Jn 8, 1-11
- Esta semana acabamos de conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Desde hace décadas, el movimiento feminista ha estado presionando para modificar la cultura de género, prevalente desde mucho tiempo atrás. Hemos cobrado conciencia de lo injusto que es un trato igualitario entre desiguales, y que la diferenciación no habría de implicar desigualdad de oportunidades, antes bien, adecuarlas a dichas diferencias.
- Una actitud inaceptable hoy es la llamada “doble moral”: aplicar criterios éticos desiguales a géneros diferentes en acciones que no son exclusivas de uno de los géneros. Si un varón flirtea con una mujer que no es su esposa, “echa una cana al aire”; pero si una mujer conversa con otro varón, es tildada de “puta”. Si un muchacho sale a tomar con sus “cuates” y llega algo tarde, tiene una leve reprensión; pero si una muchacha sale a tomar con sus amigas y llega algo tarde… la que le arma…
- Un ejemplo lo tenemos en el caso del aborto. Es frecuente sobreentender que la culpable (o al menos la principal culpable) es la mujer, sobre quien pesa su reserva para ser absuelta. Sin embargo, por lo general siempre hay varones implicados, con acaso mayor responsabilidad. Expresiones, hechas acaso a la ligera, ejercen presiones determinantes –“Si un día sales con tu chistecito, te largas y no vuelves a poner un pie en esta casa”; “Ese es tu problema. Yo te advertí que te cuidaras. A lo más de doy alguna lana para ayudarte a que te ‘cures´”–. La muchacha, aturdida y atemorizada, es la que no sólo carga con los riesgos de una horrenda intervención, sino también con la carga de la culpa.
- Otro ejemplo es el adulterio. Todavía hoy, en la región de Medio Oriente, se condena con la lapidación a las mujeres que abortan. Hace unos 15 años, el Internet difundió una campaña recogiendo firmas para salvar a Amina, mujer nigeriana sorprendida en adulterio. Según la Ley del “Sharia”, se enterraba a la mujer hasta el busto, y los varones le lanzaban piedras, ni demasiado pequeñas, ni demasiado grandes, hasta que moría. Sin embargo, no se procedía igual si el adúltero era varón, a lo más lo reprenden.
- Jesús protagonizó uno de estos casos. En cierta ocasión, se encuentra sentado enseñando (tal como usaban los maestros), cuando, en un alboroto, un grupo de rabiosos varones, entre los cuales, algunos escribas y fariseos, le traen arrastrando a una pobre mujer, a quien sorprendieron en flagrante adulterio. La ira de estos celosos de la moralidad, no impedía traslucir cierto destello de alegría: al colocar a la mujer en el centro del círculo de discípulos y del profeta: “Moisés nos manda en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”. La trampa era clara, pues cualquier cosa que Jesús respondiera podría ser utilizada en contra suya. Si dijera: “Bueno, si esto dice la Ley: ¡procedan!”, quedaría desacreditada su conocida compasión. Pero si intercediera por su perdón, le acusaría de promover la desobediencia a la Ley.
- Me parece que la descripción de la escena supone en Jesús sentimientos de indignación y de asco. La disposición de llevar a la muerte a una pobre infeliz, sólo para comprometer al profeta, le parecía de lo más indigno. Jesús sigue sentado y garabatea en la tierra, sin alzar la vista. Antes se decía de que Jesús estaba escribiendo los pecados de los acusadores. No pasa de ser una suposición. Más me parece una postura de vergüenza ajena. Por eso tiene la mirada clavada en el piso, sin mirarlos a los ojos, y cuando los levanta, es para retarlos: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra.”… Luego, vuelve a agacharse y seguir garabateando. La tensión es expectante. La muchacha está templando de miedo. Al confrontarlos con la observancia religiosa de la Torá, los más viejos sienten cierta molestia de prestarse a aquel ignominioso juego. ¿Quién podría decir, sin mentir, que no había trasgredido recientemente alguno de los 640 preceptos rituales? … y poco a poco, todos fueron dejando sus piedritas y se escabulleron. Cuando Jesús levantó la vista, se encontraba a solas con la mujer (los discípulos también habían partido). “Mujer, ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado? Ella responde: “Nadie, Señor”. “Tampoco yo te condeno –le dice Jesús- Vete y ya no vuelvas a pecar”.
- La mujer llora. Temía morir víctima de la hipócrita moral social. Jesús la liberó del linchamiento y también la liberó del sentimiento de culpa. Pero no desdeña la falta: la perdona. Ante la misericordia de Jesús, la mujer ahora llora, no tanto por el desproporcionado castigo que se le iba a aplicar, sino por haber realizado una acción que contrariaba su proyecto de genuino amor. La conciencia de pecado y el consecuente propósito de enmienda son premisas para su perdón.
- El fragmento de este evangelio nos ayuda a tomar conciencia de prácticas que todavía hoy siguen manteniendo a las mujeres en condición de subalternidad. Percibir y cambiar estas prácticas culturales con las que a veces nos beneficiamos contribuyen a modificar relaciones culturales entre los géneros. Ni trato igual a los que son diferentes (v.gr., reconocer que las mujeres con hijos recién nacidos tienen derecho a ciertos tiempos de interrupción de su trabajo); ni trato diferente a los que son iguales (v.gr., pagar menor salario a mujeres que realizan las mismas tareas que los varones). No debe haber “doble moral”, sino una moral diversificada.
- Una obra de misericordia es la solidaridad con el estigmatizado social, que contagia el señalamiento a quien ayuda al vituperado. Aquellos varones que toman partido por las mujeres golpeadas, discriminadas, escarnecidas en nombre de un supuesto “machismo”, y que luego son también objeto de burla por su “poca hombría”, por una especie de traición a su propio género. En cambio, “arrojar la primera (o última) piedra” es complicidad con el crimen, cuando con nuestro silencio o pasividad permitimos una injusticia colectiva.
- La comprensión de Jesús alienta nuestra conversión cuaresmal, sabiendo que Él comprende nuestra personal situación; aunque a veces sea reprobada socialmente.
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