La semana pasada cerramos el ciclo de la Navidad con la fiesta de la Epifanía. Litúrgicamente, esta fiesta abarcaba, además de la adoración de los Santos Reyes, la conversión de agua en vino y el bautismo de Jesús. Son tres casos en que Dios manifestó que ese Jesús, humilde y discreto, era nada menos que el Mesías. Juan Bautista fue un gran profeta que entusiasmaba al pueblo. Había desencadenado un gran movimiento espiritual de renovación, y a quienes estaban dispuestos a comprometerse con él en la renovación de la Alianza, los bautizaba en el río Jordán. Jesús mismo se había interesado en este movimiento. Se sentía de que Dios le reservaba un importante misión; pero aún no tenía clara conciencia de su ser. Pareciéndole que el movimiento desencadenado por su primo Juan representar el nivel más avanzado del pueblo elegido en fidelidad a la Alianza, se acercó también para ser bautizado, y en el preciso momento del bautismo… pero tanto Jesús como el Bautista distinguieron claramente la voz del Padre diciendo: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco” (la gente y los demás discípulos de >Juan tan sólo han de haber escuchado un trueno).
Jesús, después de su bautismo habría quedado abrumado, y acaso por consejo de Juan, se fue al desierto cuarenta días, poniendo en orden su menta para la misión encomendada. Luego se habría quedado unos días más con su bautizante. En cierta ocasión en que Juan enseñaba a sus discípulos, pasó, y éste le dijo a los dos discípulos con quienes más se identificaba: “Este es el Cordero de Dios”. Lo normal hubiera sido que como maestro espiritual, Juan quisiera retener a estos seguidores tan bien dispuestos; pero él era conciente de que su misión consistía sólo en preparar el camino al Mesías, y que por lo mismo, no le tocaba conservarlos consigo, sino más bien encaminarlos hacia aquel personaje a quien los jóvenes sólo miraban su espalda. Ellos, interpretando la señal de su maestro, siguieron a dicho personaje, discretamente, sin hacer ruido, con temerosa veneración. En determinado momento, Jesús, dándose cuenta que era seguido, se volvió hacia ellos y quedaron enfrentados con aquella mirada tranquilizadora, escrutadora y profunda. Le escucharon decir: “¿Qué buscan?”, y desconcertados y sorprendidos sólo alcanzaron a balbucear sin sentido: “¿Dónde vives, maestro?”. Jesús les respondió: “Vengan a ver”, y se quedaron con Él aquella tarde.
Aunque Jesús es un dogma del catecismo, un connotado personaje histórico, un símbolo de cultura religiosa, algunos creyentes, en circunstancias especiales, descubren en Él un “alguien”, un contemporáneo, una persona viva, el Dios que centraliza el Misterio y da sentido a la existencia. Tal vez es lo que nos haya pasado a la mayoría de nosotros. Sabíamos de Él y lo conocíamos racionalmente; incluso recitábamos de memoria la fórmula dogmática “Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre”; pero en un preciso momento, Jesús comenzó a sernos cercano: un amigo, un hermano, la presentación visible del Dios invisible… y ese momento quedará grabado en la propia vida de manera imborrable. San Juan (quien probablemente era uno de esos dos discípulos de Juan) recuerda incluso la hora –“eran como las cuatro de la tarde”-.
Lo más común es que nuestro encuentro místico con Cristo se haya debido a otra persona; alguien que ya había experimentado esa intimidad y configuración; alguien para quien aquel encuentro había sido decisivo y dado sentido a su propia vida, y que disfrutándolo, había sentido el impulso de compartirlo. Si Juan Bautista, testigo directo de la más profunda realidad de Jesús, encaminó hacia Jesús a Andrés, éste a su vez, ahora propicio que su hermano Simón se encontrara con el “Cordero de Dios”. Jesús conoce a las personas al primer golpe de vista. Su mirada penetra hasta lo más profundo, ya que no se trata de un conocimiento racional, sino con el corazón. Jesús descubre en Simón a un hombre fuerte, firme, estable, sólido… lo puede describir con una metáfora: una piedra (kefás), y por eso le cambia el nombre: “ahora serás ‘piedro´” (Pietro), pues su fe es inquebrantable, incluso a pesar de la negación misma. Simón y Andrés eran de Betania, por lo que en su pueblo condujeron a su paisano Felipe hacia Jesús, y éste a su vez invitó a su amigo Natanael. Algo así suele suceder en toda relación de fe con Jesús: “El evangelizado se convierte en evangelizador” –decía Pablo VI-. Es la dinámica de quien experimenta la alegría del evangelio, y el amor es difusivo, como lo es también toda experiencia mística: se extiende por contagio y por testimonio… y al conocer a Jesús, Él nos revierte este conocimiento, de modo que al conocerlo a Él, nosotros mismos nos conocemos mejor
La homilía de hoy responde a tres temas: 1- El Año Nuevo. 2- La fiesta litúrgica de “Santa María, Madre de Dios y 3- El mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la paz (que este año trata de los migrantes y refugiados). Expongo las tres en el presente resumen escrito. Sin embargo, dado que el video del año pasado me parece pertinente y bien realizado, es el que se los vuelvo a enviar; a pesar de que el tercer tema no corresponda.
EL TIEMPO Y LOS AÑOS
Homilía de Año Nuevo
Tres temas ocupan nuestra atención el día de hoy.
Primer tema: el Año Nuevo civil.
Reflexionaremos sobre el tiempo que transcurre. Según los filósofos, el tiempo no existe; no hay un super-reloj cósmico que registre todos los sucesos históricos. El tiempo es una construcción humana (un “imperativo categórico”, lo llamó Kant), de modo que sin nosotros los humanos no habría tiempo. Lo único que existe es el movimiento: los movimientos de desplazamiento -como los astros del firmamento- y los movimientos del devenir de la vida – del nacimiento y desarrollo hasta el deterioro normal del organismo, la decrepitud y muerte.
La conciencia del tiempo que pasa y su medición para fines utilitarios laborales, sólo es posible comparando dos movimientos: el movimiento de rotación de la Tierra (la aparente marcha del sol), dividido en “horas”; o el movimiento de translación del Planeta que completa un círculo en su recorrido alrededor del Sol. No es el único movimiento posible para los fines laborales. Los huicholes, por ejemplo, son seminómadas. Una vez terminada la siembra, dejan en la aldea a las mujeres y ancianos y pasan buenas temporadas sobreviviendo en el desierto por la recolección y la caza. Cuando aparecen los primeros peyotes saben que es momento de regresar a la aldea para recolección de la cosecha. Después de flechar al primer peyote, van a cazar un venado y regresan al pueblo para hacer su fiesta. De ahí la trilogía maíz, peyote y venado. Como se ve, el ciclo laboral de los huicholes no se rige por los astros, sino por su planta mágica, el peyote. Pero cuando las sociedades se vuelven más complejas y hay que combinar varios trabajos, lo mejor es guiarse por los astros. La agricultura, en especial, se organiza por las estaciones del año, en base a los equinoccios y solsticios.
Junto a este tiempo “cósmico”, tenemos el ciclo del individuo: cada día, cuando me acicalo ante el espejo, me veo exactamente igual que el día anterior; pero cuando miro la foto de mi pasaporte viejito, noto cuánto he cambiado. Gracias a esto, distinguimos distintas etapas de la vida -niñez, adolescencia, juventud, adultez-, importante para señalar las actividades generacionales. Por eso contamos cada recorrido del Planeta teniendo como referencia su posición del día de nuestro nacimiento, cuando cumplimos un ciclo.
El año es la unidad cómoda para organizarnos, sea atendiendo hacia el pasado, sea hacia el venidero. Las empresas hacen sus balances (ganancias y pérdidas) y planifican sus presupuestos. Podemos hacer otro tanto en nuestra “empresa” espiritual: contamos como “pérdidas” nuestros pecados, fallas y equivocaciones, no para complacernos en un sentimiento patológico de culpabilidad, sino poniendo simplemente nuestro arrepentimiento en las manos amorosas de Dios. Y contamos como “ganancias”, todo aquello que nos permitió crecer en sabiduría y Gracia, así como todos aquellos beneficios que recibimos en este año, por los que hemos de dar gracias a Dios.
Respecto al año venidero, es ocasión para escribir nuestros “buenos propósitos” -unas pocas metas realistas en las diversas áreas de nuestra persona-, pues si nosotros no nos proponemos metas, otros nos imponen las suyas. Esto es lo que nos hace crecer. Así podemos planificar a corto, mediano y largo plazo.
Hay muchas personas que viven al día (jornaleros, limosneros): sólo pueden planificarse a sí mismos en una jornada. Otros trabajadores (como los albañiles), planifican una semana para ellos y su familia. Los maestros planifican el curso para su grupo durante un semestre. Las empresas, algunas familias o comunidades, hacen un presupuesto anual. Los Gobernantes (civiles o religiosos) piensan en su pueblo o Provincia religiosa para un sexenio; los economistas visionarios piensan más ampliamente -¿Qué será de América Latina cuando yo ya haya muerto? ¿Qué será del mundo después que los hijos hayan muerto? Entre nuestra planificación sea más amplia –temporal y espacialmente-, tendremos mayores probabilidades de éxito. Para nuestra vida es conveniente plantearnos el momento de morir, y desde allí, planificar nuestra vida conforme a lo que gustaría realizar.
Segundo tema: Santa María Madre de Dios.
La necesidad de registrar momentos importantes del pasado dio pie a los calendarios. Diversas sociedades tomaron un hecho histórico importante (v.gr., la fundación de Roma). El calendario que se impuso en todo el mundo fue el cristiano -el nacimiento de Jesús-, y este fue el eje de la historia que dividió la cuenta de los años hacia adelanta o hacia atrás.
En la Navidad que celebramos hace ocho días, el Verbo irrumpió en la historia, entró en el tiempo. La eterna divinidad se hizo temporal, al encarnarse en el vientre de una Mujer. Ella fue madre de Jesús, y siendo así que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, de algún modo podría decirse que es la “TEOTOKOS”, la “madre de Dios”, como dijeron los padres conciliares en Éfeso, y esta es la fiesta litúrgica que celebra la Iglesia. Por supuesto no se trata de una diosa-madre que engendrara a la Divinidad. Y este es el misterio que hoy celebramos, que tiene que ver con la relación entre tiempo y eternidad. Dios es Eterno, existe totalmente en otra dimensión que la temporal; en un continuo presente (que nosotros no lo podemos imaginar). El Verbo, “por quien todo fue hecho”, es “el que es, el que fue, el que será”.
Tercer tema: La Jornada Mundial por la Paz. Hace 51 años, el beato Papa Pablo VI tomo la iniciativa de convocar al inicio de cada año para un Jornada Mundial por la Paz, convencido de que «que la paz es la línea única y verdadera del progreso humano». El Papa Francisco ha tomado como tema para este año el tema “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. Su mensaje sigue la estructura de la “Revisión de Vida”, la habitual en nuestra reciente Iglesia en Latinoamérica (VER – JUZGAR – ACTUAR)
VER- Se trata de unos 250 millones en el mundo, de los cuales, 22.5 millones son refugiados. Benedicto XVI los describe como «hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz», y que para encontrarlo, están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje en la mayoría de los casos, largo y peligroso, y que también están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino.
En cuanto a las causas, cita a San Juan Pablo II, quien considera que muchas veces son consecuencia de «una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, “limpiezas étnicas”» Pero también migran por otras razones, ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir». La mayoría emigra siguiendo un procedimiento regulado, mientras que otros se ven forzados a tomar otras vías, sobre todo a causa de la desesperación, cuando su patria no les ofrece seguridad y oportunidades, y toda vía legal parece imposible, bloqueada o demasiado lenta.
En muchos países de destino se ha difundido ampliamente una retórica que enfatiza los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando la dignidad humana que se les ha de reconocer a todos, en cuanto que son hijos e hijas de Dios. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia.
JUZGAR.- El Papa Francisco invita a una reflexión desde la fe: «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir»(Benedicto XVI). Remite a la imagen de la nueva Jerusalén, que en el libro del profeta Isaías (cap. 60) y en el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. No llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen.
ACTUAR- Propone cuatro actitudes:
«Acoger»: recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Hb 13,2).
«Proteger»: recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. En particular, piensa en las mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda» (Sal 146,9).
«Promover»: recomienda apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados (v.gr: garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación): «Dios ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto» (Dt 10,18-19)
«Integrar»: significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19).
El Papa apoya el proceso que durante todo el año 2018 se llevará a cabo para la definición y aprobación por parte de la ONU de dos pactos mundiales: uno, para una migración segura, ordenada y regulada, y otro, sobre refugiados.
Finalmente, termina el Mensaje citando al Papa San Juan Pablo II: «Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”».
El tiempo pasa de prisa; se acelera con los años; se nos cuela entre las manos. El tiempo de vida que Dios nos ha dado es, sobre todo, para aprender a amar. Esperamos que con la resurrección de la carne, nos dejemos absorber en la eternidad de Dios; pero entre tanto, con María Madre de Dios esperamos la gestación de una novedad impredecible, para lo cual, aprendiendo de nuestro pasado, custodiemos la esperanza de un mejor futuro. Comenzamos este año 2018 tratando de vivirlo desde los más vulnerables, como son los migrantes y refugiados. Podemos terminar con la bendición de Dios que Moisés transmitió a Aarón y a todos los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” ¡FELIZ AÑO NUEVO!