C-18 LAS RIQUEZAS

Lc 12, 13-21

  • El ansia de riqueza es una de las mayores motivaciones de la humanidad así como una de las principales causas de los problemas que nos aquejan. Aunque siempre ha existido, en los tiempos antiguos se realizaba mediante la acumulación de bienes; mientras que ahora, más que bienes acumulados, la economía financiera se realiza mediante derivados financieros, mercado de dinero, transacciones de control, de lo que se llama “economía de casino”, en la que ni el dinero ni los bienes se ven; pero que corren virtualmente, y los “bienes” del consumismo a veces son “experiencias de realización” (tales como los viajes). La finalidad, empero, sigue siendo la misma: buscar la maximalización de la ganancia.
  • La concentración de la riqueza ha llegado a límites hasta hace poco inimaginables: que el 1% de la población mundial controla el 99% de la riqueza globalmente producida; que el capital de las 63 personas más ricas equivalga a más de la mitad de la población mundial; que en México, el 0.18% de la población concentra la mitad de la riqueza nacional, y que haya 10 mexicanos que tengan 133 mmdd.
  • La actitud acumulativa revela primeramente su INSENSATEZ, pues después de cierto nivel de bienes poseídos ya no es posible añadir más para una vida confortable, hedonista y placentera. Revela también su CARÁCTER ILUSORIO, pues supone que el tener todas aquellas mercancías que ofrece la publicidad sea la vía para la felicidad. La avaricia, además –dice San Pablo en la segunda lectura-, “es una forma de idolatría”. Revela su FALTA DE ÉTICA: La ambición es fuente de otras actitudes pecaminosas, como la vanidad, la soberbia, la insensibilidad, la envidia. Pero sobre todo, comporta INJUSTICIA: la otra cara de la riqueza aberrante es la pobreza mundial. Los números estadísticos varían; pero digamos que la mitad de los habitantes del Planeta son pobres, de los cuales, hay unos mil millones en extrema pobreza (en México, el 55% es considerado pobre). Con la riqueza mundialmente producida, nadie tendría por qué pasar hambre o quedarse sin satisfacer sus necesidades básicas. Por eso, los antiguos Santos Padres dejaron escrito que “nadie tiene derecho de gozar de lo superfluo, mientras haya quien carezca de lo necesario”. Amontonar bienes conduce a ACTITUDES OPRESIVAS, ya que implica poder, que muchas veces se obtiene mediante la violencia y la expoliación. Por último, el principio de maximalizar la ganancia está conduciendo a la DESTRUCCIÓN DE LOS RECURSOS MUNDIALES y afectar el medio ambiente, al punto de poner en peligro la sobrevivencia misma de la especie humana.
  • Jesús lo expresa claramente con aquel terrateniente que obtiene cosechas abundantes, y que haciendo planes para ver dónde puede almacenarlas, muere esa misma noche. Todos moriremos algún día, y no nos llevaremos ninguna riqueza, obtenida muchas veces mediante la austeridad avariciosa. Una justificación del rico es pensar que está dejando un patrimonio para sus descendientes. Esto también es “ilusorio y gran desventura”, pues como denuncia el libro del Cohelet, en la primera lectura, “Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo a otro que no lo trabajó”. Todos sabemos de jóvenes que derrochan frívolamente la herencia de sus padres, pues ya que no lo trabajaron, no aprecian el valor de trabajo que tal formar tal capital comportó. Además, los progenitores, pensando heredarles a sus descendientes un gran patrimonio, muchas veces dividen a los hijos mismos, pues es casi imposible agradar a todos (el 80% de los testamentos son impugnados por los descendientes). La mejor herencia para los hijos es el ejemplo de una vida virtuosa, dejarles una educación para la solidaridad y y proporcionarles herramientas para que ellos, con su propio esfuerzo, se realicen mejor que sus padres. Por esto Jesús no quiso ser juez en la repartición de herencias.
  • Esto es lo que habría que enseñar a las nuevas generaciones, y no una “reforma educativa” que sólo estimula la competencia y la inserción en el Mercado. Una buena herencia a los que vienen es una educación en los valores, en el civismo, en la conciencia de nuestra historia y nuestra idiosincrasia, en la conciencia crítica.
  • Lo sabio entonces, no es “amontonar riquezas para sí mismos”, sino “hacerse rico de lo que vale ante Dios”. Jesús exigía a sus seguidores cercanos la renuncia total de los bienes, pues en esos momentos trataba de ir realizando ya la nueva familia: sus discípulos entonces recuperaban en la Comunidad aquellos bienes que les hacía falta. Ahora esto ya no es posible; pero en nuestro memento histórico sí podemos ir renunciando a adquirir bienes innecesarios simplemente por la presión de la publicidad consumista; sí podemos dar pasos adelante hacia una economía solidaria y trabajar por cambios estructurales. Aprovechar los recursos, materiales, intelectuales y relacionales, para trabajar, todos por igual, por una sociedad más igualitaria. De esta forma, “con las riquezas de iniquidad” nos podemos ir haciendo amigos de los pobres, y ellos nos recibirán un día en el Reino de los Cielos.

C-17 CUANDO HAYA QUÉ PEDIR

Lc, 11, 1-13

  • En la vida social, por nuestra condición de interdependientes, frecuentemente necesitamos de otros. La autosuficiencia, aparte de ser una ilusión, responde a actitudes de soberbia -no hay nadie tan rico que no tenga que pedir alguna vez, y no hay nadie tan pobre que no pueda dar alguna vez-. En sí mismo, el pedir no humilla; aunque hay que saber cómo hacerlo.
  • Nuestro ser de creatura nos coloca en situaciones de precariedad en varios aspectos, y es lo que justifica nuestra necesidad de dirigirnos a Dios, reconociéndole su disposición de atendernos dados su inmenso poder y bondad.
  • Sin embargo, hay que hacer algunas precisiones:
    • Dios no es un proveedor ilimitado; ni podemos recurrir a Él para conseguir cualquier cosa que deseemos; ni su poder se manifestará quebrantando las leyes naturales que Él mismo fijó y contando con el inevitable azar (el mundo sería un caos sin regularidades). Dios no es un titiritero que mueva a su capricho sus piezas, y sería absurdo pretender chantajearlo ofreciéndole algo a cambio (¿qué podríamos darle que lo beneficiara a Él?). Un ejemplo de esto es el regateo que hace Abraham intercediendo por la pecadora Sodoma.
    • Por otra parte, Dios conoce mejor que nosotros mismos lo que necesitamos (no tenemos que indicarle lo que nos debe dar), y sufre con nosotros nuestra precariedad y vulnerabilidad de creaturas. Esto nos lleva a precisar lo que podemos pedir y podemos esperar.
    • La oración del “Padre nuestro” nos proporciona los contenidos de nuestras peticiones. Parte del reconocimiento de la Gloria de Dios, que se manifiesta en un proyecto central para nosotros. El núcleo central de nuestras peticiones es cabalmente, que nos permita sintonizar nuestra voluntad con la suya, concretizada con el ideal formulado por Jesús –el “Reino de Dios”, que será a la vez, don suyo y conquista de nuestra lucha. Pedimos en plural la satisfacción de nuestras necesidades (el pan nuestro) -que también es don y conquista-, y pedimos el perdón, condicionado al que nosotros demos a nuestros agresores, y que nos mantenga libres de mal.
    • Para ello, nos exige una actitud permanente y atenta hacia su presencia eficaz –insistencia en la petición (pedir los tres panes a una hora inoportuna), no para ablandarlo, que no es necesario, sino para nosotros, mantener “la presencia de Dios”.
    • Una petición confiada, pues no nos dará lo que no nos convenga: ni dará serpiente si pedimos pescado, o alacrán si pedimos huevo; pero tampoco nos dará algo que nos perjudique (como la niña que pida a su madre el cuchillo de la cocina para jugar con su hermanita).
    • La oración de petición puede fomentar actitudes pasivas: atenernos a que todo nos venga de Dios, conformándonos con hacerle “mandas” para moverlo. Pero el texto más bien espera de nosotros actitudes activas: “A Dios rogando, y con el mazo dando”. Buscar con ansia y método; tocan insistentemente; pedir con sabiduría. Como los padres de los 43 y todos los familiares de desaparecidos, que tocan puertas, buscan sin desesperar y piden y exigen investigaciones.
  • La mayoría de nuestras oraciones son de petición, debido a nuestra situación precaria. Dios no las necesita para atendernos, ni nuestras súplicas mueven su corazón. La constancia en la oración es más bien para nosotros: mantener una actitud de confianza hacia nuestro Padre Dios. Mantengámonos sintonizados con Él y más bien escuchémoslo a Él, para ver si no nos está pidiendo algo a nosotros.

c-16 LA ATENCIÓN Y LAS ATENCIONES

Lc 10, 38-42

  • Dicen que los mexicanos somos buenos anfitriones. Serlo es todo un arte. En nuestros pueblos, todavía se conserva esa tradición. Te reciben en sus casas y te colman de atenciones: cuarto muy arregladito, comida con los antojos locales, sábanas calentadas, botanas o colaciones entre comidas, paseos programados… A veces llegan a hostigar un poco con tantas atenciones, pues nos sentimos con poca libertad. En cambio, en las ciudades actuales, el hospedaje que se está imponiendo ahora es “siéntete como en tu casa. Nosotros salimos a trabajar, tú tienes las llaves, aquí está el refrigerador, la cafetera, cómo se enciende el calentador… y el sábado salimos a comer fuera, de paseo”. Son dos estilos de acogida; pero a veces a lo que fue el huésped es a visitar a conversar con sus amigos y lo que espera es que le presten un poco de atención.
  • Esto lo podemos ver en nuestras lecturas de hoy. En la primera, vemos a Abraham descansando fuera de su tienda de campaña, a la sombrita en un pequeño oasis del desierto a la hora de mayor calor. Se le acercan tres caminantes, que dada la dureza de aquella naturaleza van siempre necesitados, por lo que el hospedaje se vuelve un imperativo. Abraham los acoge y les proporciona las mejores atenciones que puede: agua para refrescar su cuerpo, prepara pan, mata un ternero y lo acompaña de leche y requesón… en fin, se muestra como excelente anfitrión, y al ponerles atención, descubre que –como siempre- Dios está en el necesitado.
  • Igualmente en el texto evangélico. Jesús, cerca de Jerusalén, va a hospedarse a una villa cercana -Betania- con una familia amiga: dos hermanas, cuyo recibimiento ejemplifica sendas formas de ser anfitrionas. Marta, la mayor, se preocupaba por darle a Jesús las mayores atenciones posibles: se la veía en todas partes, preparando los alimentos, el cuarto, el arreglo de la mesa… Entre tanto, María, la menor, se encontraba a los pies del Maestro, prestándole toda su atención. En cierto momento, con un enojo contenido, le llama la atención… ¡al huésped! y lo corrige no sin cierto autoritarismo: “Señor: ¿no te has dado cuenta [¿qué, no pones atención?] que María me ha dejado sola con todo el quehacer? [y le ordena] ¡Dile que me ayude!”.
  • Al quedarse en aquella casa, Jesús sólo quería descansar y compartir su pasión evangelizadora con alguien capaz de comprenderlo. No buscaba “atenciones”, sino “atención”. Había encontrado en María unos oídos atentos y una magnífica interlocutora. “¡Marta, Marta!: muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte, [y advierte con energía] y ¡nadie se la quitará!
  • Algunos han visto en este episodio la contraposición entre dos “vías” para acercarse a Dios: la “vía activa”, del apostolado, las obras, y la “vía” contemplativa. Quizás esta distinción en la práctica no sea tan pronunciada. Jesús está consagrado plenamente a su misión y nunca se distrae de ella, por lo que en aquella conversación va afinando su campaña. Al mismo tiempo, mientras va de camino, es un contemplativo en la acción y presta atención a los detalles, aún insignificantes: las florecillas, los pájaros, el sembrador, el pastorcillo… Pero en la escena sí hay cierta crítica al activismo religioso. En nuestro tiempo, llevamos la vida a un ritmo frenético, “muchas cosas nos preocupan e inquietan”, empezando con los traslados y las tecnologías de comunicación. La “rapidización” denunciada por el Papa Francisco. En medio de tanto ajetreo, es importante replegarnos con frecuencia y estar “a los pies del maestro” en actitud de contemplación y escucha, justamente para reorientar nuestra actividad (un huésped es magnífica ocasión para escucharlo y aprender de él). Pero es igualmente importante desplegar nuestras actividades en servicio de los más necesitados, y trabajar y fatigarnos, pues en la acción misma podemos también ser contemplativos y descubrir en ellos el rostro de Jesús.