Bi-Ascensión: “Para subir al Cielo, se necesita…”

Hch 1, 1-11; Ef 4, 1-13; Mc 16, 15-20

Diez días después de su resurrección, Jesús convoca a sus apóstoles a determinado monte. Allí se les aparece, les hace sus recomendaciones, y ante la mirada atónita de sus apóstoles, poco a poco se va elevando al Cielo. Un bello ícono, que seguramente ha de tener algún significado. Comencemos precisando términos

  • “Subir al Cielo”.- San Pablo, en su carta de hoy, se pregunta “¿Y qué quiere decir ‘subió´?. En la cosmología hebrea se presupone una Tierra plana cubierta por una gran bóveda, sobre la cual estarían las aguas celestiales (para la lluvia), y arriba, Dios. Así tiene sentido eso de “subir”. ¿Pero cómo pensar esto en nuestra cosmología moderna, en una tierra redonda y en un universo en expansión? ¿Hacia dónde subiría? ¿en qué dirección? Para responder la pregunta habrá que preguntarnos por lo que significa “Cielo”
  • “Cielo” se entiende de dos formas: el “firmamento” (Sky) y el “Cielo religioso” (heaven). Quizás modernamente pudiera entenderse como “pasar a otra dimensión” (el Cielo podría estar aquí mismo). Gagarín, primer astronauta que salió de la estratósfera, declaró: “Ahora estoy más convencido que Dios no existe: ¡Estuve en el cielo y no lo ví!” Confundir el empíreo con el Cielo teológico.
  • A veces lo pensamos materialmente: el Cielo sería como este mundo; pero mejor. En realidad no es sino el estar en Dios, quien sacia plenamente todas nuestras aspiraciones.
  • ¿Cómo será el Cielo teologal? Se dice que al morir pasamos por un juicio particular y nuestra alma se sumerge totalmente en Dios. Pero también habrá un juicio universal, cuando perezca el último miembro de la especie humana, y Jesús nos tome cuenta de lo que, como especie, hicimos de nuestra Tierra, y sobre las tareas que tocaron a cada colectividad histórica. Entonces resucitaremos “en la carne”, en cuerpo y alma.
  • Veamos a los apóstoles en el monte a donde Jesús los convocara. Él les da su último encargo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”. Para acreditar su mensaje, reciben dos poderes: “hablar lenguas nuevas”, es decir, traducir el Evangelio a cualquier cultura, liberándolo de los condicionamientos culturales semitas; pero también “arrojar demonios” y sanar enfermos: Es decir, toda cultura tiene sus propios demonios y sus respectivas enfermedades. El Evangelio, junto a la antedicha inculturación en cualquier forma de vida social, a la vez habría de ser crítico de las mismas culturas receptoras, de todos aquellos elementos que deshumanicen y enfermen a los pueblos. Además, para estos mensajeros, cierta inmunidad para “beber venenos” sin dañarse, pues en ese afán de adaptación podrían mancharse también los evangelizadores y sucumbir a tentaciones de contemporización.
  • Jesús les está hablando, y poco a poco se va elevando. Ellos miran sorprendidos cómo va subiendo, hasta que una nube se los ocultó. Se quedaron atónitos y contristados, fijos los ojos en la nube…. Hasta que unos ángeles les dijeron: -“¡Ucha, galileos ¿qué hacen allí parados nomás mirando al Cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo han visto alejarse”. El camino para ir al Cielo está en la Tierra. No nos podemos conformar nomás con mirar el Cielo (“Un día yo iré, al Cielo, Patria mía…”). Para ir al Cielo tenemos que construir una Tierra más humana. De lo contrario, separarse de la Tierra, desinteresándonos de ella, sólo sería enajenación, y así tampoco habría Cielo, sino “opio”.
  • Pero dejemos de lado toda esa imaginería de “fanta-teología” y bajemos a nuestra prosaica Tierra. En un himno litúrgico de la Patrística dice que “Jesús sube al Cielo, llevando cautiva a la cautividad”. “Subir” evoca “superarse”, “evolucionar”, “crecer”. “Subir al Cielo” evoca todos los esfuerzos humanos vinculados a la Ascensión de Jesús (superación, evolución…): los artistas afanados de poner belleza a la Tierra, los inventores e ingenieros que la humanizan, los campesinos y obreros que la transforman, los buenos políticos que tratan de mecanismos mejores de convivencia, los médicos, las madres educadoras, los maestros…
  • No subimos al Cielo cada cual por su lado. Jesús desea que sea una “subida” colectiva, con hombres y mujeres de toda cultura, raza y condición social. Los cristianos tenemos que ser signos que marquen el camino de la historia, que nuestra especie humana evolucione toda ella pareja, sin “hermanos” y “hermanas” de primera, de segunda y de tercera. Una globalidad en ascenso celestial. Sin embargo, también hemos de preocuparnos por nuestro país y nuestra cultura, y decidir juntos y democráticamente cómo construir un México más justo, más libre, más pacífico y amoroso, con mucho diálogo, evitando prejuicios y con disposición para ciertas renuncias de pequeños privilegios que quizás este ideal nos demande.

B-004 Adviento IV: ENTRE LA ESPERA Y LA ESPERANZA

Mt 1, 18-24

  • Habiéndonos preparado para la Navidad en este novenario con las posadas, la atención se centra ahora en los Santos Peregrinos, María y José. ¿Con quién mejor preparar un nacimiento que con una mujer embarazada que está esperando el parto? A nosotros los varones esto nos resulta difícil imaginar. Dejemos, pues, la palabra a alguna señora que nos comparta aquellos sentimientos que tuvo durante el embarazo de su hijo primogénito [nerviosismo, ansiedad, temor]… pero también con la esperanza de dar vida a un nuevo ser que hará un buen aporte a la humanidad…
  • La liturgia de hoy nos habla del momento en que María quedó embarazada. Una doncella que vivía totalmente abierta a la esperanza en la esperanza que Dios había dado al pueblo, de enviarles un Salvador. Su oración siempre era intensa; pero en aquella tarde cayó en arrobamiento. El ángel le anunció que ya había llegado el momento esperado con impaciencia durante tantos siglos, y le anunciaba que sería madre de un personaje que habría de ser llamado “Hijo del Altísimo, a quien el Señor Dios le daría el trono de David su padre, y que reinaría sobre la Casa de Jacob por siempre, y que su reino no tendría fin”. Ya que la espiritualidad de María era la de total disponibilidad a la voluntad de Dios, sintiéndose como su “esclava”. Tan sólo pedía alguna precisión: ella había renunciado a cualquier forma de poder personal, y por tanto le había ofrecido la renuncia de la maternidad, último reducto de poder que tenían las mujeres (todas albergaban el deseo de engendrar a un hijo ilustre), y sabía que esto agradó a Dios; pero cuando el ángel le precisó que “el Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra”, expresó, sin fingida humildad, “cúmplase en mí su palabra”. Y en aquel preciso instante, la Palabra de Dios se encarnó en su seno; el Verbo eterno se hizo carne, fue uno de nuestra especie, irrumpió en nuestra historia.
  • A partir de ese momento, María, en una “espera esperanzada” preparaba ansiosa al Salvador de la humanidad. Aquí tendremos que distinguir entre la “espera” y la “esperanza”. La lengua castellana confunde ambos términos; pero esto no se da en otras lenguas -en inglés se distingue “to wait” y “to hope”; en francés, entre “attendre” y “spoir”; en italiano, entre “attendere” y “sperare”-. La espera es pasiva (esperamos que llegue el camión, nuestro turno para el dentista, la cita en el café…); mientras que la esperanza es activa (es una bendición posible que guía en cierta dirección nuestros esfuerzos). Esa “espera esperanzada” es similar a la de una madre que aguarda al nacimiento de su primogénito.
  • Pero también el varón suele experimentar sentimientos extraños durante el embarazo de su mujer, al saber que será papá de su primer hijo. También los varones tienen palabras qué compartir… [responsabilidad, sacrificios, protección…]. Cuando José notó el embarazo de María y después de que el ángel, en sueños, le reveló el misterio que guardaba su esposa, recordó que según las profecías que se remontaban hasta David y el famoso oráculo anunciado por el profeta Natán “Estableceré después de ti un descendiente tuyo, nacido de tus entrañas y consolidaré tu reino. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo”. José cayó en la cuenta de que, en efecto, su familia descendía de David y que provenía nada menos que de la davídica ciudad de Belén, sobre la cual profetizó Miqueas: “tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la más pequeña entre las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un Jeque, el pastor de mi pueblo Israel”). Comprendió que el embarazo de su esposa era divino, y que la Providencia se había valido de él, descendiente del linaje real de David, para posibilitar que el niño de su mujer pudiera llamarse “rey” con toda legitimidad, puesto que los padres adoptivos también heredaban su estirpe… Pero, justo ahora, cuando superada la crisis, ambos esperaban llenos de amor aquel nacimiento milagroso, llegaba el famoso censo… y así los vemos, en amorosa pareja, viajando hacia Belén.

B-003 Adviento III: MENSAJERO DE BUENAS NOTICIAS

Mt 11, 2-11

  • Nazareth era una pequeña aldea perdida de las montañas de Galilea. Con una población de cerca de 300 habitantes, la vida transcurría monótona, sin que sucediera nada extraordinario: siempre la misma pobreza, el mismo trabajo, la misma rutina. Pero un buen día algo sorprendente ocurrió en el poblado. Llegaron tres romanos. Los paisanos nunca habían visto esos soldados, pues aunque Roma sostenía una ocupación militar en la región, las legiones se encontraban acuarteladas en Siria o en Cesarea del Mar, dispuestas a intervenir y sofocar rudamente cualquier levantamiento. Uno de los soldados tenía un tambor que repicaba sin cesar, y los niños, curiosos como en cualquier parte, se arremolinaban en torno suyo, no sin temor de sus madres, las cuales se mantenían vigilantes detrás de las ventanas, pues no les estaba permitido hablar con extranjeros (y menos con romanos). Cuando los hombres comenzaron a llegar después del trabajo, el otro soldado sacó una trompeta y dio varios toques (que sonaron como el chillido de algún animal) y entonces todo el pueblo se reunió. Entonces, el que comandaba desenrolló un pergamino, por lo que se supo que se trataba de un “mensajero”.
  • ¿Qué es un mensajero? Su función está entre el simple cartero y el embajador. El “correo” se encarga de hacer llegar las noticias lo más pronto posible. Ahora, el cartero llega en su moto hasta la casa y echa en el buzón o por debajo la puerta un sobre con su sello postal. El “servicio postal” se denomina así por la “posta”, es decir, el lugar donde estaban “apostadas” caballerías, a 2 o 3 leguas de distancia una de otra, para que el correo pudiera cambiar de caballo y llegar lo más pronto posible a su destino. En el antiguo Israel la carta se escribía con un punzón sobre dos tablillas enceradas, atadas y lacradas. A diferencia del cartero, el embajador es portador de un mensaje y una consigna a la que debe ser fiel; aunque se le otorga cierto margen de maniobra para negociar o ajustar el tono. El mensajero se asemeja al correo en que también es un portador; pero con una función más personal, por lo que además de leer el mensaje puede explicarlo y responder a preguntas.
  • Las noticias que pregona podían ser buenas (“fastas”) o malas (“ne-fastas”). En este último caso la integridad física misma del mensajero peligraba, pues en algunas partes cuando el mensaje era un ultimátum que tenía que entregarse, por ejemplo, en el campamento enemigo, se le mataba, desquitando así la ira que provocara la noticia. En cambio, se recompensaba al mensajero portador de buenas nuevas.
  • Un ejemplo de mensajero fue San Juan Bautista, personaje introducido el domingo pasado. Este fue un profeta admirable que sacudió fuertemente la inercia religiosa de sus contemporáneos y que provocaba entusiasmo al punto que se discutía si fuera algún personaje extraordinario, por ejemplo, el Mesías que habría de venir, o el retorno de Elías, quien fue arrebatado en vida por un carro de fuego y del que se decía que habría de volver poco antes del fin del mundo, o quizás algún otro de los grandes profetas… Pero Juan los desengañaba, negando que él fuese algún prócer del pasado –pero el pasado ya pasó y no se repetirá–. Pero tampoco era aquel personaje que en el futuro “habría de venir”, el Mesías, del que él se presentaba como su simple mensajero, enviado para preparar el camino en el desierto y al que el profeta no se consideraba digno ni siquiera de soltarle la correa de su sandalia.
  • Pero volviendo a nuestra historia en Nazaret, el pregonero de aquella tarde leyó con fuerte voz su pergamino. No traía una buena noticia, sino un desagradable mandato: “Por orden de Su Majestad, el emperador Tiberio Cesar Augusto, se ordena la realización de un censo”. Un censo no era como ahora, cuando una simpática señorita se presenta en nuestra casa y algo chismosa, nos pregunta ¿cuántos somos? ¿qué comemos? ¿si tenemos regadera en el baño? y demás. La gente lo recibió con indignación: “¿Para qué querrán contarnos los romanos población?, pues obviamente, para mayor control y gravarnos con más tributo”. Este mensajero, más que anunciar la llegada de alguien, prescribía una salida: el censo aquel prescribía a cada habitante empadronarse en su lugar de origen de la familia. Ya que tanto de José como María provenían de pueblitos de Judea, en la región sur. En efecto, ellos eran de esos emigrantes que respondiendo a la política demográfica de las autoridades, que daban facilidades a quienes fueran a repoblar Galilea, la región del Norte bastante abandonada. Por lo tanto, el decreto les obligaba a emprender un viaje hasta la región montañosa de Judea, sin disculpa ni pretexto. José estaba furioso: ¡un viaje justo entonces, cuando habían solicitado tanto trabajo y bien pagado! Trasladarse de Galilea a Judea, atravesando Samaria era siempre bastante molesto; pero en ese momento era mucho más, cuando justo entonces, el embarazo de su esposa María estaba tan avanzado; pero no había alternativa y se tenía que obedecer. De modo que José encargó sus animalitos a los vecinos (“menos el burrito, ese nos lo llevamos”), y cuando supo que se había organizado una caravana con gente de pueblos vecinos, defendió las ventanas con tablas y atrancó la puerta.
  • Los galileos estaban bastante entrenados para viajar hasta Jerusalén, pues por lo menos una vez al año iban al templo a purificarse y pagar su diezmo: adelante iban los patriarcas, orando y cantando himnos; después venían los jóvenes con los camellos; al final, las señoras con la comida y los enseres de cocina, y los niños, correteando de un grupo a otro. Procuraban que la tarde les cayese cerca de algún oasis para pasar la noche. Entonces, los jóvenes iban a abrevar los camellos, mientras los señores armaban las tiendas y las mujeres preparaban el alimento. ¿Cuántas noches pasarían así? Jerusalén distaba de Nazaret unos 100 kms; Belén, otros 20 kms. más. Siendo un pueblo de pastores seminómadas, quizás podrían hacer el recorrido en una semana. La tradición hace durar la peregrinación el novenario. Faltaba ahora que en Belén no hubiera lugar para ellos, con tanta gente que marchaba por lo del censo…
  • Y esto fue el origen de las tradicionales “posadas” mexicanas, la forma como los primeros evangelizadores, aquellos grandes frailes franciscanos, nos enseñaron a prepararnos para la Navidad, que este año comienzan mañana. De aquí a Navidad acompañaremos a José y María en la caravana por el desierto: los Santos Peregrinos, con burrito, el angelito y su linterna, quizás con velitas y rezando el rosario. Los versitos tradicionales para “pedir posada” nos hablan de la inveterada indiferencia de la gente para acoger a los emigrantes forasteros que no tienen dónde dormir. Por lo menos esta pareja encontró una cueva para guarecerse del frío. Pero los devotos abrirán gozosos las puertas de su casa, para que en el patio los niños puedan romper la piñata. La piñata clásica tiene 7 picos, que son los 7 pecados capitales. Por turno, los niños pasan con los ojos vendados, pues como la fe, damos palos a ciegas para intentar lograr nuestro objetivo: romper la olla de barro, dura como es nuestro caparazón de egoísmo e indiferencia para los peregrinos de hoy. Es ayudado por los demás niños, que impacientes le dan indicaciones, pues en la vida cotidiana, los hermanos de la comunidad nos ayudan con sus consejos. Finalmente, la olla se rompe y cae la fruta y golosinas con que se había rellenado, y que simbolizan los frutos del Espíritu Santo, las bendiciones que nos caen de arriba, del Cielo.
  • El proceso de globalización, conducido por el consumismo secularizante, pervierte las tradiciones, las degrada o las comercializa convirtiéndolas en folklore. El imperialismo cultural impone a todo el mundo las pautas culturales propias de los centros hegemónicos. Así, la Navidad, con sus pinos, nieve y trineos, se impone hasta en el hemisferio sur, justo cuando el verano está comenzando. Las “posadas” se convierten en parte de las fiestas de fin de año, pretexto para francachelas o para finalizar ciclos laborales anuales. Quizás haya algunos elementos de nuestras tradicionales posadas mexicanas que ante la mentalidad de los niños actuales ya no les resultan atractivas. No somos costumbristas. La resistencia cultural de las tradiciones no se da tanto por una vana repetición de costumbres petrificadas, cuanto con la innovación creativa a partir de lo tradicional, con formas nuevas; pero igualmente gozosas, por ejemplo, cantando nuestros villancicos y alguna lectura del Evangelio. Aprovechar estas fiestas para recordar a los sin-techo, a los migrantes y a quienes peregrinan por el desierto de la vida, dejando seguridades y saliendo hacia las periferias en busca de nuevas oportunidades. Esto nos puede ayudar a tener una Feliz Navidad.