C-21 LA IGLESIA COMO MANICOMIO

Lc 13, 22-30

  • Ante una pregunta de curiosidad intrascendente –“¿Es verdad que son pocos los que se salvan?”- Jesús nos alienta a “entrar por la puerta, que es angosta”. No creo que se refiera a una salvación transmundana del “alma”: quizás, dada su infinita misericordia y compasión, Dios comprenda a tantos que por debilidad, ignorancia o inconsciencia, cometan faltas, muchas veces por omisión. La perícopa[1] parece responder a esa interpretación que tenían muchos israelitas sobre la Alianza o pacto que Dios había hecho con el pueblo “elegido”: bastaba que cumplieran los minuciosos preceptos rituales y confesaran el monoteísmo de Yahvé, para salvarse.
  • Así se comprende la imagen evocada por Jesús, de aquellas personas desconsoladas que tocan la puerta para que les dejen entrar al banquete de bodas, alegando una supuesta familiaridad amistosa –“¡Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas!”-; pero que el dueño de la casa, al término del banquete, los desconoce y los deja afuera. Jesús hace una denuncia a aquellos israelitas que alegando una especie de “derecho de salvación”, vivían confiados, con una religiosidad formal y legalista, indiferentes a la suerte de los sufrientes y con pocas implicaciones éticas para la vida cotidiana. Defraudados en sus vanas expectativas, veían, en cambio, abrirse las puertas del convite “a muchos de oriente y poniente, del norte y sur” -es decir, a los despreciables “perros paganos”-, de modo que “los últimos serían los primeros, y los primeros, los últimos”.
  • El ejemplo de lo sucedido a Israel, El “pueblo elegido”, nos alerta sobre concepciones facilonas de salvación: La Iglesia es ahora el nuevo “Pueblo de Dios”, es decir, el instrumento elegido por el Espíritu, su “aliado”, para llevar a cabo la misión del Padre –la construcción de una fraternidad universal; de un proyecto global de armonía, justicia, paz y libertad-. Sin embargo, suelen generarse actitudes similares a la del pueblo israelita: pensar que tenemos una especie de salvación asegurada, por la misma pertenencia de pueblo. No hace mucho se creía en el apogtema:[2] “extra ecclesia nulla salus” (“fuera de la Iglesia no hay salvación”), con el cual, no sólo se mandaba al infierno a todos los budistas, los musulmanes, hinduistas, las religiones animistas (por supuesto, a los “infames” judíos), a los antiguos mayas, aztecas, e incluso a cristianos de otras denominaciones (evangélicos, Testigos de Jehová, mormones y demás), y se da por supuesto a todos los ateos. Bastaría, por tanto, estar bautizados, casados por la Iglesia, morir “extremaunciados”… y evitar los pecados de índole sexual. Pero ya que dicha moral (la sexual, las inasistencia a misas y acaso los problemas de convivencia) no siempre es fácil, se tienen otros recursos supletorios garantizados: morir teniendo puesto el escapulario de El Carmen, haber comulgado consecutivamente durante nueve primeros viernes de mes, etc.[3]
  • Ante esto, no podemos desdeñar la advertencia de Jesús, de “entrar por la puerta, que es angosta”, es decir, la pertenencia al Reino de Dios se consigue con la total entrega al proyecto del Padre: la construcción de dicho ideal, de otro mundo posible (no en el sentido de un mundo ultraterrenal, sino de organizar este nuestro mundo de otra manera novedosa). Y en esta tarea, lamentamos que no nos acompañen muchos cristianos (piadosos, honestos, castos…); pero indiferentes a la suerte de las mayorías empobrecidas. Quizás escuchen a Jesús que les diga “No los conozco”, y responderán “¿cómo que no me conoces? Yo soy aquella anciana de la primera banca que nunca faltaba a las misas de entre semana, ni a los rosarios”… Y en cambio veremos, con gusto, que nos acompañamos en estas luchas, codo con codo, con “gente de oriente y occidente, de norte y sur”, de otras religiones, e incluso de ateos. Pues con la Iglesia sucede como en los manicomios, que “ni están todos los que son, ni son todos los que están”.
  1.  Perícopa (del griego περικοπη, pericopé, «corte») la denominación de cada uno de los pasajes de la Biblia que han adquirido gran notoriedad por leerse en determinadas ocasiones del culto religioso.
  2. Apogtema: frase o sentencia breve en la cual se expresa un pensamiento o enseñanza.
  3. Los claretianos, la “promesa consoladora”, de morir dentro del Instituto.

C-20 EL INCENDIARIO

Lc 12, 49-53

  • En el conflicto que estamos viviendo él se juega la educación de las próximas generaciones y el tipo de ciudadano que se espera. Los contendientes son:
    1. La CNTE, sindicato disidente con fuerza en las regiones de mayor número de indígenas y de mayor pobreza en el país. Se trata de maestros que trabajan en condiciones precarias, los cuales se quejan de la forma de evaluació0n a la que fueron sometidos y que produjo, entre otras cosas, e despido de 30,000 maestros. Protestan por no haber sido tomados en cuenta en la formulación de la ley. Denuncian que la Iniciativa Privada intenta controlar la educación del país en aras de formar trabajadores sumisos y técnicos para trasnacionales, aparte de oportunidades de negocios privados. Proponen un modelo educativo alternativo que contenga valores cívicos, reforzando la historia, la filosofía, el civismo, y que sea adaptable a la diversidad regional. Su lucha ha recabado apoyos y simpatías de buen parte de la sociedad; aunque sus tácticas de lucha (bloqueo de carreteras) han incomodado a muchos ciudadanos y ocasionado pérdidas económicas.
    2. El Gobierno, que apostó a sus Reformas Estructurales, entre las cuales, la educativa es nuclear. La SEP, pretextando recuperar el control educativo (una parte del cual fue cedido al sindicato oficial), se lanza contra un magisterio mal preparado –dicen-, faltista y rebelde. Controla, además, los principales medios de comunicación. La innecesaria matanza de Nochixtlán provocó fuerte enojo en la población.
    3. Un grupo de empresarios que dicen pretenciosamente representar a todos los mexicanos, y que –según dicen- buscan mejorar la educación del país, presiona a la SEP para el cumplimiento de una Reforma Educativa que ha evidenciado sus fallas.

La polarización de ambas posiciones dificulta una salida negociada, y hay presiones para el recurso de la represión y la fuerza, que a nadie beneficia. La salida que deseamos muchos ciudadanos es mediante un diálogo de apertura, escucha y negociación.

  • Los conflictos son inevitables en cualquier medio social. No siempre son negativos. A veces dinamizan la vida social, sacudiendo aquellas inercias a las que tiende la vida institucionalizada. Muchos conflictos han permitido avanzar a las sociedades; pero muchas veces se degeneran hacia formas violentas, con la eliminación de alguno de los adversarios, con costos sociales demasiado onerosos y que provocan mucho dolor. Todo conflicto mantiene una curva, desde su inicio, su punto álgido y su desenlace. Éste puede darse mediante la victoria de una parte y la derrota de la otra, o bien, mediante una solución negociada que evite daños. Algunos conflictos provienen de malentendidos, los cuales se solucionan redefiniendo significados y evitando suposiciones. Hay conflictos parciales que a veces agrandamos; los principales son aquellos que afectan a la sociedad entera, en el que se enfrentan proyectos antagónicos.
  • ¿Puede un cristiano tener enemigos? La pregunta no es baladí ni impertinente, pues se hay una opinión muy difundida que piensa que a un cristiano le compete buscar siempre la unidad y no la división, pues Jesús vino a traer la paz en la tierra. Un buen cristiano –se piensa- tiene que estar bien con todos y responder siempre con paciencia ante las agresiones. Sin embargo, Jesús sí tuvo enemigos… y de los más poderosos (la teocracia judía, el imperio romano, la oligarquía herodiana). Entonces, tenemos que hacer algunas precisiones:
  • Cuando Jesús llegó a la tierra, encontró su nación dividida y confrontada. El poder (romano o judío) sometía a las grandes mayorías a doloroso empobrecimiento, utilizando la fuerza de la dominación, produciendo víctimas en sangre, sudor y lágrimas. Hablar de paz y de unidad en ese contexto implicaba confrontar la injusticia y la violencia estructural. Por supuesto invita a todos (ricos y pobres) a sumarse a su proyecto de amor universal; pero esto sólo puede realizarse en un clima de justicia, paz, libertad y verdad. Los poderosos defenderán entonces sus privilegios y no se apiadarán de aquellos que pretendan quitárselos. La paz no es la mera ausencia de conflictos, y la unidad no se logra cediendo derechos propios, pues como dijo nuestro Benemérito Benito Juárez, “El respeto al derecho ajeno es la paz”.
  • El poder controla siempre los aparatos ideológicos. En el conflicto magisterial, los principales medios de comunicación difunden una imagen tendenciosa y demasiado negativa de los maestros. En el caso de Palestina, dicha deformación ideológica se daba mediante la tergiversación de las Escrituras y del culto. Lograban que mucha gente –incluso también empobrecida-, por su poca conciencia crítica, por pequeñas ambiciones, por miedo a perder lo poquito de tienen, por no meterse en problemas, por ignorancia o por lo que sea, creían tales distorsiones y asumían el proyecto de la minoría dominante. En ese sentido, advierte Jesús que su proyecto atravesaría las familias mismas, divididiendo “tres contra dos y dos contra tres” (“el padre contra hijo y el hijo contra padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”).
  • Tales serán las consecuencias al pretender implementar otra forma de convivencia en la paz y en el amor. Son los costos inevitables de un cambio de situación cimentada en la injusticia. Esto no implica, empero, ceder a la tentación de la violencia, pues este modelo sólo puede ser eficaz cuando sus partidarios aprendan a “amar a sus enemigos como se aman a sí mismos”
  • Una mala teología nos presenta a un Cristo apaciguador de cualquier intento subversivo; un Cristo que sostiene el aparato de poder, un Cristo que invita a un servilismo abyecto o a la enajenación de ciertas formas de piedad que eludan las problemáticas, funjan como refugio en imposibles neutralidades o escapismo en la indiferencia ante el sufrimiento de las víctimas.
  • En cambio, Jesús confiesa abiertamente: “He venido a traer fuego en la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!”. Pero ante Jesús, el incendiario, se suele contraponer un Cristo-bombero.

C-19 ¡ALERTA!

Lc 12, 32-48

  • Parte de nuestra condición humana es la tendencia a vivir en la enajenación de la semiconciencia. Mucha gente realiza sus ocupaciones habituales por rutina, distraídos en tantas impresiones, rumiando recuerdos, tarareando mentalmente canciones insulsas o escuchándolas en nuestros audífonos, pendientes del último estúpido meme del Facebook; buscando pokemones mientras se conduce el auto… Se dice que habitualmente, el 90% del tiempo lo pasamos en un “stand-by” perpetuo. El fenomenólogo que mejor ha descrito esto es Martín Heidegger: según él, esta tendencia se debe a nuestra resistencia para vivir enfrentados a nuestra propia muerte, y para evitarlo, “andamos de aquí para allá, curioseándolo todo”
  • Vivir la vida en plena conciencia es prestar atención a lo que estamos haciendo. Leemos en un antiguo koan budista, que un discípulo preguntó a su maestro zen acerca del secreto de su sabiduría, y que el anciano respondió con este consejo: -¡Cuando comas, come; cuando duermas, duerme!” –maestro –respondió el discípulo-, eso lo hace todo el mundo. -¡No! –respondió el maestro-, la mayoría, cuando come, piensa, y cuando duerme, sueña. Por eso, Aldos Houxley en su novela “La Isla”, imagina un pájaro parlante que continuamente va repitiendo “Be here, now”, “¡Vive en el aquí y el ahora!” “Haz lo que estás haciendo”, prestando atención plena.
  • “¡Alerta!”, es una antigua palabra en desuso: en cualquier fortaleza hay siempre un centinela en vela, atento para percibir, en la oscuridad de la noche, el menor ruido o algunas lucesillas encubiertas… y si colige que se trata de algún enemigo embozado que pretenda sorprender… da el toque de “¡Alerta!”
  • De la videoteca de Jesús extraemos tres imágenes. En la primera, un antiguo criado visita a su expatrón y le confía lo que escuchó en la cantina -el viernes por la noche algunos malhechores piensan meterse a su casa-, y le recomienda que no diga a nadie que él se lo contó. Ese día, el paterfilias invita a unos amigos y a un policía, y se quedan en la casa, a oscuras y en silencio. A la madrugada, un silencioso forcejeo en la ventana y entran unas sombras. En eso, se encienden las luces y -¡Sorpresa te da la vida! ¡La vida te da sorpresas!-.
  • En la otra imagen, el paterfamilias regresa a su casa de una boda. Las buenas bodas de aquel tiempo solían durar hasta dos o tres días. No importaba, pues el viejo criado fiel estaba advertido. Una leve llamada a la puerta y se escucha el chancleteo del servidor, que después de cerciorarse que se trata del patrón, quita la tranca de la puerta y lo recibe con el candil en mano. El hombre encuentra la chimenea encendida, las pantuflas junto al sillón preferido y el café en la estufa esperando ser encendido en cualquier momento. ¡Todo en orden!
  • Pero en cambio, la tercera imagen hace referencia al paterfamilias que se fue de viaje, habiéndole encargado la casa al nuevo mayordomo. Después de llamar varias veces -¡por fin!- le abre un criado amodorrado, medio tomado. Encuentra la casa en completo desorden, dos borrachos desconocidos roncan tumbados en los sillones, la puerta de la alacena abierta y restos de longanizas y del vino. Más tarde vendrán las quejas de las criadas que fueron molestadas. Obviamente vendrán los castigos…
  • “Kayrós” es una palabra griega empleada en la teología bíblica para describir ciclos, tiempos, momentos trascendentes… “Kayrós” nos invita a “salir un poco de la autopista de nuestra vida, pisar el freno y a sentirnos un poco más ‘peregrinos´, en contacto con las maravillas que nos rodean, de las que somos parte y generalmente no nos tomamos el tiempo de apreciar”.
  • Estar atentos, vigilantes, fue la actitud que encargó Moisés a los hebreos la noche de su liberación. Debían tener todo listo, esperando la señal para salir de inmediato. Ya habían marcado la puerta con sangre del cordero, de modo que cuando el Ángel exterminador (acaso colectivo) entrara a las casas egipcias no marcadas (en todas esas casas había esclavos hebreos que pudieron quitar trancas de las puertas), estuvieron atentos al “paso” del Señor.
  • Aunque el Señor siempre está siempre presente, en algunas circunstancias llega cargado de Gracia. Por eso, un cristiano conciente está atento a los “Signos de los Tiempos” –serie de eventos significantes que indican el rumbo hacia donde el Espíritu guía la historia, en conexión con el proyecto de Dios conforme al Evangelio. Nos hace despertar y mantenernos vigilantes, escudriñando, cual centinela en su atalaya, para estar dispuestos a responder a dicha interpelación.
  • Es también nuestra atención prestada a la “presencia de Dios”, custodiando el Misterio de su existencia, en soberana majestad, desde nuestra pequeñez de creatura. Es la preparación habitual de nuestra muerte: En un momento de descanso, unos labradores charlan bajo la sombra de los árboles para tomar su almuerzo. “¿Ustedes qué harían si supieran que habrían de morir mañana?” –pregunta uno de ellos-, y los demás van respondiendo: haría mi testamento, viajaría a la ciudad a conocerla, hablaría con mi hijo diciéndole lo que siempre quise y no me atreví, etc. –¿Y tú, Isidro, qué harías?- y responde el santo –Seguiría labrando-. Se encontraba siempre preparado. ¿Pero ya para qué seguir labrando la tierra, si no vas a disfrutar la cosecha? No importa. Otro la aprovechará. Seguir haciendo lo que se está haciendo, con plena conciencia y pleno sentido.
  • La vida moderna nos proporciona múltiples distractores que obstaculizan vivir vigilantes, prestando atención a lo que es verdaderamente importante en la vida. Hemos de tratar liberarnos de tales impedimentos y vivir la vida con mayor atención, al Dios que existe y sale siempre a nuestro encuentro; al paso del Señor por la historia, atentos siempre a indagar lo que Él quiera de nosotros. No sea que pase de largo y desaprovechemos esos momentos trascendentes que pudieran haber marcado hitos en nuestra existencia, sacándonos del aletargamiento, dedicados a “comer, beber y emborracharse, como los malos servidores.