C-10 LA VIDA Y LA MUERTE

Lc 7, 11-17

  • La muerte es la tala de todo proceso, el término de cualquier aspiración, la barbacana de las ilusiones. Es también la cabal definición de cualquier vida humana (lo que fue: el epitafio). La muerte siempre entristece, pues como negación de vida, significa la pérdida de este supremo bien que nos es dado. Sin embargo, hay personas que reconocen ciertos valores como más importantes que la propia vida, y saben consagrarse a ellos e incluso, ofrendar su vida y su muerte para potenciarlos: es el caso de los héroes, los amantes, los mártires.
  • Hay situaciones en las que la muerte va acompañada de circunstancias más dolorosas que la defunción en sí. En primer lugar, las muertes violentas. Esta modalidad es tal, que en la cosmovisión de los indígenas mesoamericanos la consideran como una especie distinta de muerte. Recordando el film “Macario”, aquellos sabios se siguen imaginando, como antaño, que en una caverna están todas las vidas de los mortales, representadas por sendas velas que arden naturalmente hasta consumirse. Pero también se puede apagar a alguna de ellas de un soplido, y en este caso tenemos una muerte prematura. En las veredas o en las carreteras encontramos algunas cruces en los lugares donde hubo algún muerto por accidente, pues el “espíritu” de esa persona (no el alma) no puede entrar al descanso hasta que no se le cumpla su tiempo preestablecido, y su alma queda “en pena”, vagando en el lugar de su defunción, con la posibilidad de llevarse otra alma para hacerle compañía, de donde poner una cruz, para fijar al “espíritu” en su lugar.
  • Las muertes por homicidio son en México algo tan cotidiano, que hemos terminado por considerarlas algo natural que a cualquiera le puede acaecer. Esto ha hecho bajar la valoración de una vida humana. Lo peor es cuando son las autoridades mismas, las fuerzas del “orden”, que financiamos para que nos protejan, las que ejecutan a ciudadanos y los desaparecen en fosas clandestinas. Son circunstancias agravantes.
  • Aunque la muerte para todos sea un grave infortunio, para un anciano(a) puede representar al menos un descanso, la liberación de la responsabilidad concomitante a la existencia y el término de los sufrimientos. En cambio, la muerte de un joven entristece más, pues se truncan proyectos y expectativas. En otros casos, la muerte puede ser mayor desgracia para los deudos que para el difunto mismo: cuando las consecuencias de este fallecimiento implica el desamparo o el cambio brusco de la situación de otros que dependían de él.
  • Esto fue lo que Jesús intuyó cuando al entrar al poblado de Naim es topó con un cortejo fúnebre. Percibió cómo quedaba aquella pobre mujer viuda y madre del único hijo a quien iba a enterrar: totalmente desamparada dentro de aquella cultura tan fuertemente patriarcal.
  • En esta lectura –como también en la primera– vemos lo Maravilloso en su máxima expresión: la devolución de la vida (que no “resurrección”, pues esta implicaría un cuerpo transfigurado). Son hechos límite que sobrepasan cualquier posibilidad y que no pueden menos que provocar temor, o mejor aún, el pavor que provoca toda presencia sobrenatural –el “Mysterium Tremendum” de Rudolph Otto-, y que, aunque no era lo pretendido, provocó en el caso del hijo de la viuda, un importante reconocimiento. Impactaba, sí, un fenómeno inusitado de poder divino; pero todavía más, impactaba el ser desconocido de Dios: su gran compasión y misericordia.
  • Estando congregada allí mucha gente, todos prorrumpieron en alabanzas, diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”… y la noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y las regiones circunvecinas. Jesús no hace milagros para quebrantar arbitrariamente las leyes naturales, puestas por Dios mismo. Dios respeta estas leyes y no interviene (aunque no deja de sufrir junto con los dolientes o con las víctimas de injusticias). Sin embargo, en el tiempo excepcional de Jesús fue también necesario acreditar que Dios estaba con Él justamente para garantizar la difusión de la fe. Ahora esto ya no es necesario, pues ahora se encomienda a los cristianos que suplan el milagro por otros actos, acaso más maravillosos: los actos de caridad.
  • Un testimonio de esta semana, subido a las redes sociales: Mons. Mar Jacob Muricken, obispo auxiliar de la Diócesis de Palai, India, quien donará su riñón a un joven paria de una casta inferior. Si este testimonio fue publicitado, existen muchos más de católicos anónimos. Sumémonos a ello para provocar ese asombro que causa siempre el sacrificio por otro; el dar (gastar) la vida por otra persona, en nuestra cultura autoritaria y egoísta.

C-09 LA SANACIÓN DEL ROMANO Y EL DIÁLOGO DE RELIGIONES

Lc 7, 1-10

  • Se piensa que los milagros de Jesús son signos de su gran poder divino. Creo que más bien son signos de su gran capacidad de compasión, de donde deriva su capacidad sanadora. Pero para que haya milagro no basta la parte divina. Ésta queda infecunda sin la colaboración humana, que representa la fe.
  • En este texto nos encontramos a la vez, ante una sorprendente capacidad sanadora y ante la sorprendente fe en un pagano. Jesús cura al criado “muy querido” del oficial romano, sin alguno de los recursos conocidos entonces -ni le dio remedios, ni le impuso las manos, ni pronunció fórmulas mágicas-, sino que fue una inusitada curación a distancia. El oficial romano, por su parte, era respetuoso de la cultura del pueblo invadido por su Imperio; le había cobrado cariño: incluso le construyó una sinagoga, es decir, un lugar de culto para una religión que no era la suya. Muestra delicadeza al no querer molestar al maestro, ni exponerlo a una eventual “contaminación” (entrar a casa de un pagano podría acarrear impurezas). Cree y confía en el profeta hebreo, a pesar de no compartir sus creencias, y esa confianza es total: le brinda el reconocimiento de autoridad, pues así como un oficial, con soldados a sus órdenes, puede mandar a alguno de ellos que vaya a alguna parte, Jesús pude también mandar a algún mal espíritu (que según la concepción israelita eran los causantes de enfermedades) a que salga del cuerpo de su amigo. El romano no sólo respeta la religión de los conquistados, sino que comparte su cosmovisión y dialoga con ella.
  • En la primera lectura, Salomón, al dedicar el Templo que acababa de construir, pidió al Señor que a los extranjeros que acudieran allí les concediera cuanto pidieran, para que así pudieran reconocer la grandeza del Dios hebreo. El texto evangélico sería, pues, un ejemplo de tal cumplimiento.
  • En la situación actual de globalización cultural, los pueblos y las culturas se están acercando entre sí, e incluso, las religiones mismas entran en contacto y dialogan. Antiguamente, cuando había poca comunicación entre regiones, las religiones eran “territoriales”, exclusivas de alguna nación. El creyente de cualquiera de estas, estando inmerso en su ambiente cultural, sentía que su cosmovisión y sus costumbres eran parte del sentido común. Si al entrar en contacto con pueblos vecinos aparecía la diversidad, la religión se volvía parte esencial de su identidad y generaba un “etnocentrismo”, considerando que la suya era superior. Ahora, en el pluralismo religioso generado por los contactos frecuentes, se relativizan las identidades y se deriva hacia el diálogo de culturas y religiones.
  • Sin embargo, estamos convencidos que la propuesta de Jesús es para todo el mundo (es “católica”, en el sentido de universal). Sus elementos básicos son susceptibles de ser aceptados, adaptados o reinterpretados por otras religiones. Todas ellas son respetables; pero se potenciarán cuando colaboren en favor de un mundo más unitario, justo y respetuoso, y puedan ser “contagiados” por el Evangelio.
  • El problema estriba en que la profecía está siempre amenazada por la “rutinización”. La necesidad de institucionalizarse para su efectividad la condena a perderse en el formalismo. Esto es su inevitable destino. El proyecto de Jesús requirió de una Iglesia; pero ahora, el aspecto humano de lo institucional está provocando más repulsión que atracción. Quizás sea tiempo de regresar a Jesús, pues su proyecto resulta ahora más atractivo que en su tiempo. La dinámica del Anticristo neoliberal está conduciendo hacia la destrucción irreversible del hábitat ecológico y hacia la muerte por empobrecimiento de grandes sectores, apenas mantenidos a nivel de subsistencia. Pero afortunadamente la utopía sigue siendo un impulso hacia la esperanza, y es posible que diversas religiones extraigan de sus contenidos elementos valiosos para un diálogo: “Así te conocerán y temerán todos los pueblos de la tierra, lo mismo que tu pueblo Israel”.

C-05 MISTERIO ABRUMANTE QUE PREPARA LA ENTREGA

C-05 Lc 5, 1-11

Habiendo lanzado su campaña mesiánica, el paso siguiente en la estrategia de Jesús sería reclutar su equipo central de trabajo. Cada colaborador testimonia su propia llamada. Lucas nos presenta la de los primeros cuatro: los pescadores Simón, Andrés, Santiago y Juan. Los vemos a la orilla del Lago lavando sus redes. Como acontece con los que consideran su trabajo como vocación y no como los simples “ganapanes”, se compenetran en cada paso de la tarea; aunque en esa ocasión, más que a su trabajo, estaban prestándole atención a lo que Jesús, el profeta que ya conocían, estaba enseñando. Había demasiada gente apiñada en torno suyo que le impedían hacerse oír por todos, de modo que Jesús les pidió a los pescadores que le permitiesen subir a una de sus barcas y que la alejasen un poco, y con aquella fuerte voz, predicaba un mensaje fresco y novedoso. Al terminar, les sugirió que pescaran algo. El trabajo de pescadores suele ser tranquilo y reflexivo: estar en medio del agua, a la luz de las estrellas y en silencio para no espantar a los peces, se presta a esa meditación que engendra sabiduría. También es verdad que a veces, como en aquel entonces, hay momentos de frustración: habían pasado toda la noche sin pescar nada. Simón, conocedor del oficio, sabe que entonces no había lugar para expectativas; pero la personalidad de Jesús le ha cautivado y –confiado- en su nombre lanza sus redes… y obtienen tal cantidad de pescados que las dos barcas corren peligro de hundirse. Como expertos pescadores que son, saben que esto no es natural, y se sobrecogen de temor.

  • Simón y sus compañeros se hallan ante el “Mysterium Tremendum”, es decir, esa experiencia de la majestad infinita de Dios que suscita el estremecimiento: el “temor de Dios”. Frente a su excelsa santidad, queda patente la distancia abismal de la propia indignidad de creatura, que ni siquiera podría subsistir por sí misma: “Aléjate de mí, que soy un pobre pecador,” exclamó Simón.
  • Es la misma actitud de la de Isaías, quien ante la sobrecogedora visión de la esplendorosa Gloria de Dios que llenaba la Tierra, que asentado sobre el trono excelso era servido por una pareja de serafines seis veces alados y alabado por miríadas, cuya voz hacía templar las puertas en medio de una gran humareda… La inenarrable visión hizo exclamar al profeta: “¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros… porque he visto con mis propios ojos al Rey y Señor de los ejércitos”… Pero uno de los serafines tranquiliza al profeta, le toca sus labios con un tizón ardiendo: “tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados te son perdonados”… y entonces Dios lo envía a una misión.
  • También Simón y sus compañeros son tranquilizados por Jesús: “No tengan miedo”-, y de modo similar los invita para una misión: -“¿Les gusta pescar, verdad?”-. Cuando Él llama no frustra aquellas satisfacciones más profundas que hasta entonces han dado sentido a nuestra existencia, sino que nos invita a realizarlas desde un nivel más profundo. A Simón, pescador de vocación, lo invita: “Sígueme y te haré pescado de hombres y de mujeres”. Sonaba bien. Toda elección implica renuncia; pero ante aquella promesa, ésta apenas se sentía. Inmediatamente dejando barcas y redes, lo siguieron.
  • Jesús también había echado sus redes y había obtenido buena pesca: sus excelentes colaboradores. Hay que “dejarnos pescar” por Él. Es posible que en algún momento hayamos tenido la sensación de encontrarnos ante el Misterio; la intuición de la grandeza de Dios; de su existencia sublime y de nuestra pequeñez de creatura. Esto es un don del Espíritu, el “Temor de Dios”, que no es “tenerle miedo a Dios”, sino el presentir lo excelso de su divinidad. Ante esta intuición, reconocemos la relatividad de nuestra existencia, pues sabemos que ella depende de Dios. Sobrecogidos, escuchamos que Jesús nos pregunta: “¿estás dispuesto a entregar tu vida para la misma causa que la entregué yo?” Sabemos que no nos queda sino entregarnos a su voluntad. Lo hacemos confiados en que no frustrará nuestros anhelos más profundos, sino que nuestra vida encontrará su finalidad y su sentido al aceptar su invitación.