A-17 EL ROPERO DE LA ABUELA

Mt 13, 44-52

  • La sabiduría es el mayor tesoro que puede haber. Cuando Dios le ofreció a Salomón, destinado a gobernar al pueblo elegido, cumplirle cualquier deseo (como el genio de la lámpara de Aladino), pidió sabiduría, prefiriéndola a las riquezas, la larga vida o el poder sobre otros pueblos conquistados… Curiosamente todos estos bienes le vinieron juntamente con ella. Alcanzar sabiduría no depende tanto de los estudios que se tengan, cuanto de la capacidad de reflexionar sobre la vida misma –tal vez en el campo hayamos conocidos a ancianos sabios y analfabetos-. Jesús –observador acucioso, contemplativo en la realidad y maestro “instruido en el Reino de los Cielos”—alcanzó gran sabiduría extraída de la vida ordinaria de su pueblo, y todo ese saber lo compartía luego a sus discípulos. Él mismo se compara a aquel padre de familia que cuando está de humor, abre su viejo arcón y va recuerdos interesantes “viejos o nuevos”. A las personas mayores seguramente les gustaban las canciones de Cri-cri (aquel gran compositor para niños que fue Gabilondo Soler). Una de ellas, “El ropero de la abuela” narra como una abuela va sacando sus “recuerdos” del ropero mostrándoselos a sus atentos nietecitos, contándoles juntamente sus respectivas historias: la espada del abuelo, “el Coronel”, el vestido de “frufrú” (tela de algodón que hace ruido al caminar), la muñequita “de grandes ojos color de mar”, el libro viejo de mil estampas, etc. Me gusta particularmente esa canción que me recuerda el ropero de mi papá, que cuando estaba de buenas lo abría y nos iba mostrando “sus cosas” o recuerdos (la granada sin estallar que durante la Revolución tiró la pared de su casa, la cajita cerrada totalmente con una pieza secreta para abrirla, etc.). Seguramente que ahora Jesús nos obsequiaría con algunos videos sobre escenas de su tiempo colección de su videoteca… y nos invita a que también nosotros hagamos otro tanto de nuestro tiempo actual.
  • Muchas de sus parábolas eran eventos que sucedían o podían suceder en su tiempo, de los que extraía enseñanzas. Al hacerlo, no pretendía legitimar ninguna conducta ética del suceso, sino más bien aprovechar lo significativo de ella (algunos de sus protagonistas, de hecho, eran hábiles comerciantes en aquella cultura poco escrupulosa en sus transacciones). En esta ocasión nos presenta tres casos al respecto:
  • El primero trata de un jornalero contratado para preparar la siembra en una propiedad. De repente, el arado topa con algo duro y extraño. Remueve la tierra y se da cuenta de que hay un cofre enterrado. Esto no era extraño: en épocas anteriores la población había sufrido invasiones de pueblos extranjeros, habían desterrado a muchos, los cuales, antes de partir, enterraron sus pertenencias (seguramente haciendo un pequeño mapa). Al correr del tiempo esos antiguos propietarios no regresaron y el tesoro se perdió. El jornalero, cauteloso, volvió a cubrir con tierra su hallazgo y se presentó al propietario interesado en comprar el terreno que supuestamente le había gustado (callando el hallazgo). Sin que ese predio fuese de especial interés para el propietario, accedió a vendérselo. El jornalero vendió sus propiedades, pidió dinero prestado y compró la finca, a sabiendas de que iba a hacer un buen negocio
  • En el segundo evento, llega al pueblo un comprador de joyas. Quizás una anciana le lleva un prendedor con una perla, que el ojo experto del comprador valoró de inmediato, dándose cuenta que la mujer no tenía idea de lo que costaba, y aunque ella le pidió una cantidad elevada, quedaba muy por debajo de su precio real, de modo que el negociante vendió alguna mercancía, pidió dinero prestado y compró la perla.
  • La tercera escena es simplemente la de unos pescadores que revisan la red y que los peces pequeños los vuelven a arrojar al lago –“regresen cuando sean grandes”-. Es la selección que tendrá lugar al fin de la historia: quienes hayan contribuido al Reino serán reconocidos y “salvados”, y aquellos que se opusieron o indiferentes, fueron peso inerte, se habrán perdido.

A-16 ¿BUENOS VS MALOS?

Mt 13, 24-43

  • La sabiduría no depende sólo de los estudios, sino más bien es la enseñanza extraída de la vida –a veces encontramos en el campo a ancianos sabios y analfabetos-. Jesús fue un gran contemplativo de la realidad, se crio entre campesinos y pescadores, y la vida pueblerina de Nazaret nutrió su sabiduría. Esa vivencia nos la transmitió por medio de parábolas, género discursivo original de Él: además de ser ameno y claro (“una imagen vale más que mil palabras”), es didáctico, apto para “anunciar lo que estaba oculto desde la creación del mundo”; es sugerente, de significación abierta, estimula la inteligencia (no como aquella de significación cerrada, única, de enseñanzas ya masticadas que se “depositan” pasivamente en nuestra cabecita). A la vez le protegía de sus adversarios, ya que quienes no están familiarizados con su mensaje, “aunque tengan oídos sanos, no oirán”, y ya en privado, a sus discípulos Jesús les interpretaba a su significado.
    1. Hoy Jesús nos obsequia con algunas de estas parábolas. La primera de las cuales muestra a aquel campesino que guardó la mejor semilla de su cosecha para sembrar; pero que al crecer el trigo lo encontró mezclado con cizaña (esa planta espinosa cuyo fruto resulta tóxico). Estando seguro de la calidad de su semilla, dedujo que debió haber sido obra de algún enemigo suyo, el cual seguramente le tendría demasiada tirria, ya que tuvo la paciencia de recorrer, con mucho esfuerzo, todo el terreno, para ir sembrando en él semilla de cizaña que además, previamente recolectó. Contra el celo de sus jornaleros, que se ofrecieron a cortar la cizaña, la experiencia de aquel sembrador le hizo preferir a que crecieran juntas, para que a la siega pudieran separarse con más facilidad, evitando que algunas espigas fuesen a perderse con aquella limpia.
      • Así sucede en el campo del mundo. El bien y el mal no están separados, claramente definidos en sendos campos, no son patrimonio de ningún grupo o sector –por religión, raza, etnia, clase social o Partido político–. “En todos lados se cuecen habas”, dice el dicho popular. Incluso en nosotros mismos, es probable que la línea de separación entre bien y mal pase por en medio de nuestra persona, pues somos a la vez víctimas y victimarios; cómplices y afectados. Hay, pues, que trabajar por los valores del Reino, junto con todos aquellos con quienes fundamentalmente coincidamos, aunque “no sean de los nuestros”, y no tanto otros cristianos de peso inerte. Tarde o temprano llegará el momento de definición (“en la cosecha del fin del mundo”) y entonces, quienes a pesar de sus defectos, errores o pecados estuvieron primordialmente en favor del Reino, “brillarán como el sol”.
  1. La segunda parábola es la mostaza. Esta planta -del género Sinapis, de la familia de las crucíferas, que para los romanos era un “mosto”-, como todos sabemos, es una especia usada en la gastronomía por su agradable sabor picante y se usa como condimento. Su semilla es “la más pequeña de todas las semillas”, pues es casi del tamaño de la cabeza de un alfiler. Las hay de dos colores, la “brassica negra” y la “blanca” (“color mostaza”). El arbusto puede llegar a medir en aquellas tierras (estando erecto) hasta 2,5 mts.
      • Jesús la compara con el Reino de Dios (su mensaje central), que aparentemente es desdeñable por su pequeño tamaño; pero que está dotado de gran potencial de crecimiento y que tendencialmente resultará muy significativo en la historia. Esto nos da esperanza a quienes apostamos por el Reino, y que ahora nos parece insignificante en comparación con la magnitud del proyecto de muerte que nos agobia. Lo que sucede es que el mal hace mucho ruido; pero es estéril; el bien, en cambio, es discreto, pero fecundo. Las noticias que suelen publicar los diarios y en general los grandes media, nos abruman de calamidades, pues no es noticia la callada labor de aquella religiosa del orfanatorio o de una madre soltera que cuida a sus hijos y a su madre a la vez que trabaja arduamente, pero que estos son pequeños signos que custodian nuestra esperanza y alientan nuestro compromiso.
  2. La tercera parábola nos presenta la levadura, esa cucharadita de polvo “Royal” que se le pone a la masa del pastel para que, horneado, quede bien esponjadito. Jesús exagera, pues fermenta “tres medidas de harina”, que según algunos sería toda una panadería.
      • Sabemos que Jesús no se fija en los “números”. Habituados a la cultura de la eficacia, de las estadísticas, medimos el éxito por los números logrados. El número de votos mediría la capacidad de un candidato; el número de ventas, la calidad de un producto… incluso los proyectos de pastoral se cuantifican: tantas comuniones, tantas confesiones, tantos asistentes… ¿Cuántas entradas tiene nuestro video? ¿Cuántos “like” tuvo nuestra meme en el face?. A Jesús no le interesaba el número de sus seguidores. Incluso más bien desalienta a quienes se ofrecen a seguirlo por una emoción repentina. Lo que le importa es la calidad de sus discípulos: pocos pueden informar a las sociedades. No apuesta a cierto tipo de “estado de Cristiandad”, cuando todo mundo tenía que ser católico y cuando el Estado tenía que velar por la religión dominante. Ahora no se busca esto, sino que haya personas concientes y comprometidas que sepan dar testimonio de su fe.
  • A quienes intentamos ser en nuestro tiempo anunciadores del mensaje de Jesús, nos viene bien releer estas parábolas, tan actuales entonces como ahora en nuestro moderno medio urbano, siempre y cuando seamos capaces de relocalizarlas en la problemática actual. 

A-15 TIPOLOGÍA DE RECEPTORES

Mt 3, 1-23

  • La Palabra de Dios apasiona y seduce, es fecunda y eficaz. Isaías la simboliza con la lluvia conforme a la cosmología de entonces: sobre la Tierra plana existe una bóveda con las estrellas, arriba de las cuales están las aguas celestiales, y más arriba se encuentra Dios. Él abre las compuertas de la bóveda y hace caer la lluvia, que fecunda los campos y luego se evapora regresando a su lugar de origen. Jesús es el “Verbo” (en latín, “palabra”), la Palabra de Dios que bajó del Cielo, empapó la tierra del mundo con su sangre, la fecundó y en la Ascensión, subió de nuevo a la diestra del Padre, de donde salió.
  • La metáfora de la lluvia (en aquella cosmología) nos muestra el ciclo climático como un proceso regular y equilibrado que garantiza perfectamente las labores agrícolas. Hoy en cambio, dada la irresponsabilidad humana -el calentamiento global- se trastornan las estaciones: “La creación está ahora sometida al desorden –dice San Pablo en la segunda lectura-, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió”.
  • Jesús opta por enseñar a través de parábolas, las cuales, además de ser claras y didácticas, le protegen contra sus adversarios que no están en el contexto, “viendo no ven y oyendo no oyen” y el poco sentido religioso que les queda, lo pierden; pero a sus discípulos, ya familiarizados con la enseñanza que van teniendo, a ellos se les dará más todavía, y en privado les interpretaba las parábolas. Para referirse a la Palabra de Dios, Jesús prefiere la metáfora de una profusa derrama de semilla de trigo que produce cosechas con resultados muy variables: a veces, la cosecha se logra y es abundante; pero otras veces queda frustrada. ¿A qué se debe esta desigualdad?
  • No depende de la semilla, pues esta es de excelente calidad, capaz de producir, en condiciones apropiadas, cosechas hasta del ciento por uno.
  • Tampoco depende del sembrador, quien es un trabajador capaz y generoso hasta el derroche: desparrama abundante semilla en todas las partes, en terrenos buenos, medianos o pésimos. Incluso –como hacían los campesinos de entonces agobiados por la pobreza- hasta en las orillas mismas de los caminos. Este sembrador -Jesús mismo- es la Palabra (el Verbo) Eterna, que bajó del Cielo, fecunda y da fruto y regresa nuevamente, ascendiendo hasta su origen, a la derecha del Padre.
  • La tecnología utilizada es más bien rústica. Ni siquiera era la coa mesoamericana, ni como hacen todavía nuestras campesinas tradicionales, enterrándola con ayuda de los dedos del pie; ni siquiera el arado que en Israel ya se estaba difundiendo más. Mucho menos el agresivo tractor agroindustrial actual, para que quedara patente que la eficacia de la Palabra no depende de tecnologías, sino de ella misma (el contenido evangélico). No está sostenida por costosos recursos, como esas palabras manipuladoras que producen resultados mediocres a base de repeticiones machaconas a través de los espectaculares, las radiodifusoras y televisoras.
  • El condicionante principal no fue, pues, ni el sembrador, ni la semilla, ni la tecnología, sino los terrenos, es decir, los receptores del mensaje. De modo que en vez de la “parábola del sembrador” tendría que llamarse la “parábola de los terrenos”. Jesús nos ofrece una tipología de receptores (¿o será una “taxonomía”, es decir, la que abarca la totalidad posible de respuestas?).
  1. La semilla que cayó en el camino encontró el piso bien apisonado por los pasos de caminantes. En la interpretación de Jesús, serían los oyentes que se encuentran bloqueados de antemano a la Palabra de Dios: acaso la rechazan por los malos testimonios de los “sembradores”, o los de su institución demasiado burocratizada y dogmática. También son quienes están totalmente comprometidos con intereses contrarios a los valores del Reino, impermeables, por tanto, a todo aquello que los ponga en riesgo; o serían también los atrapados por sus prejuicios inamovibles. Todos estos son terreno impenetrable para la semilla. No es de extrañar que tal Palabra sea comida por los pajarracos voraces, aquellos que fagocitan todo cuanto a ellos aproveche, sin atender las necesidades alimenticias de los demás.
  2. Los del terreno pedregoso, dice, sí están abiertos a la Palabra y la reciben con alegría; pero al nacer la plantita se seca pronto con los rayos del sol, pues tiene poca raíz. Son gente superficial, que parecen entusiasmarse fácilmente; pero les falta constancia y profundidad, por lo que con cualquier contrariedad la abandonan. Es actitud propia de nuestro tiempo, en que las redes transmiten gran cantidad de información; pero poca reflexión. Vivimos una cultura de la imagen –imágenes que nos cautivan por doquier–, pero la imagen no invita a la reflexión, sino que burla el sentido crítico. El activismo y las múltiples tareas nos impiden hacer algo con hondura. Recibir la Palabra requiere de custodiarla, y nada mejor que la oración frecuente.
  3. La que cayó entre espinas y abrojos que sofocaron la plantita apenas nacida. También es un terreno “moderno”, pues ahora somos abrumados por una gran cantidad de mensajes que se neutralizan unos a otros; por múltiples entretenimientos para divagar o por espectáculos pasivos que van adormeciendo nuestro sentido crítico. Aceptamos una multitud de tareas, de relaciones, de traslados, cayendo en un activismo frenético. Nos despertamos con multitud de problemas que nos consumen, y nos la pasamos rumiando dichos problemas en lugar de encontrarles una pronta solución. El consumismo moderno nos bombardea de publicidad de mercancías seductoras, que en poco tiempo se vuelven obsoletas; todo pasa de moda rápidamente, todo es relativo, y por tanto, no hay valores absolutos, no hay convicciones firmes, no hay ideales que sobrevivan a las continuas pruebas.
  4. Finalmente, la Palabra llega a destinatarios receptivos, abonados y regados por búsquedas honestas y aventuradas, y cada cual dio fruto en proporción a sus disposiciones, y quien más recibe, tiene que fructificar y comunicar más. Tenemos, pues, que preparar los terrenos, abonarlos, cuidarlos, para que la Palabra de Dios dé en nosotros todo el fruto de que es capaz.