C-01 El bautismo de Jesús: SIGNOS EPIFÁNICOS II

Bautismo de Jesús – Dom I Ord (Lc 3, 15-16. 21-22)

  • La Epifanía, como ya dijimos, significa “brillo”, “iluminación”, “manifestación, “revelación”. Ese Jesús de Nazaret, en todo semejante a sus vecinos, fue dado a conocer en su ser profundo, de Mesías, Hijo de Dios. En las iglesias católicas de Oriente, en esta fiesta se celebran todavía tres de estas manifestaciones –la Adoración de los Reyes Magos, el Bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en las bodas de Caná-. En cambio, en las iglesias católicas de Occidente (de Rito Latino), dichas tres epifanías se separan en tres domingos distintos.
  • Juan era hijo de Zacarías, sacerdote levítico de Jerusalén. Estaba, pues, destinado a continuar con la profesión familiar –desempeñar un ministerio reconocido- y podría haber escalado un digno lugar; pero desde joven rompió con esa tradición, salió de la casa y pasó unos años en el desierto. Allí hizo un diagnóstico religioso acerca del Pueblo: éste no había respondido a la misión que Dios le confiara en la Alianza; se había pervertido, y ahora Dios ya estaba cansado. Era la última oportunidad. Ya el hacha estaba puesta a la raíz del árbol…. Eligió un ligar en la ribera del río Jordán, frente a la ciudad de Jericó, y predicaba un bautismo de penitencia. Los baños de purificación por inmersión en agua no eran infrecuentes –los tenían los monjes del Qumram y en el templo de Jerusalén mismo-; pero lo original era que los discípulos se sumergieran en un río, simbolizando que las aguas corrientes se llevaran los pecados (obviamente, este bautismo sólo aparentemente se asemeja al sacramento cristiano, que simboliza y realiza la muerte y resurrección de Jesús). La gente, en vez de seguir yendo al Templo de Jerusalén, prefería visitar al profeta y hacerse bautizar por él. Lo hacían en la ribera oriental, del lado del desierto, y salían del otro lado –justo por dónde, muchos años atrás, el pueblo hebreo había cruzado para entrar en la Tierra Prometida-, y de este modo emulaba un reingreso en la Alianza.
  • No perdamos de vista que Jesús era un ser humano “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”. Parte de nuestra condición humana es la de ser buscadores; de ir a tientas y a oscuras tratando de descubrir una posible misión en la vida. Jesús se sentía llamado por Dios; presentía que quería algo de Él; aunque no tenía muy claro lo que fuera. Después de examinar las distintas corrientes espirituales de su tiempo, percibió que el movimiento desencadenado por su primo Juan representaba la opción espiritual más elevada, y decidió visitarlo y hacerse su discípulo. Se acercó humildemente para ser bautizado, pidiendo a su Padre que le revelara su voluntad, y justo en ese momento “se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: ´Tú eres mi Hijo, el predilecto, en quien me complazco’”.
  • En cualquier “epifanía” es necesario conocer: ¿Quién manifiesta? (siempre es Dios Padre). ¿A quién se manifiesta? (el manifestado es siempre Jesús). ¿Quiénes son los destinatarios de dicha manifestación? (el domingo pasado, los reyes magos, y a través de ellos, a todas las naciones, incluso paganas). ¿Para qué medio o señal se manifiesta? (una estrella). En el caso presente, no parece que los destinatarios de esta manifestación hayan sido las multitudes seguidoras de Juan, pues no se narra ningún cambio en ellas. Parece que los únicos que pudieron escuchar la vez fueron Juan y Jesús (para el resto de la gente, se trató sólo de un rayo). El Espíritu Santo bajó en forma sensible (dice que “algo parecido a una paloma”, que fue esta ave la que quedó plasmado la iconografía) y se posó sobre su cabeza. Esto evoca una especie de “unción”. Jesús, pues, en ese mismo momento fue el Ungido (el Cristo, el Mesías). Cobra conciencia de su ser. Es el Mesías esperado desde siglos, el Hijo de Dios, tiene todo el poder divino en sus manos… Jesús queda anonadado, y quizás por consejo de Juan, se retira al desierto para discernir y poner en claro esta revelación, para poder iniciar su vida pública.
  • Si nosotros nos mantenemos abiertos, como Jesús, dispuestos a hacer la voluntad del Padre sobre nuestra vida, se podrá dar una “epifanía”. Esta vez no se nos revelará por un signo celestial -la estrella o la voz del Cielo- que con toda claridad nos diga lo que tenemos qué hacer. A nosotros nos toca descubrirlo. Serán ahora los “Signos de los Tiempos”, los hechos de la vida, los que pueden ser “leídos” en clave epifánica. Para esto, sintamos que Dios nos dice a cada uno “Tú eres mi hijo, el predilecto, en ti me complazco”. Sentirnos amados por Dios nos interpela a una generosa respuesta. Pero hemos de tener cuidado de no interpretar mal los signos. Se requiere del discernimiento para asegurarnos de que es voz de Dios y no alucinaciones o engaños del Mal. Para ello, conviene “retirarnos al desierto” y clarificar nuestra respuesta.