B-Cuaresma III: DESCRÉDITO DEL SISTEMA DEL SACRIFICIO

Jn 2, 13-25

  • El texto de hoy hay que ubicarlo en su contexto temporal. En cierta etapa de su misión, Jesús notó que ya era momento para una acción de choque. Decidió dirigirse hasta Jerusalén y hacer allí un gesto profético “poniendo toda la carne en el asador”. Va en camino, calculando llegar en la coyuntura planeada, por lo que se queda cerca de Jericó, en espera de la fiesta de Pascua, cuando llegan muchos judíos y prosélitos para la Gran Fiesta anual. Entra en la Ciudad Santa el Domingo de Ramos (dentro de poco nos centraremos en aquella entrada triunfal), siendo aclamado por muchos peregrinos que lo reconocieron, ya que había estado en su pueblo.
  • Una de las primeras cosas que hizo Jesús –como hacía cualquier peregrino devoto- fue visitar el Santuario. Se detuvo firme y decidido a la puerta, contemplando la escena que siempre que iba a Jerusalén le molestaba –como por otra parte, también a muchos judíos piadosos-: el atrio mismo de templo convertido en un mercado: El principal acto cultual en el santuario era el sacrificio de animales, corderos o novillos. La legislación ritual, en crecimiento, se obsesionaba con cuestiones de “impureza ritual”: (tocar sangre, tocar a enfermos, comer animales prohibidos, hacer actividades en sábado, etc., etc.). Cuando alguien incurría en alguna prohibición se le negaba el acceso a la sinagoga local, de modo que era prácticamente obligado viajar hasta la montaña de Sión para purificarse. Ya que resultaba sumamente gravoso llevar el animal durante grandes distancias, se vendían esas víctimas en el atrio del Santuario. Se compraba y se les llevaba a los levitas, un ejército de sacrificadores que practicaban el sacrificio, devolvían la carne al oferente, quedándose ellos con una parte.
  • Por otro lado, los peregrinos, además, aprovechaban el viaje para pagar su diezmo o su cooperación para la reconstrucción del templo. Pero dado que circulaban dos monedas –la moneda romana y la moneda local hebrea–, los sacerdotes del Templo exigían que en las alcancías se depositase únicamente la moneda judía, pues en la moneda romana estaba grabada la efigie del emperador, con la leyenda “Divus Caesar” (Cesar el Divino), por lo que más bien podía considerarse una “medalla”. Ya que muchos peregrinos llegaban de lejos, fuera del territorio de Israel, tenían que cambiar su dinero, y en el templo había también “cambistas” o “mesas de cambio”. Todo eso se convertía en un verdadero mercado, por el que se tenía que pasar para entrar en el Santuario (con todos los actos que se suelen dar en los mercados).
  • A muchos peregrinos les desagradaba esto, y se quejaban ante los sacerdotes; pero éstos, si bien reconocían que esto no era muy digno, respondían no se podía controlar y que era inevitable (en realidad no había voluntad, pues las malas lenguas rumoraban que era un negocio personal del Sumo Sacerdote Anás, quien cobraba “derecho de piso”). A Jesús también le desagradaba… pero ahora, detrás de él se habían detenido muchos de los peregrinos que durante su entrada lo habían aclamado como Mesías. Los comerciantes (pensemos en unos 3,000 hombres), intuyendo que algo fuerte se preparaba, se les plantaron delante. Ambos grupos quedaban enfrentados. Por lo mismo, tenía que manejar bien la situación, pues de lo contrario, podría fácilmente desencadenar una trifulca. Estamos habituados a ver ciertas imágenes de esta escena: un Jesús furibundo, blandiendo un látigo y golpeando a diestra y siniestra. DE haber sucedido así, era obvio que los comerciantes no se iban a dejar; pero los partidarios de Jesús tampoco lo dejarían solo. Además, los guardias del Santuario a estas horas ya se estarían movilizando… Algunos exégetas partidarios de la “No-Violencia Activa” interpretan esta acción de Jesús desde esta táctica. Quien la práctica se expone a sí mismo a una represalia, sin responder violentamente; pero atacando a la conciencia de los transgresores (que en este caso se trataba también de judíos piadosos): “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la Casa de mi Padre”. Interiormente le podían dar la razón; pero de eso vivían; el cultualismo se había convertido en su “modus vivendi”. Estaban como paralizados, sin agredir a aquel profeta radical, cierto; pero sin retirarse. Fue entonces cuando Jesús tomó una cuerda y arrió con ella a alguna vaca, que salió derribando una mesa de cambio. Los propietarios del animal salieron tras ella, y esto fue aprovechado por los demás que se pronto retiraron, dejando el atrio limpio (cosa que los sacerdotes afirmaban que no era posible).
  • Probablemente no fue una acción clamorosa ni masiva. Fue simplemente una acción simbólica; pero efectiva. Los escribas más avezados comprendieron la intensión última de Jesús: desacreditar el Sistema del Sacrificio en sí mismo, con sus secuelas de “impureza”, contaminación, culpa, expiación…, por lo que el Sanedrín ese día se reunión para decidir acabar con aquel que ponía en peligro toda su religiosidad. Jesús, con este acto había dado un cierre a su misión. Para ese entonces, ya había dado todo el mensaje que tenía que proclamar. Los días subsiguientes, Jesús predicará abiertamente en el templo, sin que nadie se lo impidiera (los soldados mismos, enviados a detenerlo, creyeron); pero Él ya había sellado su condena. Los sucesos de Semana Santa no serán sino una simple consecuencia.
  • Podemos nosotros también hacer algunas conclusiones:
    • La valentía del evangelizador, que puede acarrear gran riesgo; pero siempre calculando prudentemente las consecuencias.
    • La táctica empleada, de “No-Violencia-Activa”, atacando la conciencia del agresor, y llevada con firmeza y con amor, para comprender su validez
    • Evitar la mercantilización del culto, que pervierte el sentido religioso auténtico, en pro de una religiosidad ritualista, que cultiva sentimientos de culpabilidad para lucrar con ella.
    • Dar otro sentido al sacrificio expiatorio (Dios se complace con los sufrimientos del pecador), enfatizando el amor misericordioso de Dios, dispuesto siempre a perdonar; pero a condición de nuestra conversión solidaria, que es donde radica el verdadero sacrificio agradable a Dios.

B-Cuaresma II: ¿OPIO O LEVADURA?

Mc 9, 2-10

  • En el desierto Jesús superó la tentación del demonio; sin embargo, aunque se superen las tentaciones, estas no desaparecen, sino que se esconden, agazapadas por ahí,, por los rincones del subconciente, prontas a salir en cualquier momento, cuando bajemos la guardia. Por eso Jesús nos recomienda orar continuamente al Padre para que “no nos deje caer en tentación”. Es justamente esto lo que en este episodio Jesús se dispone a hacer: subir a un monte a orar. Pero además de esto, tiene otro objetivo secundario: está preocupado de que cuando Él ya no se encuentre presente en la Tierra, todo su movimiento decaiga y se olvide. Es necesario preparar al menos a las personas que mejor lo hayan comprendido. Es por eso que llama a sus tres apóstoles más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, que lo acompañen a orar. Se aparta unos pasos y entra en oración profunda. Los apóstoles, después de un rato, quizás aburridos, dormitan…. Pero de pronto, cuando voltean a verlo, lo descubren “transfigurado”
  • El género literario de los evangelios recurre mucho al simbolismo. Se requiere cierto conocimiento del Antiguo Testamento para comprender lo que los evangelistas nos quieren decir. Su vestidura inmaculadamente blanca evoca la visión de Daniel; la nube evoca el Éxodo; el rostro resplandeciente evoca al de Moisés; la voz del Cielo —“Este es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!…”– evoca numerosas teofanías y en especial su bautismo… Detrás de estos símbolos, cualquier israelita de aquel tiempo leía que Jesús, transfigurado, dejó traslucir su divinidad. La presencia de Moisés (a él se le atribuía la redacción del Pentateuco, la Ley) y Elías (Los Profetas, de los cuales fue el mayor), significaban las dos partes de la Biblia de entonces. Puede colegirse el tipo de oración: la confrontación con las Escrituras, y consiguientemente, cómo debe ser cualquier oración cristiana. Aquellos personajes hablan con Jesús sobre los hechos que prevén puedan suceder: el rechazo de las autoridades religiosas y su condena a muerte.
  • Lucas y Mateo añaden otro elemento más: los tres apóstoles quedan arrobados por la visión; sienten que una gran paz y tranquilidad los embarga en su interior, y entonces Pedro, a nombre del grupo expresó: “qué a gusto sería quedarnos aquí”, y propuso armar tres carpas o chozas, una para cada uno de las tres personajes de la visión (conste que no pedían una cuarta para ellos, pues estaban dispuestos a quedarse a la intemperie). En efecto, hay en las espiritualidades cierta contemplación que se queda en el goce personal y que enajena del compromiso con el mundo. Es esa religiosidad que Marx llamara “opio del pueblo”, pues nos consuela de los sufrimientos; pero nos aleja de cualquier compromiso por remediar los problemas.
  • De inmediato la visión desapareció. No, Pedro, no se trata de eso. Si Jesús los invitó a subir al monte para una teofanía, ésta sólo fue para que en los momentos críticos no dudaran de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías. No para quedarse arriba en una estéril y placentera contemplación. Hay que bajar del monte, allá, donde están los ubicuos fariseos, Herodes, Pilatos, Anás y Caifás. Es allá dónde se tiene que realizar la misión de Jesús, y no separada y alejada de esos ambientes tan injustos y dolorosos. Es necesario, sí, subir al monte de la contemplación; pero sólo para cargar batería para nuestra lucha y luego bajarnos del monte para actuar con mayor entusiasmo y entrega.

B-Cuaresma I: LA TENTACIÓN

Mc 1, 12-15

  • El cambio de color de ornamentos es signo de cambio de un tiempo litúrgico. Los dos ejes: el nacimiento y la muerte de Cristo, ambos dependientes de los ciclos astronómicos: la Navidad, el “sol invictus” (el sol-sticio de Invierno, cuando el sol, que parecía morir, comienza a crecer) y Pascual, la luna, el sábado más cercano al plenilunio próximo al equinoccio de primavera. Las dos fiestas principales en nuestra liturgia son enmarcadas, antes y después, por sendos períodos de 40 días. La apertura del ciclo inició el “miércoles de ceniza”, que este año “cayó” en el pasado 1° de marzo.
  • El sentido de la Cuaresma lo da el Evangelio de hoy. Hay que ubicarlo en el relato evangélico: En el momento de su bautismo por Juan, Jesús cobró conciencia de su misión como Mesías: era el Hijo primogénito de Dios, tenía todo el poder divino en sus manos. ¿Cómo iba a diseñar y realizar su misión de acuerdo a la voluntad de su Padre Dios? Al escuchar esa voz quedó abrumado. Necesitaba poner en orden sus pensamientos, y para ello, quizás su primo le sugirió irse al desierto, el lugar más apropiado: es lugar de penitencia, de silencio, propicio a la búsqueda y la reflexión.
  • Allí habría de pasar 40 días ¿Por qué precisamente 40? Se trata de un número religioso que evoca los 40 años que pasó el naciente pueblo de Israel viajando a través del desierto desde su liberación de Egipto hasta la Tierra Prometida. También los 40 días de Diluvio y los otros 40 de la predicación de Jonás en Nínive. Tiempo, pues, de purificación y discernimiento.
  • “Pasó allí cuarenta días y cuarenta noches sin comer”- Para el tiempo de Cuaresma se aconseja practicar lo que Jesús recomendaba -oración, ayuno y limosna-, realizados con discreción, sin exhibicionismo. Para nosotros, para que este ejercicio tenga sentido cristiano es atender las razones que tuvo el Maestro: La supervivencia en el desierto era trabajosa. Comer significaba ir a buscar alimento -algún roedor y algunas hierbas (cacería y recolección), y luego, encender una fogata para cocer la presa: a nosotros se nos dificulta hacer una fogata en el campo, teniendo gasolina y cerillos, en aquella aridez barrida por el viento, podría resultar toda una proeza. Por tanto, si alimentarse iba a costa del precioso tiempo de su reflexión, parecía más práctico pasarlo en ayuno. Aquellas personas que pasan largo tiempo con poca comida dicen que después de los primeros días -cuando se siente el hambre-, uno se habitúa, y sin los procesos digestivos, la mente queda despejada y serena.
  • Hay, pues, diversas formas de ayuno, algunas más agradables a Dios.
    • El ayuno forzado y crónico de esas casi mil millones de personas que pasan hambre crónica en el mundo. Este ayuno, decididamente, no le agrada a Dios, pues no quiere que sus hijos sufran injustamente el hambre, mientras otros desperdician alimento.
    • El ayuno ascético, que algunos practican para disciplinar el cuerpo, fortalecer la voluntad y remedio de algunas compulsiones (no sólo de comida). Esta es una forma de ayuno cuaresmal que en otro tiempo se practicaba durante este tiempo.
    • El ayuno terapéutico, recomendado por los naturistas. Sus partidarios lo recomiendan para que el cuerpo se purifique, no teniendo trabajo de digestión y que sane de algunas afecciones. Algunos comen únicamente un solo tipo de fruta y otros, algo de limón o potasio para no descompensar.
    • El ayuno de protesta: la llamada “huelga de hambre”, con el que algunos activistas pretenden atraer la atención del público a una causa que ellos consideran más importante que la vida propia. Efectivamente, para algunos esto ha sido útil, como para Ghandi en su lucha por la Independencia de la India. La Iglesia no lo ve mal, cuando se pone como límite el riesgo de la pérdida de la vida.
    • El ayuno solidario: “partir el pan con el hambriento”, compartir: quedarse con algo de hambre para que algunos de los que ayunan habitualmente puedan comer un poco mejor. Este es un recurso muy recomendable para este tiempo. Se trata de que lo que uno ahorra al abstenerse de comer algunos alimentos lo vaya depositando en una alcancía y que al llegar la fiesta de la Pascua, ese dinero se destine a una buena limosna en beneficio de personas realmente necesitadas (p. ej.: cuando estudiaba en una Universidad católica de Bélgica, el ayuno de los universitarios de ese año se destinó para iniciar una biblioteca en un país africano).
  • Juntamente con el ayuno que tuvimos el miércoles pasado y tendremos el Viernes Santo, la Iglesia manda también la abstinencia de carne los cuatro viernes de Cuaresma. Quizás la razón inicial se haya dirigido a favorecer la oración, ya que para la gente del medievo, hartarse de la carne de alguna presa de cacería entorpecía la mente. En la austeridad medieval, los cristianos se abstenían de comer carne roja durante toda la cuaresma. La carne se guardaba en el sótano bajo tierra, el lugar más fresco, para conservarla algunos días, y la víspera del Miércoles de Ceniza –el Martes de Carnaval- se sacaba toda la carne que quedaba en la bodega para consumirla en un atracón y despedirse de ella. La palabra deriva del italiano “carne-vale” (adiós a la carne), como se ve también con la expresión latina “carnis tollendas” (quitar la carne). La Iglesia prohíbe la carne de animales de la tierra; pero no de las del mar.
  • Por supuesto, si de lo que se tratara era “hacer penitencia”, comer langosta o un coctel de mariscos saldríamos ganando. Ahora, más que “carne” habría que abstenernos de aquellas compulsiones, adicciones o malos hábitos que no nos permiten vivir libres: no comer carne… “de prójimo”, abstenernos del cigarro, el alcohol, los pastelitos, la pereza, la falta de ejercicio, el juego… y lo que nos ahorremos… ¡va para la alcancía! La mejor “penitencia” cuaresmal es trabajar por corregir alguno de nuestros defectos dominantes.
  • “Entonces se acercó el tentador”… En esos momentos de discernimiento radical, cuando nos enfrentamos a alguna decisión importante o cuando planeamos un proyecto de vida, no faltan las tentaciones. La tentación es un componente de la vida humana, por lo cual, incluso Jesús –hombre como nosotros en todo, menos en el pecado- también sufrió. En la oración del Padre nuestro, no dice que pidamos a Dios que no seamos tentados, sino sólo que “no nos deje caer en tentación
  • El Tentador sabe bien qué nos puede tentar y qué no. La tentación de Jesús no fue invitarlo a algo pecaminoso (era obvio que no caería), sino presentar un tipo de Mesías diferente del que Dios quería y que se apartaba del modelo de Mesías prevalente en el medio ambiente (difundido desde el Santuario), es decir, un Mesías espectacular y milagrero (tirarse desde el pináculo del templo en un día de fiesta y esperar a que los ángeles lo depositaran suavemente en el suelo), un Mesías que remediara compasivamente el problema del hambre en el mundo en forma mágica (convertir piedras en panes), sin modificar el corazón egoísta del ser humano –cuando “multiplicó” los panes, lo hizo haciendo que la gente compartiera sus “cinco panes y dos peces”, o sea, lo que se traía para remediar individualmente el hambre del día-, un Mesías que salvara a la humanidad desde el poder, haciendo de Israel la potencia mundial hegemónica, en vez de Roma (“te daré todo esto si te postras y me adoras”). Si Jesús hubiera escuchado al Tentador, no sólo hubiera muerto anciano tranquilamente en la cama, sino que hubiera recibido los apoyos de Anás y Caifás, quizás de Herodes mismo, y Judas hubiera sido su más entusiasta colaborador. Pero por otro lado, Jesús percibía en algunos textos clave de las Escrituras (Moisés y Elías), la figura del “Siervo de Yahvé” iba en la línea de solidaridad con los oprimidos y por tanto, no emplear sus poderes para sí mismo, ni para reforzar la imagen del Poder coercitivo de Dios, sino que siempre trabaja desde el “no-poder”, como María comprendió cuando le ofreció a Dios su virginidad (la fecundidad, único poder retenido por las mujeres).
  • La primera tentación se dio justamente a nuestro inicio como humanidad: si lo que nos caracteriza como tales -“imagen y semejanza de Dios”- es nuestra razón y nuestra libertad, al despuntar la libertad (ante la cual el Creador mismo se arrodilla), primer acto plenamente libre de aquellos homínidos libertad versaría sobre la caracterización de la nueva especie y por tanto, quedaría inscrito en el ADN mismo de todos los descendientes. Se trataba de optar en una alternativa para la especie: o bien que cada uno de sus miembros se corresponsabilizara de todos los demás -y que por tanto, los más fuertes defendieran a los más débiles-, o bien, desde el “poder de dominación”, que los más fuertes se aprovecharan de los débiles. Y así fue que nuestros primeros ancestros, seducidos por aquel fruto, descubriéndolo como bueno para satisfacer el cuerpo y la mente, cayeron en la tentación.
  • Jesús, en cambio, supero la tentación, al menos por esta ocasión. Nunca se supera una tentación para siempre. La Cuaresma, pues, nos coloca en la misma situación de Jesús: la búsqueda de la voluntad del Padre. Para ello, necesitamos retirarnos a nuestro “desierto” (los tradicionales ejercicios espirituales cuaresmales, o algún rato en la tranquilidad del campo, o en nuestra azotea, incluso). Sabemos de antemano que seremos tentados a implementar decisiones más cómodas, menos radicales y menos exigentes; pero con la ayuda de Dios, las venceremos, como Jesús, por más que tengamos que hacerlo una y otra vez. En Getzemaní Jesús recomendó “vigilar y orar para no caer en la tentación” para desenmascararla. Se requiere una actitud constante de alerta, ya que la tentación es ubicua y sutil. Viviremos la Cuaresma en penitencia, no tanto sufrir por sufrir, sino en beneficio de nuestra libertad-de vicios, compulsiones o adicciones- compartiendo lo que tenemos con algunos necesitados, sin recurrir a lo mágico (convertir piedras en panes). Como sea nuestra Cuaresma será nuestra Pascual, por tanto, aprovechemos esta circunstancia para crecer en nuestro compromiso.