Del ciego de Betsaida (8, 17) al ciego de Jericó (10, 53)
Conciente Jesús de haber subestimado el poder de sus enemigos, así como la ceguera de sus apóstoles, decide salir del territorio israelita y pasar a tierra pagana, para pasar desapercibido –sin lograrlo- y dedicarse a instruir a quienes dejará en su lugar. Después de discernirlo (Tabor, Cesarea), decide partir pronto hacia Jerusalén, y dar allá una fuerte señal profética.
La segunda parte del relato de San Marcos es sumamente importante. Jesús había subestimado la fuerza de las autoridades religiosas de Jerusalén, presentes a través de los fariseos, omnipresentes al menos en las ciudades. Cada vez con mayor insistencia, lo acosaban y obstaculizaban su misión. Jesús había visto un desenlace violento, primero, como mera posibilidad; luego, como probabilidad y ahora lo veía como certeza inminente. Por otro lado, veía la lentitud del proceso de comprensión que tenían sus discípulos, que por más evidencias que les daba, no acababan de comprender que era el Mesías, el Hijo de Dios. Quiso ir demasiado rápido al pretender corregir las falsas expectativas mesiánicas, y sólo provocó crisis en el grupo. Ante ambas realidades, parecía necesario corregir la estrategia: tal vez viajar a Jerusalén lo más pronto posible, y allí, desde el centro, dar un golpe fuerte al Centro, a riesgo de que lo mataran.
Viaje de incógnito a territorio fenicio (7, 24-30)
- Jesús necesita una tregua: alejarse un poco de territorio adverso para deliberar sobre un eventual cambio de estrategia, y sobretodo, dedicar más tiempo a la formación del grupo que será su relevo. De modo que sale de Palestina y va a la tierra de Tiro y Sidón, tratando de pasar inadvertido en ese nuevo escenario; pero una mujer pagana siro-fenicia lo reconoce y le pide que sane a su hija, poseída por un mal espíritu. Jesús le respondió que primero tenían que saciarse los hijos antes de echarles las sobras a los “perritos” (los israelitas llamaban a los extranjeros “perros paganos”); pero la mujer lo corrigió -“Señor, también los perritos, debajo de la mesa comen las migas que dejan caer los niños”-. Esa respuesta conmovió a Jesús, quien –por esa y única vez- se dejó corregir, y nada menos que por una mujer pagana.
- De Tiro pasa a Sidón, y bordeando el lago de Genezaret, continua por el lado oriental de Israel y atraviesa los montes de la Decápolis, aun en territorio pagano. Pero como “se le revolvían las entrañas” ante cualquier sufrimiento, en aquel lugar sana a un sordomudo. Ya de nuevo en territorio israelita, nuevamente multiplica panes para alimentar a una multitud. Ya en tierra israelita, tiene otro desencuentro con fariseos, que le piden un milagro impactante (“una señal del cielo”) como condición para creer, y Jesús, obviamente, se las niega.
- Ceguera: del ciego de Betsaida y la de los apóstoles
Van, por barca, hacia la orilla griega, y Jesús les previene contra “la levadura de los fariseos y la de Herodes”. Los apóstoles suponen que es una recriminación por no llevar pan. Jesús les reprende con fuerza:
“¿Por qué discuten que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen acaso la mente cerrada? ¿Tienen ojos y no ven? tienen oídos ¿y no oyen? ¿No se acuerdan? Cuando repartí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas canastas de sobras recogieron?. ¿Todavía no comprenden?” (8, 17-21)
- El ciego de Betsaida (8, 22-26)
Jesús se encuentra en Betsaida -pueblo de Felipe y de Natanael-, junto al lago y cerca de Cafarnaúm (yendo en barca). Allí, Jesús cura a un ciego, con un proceso más lento y complejo, lo que para Marcos, es un símbolo de la difícil ceguera de los apóstoles.
- Confesión de Pedro (8, 27-38).
De allí suben a Cesarea de Filipo -todavía tierra griega- fuera de la jurisdicción de Herodes, y por el camino, les hace una pregunta a los apóstoles “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”.
A mi parecer, la pregunta persigue dos propósitos:
- Conocerse a sí mismo es un principio de sabiduría; pero puede dificultarse cuando nuestra “autoimagen” está supravalorada (“se cree mucho”) o infravalorada (“los acomplejados”). Por eso e conveniente cotejar nuestra “autoimagen” con la “heteroimagen” (“quien dice la gente que soy yo”).
A Jesús no le interesa tanto conocerse a sí mismo, cuanto saber si ya hay, entre la gente, algún barrunto de reconocimiento de que Él pueda ser el Mesías. Por eso pregunta a sus discípulos, quienes se mueven entre la gente; pero su respuesta es negativa: la gente está interpreta su persona desde el “maravillosismo” -es Juan Bautista resucitado, o Elías arrebatado en un carro de fuego, o Jeremías de quien se decía que regresaría antes del fin del mundo, o alguno de los profetas…
“La gente” es un conglomerado anónimo, demasiado vago: quienes les antipatizo se expresarán mal de mí, y quienes les simpatizo, se expresarán bien (aunque haya conveniencieros que quedar bien conmigo, simplemente para adularme).
Pero también existe la “heteroimagen” de mis amigos, quienes no me adularán, ni me adornaran y que me dirán incluso mis defectos, con honestidad y caridad: estos, los verdaderos amigos, “valen oro” y hay cuidarlos como un tesoro. Por eso Jesús les pregunta “Y para ustedes, ¿Quién soy yo?”
- El segundo propósito de Jesús con aquella pregunta, sería ponerles una especie de test a los apóstoles: al primero de los Doce que descubriera que Él era el Mesías, lo nombraría su sucesor como coordinador del grupo, pues habría demostrado tener el mejor don de discernimiento, y fue Simón-Pedro quien hizo la confesión: “Tú eres el Mesías!”.
Entonces Jesús les predijo lo que ya veía venir: El Sanedrín lo rechazaría, y después de torturarlo, lo entregarían a los paganos, que le condenarían a muerte; pero al tercer día resucitaría. Pedro lo llevó a parte y se le enfrentó reprendiéndolo: “Eso no te puede suceder a ti”: ¡Eres el Mesías! ¡Tienes todo el poder de Dios! ¡Ponte en tu lugar”; pero fue a Pedro a quien Jesús puso en su lugar: la Vulgata dice: “Vade retro, Satana”, que suele traducirse como “retírate, Satanás”; pero en realidad es “Ponte detrás, Satanás”. En los magisterios itinerantes, el maestro va delante y los discípulos, detrás. Ahora, Pedro se pone delante de Jesús y lo increpó: estaba queriendo darle clases al maestro, de cómo comportarse dignamente. Pero fue a Pedro a quien el maestro lo puso en su lugar: “¡Vete detrás de mí!” Tú sólo eres el discípulo, y lo llamó “Satanás”, porque fue esa, justamente, la tentación que Satanás le puso en el desierto: ejercer su mesianismo desde el poder impactante.
Según San Mateo, ante la confesión de Pedro, Jesús lo habría felicitado: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del Cielo!”(16, 13-19). Marcos omite esta felicitación, y hace responder Jesús a Pedro: “Tus pensamientos son de los hombres, no los de Dios” (33).
La transfiguración de Jesús. (9, 1-12)
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan (los más despiertos) y se los llevó aparte, a una montaña elevada, donde se “transfiguró”, es decir, manifestó su divinidad, con las características propias de otras teofanías veterotestamentarias: la vestidura blanca resplandeciente (Daniel), la nube (Éxodo), la voz (Bautismo). Se aparecieron Elías (el profeta más célebre de Galilea) y Moisés (supuesto autor del Pentateuco) conversando con Él: es decir, Jesús, parea su discernimiento, se está confrontando con la Ley y los Profetas, que constituían las dos grandes partes que tenía la Biblia de entonces: un discernimiento sobre su eventual modificación de la estrategia inicial -cambiar de ritmo e irse cuanto antes a Jerusalén, para “poner toda la carne en el asador” con una fuerte intervención profética.
Los apóstoles estaban embelesados ante esa visión, plena y cautivadora. Se trataba del “Mysterium Tremendum”, que suscita el Temor de Dios (no es miedo a Dios; es “pavor” ante la divinidad, que conlleva el “sentimiento de creatura”). Pedro toma la palabra por sus compañeros: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. La nube se posa sobre ellos y se escucha la voz de Dios, con las palabras escuchadas en el bautizo de Jesús “¡Éste es mi Hijo querido, escúchenlo!”. La teofanía se evanesce, y ven a Jesús solo con ellos.
Habría que recordar la crítica de Marx a la religión como “opio”; aunque le reconozca una función positiva: aunque el opio ayude a evitar la locura ante situaciones límite, impide la toma de conciencia transformadora (“pone florecitas a las cadenas”, dice). Pero Marx no conoció un cristianismo “levadura”, que rompe las cadenas y transforma. Los apóstoles quisieran instalarse allí -el intimismo quietista-; pero la finalidad de Jesús, al transfigurarse, había sido abrirles los ojos para bajar del monte, adonde estaban sus adversarios que lo asesinarían (Anás, Caifás, Herodes, los escribas, los fariseos). Por eso, al bajar del monte, Jesús les encargó no contar la visión a nadie (pues contribuiría a la interpretación del impactante mesianismo real). Para Jesús, en cambio, este discernimiento fue decisivo: A partir de ese momento, iría lo más pronto posible hacia Jerusalén, dando un rodeo por las montañas de la Decápolis y bordeando el Río Jordán, que no siendo muy profundo, permitía el paso fácil de uno al otro lado, si bien, en ese momento prefería viajar fuera del territorio de Herodes y de los fariseos.
La autoridad desde el no-poder. El Monte Tabor se encuentra en Galilea. Por lo tanto, Jesús está en el escenario ya harto conocido en aquella comarca (como el exorcismo a un niño epiléptico: 9, 14-29). Jesús prefiere pasar de incógnito, pero se deja conmover. Les anuncia a sus apóstoles, por segunda vez, su inminente pasión y resurrección; pero ellos siguen sin entender y tienen miedo de preguntar (miedo de la verdad). Va caminando delante ellos y nota que el grupo de atrás va muy animado. Le llegan algunas frases y advierte de lo qué se trata: venían peleando por ver quién de ellos era el más grande. Cuando llegaron a su casa, en Cafarnaum, Jesús les dará una enseñanza, dando un vuelco de 180° al concepto de autoridad: “el que quiera ser el primero, que se haga el último y servidor de todos”. (A) Pone a un niño en medio del grupo y les dice: “Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me envió” (9, 30-37).
Los vulnerables del No-Poder. (9, 36-37; 42-48; 10, 13-16).
Siguiendo su esquema narrativo A – B – A, Marcos corta el tema de los niños con el enlace “B” de un exorcista que no es del grupo (no tiene título), a quien Juan trató de impedírselo, y la respuesta de Jesús: “Quien no está contra nosotros, está en favor nuestro” (9, 38-40). Luego regresa al tema “A”, de los niños, que había suspendido, para hablar del escándalo: “Si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, más les valdría que le atase una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al mar”. Nuevamente suspende ese tema “A”, para insertar la objeción de los fariseos sobre el divorcio (“B”), que narraremos más abajo y vuelve de nuevo al tema de los niños, que representan aquí a los pequeños, los débiles, los sencillos (“A”): la gente le lleva a Jesús a sus hijos para que los toque; pero los discípulos lo tratan de impedir. En la cultura semita, la infancia era la edad terrible: los niños eran totalmente vulnerables, su padre los puede castigar, y hasta venderlos. A quien se le ve con los niños se le tilda de imbécil. Jesús enseña: “Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos”.
(“B”) El divorcio (Mt 19, 1-12). El grupo cruza el Jordán y se encuentra ya en Judea. Como siempre, enseñaba a la multitud y enfrentaría a los omnipresentes fariseos. Para ponerlo a prueba, le preguntan sobre la cuestión de desligarse de la esposa. Jesús les devuelve la pregunta: “¿Qué les enseñó Moisés?” La Ley le permitía al varón repudiar a la mujer, mediante un acta de divorcio. Entonces Jesús ya puede responderles: Moisés lo hizo por la dureza de corazón del pueblo, y cita al Génesis: “Al principio de la Creación, Dios los hizo varón y mujer, y ‘por eso abandonará un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne´… Así lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Puede verse aquí un antídoto contra el divorcio: un pasado, “abandonar” a los progenitores –no dejarlos en el abandono, sino relativizar la introyección mental de la educación familiar-. Un futuro -hacerse una sola carne –; tarea que, como la anterior, puede llevar toda la vida: tratar de compenetrarse; aunque nunca se logre del todo, y que, incluso, ni siquiera sería conveniente, por el riesgo de una absorción simbiótica, de una parte sobre a la otra. Los dos tiempos verbales (pasado y futuro) convergen en el tiempo presente: la unión amorosa, renovada cada día.
Estando ya en casa, estando solos los “de dentro”, Jesús lo ratifica (10, 1-12). En la versión de Mateo, Jesús aprovecha una pregunta de los discípulos, para hablar del celibato –“los eunucos por el Reino”-.
La ambición del poder y del dinero. Jesús dio esta enseñanza en dos pasajes “A”: el del joven rico (10, 17-31) y los hijos de Zebedeo (10, 35-45), intercalados por “B” un tercer anuncio de la pasión (10, 32-33).
- Un joven rico llega corriendo y se postra, pidiéndole que le diga lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna. Supongo que quiere una receta pronta, al alcance de la mano; aunque se trata de un prospecto bien intencionado (cumple con los mandamientos del decálogo; pero desea ir más lejos). Jesús, “mirándolo con cariño, le dice: “una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y dáselo a os pobres y tendrás un tesoro en el cielo: después sígueme”. El joven no fue capaz de dar este paso, pues tenía muchos bienes, dio la vuelta y se fue: llegó entusiasmado y se retiró apesadumbrado; llegó creyéndose bueno y se retiró consciente de sus apegos. La conclusión didáctica del episodio fue: “difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas”. (…) Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”.
- Los discípulos quedaron asombrados, pues los ricos suelen pasar por “gente decente”, “personas de bien”. Los pobres, como es sabido, “son mal hablados, borrachines, ladronzuelos, fornicadores”; pero aquellos son “buenos, educados, incapaces de robarse una botellita de agua de un Oxxo y comulgan en la iglesia”…. por eso, los discípulos preguntan: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Este episodio sigue desconcertando a los ricos, y sus exégetas se afanan por encontrar explicaciones seudo culturales: La aguja, según estos, sería
“una puerta para que las ovejas entrasen al corral, ciertamente, pequeña; pero un camello, esforzándose (mejor si es un poco elástico), podría pasar.
- Pedro comenta entonces: “nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido”. Ciertamente, dejaron sus redes (algo rotas); pero –valga en su crédito- Más bien dejaron su vocación de pescadores, que era lo que daba sentido a sus vidas. Jesús promete, a quienes hayan dejado familia y propiedades, cien veces más en familia y propiedades –en medio de persecuciones- y en el mundo futuro, la vida eterna.
- Los hijos de Zebedeo (10, 35-43)
- Santiago y Juan le piden a Jesús que, cuando le llegue su gloria, se sienten a sus costados, Jesús les recrimina: “No saben lo que piden (…) eso le toca al Padre”; aunque les reconoce que, cuando llegue el momento, serán capaces de beber su cáliz y de recibir su bautismo.
- Cuando los otros diez se enteraron de esa pretensión, se enojaron con Santiago y Juan, porque se les adelantaron, y eso fue ocasión para otra enseñanza: los gobernantes dominan sobre las naciones como si fueran sus dueños, que no sea así entre sus discípulos: “el que quiera ser grande, hágase servidor de los demás; y el que quiera ser el primero, que se haga sirviente de todos”, como Jesús mismo, quien no vino a ser servido, sino a servir.
Entre ambos pasajes, a modo de enlace (B), está el tercer anuncio de la pasión (10, 32-33). En el primer versículo sitúa la escenografía: “Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús se les adelantó, ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían, iban con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que iba a suceder…” ¿Por qué los apóstoles estaban sorprendidos? ¿Por qué le urgía a Jesús llegar cuanto antes a Jerusalén? Los apóstoles no sabían y sentían miedo.
Por fin, llegan al lugar donde Jesús fue bautizado, cruzan el Jordán y entran en Jericó. Allí cura a Bartimeo, un mendigo ciego, sentado a la vera del camino, quien al oír que pasaba Jesús, se pone a gritar. Lo reconoce como Hijo de David; pero como está ciego, no lo puede seguir, por eso, clama a Jesús pidiendo piedad. El maestro se apiada del ciego, y como el mendigo tiene fe, Jesús lo toca y al instante, recobra la vista. Con esto se cierra esta II Parte, la cual, como se dijo al principio, abarca entre el ciego de Betsaida y el ciego de Jericó, simbolizando la ceguera de los apóstoles.