A-43 Pascua III: DESESPERANZA Y SIGNOS CONFORTANTES

Lc 24, 13-35

  • Vivimos tiempos de desesperanza: la viabilidad de nuestro Planeta –o al menos de la sobrevivencia de la especie humana en él- se haya gravemente amenazada. El poder de dominación, gracias a la tecnología, es casi todopoderoso y la clase hegemónica mundial parece ciega, incluso respecto a sus propios nietos. México nos parece a muchos como un “Estado fallido”. La violencia, la injusticia, nuevas formas de discriminación y de esclavitud se extienden ubicuamente. Pareciera que las promesas de Jesús sobre su Reino podrían quedar incumplidas y que el mal triunfe sobre el bien, el odio sobre el amor… Para alentar los rescoldos de nuestra esperanza nos vendrá bien recordar el episodio que nos narra el Evangelio de hoy.
  • La escena nos muestra a dos caminantes -una pareja tal vez-, recorriendo la calzada que va de Jerusalén -lugar donde habían iniciado sus sueños- hacia Emaús -lugar del crudo despertar-. Emaús era un antiguo pueblo que contaba ya con interesante historia, pues hacia el año 165 AC los Macabeos vencieron allí a Gorgias, general invasor del ejército seléucida. Dos ciudades reivindican el nombre original del relato: una es la ciudad hebrea Hammat, que en árabe derivaría en Imaús (“primavera templada”), situada a 11 Kms de Jerusalén. La otra es “Amwas”, que aunque estaba situada a 30 kms, cuenta con mayor respaldo en la tradición (incluso es la que aparece en las versiones más antiguas de los Hechos de los Apóstoles), el nombre de la cual fue cambiado por el de Nicópolis. En cuanto al tiempo, se trataba de la tarde del sábado de la fiesta de Pésaj, que fue cuando Jesús Resucitó. Los caminantes eran discípulos suyos; pero al verlo tan muerto, en la tumba habían dejado sepultados también sus sueños. Por lo mismo, van tristes y desesperanzados, discutiendo con pasión.
  • Quizás se tomaron un descansito y al reanudar su marcha, otro viandante los alcanzó. Pronto reanudaron su charla, sobre cuyo tema el caminante mostró interés y les pidió que lo pusieran al tanto. Comentaban los sucesos recientes de cierto personaje, un profeta extraordinario, “poderoso en obras y palabras, delante de Dios y del pueblo”, a quien tres días atrás las autoridades religiosas en alianza con las del Imperio invasor habían dado muerte, entregándolo para ser crucificado. El hecho había conmovido a toda la ciudad, de modo que se sorprendieron de que ese forastero, al parecer, fuese el único que lo ignoraba. Le participaron sus esperanzas e ilusiones: habían pensado que podría tratarse del “libertador de Israel”; pero ya todo había terminado. Parecía ahora que no se trataba sino de un profeta más. Es verdad que ciertas personas cercanas a él afirmaban que lo habían vuelto a ver vivo; pero no parecían creíbles, y ante eso, había que regresar a su miserable cotidianidad.
  • El desconocido, entonces, intervino en la discusión y les estuvo exponiendo lo que las Escrituras hablaban de ese personaje esperado, el Mesías. Resaltaba los pasajes del Siervo de Yahvé, rechazado y perseguido; pero que finalmente consumaría su obra, así como de la posibilidad de una vida que vencería la muerte, el fracaso y el mal.
  • Justo cuando parecía que la lección había terminado, llegaban a una posada del camino donde los discípulos pensaban pernoctar aquella noche. El viandante se despidió para proseguir su camino. Era claro que no llevaba dinero suficiente y el camino no era seguro, de modo que nuestros protagonistas, que ya sentían renacer en su corazón aquel calor que en otro tiempo aún reciente les había inundado, le ofrecieron compartir el alojamiento y el alimento, y fue así cómo, al terminar de cenar, el viandante tomó pan y realizó el mismo memorial de Jesús en su última cena. Entonces reconocieron que ese viandante era nada menos que Jesús mismo, y en ese instante, desapareció. De inmediato, sin intimidarse por la hora y la distancia, se levantaron de la mesa y rápidamente regresaron, gozosos, con la comunidad de creyentes.
  • Al comparar este relato con las otras narraciones de las apariciones del Resucitado, observamos que los evangelistas siguen un mismo esquema, pues son construcciones teológicas. Jesús resucitado se apareció a sus más íntimos, con quienes tenía mayor familiaridad, y sin embargo, de entrada no lo reconocen. Magdalena lo confundió con el jardinero; los apóstoles, con una alucinación; los que iban en la barca, con un forastero que desde la orilla podía ver mejor la mancha del cardumen, y nuestro par de discípulos, con un forastero ignorante. ¿Qué nos quisieron decir los evangelistas con esto? Dos hipótesis, la primera, que el cuerpo resucitado había sufrido ciertas transformaciones (de hecho, traspasa la puerta cerrada y se traslada rápidamente); la segunda, que sus amigos no estaban inclinados a confundir una alucinación debida a su afecto con su presencia real, sino que más bien estaban predispuestos a no dar crédito a sus sentidos. Finalmente lo reconocen, gracias a una señal que les da el Maestro: el nombre “María”, pronunciado con esa entonación tan singular; la pesca milagrosa, que les recordó la de una ocasión anterior; el esqueleto y las espinas, lo único que quedó del pescado comido; las llagas, en las que el apóstol introduce su dedo y su mano.
  • En el caso de los discípulos de Emaús, fue la fracción del pan; pero fue sólo esta señal, sino que el ritual fue precedido de la explicación de las Escrituras y del acto de caridad de invitar a un pobre transeúnte desconocido a compartir el alojamiento y el pan. Estos tres elementos –la Eucaristía, las Escrituras y la Caridad- forman una unidad indivisible; las tres áreas pastorales de cualquier Comunidad cristiana -la litúrgica, la profética y la social-, que no pueden darse una sin las demás. Quizás sea esta la señal que Jesús nos pida ahora para testimoniar comunitariamente nuestra fe en el Resucitado: la presencia de Jesús en el Sacramento, en la Palabra y en la misericordia (“cuando lo hicisteis con alguno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”). Con tales signos alentaremos la esperanza tan necesaria.

A-42 Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREDULIDAD

Jn 20, 19-31

  • La resurrección de Jesús es el fundamento de la fe cristiana. No se trata, empero, de un dogma abstracto que “haya que creer aunque no lo comprendamos”, sino, ante todo, de un hecho histórico; de algo que es verdad porque sucedió realmente. ¿Cómo nos consta esto? Pues como nos consta cualquier hecho histórico: por los testimonios orales o escritos. Por fortuna, contamos con ellos. Es verdad que hubo también testimonios que afirmaron lo contrario: los soldados, quienes aseguraron que el cadáver fue robado por los apóstoles. Pero según ellos mismos dijeron esto sucedió “mientras dormían”, por lo tanto, no les constó; su testimonio no es válido, y menos aun cuando uno de ellos confesó después haber sido sobornado por los sacerdotes del templo. En las cuestiones judiciales siempre suele haber algún tipo de fe, pues hay que creerle a testigos oculares, siempre y cuando posean condiciones que comprueben su credibilidad: honorabilidad, capacidad (un ciego, un mentiroso, un borracho, un demente… no son “dignos de crédito”), lugar adecuado, que hayan verificado y constatado, etc.
  • La fe es una virtud y como la mayoría de ellas, se ubican entre dos defectos opuestos (v.gr., la valentía está entre la cobardía y la temeridad). La fe se haya entre la credulidad y la incredulidad. Se dice de una persona que es “crédula” cuando está propensa a creer cualquier cosa sin verificar su aserto. En lo religioso, la credulidad se manifiesta en la tendencia a aceptar milagros o apariciones sin prueba alguna (una imagen de la virgen que se apareció en el piso del Metro o en el vidrio de una ventana; la creencia en rumores de posesiones diabólicas, las supersticiones o a algún otro fenómeno parasicológico). Hay muchos mexicanos crédulos, de quienes se suele decir que “tienen mucha fe”; pero que en realidad denotan propensión a lo mágico, y tienden a interpretar acontecimientos del azar como si se tratase de “milagros”.
  • Por el otro extremo está la incredulidad: aquellos que, prejuiciosamente, están bloqueados de antemano a cualquier actitud religiosa. En realidad, algunos de estos a lo que se oponen más bien es a la credulidad. Consideran cualquier manifestación religiosa como producto de manipulación o ignorancia. Supuestamente “racionales”, no caen en la cuenta que confunden la verdadera ciencia con el “cientificismo”, que también tiene sus “dogmas”; y que una auténtica fe cristiana no aliena del compromiso transformador por la justicia, ni es refugio de almas débiles.
  • Mientras la credulidad se cree todo de cualquiera, la incredulidad no cree nada de nadie. La fe auténtica, en cambio, se encuentra entre ambos extremos: Está abierta a lo divino; pero, para creer, exige ciertas condiciones de credibilidad, no para “probar” los asertos (pues ya no sería fe), sino de premisas racionales de que tales asertos -signos o testimonios- indiquen la posibilidad de la realidad connotada.
  • En cuanto al testimonio de los apóstoles, alguno podría pensar que se mostraron crédulos, ya que por su amor a su maestro estaban propensos a creer en la resurrección profetizada; pero más bien parecen haber estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad: cuando ocho días después de la resurrección, encontrándose los apóstoles reunidos, quizás frustrados, decepcionados o confundidos, Jesús se les apareció. Ellos quedaron estupefactos, sin saber si esa aparición fuese una alucinación. Jesús, para probar su corporalidad, les pidió de comer y le sirvieron un pescado. Jesús lo comió y sólo dejó el puro esqueleto y las espinitas. ¡Los fantasmas no comen! Tomás, en aquella ocasión no estaba con ellos, y cuando le contaron lo de la aparición, dijo que no creería a no ser que metiera su dedo en las llagas y su mano en el costado. Las llagas y las espinas del pescado fueron signos que les llevó a la fe; pero habían estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad.
  • Creer no es fácil en nuestro tiempo. Seguimos propensos, por un lado, a la credulidad, ahora con ropaje de seudociencia (los ovnis, la ouija, la astrología). Por otro lado, la mentalidad científica lleva a no aceptar más que lo que se pueda medir y pesar, a lo demostrable con los aparatos técnicos. Pero creer en alguien; tenerle fe a alguien es confiarse de él. En la fe cristiana es apostar vivir la vida desde la visión del Evangelio. Sólo se vive una vez, y según testimonios de quienes vivieron su vida cristianamente, se puede ser auténtico y feliz. En cambio, “quien no vive para servir, no sirve para vivir.” Expresemos nuestra fe en el Resucitado con una vida de alegría, de valentía, de esperanza y de amor.

A-35 DOMINGO DE RAMOS: ACLAMACIÓN PELIGROSA

  • Jesús dedicó unos tres años –según la tradición- a impulsar su campaña mesiánica en misión itinerante. Recorrió las aldeas de Galilea contagiando pasión por su utopía –el “Reino de Dios”-, enseñando en las sinagogas los sábados, predicando al aire libre en parábolas inspiradas en lo que veía, sanando enfermos, y desenmascarando aquella religiosidad legalista, acartonada, ritualista, difundida desde el Santuario de Jerusalén por los omnipresentes fariseos. Por otro lado, ya le quedaba claro que los Sumos Sacerdotes rechazaban su interpretación de la Ley, y no lo iban a reconocer como el “Mesías”. Ni ellos ni Él estaban dispuestos a ceder, ni había lugar para componendas, de modo que se anunciaba un “choque de trenes”. Viendo que esta etapa podía darse por cumplida, decidió dar un testimonio fuerte y definitivo, una “acción de choque” en el Templo mismo, poniendo en ello “toda la carne en el asador”.
  • De modo que se puso en marcha hacia Jerusalén para la fiesta anual de la Pascua (“Pésaj”), la fiesta principal en el calendario ritual. Se dice que subían a la Ciudad Santa unos 60,000 peregrinos, muchos de ellos llegando de lejos, de la “Diáspora,” de modo que su denuncia sería más difundida y la multitud misma podría protegerlo un poco. Mientras llegaba el día fijado, prudentemente, se quedó unos días cerca de allí, junto al río Jordán, adonde había estado bautizando con su primo Juan. Sabía que los peregrinos irían llegando en grupos, de modo que llegado el momento, Jesús y sus discípulos también subieron. Envió a dos de ellos a un poblado próximo, en avanzada, a casa de uno de sus simpatizantes, a que le pidieran prestado su burro y lo llevaran a Betfagé, donde los esperó, y entonces los apóstoles pusieron sus túnicas sobre el animal.
  • De este modo Jesús que hizo una entrada triunfal, no montado en brioso corcel -como solían hacerlo los reyes después de alguna conquista victoriosa-, sino en un manso pollino. Algunos lo reconocieron. Se corrió la voz, y los muchachos se treparon a las palmeras a cortar hojas o ramos de encina, y empezaron a entonar el salmo 118:25 de interpretación mesiánica: “¡Hossana! (“salva ahora”) ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. En la Fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén se cantaba “el gran halel” (los salmos 113-118), y a intervalos la congregación coreaba agitando ramas de sauce y palmera. A pesar de que su actuación no correspondía a la imagen oficial de “mesías” (ese rey que superaba en gloria a David mismo; ese guerrero invicto, milagrero por tener todo el poder de Dios…), el canto manifestaba que el pueblo, finalmente, lo reconocía como el Mesías esperado, recuperando algunas claras profecías olvidadas que así lo anunciaban.
  • Se armó un gran alboroto. La gente estaba entusiasmada, y –de ser cierta la interpretación de algún estudioso- esa euforia fue aprovechada por grupos de zelotas, y uno de ellos (quizás ese tal Barrabás “preso por un homicidio perpetrado durante ´el motín’”) mató a un soldado romano. Las autoridades religiosas estaban horrorizadas: Seguramente que Pilatos –quien ya había llegado de Siria como solía hacer para esta fiesta- en esos momentos ya estaría enterado. Si notara que los Sumos Sacerdotes habrían perdido su autoridad moral-religiosa para controlar al pueblo, les podría quitar su Ley, su diezmo, sus privilegios… y los romanos no se tentaban el corazón para las represalias, de modo que le mandaron exigir a Jesús que calmase y silenciase a las turbas, a lo que Él respondió: “Aunque éstos se callaran, gritarían las piedras”.
  • Para este día, el símbolo central es la palma bendita. Hay que evitar convertirla en un amuleto (no sirve ponerla detrás de la puerta para que no entren los ladrones ni para que se vaya la suegra). Es simplemente un símbolo de reconocimiento de este Jesús como la referencia última en nuestra vida (el Mesías). Aclamar a Jesús con palmas, en aquel momento fundante de la tradición, había sido signo de rebeldía contra el Imperio y la teocracia judía, y por tanto, objeto potencial de represión. Esa palma laudatoria se vuelve símbolo de nuestra valiente confesión de Jesús y de su utopía, en este mundo “distópico”; es aclamarlo a Él solo, en su entrada a nuestra Semana Santa; es, finalmente, signo de nuestro compromiso de entregar la vida, con todas sus consecuencias, para su gran proyecto.
  • Al entrar en la Ciudad Santa, posiblemente Jesús hizo lo que cualquier israelita piadoso: visitar el Templo (para San Juan, esa visita fue un par de días más tarde). Allí se topó con el triste espectáculo que a muchos peregrinos –y a Él mismo en otras ocasiones- desagradaba: el atrio se había convertido en un mercado, con lo que suele haber en todo mercado (aguardiente, palabras soeces, etc.). Algunos peregrinos influyentes manifestaban su disgusto; pero los sacerdotes les respondían que, por más que insistían, la gente no los obedecía (pero las malas lenguas aseguraban que aquel tráfico era negocio particular de Anás, quien cobraba “derecho de piso”). Se suponía que a los peregrinos les resultaba demasiado incómodo llevar desde el pueblo el cordero para ser inmolado y muchos lo compraban en el atrio mismo. Por otra parte, las fiestas religiosas eran aprovechadas para pagar el “diezmo” para gastos del Santuario. Con la invasión romana circulaban dos monedas, la romana y la hebrea. En la primera estaba esculpida la efigie e inscripción del Cesar autodivinizado (“Divus Caesar Augustus”), por lo que las autoridades religiosas mandaban que no se arrojasen a las alcancías del Santuario tales “medallas” o fetiches, y esto implicaba instalar en el atrio mismo, “casas de cambio” entre ambas monedas. Jesús sabía que la raíz de toda esta profanidad era el “Sistema de Sacrificio” mismo. Este consistía en transferirle a un animal (el “chivo expiatorio”: una oveja o un becerro) todas las “impurezas”, es decir, aquellas transgresiones, a veces involuntarias, a algunas de las 640 contempladas en la Toráh. Uno de los levitas inmolaba el cordero y se quedaba con parte de su carne, con lo cual el oferente quedaba purificado y podía regresar, limpio de sus “manchas”, a incorporarse nuevamente a las asambleas sabatinas de su sinagoga. Pero de acuerdo con los profetas, el holocausto agradable a Dios no podía ser otro que las obras de misericordia.
  • De modo que ese día, se detuvo frente al mercado. Los comerciantes –alguien calcula en unos 3,000 mercaderes-, presintiendo algo, se fueron agolpando ante él. En otras ocasiones se había reducido a manifestar su repudio; pero esta vez tenía detrás de sí a toda una multitud de seguidores. Si no hubiera manejado bien la situación, habría habido una trifulca y la guardia del Santuario habría tenido justificación para intervenir. Contra algunas pinturas de todos conocidas, en las que se presenta a un Jesús iracundo, corriendo a latigazos a los mercaderes, supongo que sabía que aquellos hombres eran gente creyente y practicante, y que más bien había que golpearles sus conciencias –“Está escrito: mi Templo es Casa de Oración, pero ustedes la están convirtiendo en cueva de ladrones”-. Los vendedores no podían negar su crítica; pero como allí tenían su inversión y su “modus vivendi”, no se animaban a renunciar. Fue entonces cuando Jesús, tomando una cuerda, comenzó a arriar alguna vaca, que al salir tiró la mesa de un cambista… y viendo que su mercancía se iba, sus dueños fueron yéndose en pos… Y así el atrio quedó limpio (¿no que no se podía?).
  • Esto fue la puntilla. Con tal acción Jesús desacreditaba todo el “Sistema de Sacrificios”. Los sacerdotes lo sabían, por lo que convocaron de inmediato al Sanedrín y resolvieron detener a Jesús (“más vale que un hombre muera, y no que todo el pueblo sea víctima de la represión romana”). Hacerlo no era fácil: de día, la multitud lo protegía. Incluso los soldados, a quienes enviaron a arrestarlo, regresaron sin Él –“Nadie jamás ha hablado como este hombre”-. De noche, en cambio, se escondía. No habrían podido detenerlo sin el recurso de un traidor…