C-IV Lc 4, 21-30
Continuando con el domingo pasado: después de que Jesús terminó la lectura del pasaje de Isaías, todos sus paisanos “le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios…” Sin embargo, no faltó quien comentara: “Bah. Ahora resulta que el famoso profeta del que tanto se habla no es sino el hijo de José, el artesano. Incluso un día vino a arreglar las ramas de mi techo”… y sobrevino la desilusión.
- Nuestro conocimiento de las cosas es totalmente diferente al de las personas. Las cosas, por ejemplo son totalmente previsibles y comprensibles (p. ej., una laptop, si se siguen bien las instrucciones); pero en cambio, cada persona constituye un “misterio”, totalmente impredecible, debido a la libertad. Vistos con los ojos de Dios, cada uno de nosotros es sorprendente y maravilloso. Pero con los íntimos, con quienes convivimos cotidianamente, solemos perder lo sorprendente, pues creemos que ya nos conocemos bien. Al despojar del misterio a la persona, la reducimos a una “cosa”. Reducimos toda su complejidad a una etiqueta simple: “el enojón”, “la chismosa”, “el chistoso”… y haga lo que haga, lo encajamos en esa etiqueta. Quizás esa persona se haya esforzado y corregido sus defectos; pero para sus íntimos, siempre seguirá siendo “el enojón”, “la chismosa”…); y si acaso en algún momento no responde a la etiqueta (si el “enojón” se muestra complaciente, o “el chistoso” habla en serio), descontrolados, sentimos algo de temor (“¿Qué estará tramando?”). No entendemos cómo sea posible que otros admiren a nuestro cohabitante habitual: “No sé qué le encuentran sus compañeros a mi muchacho. Todo el tiempo preguntan por él; pero aquí nunca hace nada, está nomás tumbadote”, y lo calificamos: “candil de fuera y oscuridad en la casa.” En efecto, como decía Napoleón: «No hay hombre grande para su ayudante de cámara”.
- Jesús lo expresa: “nadie es profeta en su tierra”. Para los extraños –la viuda de Sarepta o Naamán, el sirio-, un profeta es impactante y fácilmente se le cree; pero para sus paisanos, Jesús, por ser “ya conocido”, dejó de sorprender y no se le creyó. Por eso no pudo hacer allí ningún milagro, pues éstos sólo pueden ser realizados cuando el posible beneficiado cree en el taumaturgo.
- La gente de Nazaret se desilusionó aún más cuando vio que Jesús no estaba dispuesto a responder a sus expectativas: que se instalara en su pueblo, para que llegase gente de todas partes a ser atendidas por “el curandero de Nazaret”. Sintiéndose despreciados, se llenaron de ira e intentaron despeñarlo… Pero como profeta, Jesús conservaba aún suficiente autoridad de “misterio” ante ellos, y al no atreverse a detenerlo, pudo zafárseles y retirarse de allí.
- Tratemos de conservar ese elemento mistérico y sorpresivo en todas las personas, en especial con quienes nos rodean, y no rutinizar nuestras relaciones. Hemos de mantener la misma admiración respetuosa de los inicios y sorprendernos de sus novedades, pues no basta toda una vida para conocernos. Y para nosotros, confiados en Dios que al elegirnos como profetas nos hizo, como Jeremías, murallas de bronce para mantenernos de pie y proclamar lo que Dios nos diga.
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