A-20 LA MUJER QUE CORRIGIÓ A JESÚS

Mt 15, 21-28

  • Cuando el pueblo de Israel salió de la esclavitud de Egipto y después de su larga travesía por el desierto llegó a la tierra que Yahvé había prometido a la descendencia de su ancestro Abraham, encontró que aquel territorio prometido -el más fértil de toda la árida región- estaba ya habitado por los cananeos. Este conglomerado de tribus descendía de Ismael, que así como también Isaac, era hijo de Abraham. Pareciera que el destino de ambos pueblos de origen común es (todavía hoy) convivir en aquella tierra, disputada desde los primeros hermanastros hasta los palestinos de hoy. La elección de Israel como “pueblo elegido” no significaba una predilección arbitraria. La Alianza pactada obligaba a custodiar su espíritu y cumplir con la misión de ser “luz de todas las naciones”. Israel estaba destinado a ser el instrumento de Dios para la redención universal. Ya en la primera lectura podemos ver cuál era la misión para aquel pueblo. Vemos que Dios promete a los extranjeros que preserven su Alianza llevarlos al “Monte Santo” (Sión) y aceptar sus holocaustos, en ese templo que se llamaría “casa de todos los pueblos”. Si bien la bendición estaba abierta a todos, su integración, en la práctica estaba condicionada a que se hicieran judíos y renunciaran a su identidad. Los israelitas, pensando que estaban custodiando la revelación monoteísta, llegaron a creerse con derecho a la Salvación y por tanto, despreciaban a los nativos de aquel territorio (los cananeos), a quienes llamaban “perros paganos”.
  • Jesús, inicialmente, acató la misión mesiánica pensándola reductivamente: “reunificar a las ovejas descarriadas de Israel”, es decir, recuperar el significado original de la Alianza para impulsar luego al pueblo hacia la salvación universal. Jesús insistió en este propósito hasta que en el Viernes Santo el pueblo renegó de la Alianza, al rechazar al Mesías (“caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”). Entonces Jesús cambiará el plan original de Dios y se formará un nuevo pueblo, la Iglesia, integrado no ya de la raza y la sangre, sino de la fe.
  • En el episodio de hoy vemos a Jesús incursionando más allá de las fronteras de Israel, por las tierras de Tiro y Sidón, y vemos también a una mujer cananea que clama por la sanación de su hija enferma. Jesús la ignora y no interrumpe sus planes, a pesar de que los discípulos interceden por ella simplemente para “quitársela de encima” y que no siga molestando con sus gritos. La respuesta de Jesús no se deslinda de los estereotipos del nacionalismo religioso de la época: “no está bien quitarles el pan a los hijos para arrojárselo a los perros”. La mujer comprende la injuria; pero se atreve a corregir al profeta, admitiendo la lógica de la metáfora: “Tienes razón, Señor; pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus dueños”. La humildad y la confianza de la mujer desarmó a Jesús. En ese momento comprendió que si bien su misión debía reducirse a los israelitas, estaba en realidad más abierta de lo que Él había pensado, pues tendencialmente correspondería a todos los pueblos… “y en aquel momento, su hija quedó sana”.
  • De una u otra forma, todos participamos de los prejuicios y estereotipos de nuestra cultura, respecto a las de nuestros vecinos o respecto a cualquier otro que sea diferente al grupo. Un principio de sabiduría es estar dispuestos a modificar nuestra conducta cuando descubrimos que se nos han colado algunos estos prejuicios o estereotipos, y ver así las cosas desde perspectivas más amplias. Otro principio es aprovechar las correcciones que nos hagan otras personas; aunque aparentemente tengan un status inferior, y dejarse instruir por ellas. Jesús aprende de una mujer cananea pagana, pero que muestra una fe grande. Si las mujeres de entonces no solían “tener voz”, la de ahora tuvo valor suficiente para contradecir y corregir al Mesías mismo, y gracias a ella Jesús comprendió mejor su misión: su “buena noticia” era en realidad ya desde entonces para todo es mundo y no circunscrita al sólo pueblo de Israel. En momentos de globalización, el diálogo de culturas y religiones nos obliga a los cristianos a no reducirnos a los “nuestros”, sino abrirnos a cualquier otra realidad.

A-19 ¿DÓNDE ESTÁ DIOS?

Mt 4, 22-33

  • Sabemos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La humanidad de Jesús había estado bastante descuidada, hasta que ahora, con los estudios recientes, gracias a Dios conocemos más. Sabemos que era un ser humano en todo semejante a notros, menos en el pecado. Pero al mismo tiempo, Jesús es también verdadero Dios; es la manifestación visible del Dios bueno y misericordioso. Él era conciente de que el Padre no quería que mostrara y utilizara sus poderes divinos en provecho suyo, sino únicamente para mostrar la inmensa compasión hacia las víctimas y sufrientes; aunque esto lo hiciese más vulnerable ante las fuerzas de la opresión. Pero hacia sus discípulos, sentía que era conveniente, en esta etapa de su misión, dejar translucir en ciertas ocasiones su divinidad, para evitar el escándalo y desilusión posteriores.
  • Este es el ícono de una de esas ocasiones: los apóstoles navegando en el lago. Es de noche, Sopla un viento impetuoso que encrespa las olas y sacude la barca. Pedro lucha apenas por mantenerla a flote. Atraviesan una de esas situaciones en la que hasta los marinos más expertos y osados se llenan de espanto y lloran como niños. Si nos ponemos en el tiempo y lugar de la gente de entonces, para quienes la noche era el tiempo de las fuerzas malignas, y las profundidades del mar, morada de espíritus fuertes incontenibles: los “Ejércitos” y las “Potestades”, el miedo se había convertido en terror. Y para colmo, de pronto ven avanzar hacia ellos un espectro que se desplaza hacia ellos sobre el mar. Del terror se pasa al pánico, ese estado de ánimo que se apodera de los humanos ante lo sobrenatural, cuando los pelos se ponen de punta y se enchina la piel. Pero en eso descubren que el supuesto fantasma no es sino Jesús, su maestro, quien los consuela: “No teman, Soy yo”.
  • Esa afirmación tampoco los calma, pues las palabras “Yo Soy” denotaban el nombre impronunciable de Dios, “Jehová” o “Yahavé” (las mismas consonantes en ambas, referidas a Dios, “Yo-soy- el-que-Soy”). Jesús caminando sobre el agua es por tanto una “teofanía”, es decir, una manifestación de Dios, semejante a la que vimos la semana pasada en su transfiguración. Se encontraban, pues, ante el “Mysterium Tremendum”, el Dios de inmensa majestad, ante el cual se contrasta nuestra pequeñez de creatura que nos hace indignos de su presencia. Esto es el “Temor de Dios”, que no es tenerle miedo a Dios, sino sobrecogernos ante su grandeza. Pedro duda: ¿será realmente Dios o algún espíritu maligno? Por eso demanda: “Si realmente eres tú, mándame ir a tu encuentro caminando también sobre el agua”. Jesús acepta el desafío e invita al apóstol: “Ven”. La invitación e Jesús, su llamamiento a la misión, que no dependerá de fuerzas humanas, sino que será a la vez, don suyo.
  • Pedro obedece y levita sobre las ondas; pero al caer en la cuenta de lo que está pasando, al ver el mar con ojos humanos y no con ojos de fe, se hunde, y Jesús le tiende la mano para salvarlo. Suben ambos a la barca… y el viento y las olas amainan. Entonces vuelve nuevamente el terror pánico: ese Jesús, su amigo y maestro: ¡¡¡ES DIOS MISMO!!!
  • La actitud intimidante ante fenómenos naturales extraordinarios –como cuando se desata la furia de las fuerzas cósmicas- fue para algunos nada menos que el origen de las religiones, y parece ser que fue la causa que engendrara la idea de Dios. Ante momentos de peligro (un volcán, una tempestad, un incendio forestal, un tornado) cobramos conciencia de nuestra fragilidad de creaturas y nos volvemos a algún Ser sobrenatural que nos proteja, porque, o bien esa idea habría sido personificación de las fuerzas naturales, o bien, es alguien quien controla o provoca dichas fuerzas. Sin embargo, la mejor manifestación de Dios no son esos fenómenos extraordinarios espectaculares, sino la mayor sencillez. Así como Elías, esperando en su cueva el paso de Dios, no lo descubre en el fuego impetuoso que descuajaba montañas, ni en el viento huracanado, ni en el terremoto… sino en la brisa suave. La majestad de Dios se muestra en los milagros de la vida cotidiana: ¿Hay algún milagro más grande que todo el proceso de gestación de un ser vivo, desde la cópula y la gestación hasta el parto? ¿Cuánto maravillamiento cabe en la contemplación del ojo de un gato y de la capacidad de ver, o en los vericuetos del cerebro humano, o en la capacidad de desprendimiento de alguien que entrega su vida a una causa noble, rehusando beneficios y provocando adversidades y amenazas?
  • En los momentos de tempestad y de oscuridad, cuando parece que todo está perdido, y cuando algo que llega parece no ser salvación sino nuevo motivo de terror, descubrimos a Jesús, un hermano cercano y a la vez, el Trascendente, ese Dios inmenso y amigo; terrible y amoroso; exigente y comprensivo.

A-La transfiguración ¿OPIO O LEVADURA?

Mt 17, 1-9

  • La oración peculiar de Jesús (aparte de formas de orar como cualquier israelita piadoso), la que hacía en momentos de decisiones importantes, cuando se retiraba a orar, era sintonizar su voluntad con la de su Padre; hacer lo que hoy se llamaría un “discernimiento de espíritus”. En esta ocasión vemos que Jesús se ha dado cuenta de que no le van a permitir mucho tiempo continuar en su misión de Mesías tal y como Él la eligió. Ha ido demasiado lejos y no queda otra posibilidad que matarlo. Lo más probable era que las autoridades religiosas lo excomulgaran de la Sinagoga y lo entregaran a los romanos en falsas acusaciones; que lo torturaran y lo mataran. ¿Era esto inevitable? ¿No habría ideo más allá de lo prudente? ¿quedaría frustrada su misión? ¿Era realmente esa la voluntad del Padre? ¿Habría que hacer ciertas concesiones o fortificarse y continuar? En momentos como esos, en tiempos de tentación, dudas o incertidumbres, Jesús solía retirarse a orar. Ahora lo vemos subir a la una montaña (allí era como estar más cerca del cielo) para fortificarse y clarificar. Se proponía, además, un segundo objetivo: suponiendo que esto fuese inevitable, conforme a la modalidad que había elegido para llevar a cabo su obra, ¿qué pasaría con sus discípulos? ¿Desistirían de su seguimiento en aquella hora? De acuerdo a la imagen de Mesías que circulaba en el entorno ¿habría provocado escándalo? De modo que llamó a los tres apóstoles más despabilados (Pedro, Santiago y Juan) para que lo acompañasen en ese momento.
  • Y fue entonces que decidió manifestarse a sus apóstoles en todo su ser, humano y divino. Para describir esa transfiguración que revelara su divinidad los evangelistas no encontraron palabras, de modo que recurrieron a los símbolos de las “teofanías” con que en el Antiguo Testamento señalaban a Dios: La vestidura blanca, como en el anciano de la visión de Daniel (“vestidura blanca como la nieve y cabellos blancos como la lana”), en rostro resplandeciente (como el de Moisés cuando hablaba con Dios), la nube (como en o la misma visión de Daniel, el Sinaí, la tienda de sagrada en el desierto o en el Templo); la voz del Cielo (como en su bautismo), testificada por Pedro mismo en la segunda lectura. San Mateo está diciendo que se Jesús orante era Dios, en su identidad plena con el Padre.
  • Pero al mismo tiempo, ese Jesús también era humano, y por serlo, expuesto a la tentación o al error. Por eso, en su oración se le ve “conversando con Moisés y con Elías”, es decir, con los mejores exponentes de las dos partes con que se dividía la Biblia de entonces: la Ley (atribuida a Moisés) y los Profetas (su prototipo era Elías): Jesús, pues, está dialogando con la Palabra de Dios. En los pasajes más claros respecto al Mesías –como el de “El Siervo de Yahvé”- aparece que el Mesías sería solidario de los empobrecidos y los perseguidos, y que por tanto, habría de correr su misma suerte. Nos enseña que para los cristianos ningún discernimiento de la voluntad del Padre es confiable si no está conforme a la Palabra de Dios.
  • Pedro, hablando a nombre del grupo, comentó “Señor: ¡que agradable es estar aquí!” ¿Podríamos instalarnos aquí? Mira, haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Conste: Pedro no pedía otra para ellos. No habría problema quedare en la intemperie; pero quedarse definitivamente allí.
  • No, Pedro: una oración que se quede sólo en el sentimiento agradable de la serenidad mística, intimista y desvinculada de la vida, es siempre enajenante, aparta del compromiso, es “opio del pueblo”, refugio de los oprimidos para no enloquecer, para lo cual hay que distorsionar la realidad, buscando compensaciones ultramundanas´. Es bueno subir al monte, propiciar una oración y contemplación; pero no para instalarse allí, sino para cargar la batería (como a nuestro celular); para retroalimentarse y fortalecerse y poder así bajar del monte y continuar con mayores bríos la misión.
  • Fue entonces cuando una nube luminosa los cubre y escuchan la voz del Cielo: “¡Este es mi Hijo amado, en quien yo me complazco!”: el reconocimiento explícito de su filiación divina. Los discípulos se llenan del temor de Dios, el “mysterium tremendum”, la divinidad ante la cual no somos sino insignificantes creaturas. En ese desaparece la visión. Comienza el descenso de la montaña, la verdadera realidad, donde se encuentran los sumos sacerdotes Anás y Caifás, donde está Poncio Pilato, y los fariseos, y Judas… Jesús les advertirá que no hablen de esta visión hasta que resucite, para que no se escandalicen los discípulos ante el aparente fracaso del Mesías derrotado.
  • También para nosotros, nuestra oración no debe ser opio, sino levadura; ser motor del compromiso y no alienación. En ella haremos nuestro honesto discernimiento; aunque no nos guste lo que Dios nos pide; pero que es necesario para nuestro compromiso transformador. Para ello, consultaremos la Palabra de Dios, con disponibilidad y honestidad, y hoy renovaremos nuestra fe en ese Jesús al que reconocemos como verdadero Dios y verdadero hombre.