (los diez mandamientos), sino la preocupación solidaria  (las “obras de misericordia”), y Jesús mismo se presenta como encarnado en las víctimas (hambrientos, sedientos, emigrantes, desnudos, enfermos, encarcelados). Una curiosa descripción de los condenados connota los prejuicios culturales del evangelista, al calificarlos como “caprinos de izquierda”.[4]
  • ¿Cuando será el fin? Marcos advierte que debemos estar atentos a los signos de los tiempos, que entonces eran, justamente, los acontecimientos a que Jesús hacía referencia; pero nuevamente extrapolando los dos relatos (la destrucción del Templo y el fin del mundo), advierte que el fin ya está cerca y que no pasará aquella generación sin que suceda (y en efecto, a algunos contemporáneos de Jesús les tocó ver la destrucción del templo), “En cuanto al día y la hora no los conoce nadie, no los ángeles en el cielo, ni el Hijo; sólo los conoce el Padre.”

    Una interesante diferencia entre Marcos y Mateo es que, mientras en este la Venida del Hijo de Hombre se trata de un juicio vindicativo, en Marcos su finalidad es salvífica: Los ángeles “reunirán a los elegidos desde los cuatro vientos, desde un extremo de la tierra a un extremo del cielo” (v 27)

  • ¡Estar alerta! Jesús nos insta a estar siempre preparados “vigilando” (en vigilia), como el vigía del barco o el centinela en su atalaya. Es el “Kairós”, el paso del Señor. Lo ilustra esta actitud con la parábola del criado fiel, preparado para cuando el amo regrese de la boda a la que asistió (al anochecer, a la media noche, al canto del gallo, a la madrugada), y cuando este llegue y toque la puerta, se tranquilice al escuchar el “chancleteo” conocido y encuentra todo dispuesto: el fuego en la chimenea, las pantuflas en el sillón y el té en la marmota.

[1] Un ejemplo es la anacrónica justificación de la separación de la Iglesia y el Estado laico, defendida por Dr. JM Luis Mora, en el conflicto de la Iglesia y el Estado liberal: MARROQUÍN, Enrique: “La disertación sobre los bienes eclesiásticos del Dr. José Ma. Luis Mora”, en “A Dios lo que es de Dios”, Carlos Martínez Assad (coord.), Nuevo Siglo Aguilar, Alfaguara, 1994, México

[2] Carlos Bravo anota que el verbo “katananti” denota oposición

[3] El juicio particular ya habrá tenido lugar en el momento mismo de la muerte, quedando en un atemporal “stand-by” hasta este momento.

[4] La figura del chivo es la primera representación de una deidad, en la caverna “Des Trois Fréres”, en Ariége (un danzante cubierto con una piel de reno. Se trata del dios cornudo ,“Cernunnus”, adorado por las belicosas tribus druidas del paleolítico, en el extremo norte de Irlanda, a quienes los celtas no pudieron conquistar no obstante contar con armas de bronce, debido a que los primeros conocían mejor las marismas y que atribuían su potencia a dicho dios. Los cristianos, que solían  disfrazar los dioses vencidos con algún santo cristiano, no supieron qué  hacer con este temido dios, y lo convirtieron en el diablo. En cuanto a su posición en el juicio, obviamente ocupará el lado izquierdo (“sinistro”), la mano izquierda discriminada por la derecha: lo siniestro.

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