B-Pascua V: AMOR, ESENCIA PROFUNDA DE LA TOTALIDAD

Jn 15, 9-17

  • Para la cosmovisión cristiana, el amor es la esencia íntima de la totalidad de lo existente. El amor es algo divino, pues como dice San Juan, “Dios es el Amor”, y por tanto, “el que no ama, no conoce a Dios”. Dios, por tano, no es un dios solitario, sino un Dios-Trinidad, todo un círculo amoroso, que no es un círculo cerrado, sino abierto, pues algo propio del amor es irradiar: el amor del Padre y del Hijo espiran el Espíritu Santo; pero la difusión del amor se torna generosidad gratuita: crea todo cuanto existe, en un derroche en cantidad y calidad, de estrellas y de seres imposible siquiera de imaginar.
  • Sabemos lo mucho que Dios nos ama a los humanos, por la sencilla razón de que nos envió a su propio Hijo, la Palabra, “por quien todo fue hecho”, y nos lo entregó hasta morir por nosotros, la prueba máxima del amor. Por tanto, si la semana pasada descubrimos que la relación entre los cristianos y Jesús de “configuración” –vivir en Él, con Él, desde Él, para Él-, siendo Dios el amor, nos toca permanecer en el amor. Y esto, no tanto disponernos a amarle a Él, sino más aún, hacer conciencia de que Él nos amó primero; nos ama a cada uno particularizadamente, con un amor de predilección… y esto provoca la reciprocidad.
  • Por supuesto, el amor es algo analógico (hay diversos tipos) y en todos ellos está Dios; pero en algunos tipos más que en otros: no se trata de ese amor romántico, emotivo, cimentado en el sentimiento, sino el que se arraiga en la voluntad. Sabemos que amamos a Jesús en que cumplimos sus mandamientos: un amor que implica exigencia ética, y esa ética no puede ser otra que la ética del amor (no la del “deber”): sabemos que amamos a Dios en que amamos a los hermanos, a todos ellos (diferenciadamente), incluso un amor que se extiende aún a nuestros enemigos. Se nos pide, incluso, tener para con nuestros hermanos un amor tan grande como el que nos tuvo Jesús: “dar la vida por ellos”.
  • Meditamos en esto desde el contexto actual: un mundo cuyos valores son el hedonismo egoísta, el individualismo, la ambición que no se detiene ante los sufrimientos del hermano, sino que se aprovecha de él; que a otros hermanos de la especie a quienes despoja de su ser, los considera como “población sobrante”, como posibilidades de arrebatarle lo poco que queda para una ambición desmedida, del tamaño del Planeta; un amor que se degrada a lo meramente utilitario: satisfactor de placeres egoístas, para después “tirarlo”, sin importar consecuencias (y a eso se le llama “hacer el amor”).
  • Pero el resultado de esas actitudes narcisistas son la depresión y la soledad. En cambio, la recompensa del amor cristiano que nos ofrece Jesús es la alegría plena. Podemos medir la magnitud de nuestro amor por la intensidad de alegría con que vivimos el Evangelio

B-Pascua IV: INSERCIÓN

Jn 15, 1-8

  • La relación entre los cristianos y Jesús es una relación misteriosa y del todo desusual. Por supuesto está la relación entre maestro y discípulo -aprender sus enseñanzas-. Está la relación entre un líder y sus seguidores –apasionarnos por su ideal, inclusive al punto de entregar la vida por la misma causa por la que Él vivió y por la que Él murió, como una causa más importante que la vida personal. Está también la relación entre un dios y sus adoradores, de dependencia, reconocimiento de ese “Mysterium Tremendum”, de la grandeza de su Infinita Majestad y la pequeñez de la creatura. Esto es muy importante; pero la unión entre Jesús y los cristianos es algo más que todo esto; es algo que difícilmente podríamos comprender fuera del género parabólico, como el que San Juan empleó el domingo pasado en la figura del Pastor y sus ovejas.
  • Pero como observamos a semana pasada, estas metáforas (el “pastor”, la “puerta”), si bien por un lado clarifican una realidad profunda y misteriosa, por otro lado, la dificultan, ya que cualquier comparación es limitada y ambigua, y para el tema que trataremos, resultan siempre se quedan muy cortas. Además, como vimos la semana pasada, hay que tener en cuenta la diferencia de contextos, tanto del lugar donde se produce la metáfora, como el de donde se recibe. En el día de hoy, dicha alegoría es la vid: mientras que Palestina es tierra de vino y la vid es considerada como una planta nacional (nutre de identidad cultural); en cambio, en gran parte de México, la vid es casi desconocida. Recuerdo en una ocasión en que predicaba esto en una comunidad rural, un anciano propuso tomar como significante para este tema al maguey, nuestra planta cultural. Obviamente, al cambiar el significante se afecta al significado: en este caso, las distintas pencas del maguey destilan su aguamiel a la “cabeza” del agave, lo que podría connotar la “comunión de los santos”, es decir, cómo nuestra santificación o pecado personales afectan también a toda la comunidad eclesial. Esto sería otro bonito significado; aunque nos aleja un tanto del tema de hoy.
  • Para comprender el significado de esta parábola hay que empezar por describir su significante: hay que distinguir entre el tronco de la planta (la vid propiamente), de sus “sarmientos” o guías, como hacen todas las plantas trepadoras (la calabaza, el chayote o grutas como la sandía o melón), y finalmente, el fruto (las uvas). El racimo de uvas se nutre de la planta misma, que absorbe los minerales necesarios de la tierra; pero lo hace a través del “sarmiento”, que busca trepar para que el fruto quede más expuesto al sol. El sarmiento es sólo una mediación que transmite la sabia; pero no es un nutriente fontal.
  • La vida cristiana no se reduce a “imitar” a Jesús; menos aún, a admirarlo y proclamarlo a modo apologético, imponiéndolo como “único camino” (“one way, Jesus”). La relación del cristiano con Jesús habrá que entenderla desde el plano mistérico, de una inserción del cristiano en la vida misma profunda de Jesús. Él es el que produce fruto y nosotros somos sólo instrumentos mediadores. Hay cristianos que trabajan mucho; son incansables en otras apostólicas, empresas y relaciones múltiples; sin embargo, por alguna razón lo que hacen no convence. Probablemente se debe a que se trabaja confiando en las propias fuerzas y posibilidades -nuestra preparación y los recursos económicos que contamos-, y entonces percibimos -con santa envidia- como otras personas con menores recursos, producen fruto mayor. Las obras cristianas no se producen por el la fuerza de la voluntad y por los recursos que logramos obtener. Diremos que habría que revisar nuestro “sarmiento”.
  • De igual forma, el “sarmiento” podríamos extenderlo a cualquier medicación que se interponga entre los creyentes y Jesucristo. Tales “mediaciones” -de las que no podemos prescindir-, pueden ser institucionales (estructuras eclesiales, movimientos apostólicos, espiritualidades, etc.), que ciertamente nos vinculan; con tal que a su vez se mantengan unidas al fuerte tronco.
  • Con estas aclaraciones podemos ahora comprender mejor el “significado” de la alegoría. La vida espiritual en el Cristianismo no tiene su origen en la mera fuerza de voluntad (ejercicios ascéticos de meditación), sino en la capacidad que tengamos de “insertarnos” en Cristo, de configurarnos con Él, de vivir en Él, por Él y en Él. Nuestra fe contribuye a mejorar el mundo; pero para ello, pide de nosotros algo más que una mera actitud ética. Por supuesto, para “configurarnos” con Jesús hay que conocerlo mejor –leer los evangelios, estudiar algo de la antropología y sociología de su tiempo, imitarlo y seguirlo. Pero no se trata de un mero modelo. Hay que sentir lo mismo que Él sintió: su compasión amorosa, su ternura; pero sobre todo, su pasión por el “Reino”, el proyecto del Padre. Para ello, ser conscientes que Él está vivo y que nos podemos comunicar con Él. En una oración tratar de escucharlo y familiarizarnos con su Espíritu. Sabiendo que su presencia se realiza mediante sus “signos”. Empezando principalmente con los signos de la Eucaristía (por la comunión, recibirlo es unirnos a su cuerpo y sangre de la forma más cercana: el alimento). Pero también, saber descubrirlo en la Palabra (los Evangelios), en los pobres, en los Signos de los Tiempos. A no vivir sino desde Él; a permitir que Él siga actuando a través de nosotros… y poco a poco no iremos asumiendo otros anhelos, sentimientos y formas de ver el mundo: los suyos.

B-Pascua III: ANTE LA CRISIS ACTUAL DE LIDERAZGO

Jn 10, 11-18

  • En nuestra época carecemos de líderes auténticos. El descrédito del autoritarismo patriarcal ha producido cierto temor de ejercer funciones de conducción, que son tan necesarias, comenzando desde la familia, la empresa, la escuela, el sindicato, la Iglesia misma y sobre todo, en la política. Un poco en todas partes, la clase política pierde legitimidad: el ansia de poder, el utilizar los puestos públicos para fines personales, la corrupción, la ambición, el distanciamiento del pueblo (del que sólo se acuerdan en tiempos de elecciones), etc… son vicios generalizados. En vísperas de elecciones, a muchos ciudadanos les cuesta todavía encontrar un candidato plenamente convincente. Frente a esto, se necesita encontrar algún modelo iluminador, y cuál mejor que el de Jesús, cuyo ejemplo de liderazgo lo plasma en su alegoría del “buen pastor”.
  • Sin embargo, las metáforas sólo resultan iluminativas si las ubicamos en el contexto en donde se construyeron.
    • Jesús la propuso a un pueblo seminómada, y seguramente mientras la exponía, podía verse pasar algún muchacho cuidando sus ovejas. En cambio, en nuestro medio moderno urbanizado no vemos ovejas pastando, y la figura del pastor nos despierta reminiscencias bucólicas, idealizadas –Jesús cargando sobre sus hombros una ovejita, con su blanca túnica porque estamos lejos de los pastores reales y de las ovejas (cada una pesa 50 kgs; su olor es apestoso; al cargarla, el pastor no puede dejar de ensuciarse y contagiarse con su pestilencia). En nuestro medio, lo que más se nos acerca a esta alegoría quizás fuesen los policías que regulan el tránsito.
    • La cosa se complica aún más en México, pues aquí, referirnos a un “rebaño de ovejas” nos connota la expresión de una “bola de borregos” (masas acríticas y manipulables). Por tanto, no nos agrada la comparación. Pero podemos hacer un esfuerzo para ponernos en el contexto de Jesús o también, en el del salmo 23, y entonces podemos notar pistas útiles para nuestra formación de líderes:
  • Jesús “buen pastor”, guía a su rebaño hacia “verdes praderas” para “hacerlas reposar”: un buen guía piensa en el mejor objetivo, no tanto el que se le acomode a él, sino pensando en el conjunto de sus guiados (a lo mejor el pastor preferiría un camino más corto; pero inadecuado para sus borreguitos).
  • Veámoslo: va delante de sus ovejas. Los arrieros suelen ir detrás de su recua, arriándola, de modo similar a aquellos líderes que no arriesgan, sino que sólo buscan seguridades; que se conforman con lo que “siempre se ha hecho así y seguirá siendo así”, que frenan iniciativas de sus subordinados. En cambio, el verdadero pastor va siempre delante de su grey, para observar mejor el “camino seguro”, que lleve hacia los buenos pastos y las “fuentes tranquilas” donde puedan “reparar sus fuerzas”. Un guía tal se adelanta a sus “agremiados”: busca nuevas ideas, proyectos creativos, investiga, indaga nuevas rutas.
  • Lleva en su mano izquierda su cayado –ese bastón que al golpear en el suelo, marca el paso del rebaño. El guía también es quien marca el paso de su comunidad, atendiendo a las fuerzas o limitaciones de todos (no corre con los más ligeros, sino atiende a los últimos). Lleva en la mano derecha una vara, con la que suavemente hace avanzar más de prisa a las ovejas rezagadas o con la que integra al redil a las descarriadas. El buen líder se preocupa por integrar comunidad (laboral, religiosa, familiar): unas veces tiene que corregir, otras, que impulsar o empujar un poco; pero sabe hacerlo con afecto y no con ira. Es lo que a los hijos, por ejemplo, les da seguridad (“tu vara y tu cayado me dan seguridad”).
  • La realidad narrada supera a la metáfora: Sería posible que un pastor defendiera al rebaño de su propiedad ante el ataque de los lobos; pero si ve que no puede afrontarlos con sus perros, seguramente huirá y lo abandonará (con mayor razón si se trata de un asalariado). En cambio, nuestro pastor “da la vida por sus ovejas”, como lo vimos en el Huerto de Getsemaní. Hay algunos líderes que se meten en problemas por su pueblo, o que incluso, corren el riesgo de ser asesinado (como algunos alcaldes a manos del crimen organizado).
  • Además, la relación entre rebaño y pastor es totalmente distinta a la que habría entre la “bola de borregos” y el líder manipulador:
    • La relación entre pastor y ovejas es muy personalizada. Este pastor “conoce a cada oveja por su nombre” y las ovejas, que “reconocen su voz”. Sus ovejas no son “borregos”. De regreso al corral, cuando van entrando una a una –o mientras las ovejas “reparan sus fuerzas” en un oasis de “fuentes tranquilas”—las cuenta y nota la ausencia de “Negrita”, su amada “oveja negra”. De inmediato deja el resto del rebaño al cuidado de los perros y sale en su búsqueda. La encuentra en la “cañada oscura” con la patita lastimada. La carga sobre sus hombros y regresa al redil. El buen líder se interesa por los problemas de cada uno de sus empleados (no los considera sólo por el servicio que le prestan), y se adelanta a ofrecerle sus servicios o sanar sus dificultades.
    • Por su parte, estas ovejas lo siguen sólo a él: quizás una noche, un salteador brincó la cerca, quitó el cerrojo por dentro, entreabrió la puerta y llamaba a alguna oveja para robarla; pero ella lo rehúye; el redil no hacen caso a la voz del extraño y sólo obedece a la voz del pastor.
  • Jesús sería la única vía, el único medio para entrar a la vida. Podemos encontrar en nuestro ambiente muchas otras ofertas de liderazgos que nos encandilan prometiéndonos placer, éxito, poder; pero que a la postre nos revelan que simplemente fuimos utilizados para su provecho. Son los salteadores o ladrones de ovejas; son aquellos que sólo utilizan a la borregada como mercancía o para trasquilarla, ordeñarla y hacerse una barbacoa. El líder ha conseguido la confianza de sus subalternos y estos ya no escuchan otras voces extrañas que quieran encandilarlas. Jesús es el pastorcito que encariñado con su rebaño, se pone en su servicio; el guía que ofreciéndonos disfrutar de ese don maravilloso que es la vida, la vida que supera la muerte, y que se pone en servicio del rebaño, pues ha venido “para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
  • Este pastor es ambicioso. No se conforma con sólo su aprisco, sino que se preocupa por otros rebaños, ya que su objetivo último es que haya “un solo rebaño bajo un solo pastor”. La salvación de Cristo no se redujo a sólo el pueblo de Israel, sino que como “luz de las naciones” envió a sus seguidores “por todo el mundo” y hasta el “fin de los tiempos”. De este modo es Señor de la Historia, pues su proyecto abarca el espacio global y el tiempo de toda la especie humana.