Lc 24, 35-48
- ¡Jesús vive! Sigue estando entre nosotros. Pero percibir su presencia requiere de una atención especial, pues pareciera que su cuerpo resucitado sufrió cierta transformación con la muerte: ya desde el principio mismo, dos discípulos caminan 12 kms con Jesús y lo confunden con un caminante despistado; los apóstoles reunidos lo confunden con una alucinación colectiva; Magdalena lo confundió con el jardinero; los pescadores de la barca, con un transeúnte que a distancia nota mejor la mancha del cardumen… Entonces, rastreando con cuidado, es posible encontrar signos suficientes de esa presencia. Así, respectivamente, el pan y el vino juntamente con la explicación de la Palabra; las espinitas del pescado, el nombre (“María”) con aquella entonación especial que sólo el “Rabbuní” sabía dar; la pesca milagrosa…
- Jesús, unos días antes de pasar a otra dimensión, se dejó ver esporádicamente a sus amigos, para dejarles su encomienda: ser testigos de su Resurrección, sea –en el texto de hoy-, regresando a Jerusalén, sea -en la Ascención-, transmitiéndola hasta el fin de los tiempos–. La presencia de Jesús sigue dándose mediante algunas señales, para después de su partida, la señal que nos deja es la Paz: “la Paz les dejo”. Pero una paz diferente de cómo el mundo la suele dar, pues hay varias formas distorsionadas de paz:
- “Paz como equilibrio del terror”.- Como la que se dio durante la Guerra Fría: dos superpotencias armadas hasta el paroxismo, con capacidad de aniquilar totalmente a la otra parte.
- “La paz de los sepulcros”, como la de Porfirio Díaz, que reprimía cualquier oposición.
- “la paz de la no intervención”.- La indiferencia: tú no te metes conmigo y yo no me meto contigo. El dejar hacer para no meterme en problemas
- En cambio, la Paz que los discípulos-testigos de la resurrección necesitan transmitir puede describirse por estos rasgos:
- Una paz que proviene de la seguridad de que Dios está con el “crucificado”, y no con las autoridades religiosas de aquel tiempo. Ya no hay ya lugar para otros “salvadores” (lect 1ª)
- La paz auténtica se hermana con la Justicia (“la Justicia y la Paz se besan”), pues como advirtió el Papa Paulo VI, “si quieres la Paz, trabaja por la justicia”. Al mismo tenor está el concepto de Paz que definió nuestro benemérito Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la Paz”.
- Los testigos de la Resurrección serán reconocidos por la paz interior que de ellos dimana: aquella que supera nuestros conflictos entre tendencias divergentes, entre los deseos y las posibilidades; entre las tendencias filantrópicas y las narcisistas. Aquel que confía en Jesús resucitado y sabe que la muerte ha quedado vencida, por lo que no se aferra a los bienes de este mundo, sino que más bien los suelta y deja ir, con lo que le hace ser más libre.
- Además, la paz significante de resurrección convierte a estos discípulos en mediadores de conflictos: “Dichosos los que buscan la Paz (los “peacemakers”), porque serán llamados ‘hijos de Dios’”. Quien está al servicio de la paz se asume muchas veces como “traductor” entre contendientes, acercando sus posturas de manera más “potable” a unos y a otros, al tiempo que contribuye buscando y ofreciendo soluciones.
- De esta manera, nuestra fe en el Resucitado modifica nuestra forma de ser.
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