Pascua 2020: Desesperanza y reconforte

  • Recordaremos la Pascua del 2020 por la prolongada reclusión. Para algunos fue ocasión de crecimiento y espiritualidad; pero otros la vivieron en la frustración, depresión o desesperanza. La desesperanza está ahora muy extendida, viendo el poco tiempo que nos queda para enmendar el rumbo de nuestros modelos y estilos de vida: la viabilidad de nuestro Planeta –o al menos de la sobrevivencia de la especie humana en él- se haya gravemente amenazada. El poder de dominación, gracias a la tecnología, es casi todopoderoso y la clase hegemónica mundial parece ciega, incluso respecto a sus propios nietos. Para alentar los rescoldos de nuestra esperanza nos vendrá bien recordar el episodio que nos narra el Evangelio de hoy.
  • La escena nos muestra a dos caminantes, recorriendo la calzada que va de Jerusalén -lugar donde habían iniciado sus sueños- hacia Emaús -lugar del crudo despertar-. Emaús era un antiguo pueblo que contaba ya con interesante historia, pues hacia el año 165 AC los Macabeos vencieron allí a Gorgias, general invasor del ejército seléucida. Dos ciudades reivindican el nombre original del relato: una es la ciudad hebrea Hammat, que en árabe derivaría en Imaús (“primavera templada”), situada a 11 Kms de Jerusalén. La otra es “Amwas”, que aunque estaba situada a 30 kms, cuenta con mayor respaldo en la tradición (incluso es la que aparece en las versiones más antiguas de los Hechos de los Apóstoles), el nombre de la cual fue cambiado por el de Nicópolis. En cuanto al tiempo, se trataba de la tarde del sábado de la fiesta de Pésaj, que fue cuando Jesús Resucitó. Los caminantes eran discípulos suyos; pero al verlo tan muerto, en la tumba habían dejado sepultados también sus sueños. Por lo mismo, van tristes y desesperanzados, discutiendo con pasión.
  • Quizás se tomaron un descansito y al reanudar su marcha, otro viandante los alcanzó. Pronto reanudaron su charla, sobre cuyo tema el caminante mostró interés y les pidió que lo pusieran al tanto. Comentaban los sucesos recientes de cierto personaje, un profeta extraordinario, “poderoso en obras y palabras, delante de Dios y del pueblo”, a quien tres días atrás las autoridades religiosas en alianza con las del Imperio invasor habían dado muerte, entregándolo para ser crucificado. El hecho había conmovido a toda la ciudad, de modo que se sorprendieron de que ese forastero, al parecer, fuese el único que lo ignoraba. Le participaron sus esperanzas e ilusiones: habían pensado que podría tratarse del “libertador de Israel”; pero ya todo había terminado. Parecía ahora que no se trataba sino de un profeta más. Es verdad que ciertas personas cercanas a él afirmaban que lo habían vuelto a ver vivo; pero no parecían creíbles, y ante eso, había que regresar a su miserable cotidianidad.
  • El desconocido, entonces, intervino en la discusión y les estuvo exponiendo lo que las Escrituras hablaban de ese personaje esperado, el Mesías. Resaltaba los pasajes del Siervo de Yahvé, rechazado y perseguido; pero que finalmente consumaría su obra, así como de la posibilidad de una vida que vencería la muerte, el fracaso y el mal.
  • Justo cuando parecía que la lección había terminado, llegaban a una posada del camino donde los discípulos pensaban pernoctar aquella noche. El viandante se despidió para proseguir su camino. Era claro que no llevaba dinero suficiente y el camino no era seguro, de modo que nuestros protagonistas, que ya sentían renacer en su corazón aquel calor que en otro tiempo aún reciente les había inundado, le ofrecieron compartir el alojamiento y el alimento, y fue así cómo, al terminar de cenar, el viandante tomó pan y realizó el mismo memorial de Jesús en su última cena. Entonces reconocieron que ese viandante era nada menos que Jesús mismo, y en ese instante, desapareció.
  • Al comparar este relato con las otras narraciones de las apariciones del Resucitado, observamos que los evangelistas siguen un mismo esquema, pues son construcciones teológicas. Jesús resucitado se apareció a sus más íntimos, con quienes tenía mayor familiaridad, y sin embargo, de entrada no lo reconocen. Magdalena lo confundió con el jardinero; los apóstoles, con una alucinación; los que iban en la barca, con un forastero que desde la orilla podía ver mejor la mancha del cardumen, y nuestro par de discípulos, con un forastero ignorante. ¿Qué nos quisieron decir los evangelistas con esto? Dos hipótesis, la primera, que el cuerpo resucitado había sufrido ciertas transformaciones (de hecho, traspasa la puerta cerrada y se traslada rápidamente); la segunda, que sus amigos no estaban inclinados a confundir una alucinación debida a su afecto con su presencia real, sino que más bien estaban predispuestos a no dar crédito a sus sentidos. Finalmente lo reconocen, gracias a una señal que les da el Maestro: el nombre “María”, pronunciado con esa entonación tan singular; la pesca milagrosa, que les recordó la de una ocasión anterior; el esqueleto y las espinas, lo único que quedó del pescado comido; las llagas, en las que el apóstol introduce su dedo y su mano.
  • En el caso de los discípulos de Emaús, fue la fracción del pan; pero fue sólo esta señal, sino que el ritual fue precedido de la explicación de las Escrituras y del acto de caridad de invitar a un pobre transeúnte desconocido a compartir el alojamiento y el pan. Estos tres elementos –la Eucaristía, las Escrituras y la Caridad- forman una unidad indivisible; las tres áreas pastorales de cualquier Comunidad cristiana -la litúrgica, la profética y la social-, que no pueden darse una sin las demás. Quizás sea esta la señal que Jesús nos pida ahora para testimoniar comunitariamente nuestra fe en el Resucitado: la presencia de Jesús en el Sacramento, en la Palabra y en la misericordia (“cuando lo hicisteis con alguno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”). Con tales signos alentaremos la esperanza tan necesaria.
  • Una vez terminada la Cena y desaparecido Jesús, los dos discípulos, de inmediato, sin intimidarse por la hora y la distancia, se levantaron de la mesa y rápidamente regresaron, gozosos, con la comunidad de creyentes.

C-15 DE QUIÉN SOY PRÓJIMO O INDIFERENTE

Parábola: sucede en un camino: espacio entre el lugar donde «habitamos» (lo habitual) y el lugar de nuestro destino (los sueños). Espacio de incertidumbre, entre el «ya-no» y el «aún-no». Los siete personajes. Disposición de estar alerta, pues las interpelaciones a nuestra solidaridad pueden ocurrir en cualquier momento. Nada justifica que pasemos de largo (algo de nuestra humanidad quedará perdida para siempre). La solidaridad no es algo que podamos programar (sábados por la tarde voy al asilo), sino una actitud permanente. «Justo ahora», cuando el jefe está presionando por su informe, soy requerido. Si nunca salgo de vacaciones, «justo ahora», cuando logré por fin unos días, se me requiere. La indiferencia puede provenir del miedo, el «carrerismo» o una espiritualidad intimista y lejana de la vida. El samaritano se «aprojimó» al infeliz (se le hizo prójimo), y entraron en relación dos grupos separados por estereotipos; pero que ante la necesidad, únicamente importó la condición humana. Con una docena de verbos describe Lucas la acción compasiva del Samaritano.

Actualmente, las víctimas son cientos de millones (hambre, sin techo, presos, enfermos, sedientos): la TV nos los «aproxima» dentro de casa. Los mesoneos son filántropos oficiales, que si bioen auxilian, lo hacen por negocio o prestigio. Los samaritanos son muchos (altermundistas) y se están organizando. El escriba pregunta «quién es mi prójimo?, y Jesús da vuelta a la pregunta: «¿De quién te hiciste tú «próximo??

C-08 ADVERTENCIA PARA UN EDUCADOR

Educar es una de las tareas más nobles. Es algo más que la mera información. Es acompañar a alguien en su proceso de madurez para que viva más feliz y mejore su entorno; es ayudarle a seguir su camino sin «extra-viarse» (salirse de la vía), seducido por las delicias de senderos que no llevan a ningún lado. El educador transmite a otros la sabiduría que ha conseguido a lo largo de su vida; pero esto requiere de algunas advertencias:

1- CORRECCIÓN- Cuando el educador ve que otros están en un error o en mal camino, corregir es una obra de misericordia («corregir al que yerra»). Pero para esto se requiere de humildad y buena vista, para que no suceda como en la historia que cuenta Jesús y que la actualizaremos: Resulta que había un ciego que quería atravesar una avenida y estaba esperando que alguien se a comidiera a ayudarlo. En eso llega otro ciego que busca lo mismo, y al notar que hay alguien, pregunta: «¿atravesamos?». El primer ciego toma como ofrecimiento la pregunta y responde «¡Por supuesto!», y allá van los dos ciegos agarrados de la mano, atravesándose en medio de claxonazos y frenones de los coches.

Uno no puede atreverse a corregir a un hermano sin una vigilancia auto crítica de su persona, no sea que nuestros intereses no conscientes o nuestras neurosis. Sería como ofrecerse a sacarla a otro una basurita de su ojo y él tuviera una «viga» en el suyo (exageración de Jesús= Otra forma de educar es el discernimiento: trata de ver en determinada situación, persona, idea,libro, si es bueno o malo. Para decirlo con palabras del evangelio: «qué espíritu anima aquella realidad? ¿El Espíritu Santo, el espíritu del mal o el espíritu natural (neurosis, carácter). Jesús da un criterio de discernimiento: atender las consecuencias que se seguirían de tomar una opción: «no se dan frutos buenos de un árbol malo, ni frutos malos de un árbol bueno». Son formas de entre ayuda para la educación: «que el educador sea también educador, y el educador, educando (Pablo Freire). Así avanzaremos juntos por el camino de la vida.