B-02 ENCUENTRO PERSONAL CON CRISTO

Jn 1, 35-42

  • La semana pasada cerramos el ciclo de la Navidad con la fiesta de la Epifanía. Litúrgicamente, esta fiesta abarcaba, además de la adoración de los Santos Reyes, la conversión de agua en vino y el bautismo de Jesús. Son tres casos en que Dios manifestó que ese Jesús, humilde y discreto, era nada menos que el Mesías. Juan Bautista fue un gran profeta que entusiasmaba al pueblo. Había desencadenado un gran movimiento espiritual de renovación, y a quienes estaban dispuestos a comprometerse con él en la renovación de la Alianza, los bautizaba en el río Jordán. Jesús mismo se había interesado en este movimiento. Se sentía de que Dios le reservaba un importante misión; pero aún no tenía clara conciencia de su ser. Pareciéndole que el movimiento desencadenado por su primo Juan representar el nivel más avanzado del pueblo elegido en fidelidad a la Alianza, se acercó también para ser bautizado, y en el preciso momento del bautismo… pero tanto Jesús como el Bautista distinguieron claramente la voz del Padre diciendo: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco” (la gente y los demás discípulos de >Juan tan sólo han de haber escuchado un trueno).
  • Jesús, después de su bautismo habría quedado abrumado, y acaso por consejo de Juan, se fue al desierto cuarenta días, poniendo en orden su menta para la misión encomendada. Luego se habría quedado unos días más con su bautizante. En cierta ocasión en que Juan enseñaba a sus discípulos, pasó, y éste le dijo a los dos discípulos con quienes más se identificaba: “Este es el Cordero de Dios”. Lo normal hubiera sido que como maestro espiritual, Juan quisiera retener a estos seguidores tan bien dispuestos; pero él era conciente de que su misión consistía sólo en preparar el camino al Mesías, y que por lo mismo, no le tocaba conservarlos consigo, sino más bien encaminarlos hacia aquel personaje a quien los jóvenes sólo miraban su espalda. Ellos, interpretando la señal de su maestro, siguieron a dicho personaje, discretamente, sin hacer ruido, con temerosa veneración. En determinado momento, Jesús, dándose cuenta que era seguido, se volvió hacia ellos y quedaron enfrentados con aquella mirada tranquilizadora, escrutadora y profunda. Le escucharon decir: “¿Qué buscan?”, y desconcertados y sorprendidos sólo alcanzaron a balbucear sin sentido: “¿Dónde vives, maestro?”. Jesús les respondió: “Vengan a ver”, y se quedaron con Él aquella tarde.
  • Aunque Jesús es un dogma del catecismo, un connotado personaje histórico, un símbolo de cultura religiosa, algunos creyentes, en circunstancias especiales, descubren en Él un “alguien”, un contemporáneo, una persona viva, el Dios que centraliza el Misterio y da sentido a la existencia. Tal vez es lo que nos haya pasado a la mayoría de nosotros. Sabíamos de Él y lo conocíamos racionalmente; incluso recitábamos de memoria la fórmula dogmática “Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre”; pero en un preciso momento, Jesús comenzó a sernos cercano: un amigo, un hermano, la presentación visible del Dios invisible… y ese momento quedará grabado en la propia vida de manera imborrable. San Juan (quien probablemente era uno de esos dos discípulos de Juan) recuerda incluso la hora –“eran como las cuatro de la tarde”-.
  • Lo más común es que nuestro encuentro místico con Cristo se haya debido a otra persona; alguien que ya había experimentado esa intimidad y configuración; alguien para quien aquel encuentro había sido decisivo y dado sentido a su propia vida, y que disfrutándolo, había sentido el impulso de compartirlo. Si Juan Bautista, testigo directo de la más profunda realidad de Jesús, encaminó hacia Jesús a Andrés, éste a su vez, ahora propicio que su hermano Simón se encontrara con el “Cordero de Dios”. Jesús conoce a las personas al primer golpe de vista. Su mirada penetra hasta lo más profundo, ya que no se trata de un conocimiento racional, sino con el corazón. Jesús descubre en Simón a un hombre fuerte, firme, estable, sólido… lo puede describir con una metáfora: una piedra (kefás), y por eso le cambia el nombre: “ahora serás ‘piedro´” (Pietro), pues su fe es inquebrantable, incluso a pesar de la negación misma. Simón y Andrés eran de Betania, por lo que en su pueblo condujeron a su paisano Felipe hacia Jesús, y éste a su vez invitó a su amigo Natanael. Algo así suele suceder en toda relación de fe con Jesús: “El evangelizado se convierte en evangelizador” –decía Pablo VI-. Es la dinámica de quien experimenta la alegría del evangelio, y el amor es difusivo, como lo es también toda experiencia mística: se extiende por contagio y por testimonio… y al conocer a Jesús, Él nos revierte este conocimiento, de modo que al conocerlo a Él, nosotros mismos nos conocemos mejor

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