A-35 DOMINGO DE RAMOS: ACLAMACIÓN PELIGROSA

  • Jesús dedicó unos tres años –según la tradición- a impulsar su campaña mesiánica en misión itinerante. Recorrió las aldeas de Galilea contagiando pasión por su utopía –el “Reino de Dios”-, enseñando en las sinagogas los sábados, predicando al aire libre en parábolas inspiradas en lo que veía, sanando enfermos, y desenmascarando aquella religiosidad legalista, acartonada, ritualista, difundida desde el Santuario de Jerusalén por los omnipresentes fariseos. Por otro lado, ya le quedaba claro que los Sumos Sacerdotes rechazaban su interpretación de la Ley, y no lo iban a reconocer como el “Mesías”. Ni ellos ni Él estaban dispuestos a ceder, ni había lugar para componendas, de modo que se anunciaba un “choque de trenes”. Viendo que esta etapa podía darse por cumplida, decidió dar un testimonio fuerte y definitivo, una “acción de choque” en el Templo mismo, poniendo en ello “toda la carne en el asador”.
  • De modo que se puso en marcha hacia Jerusalén para la fiesta anual de la Pascua (“Pésaj”), la fiesta principal en el calendario ritual. Se dice que subían a la Ciudad Santa unos 60,000 peregrinos, muchos de ellos llegando de lejos, de la “Diáspora,” de modo que su denuncia sería más difundida y la multitud misma podría protegerlo un poco. Mientras llegaba el día fijado, prudentemente, se quedó unos días cerca de allí, junto al río Jordán, adonde había estado bautizando con su primo Juan. Sabía que los peregrinos irían llegando en grupos, de modo que llegado el momento, Jesús y sus discípulos también subieron. Envió a dos de ellos a un poblado próximo, en avanzada, a casa de uno de sus simpatizantes, a que le pidieran prestado su burro y lo llevaran a Betfagé, donde los esperó, y entonces los apóstoles pusieron sus túnicas sobre el animal.
  • De este modo Jesús que hizo una entrada triunfal, no montado en brioso corcel -como solían hacerlo los reyes después de alguna conquista victoriosa-, sino en un manso pollino. Algunos lo reconocieron. Se corrió la voz, y los muchachos se treparon a las palmeras a cortar hojas o ramos de encina, y empezaron a entonar el salmo 118:25 de interpretación mesiánica: “¡Hossana! (“salva ahora”) ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. En la Fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén se cantaba “el gran halel” (los salmos 113-118), y a intervalos la congregación coreaba agitando ramas de sauce y palmera. A pesar de que su actuación no correspondía a la imagen oficial de “mesías” (ese rey que superaba en gloria a David mismo; ese guerrero invicto, milagrero por tener todo el poder de Dios…), el canto manifestaba que el pueblo, finalmente, lo reconocía como el Mesías esperado, recuperando algunas claras profecías olvidadas que así lo anunciaban.
  • Se armó un gran alboroto. La gente estaba entusiasmada, y –de ser cierta la interpretación de algún estudioso- esa euforia fue aprovechada por grupos de zelotas, y uno de ellos (quizás ese tal Barrabás “preso por un homicidio perpetrado durante ´el motín’”) mató a un soldado romano. Las autoridades religiosas estaban horrorizadas: Seguramente que Pilatos –quien ya había llegado de Siria como solía hacer para esta fiesta- en esos momentos ya estaría enterado. Si notara que los Sumos Sacerdotes habrían perdido su autoridad moral-religiosa para controlar al pueblo, les podría quitar su Ley, su diezmo, sus privilegios… y los romanos no se tentaban el corazón para las represalias, de modo que le mandaron exigir a Jesús que calmase y silenciase a las turbas, a lo que Él respondió: “Aunque éstos se callaran, gritarían las piedras”.
  • Para este día, el símbolo central es la palma bendita. Hay que evitar convertirla en un amuleto (no sirve ponerla detrás de la puerta para que no entren los ladrones ni para que se vaya la suegra). Es simplemente un símbolo de reconocimiento de este Jesús como la referencia última en nuestra vida (el Mesías). Aclamar a Jesús con palmas, en aquel momento fundante de la tradición, había sido signo de rebeldía contra el Imperio y la teocracia judía, y por tanto, objeto potencial de represión. Esa palma laudatoria se vuelve símbolo de nuestra valiente confesión de Jesús y de su utopía, en este mundo “distópico”; es aclamarlo a Él solo, en su entrada a nuestra Semana Santa; es, finalmente, signo de nuestro compromiso de entregar la vida, con todas sus consecuencias, para su gran proyecto.
  • Al entrar en la Ciudad Santa, posiblemente Jesús hizo lo que cualquier israelita piadoso: visitar el Templo (para San Juan, esa visita fue un par de días más tarde). Allí se topó con el triste espectáculo que a muchos peregrinos –y a Él mismo en otras ocasiones- desagradaba: el atrio se había convertido en un mercado, con lo que suele haber en todo mercado (aguardiente, palabras soeces, etc.). Algunos peregrinos influyentes manifestaban su disgusto; pero los sacerdotes les respondían que, por más que insistían, la gente no los obedecía (pero las malas lenguas aseguraban que aquel tráfico era negocio particular de Anás, quien cobraba “derecho de piso”). Se suponía que a los peregrinos les resultaba demasiado incómodo llevar desde el pueblo el cordero para ser inmolado y muchos lo compraban en el atrio mismo. Por otra parte, las fiestas religiosas eran aprovechadas para pagar el “diezmo” para gastos del Santuario. Con la invasión romana circulaban dos monedas, la romana y la hebrea. En la primera estaba esculpida la efigie e inscripción del Cesar autodivinizado (“Divus Caesar Augustus”), por lo que las autoridades religiosas mandaban que no se arrojasen a las alcancías del Santuario tales “medallas” o fetiches, y esto implicaba instalar en el atrio mismo, “casas de cambio” entre ambas monedas. Jesús sabía que la raíz de toda esta profanidad era el “Sistema de Sacrificio” mismo. Este consistía en transferirle a un animal (el “chivo expiatorio”: una oveja o un becerro) todas las “impurezas”, es decir, aquellas transgresiones, a veces involuntarias, a algunas de las 640 contempladas en la Toráh. Uno de los levitas inmolaba el cordero y se quedaba con parte de su carne, con lo cual el oferente quedaba purificado y podía regresar, limpio de sus “manchas”, a incorporarse nuevamente a las asambleas sabatinas de su sinagoga. Pero de acuerdo con los profetas, el holocausto agradable a Dios no podía ser otro que las obras de misericordia.
  • De modo que ese día, se detuvo frente al mercado. Los comerciantes –alguien calcula en unos 3,000 mercaderes-, presintiendo algo, se fueron agolpando ante él. En otras ocasiones se había reducido a manifestar su repudio; pero esta vez tenía detrás de sí a toda una multitud de seguidores. Si no hubiera manejado bien la situación, habría habido una trifulca y la guardia del Santuario habría tenido justificación para intervenir. Contra algunas pinturas de todos conocidas, en las que se presenta a un Jesús iracundo, corriendo a latigazos a los mercaderes, supongo que sabía que aquellos hombres eran gente creyente y practicante, y que más bien había que golpearles sus conciencias –“Está escrito: mi Templo es Casa de Oración, pero ustedes la están convirtiendo en cueva de ladrones”-. Los vendedores no podían negar su crítica; pero como allí tenían su inversión y su “modus vivendi”, no se animaban a renunciar. Fue entonces cuando Jesús, tomando una cuerda, comenzó a arriar alguna vaca, que al salir tiró la mesa de un cambista… y viendo que su mercancía se iba, sus dueños fueron yéndose en pos… Y así el atrio quedó limpio (¿no que no se podía?).
  • Esto fue la puntilla. Con tal acción Jesús desacreditaba todo el “Sistema de Sacrificios”. Los sacerdotes lo sabían, por lo que convocaron de inmediato al Sanedrín y resolvieron detener a Jesús (“más vale que un hombre muera, y no que todo el pueblo sea víctima de la represión romana”). Hacerlo no era fácil: de día, la multitud lo protegía. Incluso los soldados, a quienes enviaron a arrestarlo, regresaron sin Él –“Nadie jamás ha hablado como este hombre”-. De noche, en cambio, se escondía. No habrían podido detenerlo sin el recurso de un traidor…

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