B-Pascua III: DISTORSIONES DE LA PAZ

Lc 24, 35-48

  • ¡Jesús vive! Sigue estando entre nosotros. Pero percibir su presencia requiere de una atención especial, pues pareciera que su cuerpo resucitado sufrió cierta transformación con la muerte: ya desde el principio mismo, dos discípulos caminan 12 kms con Jesús y lo confunden con un caminante despistado; los apóstoles reunidos lo confunden con una alucinación colectiva; Magdalena lo confundió con el jardinero; los pescadores de la barca, con un transeúnte que a distancia nota mejor la mancha del cardumen… Entonces, rastreando con cuidado, es posible encontrar signos suficientes de esa presencia. Así, respectivamente, el pan y el vino juntamente con la explicación de la Palabra; las espinitas del pescado, el nombre (“María”) con aquella entonación especial que sólo el “Rabbuní” sabía dar; la pesca milagrosa…
  • Jesús, unos días antes de pasar a otra dimensión, se dejó ver esporádicamente a sus amigos, para dejarles su encomienda: ser testigos de su Resurrección, sea –en el texto de hoy-, regresando a Jerusalén, sea -en la Ascención-, transmitiéndola hasta el fin de los tiempos–. La presencia de Jesús sigue dándose mediante algunas señales, para después de su partida, la señal que nos deja es la Paz: “la Paz les dejo”. Pero una paz diferente de cómo el mundo la suele dar, pues hay varias formas distorsionadas de paz:
    1. “Paz como equilibrio del terror”.- Como la que se dio durante la Guerra Fría: dos superpotencias armadas hasta el paroxismo, con capacidad de aniquilar totalmente a la otra parte.
    2. “La paz de los sepulcros”, como la de Porfirio Díaz, que reprimía cualquier oposición.
    3. “la paz de la no intervención”.- La indiferencia: tú no te metes conmigo y yo no me meto contigo. El dejar hacer para no meterme en problemas
  • En cambio, la Paz que los discípulos-testigos de la resurrección necesitan transmitir puede describirse por estos rasgos:
    1. Una paz que proviene de la seguridad de que Dios está con el “crucificado”, y no con las autoridades religiosas de aquel tiempo. Ya no hay ya lugar para otros “salvadores” (lect 1ª)
    2. La paz auténtica se hermana con la Justicia (“la Justicia y la Paz se besan”), pues como advirtió el Papa Paulo VI, “si quieres la Paz, trabaja por la justicia”. Al mismo tenor está el concepto de Paz que definió nuestro benemérito Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la Paz”.
    3. Los testigos de la Resurrección serán reconocidos por la paz interior que de ellos dimana: aquella que supera nuestros conflictos entre tendencias divergentes, entre los deseos y las posibilidades; entre las tendencias filantrópicas y las narcisistas. Aquel que confía en Jesús resucitado y sabe que la muerte ha quedado vencida, por lo que no se aferra a los bienes de este mundo, sino que más bien los suelta y deja ir, con lo que le hace ser más libre.
    4. Además, la paz significante de resurrección convierte a estos discípulos en mediadores de conflictos: “Dichosos los que buscan la Paz (los “peacemakers”), porque serán llamados ‘hijos de Dios’”. Quien está al servicio de la paz se asume muchas veces como “traductor” entre contendientes, acercando sus posturas de manera más “potable” a unos y a otros, al tiempo que contribuye buscando y ofreciendo soluciones.
  • De esta manera, nuestra fe en el Resucitado modifica nuestra forma de ser.

B-Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREDULIDAD

Jn 20, 19-31

  • La resurrección de Jesús es el fundamento de la fe cristiana. No se trata, empero, de un dogma abstracto que “haya que creer aunque no lo comprendamos”, sino, ante todo, de un hecho histórico; de algo que es verdad porque sucedió realmente. ¿Cómo nos consta esto? Pues como nos consta cualquier hecho histórico: por los testimonios orales o escritos. Por fortuna, contamos con ellos. Es verdad que hubo también testimonios que afirmaron lo contrario: los soldados, quienes aseguraron que el cadáver fue robado por los apóstoles. Pero según ellos mismos dijeron esto sucedió “mientras dormían”, por lo tanto, no les constó; su testimonio no es válido, y menos aun cuando uno de ellos confesó después haber sido sobornado por los sacerdotes del templo. En las cuestiones judiciales siempre suele haber algún tipo de fe, pues hay que creerle a testigos oculares, siempre y cuando posean condiciones que comprueben su credibilidad: honorabilidad, capacidad (un ciego, un mentiroso, un borracho, un demente… no son “dignos de crédito”), lugar adecuado, que hayan verificado y constatado, etc.
  • La fe es una virtud y como la mayoría de ellas, se ubican entre dos defectos opuestos (v.gr., la valentía está entre la cobardía y la temeridad). La fe se haya entre la credulidad y la incredulidad. Se dice de una persona que es “crédula” cuando está propensa a creer cualquier cosa sin verificar su aserto. En lo religioso, la credulidad se manifiesta en la tendencia a aceptar milagros o apariciones sin prueba alguna (una imagen de la virgen que se apareció en el piso del Metro o en el vidrio de una ventana; la creencia en rumores de posesiones diabólicas, las supersticiones o a algún otro fenómeno parasicológico). Hay muchos mexicanos crédulos, de quienes se suele decir que “tienen mucha fe”; pero que en realidad denotan propensión a lo mágico, y tienden a interpretar acontecimientos del azar como si se tratase de “milagros”.
  • Por el otro extremo está la incredulidad: aquellos que, prejuiciosamente, están bloqueados de antemano a cualquier actitud religiosa. En realidad, algunos de estos a lo que se oponen más bien es a la credulidad. Consideran cualquier manifestación religiosa como producto de manipulación o ignorancia. Supuestamente “racionales”, no caen en la cuenta que confunden la verdadera ciencia con el “cientificismo”, que también tiene sus “dogmas”; y que una auténtica fe cristiana no aliena del compromiso transformador por la justicia, ni es refugio de almas débiles.
  • Mientras la credulidad se cree todo de cualquiera, la incredulidad no cree nada de nadie. La fe auténtica, en cambio, se encuentra entre ambos extremos: Está abierta a lo divino; pero, para creer, exige ciertas condiciones de credibilidad, no para “probar” los asertos (pues ya no sería fe), sino de premisas racionales de que tales asertos -signos o testimonios- indiquen la posibilidad de la realidad connotada.
  • En cuanto al testimonio de los apóstoles, alguno podría pensar que se mostraron crédulos, ya que por su amor a su maestro estaban propensos a creer en la resurrección profetizada; pero más bien parecen haber estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad: cuando ocho días después de la resurrección, encontrándose los apóstoles reunidos, quizás frustrados, decepcionados o confundidos, Jesús se les apareció. Ellos quedaron estupefactos, sin saber si esa aparición fuese una alucinación. Jesús, para probar su corporalidad, les pidió de comer y le sirvieron un pescado. Jesús lo comió y sólo dejó el puro esqueleto y las espinitas. ¡Los fantasmas no comen! Tomás, en aquella ocasión no estaba con ellos, y cuando le contaron lo de la aparición, dijo que no creería a no ser que metiera su dedo en las llagas y su mano en el costado. Las llagas y las espinas del pescado fueron signos que les llevó a la fe; pero habían estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad.
  • Creer no es fácil en nuestro tiempo. Seguimos propensos, por un lado, a la credulidad, ahora con ropaje de seudociencia (los ovnis, la ouija, la astrología). Por otro lado, la mentalidad científica lleva a no aceptar más que lo que se pueda medir y pesar, a lo demostrable con los aparatos técnicos. Pero creer en alguien; tenerle fe a alguien es confiarse de él. En la fe cristiana es apostar vivir la vida desde la visión del Evangelio. Sólo se vive una vez, y según testimonios de quienes vivieron su vida cristianamente, se puede ser auténtico y feliz. En cambio, “quien no vive para servir, no sirve para vivir.” Expresemos nuestra fe en el Resucitado con una vida de alegría, de valentía, de esperanza y de amor.

Epifanía: Los reyes magos

  • Hoy es la fiesta de la “Epifanía”. La palabra es griega es έπιϕάνεια, del verbo ϕαινέιν (brillar) y del prefijo επι (por encima): “acción de mostrarse o aparece por encima”; manifestación a la superficie; manifestación sobrenatural del poder divino. Dios mismo manifiesta que ese bebé nacido en una cueva (en la periferia de Belén, periferia de Jerusalén, periferia del Imperio Romano) es nada menos que el Mesías largo tiempo esperado, el Hijo de Dios. En la Iglesia primitiva –y todavía hoy en las iglesias orientales-, la fiesta abarcaba tres “epifanías”: la adoración de los reyes, el bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en Caná. La Iglesia Latina separa estos actos: el día de hoy celebramos la adoración de los Santos Reyes y mañana, el bautismo de Jesús.
  • Los evangelios de la infancia no tienen la misma precisión histórica que el resto del Evangelio. De hecho, San Mateo es el único que narra este episodio, debido a su interés en mostrar a los judíos recién conversos que en Jesús se cumplían las antiguas profecías. Su relato fue complementado por tradiciones medievales legendarias. De hecho, Mateo no dice que fueran tres, ni menciona que sus nombres fuesen Melchor, Gaspar y Baltazar, ni dice que alguno fuera negro, ni que vinieran montados en un dromedario, un caballo y un elefante (poco probable en las travesías por el desierto). Sin embargo el relato no deja de tener verosimilitud histórica que podemos reconstruir con imaginación antropológica.
  • ¿Quiénes pudieron ser estos personajes? Probablemente miembros de clanes nómadas de comerciantes, que traficaban mercancías exóticas para las élites de las ciudades -marfiles, sedas, especias, perfumes, etc.- a través del terrible desierto de Arabá, entre los dos grandes centros civilizatorios, junto a los ríos Éufrates (Babilonia, el actual Irak) y Nilo (Egipto). Llevaban, obviamente, gente armada, para defenderse de los asaltantes y vivían en tiendas de campaña con cierto lujo. Los patriarcas del clan eran naturalmente los jefes (del árabe “jeques”), que traducimos como “reyes”, connotando, en la imaginería popular, a los reyes medioevales, con corona, capas y atuendos que hubieran resultado totalmente imprácticos en aquellas travesías. Ya que las dunas del desierto son muy cambiantes debido a los ventarrones del simún, no sirven de puntos de referencia. La única forma de orientarse en aquellas arideces era mirando al cielo. Las posiciones del sol y de la luna marcan los puntos cardinales; pero no basta, por lo que importa mirar las estrellas. Se dice que en aquella región es donde se pueden mirar el mayor número de estrellas, y no en balde en Asiria surgió la astrología, práctica que supone que los astros influyen en la historia personal y social. La ignorancia astronómica de sus subalternos de los clanes pudo atribuir a sus jefes poder adivinatorio para guiar la caravana hacia los lugares adónde pretendían llegar, y de ahí su calificación de “magos”. Así que los “reyes magos” fueron en realidad “jeques astrólogos”
  • ¿Podría haber algún registro en la historia astronómica que explicase este fenómeno celeste? En 1614 el astrónomo Johannes Kepler registró que una serie de 105 conjunciones de los planetas Júpiter y Saturno (hecho poco frecuente) que tuvieron lugar en el año 7 AC, lo que daba impresión de una nueva estrella más luminosa. Según la astrología asiria, el nacimiento de los grandes personajes estaría vaticinado en signos astrológicos del firmamento, y según las observaciones zodiacales, una constelación aparentemente fija sirve de eje a las demás; aunque dicha constelación en realidad también gira; aunque mucho más lento, pues cada 2,000 años se da un cambio de eje. Justamente entonces Aries (Abraham y el cordero) estaba siendo sucedida por Piscis (Jesús, el pez), y en esa región se estaba esperando el nacimiento de un rey o personaje importante, que seguramente habría de ser anunciado por el nacimiento de una estrella. Esto explicaría el interés de estos jeques en cambiar su ruta, para dar reconocimiento a dicho personaje.
  • No es difícil sacar conclusiones de este pasaje para alguna llamada para nuestra vida espiritual, eso que suele llamarse “vocación”, y que no es exclusivo para entrar al seminario o al convento. Responder en la vida a una llamada o destino para cierta encomienda (misión), suele dar sentido a la existencia y orientar nuestras metas y esfuerzos en alguna dirección. Algo que pudiera ser oportuno al inicio de un año. También nosotros solemos estar inmersos en nuestros negocios (como los reyes magos en sus rutas comerciales); pero es posible que nos encontremos con un evento que parece significativo. Requiere de nosotros una actitud de discernimiento para ver si no es sino un acontecimiento azaroso o si constituye verdaderamente una señal. En este caso nos obligaría hacer un alto y cambiar de rumbo nuestra vida. No se tratará ahora, por supuesto, de maravillosos signos celestes, sino de los “signos de los tiempos”, es decir, ciertos fenómenos sociales significativos que pueden indicarnos por dónde el Espíritu señala que hay que caminar para implementar la voluntad del Padre. (Jesús recriminó a quienes predecían la lluvia o el calor por signos metereológicos: “Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo entonces no interpretar el momento presente?”).
  • Un dato curioso: la superposición de ambos planetas Júpiter y Saturno no era total, de modo que podría notarse un chipotito o especie de flecha en una vaga dirección hacia Palestina (acaso algún oasis del Jordán), y hacia allá se dirigieron. Si bien cada jeque de clan, por su lado, hizo la misma interpretación del fenómeno celestial, la estrella los hizo encontrarse en el camino. Igualmente nosotros, al atender esos “signos” para reorientar el rumbo de nuestra vida hacia metas supraindividuales, encontraremos compañeros de viaje que podrán convertirse en amigos y hermanos en la misma causa.
  • Ya en tierra Palestina se dirigieron, como era lógico, a Jerusalén, confiados en que si se trataba del nacimiento de un rey glorioso, seguramente allá estarían al tanto y les darían razón.
  • Una vez llegados a la gran ciudad, la estrella ya no les era suficiente (se ocultó). Ahora se requería más bien de indagar. Tampoco a nosotros nos basta con interpretar ciertos sucesos como “signos” epifánicos de la voluntad del Padre sobre nuestro actuar. Necesitamos también del arduo trabajo investigativo y crítico. Para saber el “cómo”, “cuándo”, “dónde”, “con quiénes”… nos ayudarán los dones del Espíritu Santo: los de Ciencia, de Entendimiento, y también el de Consejo -la consulta a los profesionistas especializados-. Toda la ciudad se conmocionó con la llegada de aquellos personajes exóticos del desierto, al punto que el mismo rey se interesó alarmado y llamó a los escribas para ver si existía en las viejas profecías algún indicio del nacimiento de algún rey-mesías. Ellos le recordaron la del profeta Miqueas (5, 1) “Tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un ´jeque’, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.
  • Los reyes magos se encaminaron, pues, hacia Belén y allí no les fue difícil indagar entre los lugareños. Unos pastores les hablaron del niño nacido en una cueva. Con el testimonio de los sencillos, “limpios de corazón”, nuevamente el signo (la estrella) se les hizo brillante. Ante la luz de la fe de los sencillos, terminó su búsqueda, dando con la casa de los parientes de José, donde se encontraba pasado el censo.
  • Por aquel entonces se esperaba la venida inminente de cierto personaje misterioso –el “Mesías”-, a quien se atribuían funciones reales, y Mateo apoya su relato en la profecía de Isaías –a quien leímos en la primera lectura-: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti… Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará y se ensanchará cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos… Te inundará una multitud de camellos y dromedarios procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor” (60, 1-6). El Mesías esperado habría de ser un rey reconocido por muchos pueblos, no para sustentar el dominio de Israel, sino atraídos por una luz: su mensaje de paz y fraternidad, que tiene potencial para iluminar a las diversas culturas e incluso, otras religiones o a personas de buena voluntad que no crean en un Dios; pero dispuestos a vivir sus valores éticos. Es ese misterio revelado a San Pablo (segunda lectura); pero ya manifestado antes por los apóstoles y profetas: “que también los paganos son coherederos de la misma herencia…partícipe de la misma promesa en Jesucristo”.
  • Los viajeros no se desilusionaron al constatar que aquel Rey preclaro anunciado por la naciente estrella, como habían creído, era en realidad un pequeño niño pobre; el Niño-Dios que se “manifiesta” en los más oprimidos y empobrecidos. Entonces, nuestros jeques astrólogos (“reyes magos”) le ofrecieron dones de su tesoro: oro, incienso y mirra. Nosotros también podemos ofrecer como dones, la disponibilidad para cumplir la voluntad del Padre, la fidelidad a nuestro compromiso bautismal y un corazón amoroso hacia los sufrientes. Nosotros también podemos ofrecerle nuestros tres dones: nuestra disposición en seguir la voluntad del Padre, nuestro compromiso bautismal de entregarnos al proyecto de Jesús y nuestro discernimiento de fe para distinguir la moción del Espíritu Santo de otras mociones provenientes del azar o incluso, del anticristo mismo.
  • En la conversación que seguramente habrían tenido los astrólogos con José, le narraron cómo el mismo rey Herodes se había interesado en conocer al recién nacido y darle su reconocimiento; pero entonces les externó que ese rey tenía mala fama: aparte de supersticioso, era ambicioso y cruel. Receloso de cualquiera que pareciera disputarle su trono a él o a su dinastía, no se tentaba el corazón para asesinar, e incluso había matado a su esposa y a sus hijos. Como todo signo, la estrella era objeto de interpretaciones ambivalentes: para los Reyes Magos fue bendición; pero para Herodes, fue amenaza. De modo que entonces tuvieron una revelación: los jeques regresarían a su ruta por otro camino y José y su familia se exiliarían en Egipto. Desde su nacimiento, el Niño tuvo enemigos de muerte; varios bebés fueron masacrados, y tuvo que ser exiliado para salvarse. En nuestra búsqueda por cumplir la voluntad divina, tendremos enemigos, las fuerzas del Anticristo, cuya ambición puede llevarlos al asesinato de inocentes. Hemos de hacer continuamente discernimiento crítico para buscar continuamente, con astucia y audacia, caminos alternativos para defender la esperanza. La “Epifanía” nos evoca todas las búsquedas interculturales e interreligiosas de Dios; nuestras nostalgias y anhelos, nuestro caminar por el desierto árido de la vida, en la incertidumbre. Tan sólo guiados por leves signos de luz.