A-23 AGRAVIOS, CORRECCIÓN Y PERDÓN

Mt 18, 15-20

  • El humano es un animal gregario, social. No podríamos subsistir, desarrollarnos o construirnos si no es en sociedad. Sin embargo, la mayor parte de nuestros problemas y amenazas provienen justamente de la convivencia. Nada más difícil que las relaciones interpersonales.
  • En todo ambiente humano se dan abusos y agravios, lucha por el poder y predominio del fuerte sobre el débil. Ante esto, dos son las actitudes espontáneas: la primera es el sometimiento por miedo, que permite al agresor continuar aprovechándose y darle otra vuelta al torniquete. La segunda es la defensa, que cuando se tiene suficiente fuerza de reacción suele ser excesiva y violenta, convirtiéndose así en venganza –el agraviado, de víctima se vuelve victimario–, de donde la “espiral” de violencia (como la denominara el obispo brasileño Dom Helder Cámara). En cambio, la actitud aconsejada por Jesús es el perdón, lo único que puede desactivar la violencia.
  • Pero antes del perdón, Jesús recomienda (de ser posible) la corrección fraterna: “Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha, haz ganado un hermano”. Corregir al hermano agresor puede ser un acto de misericordia, y el no hacerlo, fomenta la impunidad, como se ve por la advertencia que hace Dios por boca de Ezequiel: “Si yo digo al malvado, ‘¡eres reo de muerte!´, y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti pediré cuenta de tu sangre…”
  • ¿Pero cómo será dicha corrección de modo que sea efectiva, que el agresor escuche, reconozca su culpa y se corrija? Hay ciertas condiciones: hacerlo con ira provocaría simplemente bloqueos; pero no hacer nada, hace el juego al agresor. Lo que procede es combinar una actitud firme y rígida con sentimientos afectuosos y amor comprensivo; y también, hacerlo con serenidad. Hacerlo con el cerebro y con el corazón (no con el hígado). Es decir, con ideas claras (no dejándose llevar de los impulsos instintivos) y hacerlo en el momento oportuno (no en el momento de iracundia).
  • Pero muchas veces esto no basta. Puede ser que el agresor no esté dispuesto a la relación y que no se preste al diálogo (escucha y habla). Entonces Jesús aconseja buscar una mediación: “Si –el agresor- no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos”: Se trataría de buscar una mediación, de preferencia aceptada por ambas partes. El servicio de los mediadores (los “peace-makers”) es muy apreciable. Cuando seamos requeridos para ello, procuremos aceptar. El mediador es una especie de traductor: escucha las quejas de uno de los contendientes y se las comunica al otro; pero de manera “potable”, en una forma aceptable y comprensible, sin la carga de emotividad herida. Escucha la respuesta o justificaciones y hace otro tanto con la otra parte; además, adelanta una posible solución de compromiso que satisfaga a ambos sin provocar sentimientos de humillación y derrota.
  • “Si no les hace caso, informa a la comunidad”. Las primeras comunidades eclesiales eran comunidades primarias, en las que todos los integrantes se conocían y se apoyaban. Por tanto, era una instancia muy valiosa, que lamentablemente se ha perdido en nuestras comunidades eclesiales altamente institucionales y anónimas. Tal vez aún pueda encontrarse cierto equivalente en algunos ambientes colectivos (laboral o vecindario). Pero si tampoco esto resulta, “considéralo como un pagano o un recaudador de impuestos”, es decir, un forastero, que no pertenece al pueblo elegido. En nuestros casos diríamos que hay que llevar el conflicto a la autoridad civil. Cuando funcionan bien los “tribunales de lo contencioso”, se da una amonestación al agresor y se ofrece protección a la víctima. Por doloroso que esto sea, no es desdeñable este recurso. Sería el caso de mujeres golpeadas frecuentemente por la pareja, o el caso de vecinos conflictivos. Como se ve, Jesús no es partidario de dejar impunes los agravios. La defensa del débil contra los abusos de perpetradores es un recurso necesario, incluso para salvaguardar la dignidad de las víctimas.
  • Cuando la corrección tuvo buen resultado, entonces habrá que trabajar nuestros resentimientos o susceptibilidades, con actitudes de perdón y olvido. Pero en los casos en que se dejó pasar demasiado tiempo, o cuando se agotó el proceso sin resultados y ya no se pueda hacer nada, no conviene que la víctima se trague la ofensa y la cultive en resentimientos que derivan hacia el rencor o el odio. Por salud mental, el perdón evita seguir viviendo carcomiéndonos por actitudes negativas. En este caso conviene el perdón; más no el olvido: hay que aprender de la experiencia, para estar más atento para otras ocasiones.
  • Aún entre las comunidades eclesiales, entre cristianos que quieran seguir a Jesús, las relaciones interpersonales derivan hacia posturas diversas que no están exentas de tensión. Los conflictos religiosos no son infrecuentes, ni necesariamente negativos: ayudan a dinamizar hábitos y estructuras, que a veces parecen fijarse en la inmovilidad de lo eterno. A nadie debe escandalizar que haya embrollos y aprietos entre los discípulos mismos de Jesús. En estos casos, Jesús aconseja: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se lo concederá. Porque dónde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. No hay que sacar de contexto la frase y pretender aplicarla en cualquier caso o para cualquier petición (esos acuerdos fáciles para satisfacer deseos). Jesús está hablando a discípulos (“reunidos en mi nombre”) y por tanto, el objeto de la petición tiene que ver sobre los medios más adecuados para llevar a cabo los objetivos del Reino. Buscar entonces consensuar un acuerdo entre posturas divergentes –o incluso, antagónicas-, garantiza la apertura hacia la voz del Espíritu, lo que redundará en mayores garantías de cumplir la voluntad del Padre. Esto sería la base para el diálogo comunitario. Y entonces sí: “lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”, es decir, la misma frase que Jesús había dirigido a Pedro-sucesor, la dirige ahora a la Comunidad eclesial.

A-22 ¿DÁNDOLE CLASES AL MAESTRO?

XXII Mt 16, 21-27

  • El tema de hoy continúa el de la semana pasada. Vimos cómo Jesús les puso a sus apóstoles un test para ver quién de entre ellos iba a encomendaría el grupo cuando Él ya no estuviera: sería el primero que descubriera que Él era el Mesías. Y vimos también que ese fue Simón Pedro –“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”-. Jesús lo felicitó, pues mostró tener don de discernimiento, capacidad de escucha al Espíritu y conocimiento de los Profetas, a contracorriente de la imagen sensata de Mesías que esperaba la gente decente y prudente, la de un rey glorioso, descendiente del gran David, guerrero invicto y dador de grandeza y de poder. Después de felicitar a Pedro por no dejarse llevar por criterios meramente humanos (“Esto no te lo ha revelado la carne y la sangre, sino el Espíritu de Dios”), Jesús pasó a advertirles a sus discípulos la forma de Mesías que estaba desarrollando, en solidaridad con la gente abyecta y estigmatizada que siempre lo acompañaba, y que consiguientemente, tendría que terminar siendo aprehendido por las autoridades religiosas, excomulgado, entregado y finalmente condenado a la muerte más ignominiosa.
  • Entonces Pedro, envalentonado con eso de la posesión de las “llaves”, llamó aparte a Jesús y lo reprendió: “Eso no te puede suceder a ti -¡Válgame Dios!- Tú eres el Mesías ¡Compórtate como tal! ¡Ponte en tu papel!” Pero a quien Jesús puso en su papel fue al mismo Pedro: “Ponte detrás de mí”, como corresponde a todo discípulo que seguía a un maestro itinerante: no se le pone delante para darle clases –en este caso, cómo debería ser un auténtico Mesías–. pues el lugar que le corresponde al discípulo es ir detrás del maestro para seguirlo; pero si el tipo de Mesías iba a ser compasivo y solidario con los sufrientes, el discípulo tendría que correr su misma suerte, llegando a la tortura y a la muerte. Para seguir a este maestro se requeriría “negarse a sí mismo y cargar la propia cruz” (lo que Pedro ya intuía y no aceptaba). Jesús corrige al discípulo con energía: “esto sí que no te lo ha enseñado el Espíritu, sino la carne, los criterios mundanos”, y lo llamó con un fuerte calificativo –“Satanás”-, pues esa fue precisamente la tentación con que el Demonio había tentado a Jesús en el desierto: un mesías milagrero, que se lanzara desde el pináculo del templo, que convirtiera piedras en panes sin cambiar el corazón de la gente. Satanás le prometió todos los reinos del mundo (por supuesto, para salvar al mundo; pero desde el poder, convirtiendo a Israel en la gran potencia mundial). Esto podría parecer lo más congruente; pero no era lo que correspondería como manifestación visible del Dios misericordioso y compasivo que sufre y muere con los rechazados de la Tierra. “¿De qué le sirve a un hombre o mujer ganar el mundo entero si pierde su vida?”
  • Jesús argumenta: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por la causa de Jesús, ese la salvará”. Todos buscan “salvar la propia vida”, y el modo más común de lograrlo es protegerla mediante las mayores seguridades posibles: la acumulación de una fortuna o al menos un patrimonio, una buena red de relaciones sociales con gente importante, no arriesgarse ningún cambio aventurado o idealistas. Esto es lo que hace la gente del Orden y de la estabilidad. Pero en realidad nada de esto da seguridad. En este mundo no hay ninguna garantía para “salvar la vida”, y cuando llega una situación imprevista, quien se ha pertrechado en sus seguridades no sabe qué hacer y termina por perderse. En cambio, quien pone la salvación de su vida en un sentido digno –y nada más digno que entregar la vida por una causa noble y sublime-, ese es para quien consigue que su vida tenga un sentido y una razón para vivir y para morir. Esto lo saben los mártires y los héroes; lo saben también quienes se arriesgan difundiendo la verdad (como los periodistas), quienes luchan por un mundo más justo, quienes defienden los derechos humanos de los desprotegidos o quienes defienden la Tierra. Esto lo supo también Jeremías, cuando parecía arrepentido de anunciar la Palabra de Dios, lo que le costaba la persecución y la burla. Pretendía olvidarse de la misión que Dios le pedía; pero sentía en sus entrañas un fuego ardiente encerrado en sus huesos que no podía contener y que lo hizo exclamar: “Me sedujiste, Señor y me dejé seducir; me forzaste y me venciste”…
  • En cambio, los ávidos del placer, del dinero y del poder; los conquistadores violentos; los que pretendiendo “ganar el mundo entero” ambicionaron efímeras grandezas… en el momento del juicio final, cuando la historia haya terminado y cuando se patentice lo que cada cual contribuyó para el bien o para el mal de la humanidad y del Planeta; cuando el Hijo del Hombre venga y “pague a cada uno según su conducta”… se percibirán a sí mismos con las manos vacías y tendrán que reconocer que perdieron su vida y que ya no podrán pagar ningún precio para recuperarla.

A-21 HETEROIMÁGENES

Mt 16, 13-20

  • Conocerse a sí mismo es punto de partida de la sabiduría y cuestión de vital importancia. Contra lo que parece, no es, empero, tarea fácil. Si así fuera no habría pasado a la historia el aforismo inscrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: “γνῶθι σεαυτόν” (“conócete a ti mismo”), que también fue uno de los adagios del gran sabio Sócrates. Aunque todos tenemos una imagen de nosotros mismos (autoimagen), mientras hay tienen una imagen sobrevaluada de ellos mismos (“se creen mucho”), la autoimagen de otros, en cambio, está demasiado desvalorizada (“los acomplejados”). Para conocernos corporalmente a nosotros mismos nos valemos de un espejo, y para conocernos sicológicamente nuestro espejo son los demás: “¿quién dice la gente que soy yo?”, esto es, necesitamos conocer nuestra “heteroimagen”.
  • Cuando Jesús, en Cesarea de Felipe, preguntó a sus discípulos acerca de las imágenes que circulaban entre la gente sobre su persona, además de la normal curiosidad, como todos, por cómo lo veía la gente, perseguía explícitamente dos objetivos: El primero era sondear entre ellos -ya que la gente solía hablarles a ellos con más confianza- si ya se le estaba descubriendo como Mesías. Esto, por supuesto, no era fácil, dada la imagen mesiánica tan difundida desde el Templo, que vinculaba al Mesías a la gloria temporal de la monarquía davídica. Por eso les pregunta “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Lamentablemente la gente no se daba cuenta todavía que el mesianismo de Jesús iba en continuidad con la línea profética del “Siervo de Yahvé”, compasivo y solidario con los empobrecidos, los vulnerables y los abyectos, y más bien se inclinaba o por el maravillosismo milagrero o por la reducción a “lo-ya-conocido”: tal vez fuera Juan Bautista que habría resucitado; tal vez Elías, subido a un carro de fuego, cuya venida se aguardaba; tal vez Jeremías o algún profeta, de quien se rumoraba que volvería como signo premonitorio del fin del mundo… en fin, pesaba la mitología más que el conocimiento de la Palabra de Dios.
  • Pero “la gente” es una abstracción. Para mis enemigos, soy de lo peor; para mis aduladores lambiscones, soy lo máximo. O como se dice por ahí: “si quieres conocer tus defectos, cásate; si quieres conocer tus cualidades, muérete (‘tan bueno que era’)”. Por eso es una bendición tener un amigo que nos diga, sin adulaciones ni rebajamientos, con toda honestidad y buen juicio, la imagen que proyectamos. Quien tiene un amigo tal, ha encontrado un gran tesoro. De ahí que a Jesús le interesara de manera especial lo que sus íntimos, los apóstoles, pensaban de Él: “y ustedes; ¿quién dicen que soy yo?”
  • Pero además, Jesús se proponía un segundo objetivo, prácticamente presentado como un test: Ya que era previsible que lo iban a eliminar más temprano que tarde, y estaba sondeando quién sería el más capacitado, entre los Doce, para sucederle en la función de convocar y guiar al grupo. Habría de ser, por supuesto, alguien dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo y con conocimiento de los profetas y capacidad de discernimiento para descubrir en cada situación la voluntad del Padre. El test implícito consistía en verificar quién de ellos sería el primero en descubrir qué Él era el Mesías. Lograrlo demostraría discernimiento y fidelidad. Por eso les formuló una segunda pregunta: “Y para ustedes ¿quién soy yo?”. Y fue Simón quien le respondió “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo felicitó: ese descubrimiento no era producto del mero saber humano (“la carne y la sangre”), pues ese tipo de mesianismo contracultural iba a contrapelo a los criterios mundanos del poder, del prestigio, del reconocimiento placentero. Por lo tanto, tenía que venir del Padre celestial. En compensación, Jesús le dio a Simón su heteroimagen: ¿qué imagen de su persona le proyectaba Simónn a Jersús? Yesa imagen era la de una roca, una piedra, de ahí su nuevo nombre: “te vas a llamar Piedro” (Pedro). Y además, Jesús le nombra su sucesor: confiarle las llaves del Reino, así como Dios le confió a Eliacín la mayordomía y la llave del palacio de David: “lo que él abra nadie lo cerrará, y lo que él cierre nadie lo abrirá”. También Pedro, “lo que abras en la Tierra quedará abierto en el Cielo, y lo que cierres en la Tierra, quedará cerrado en el Cielo”
  • También a los cristianos nos toca revisar nuestras imágenes que tenemos de Jesús, pues tendemos a fabricarnos un mesías a nuestro gusto, un salvador “de bolsillo”, bien educadito, que no nos exija, y que sea objeto de dulces coloquios y arrobamientos. Hemos de conocernos mejor en nuestra calidad de seguidores de Jesús, y para ello, no viene mal preguntar a otros, amigos y compañeros de camino, cómo ven nuestro compromiso y si Dios nos estará pidiendo algo más. Quizás como Iglesia nos convenga conocer “quién dice la gente que somos nosotros”, pues frecuentemente vivimos en la autorreferencialidad. Quizás también haya momentos en que nos toque a nosotros la labor caritativa de mencionar a otros cómo “los vemos” o “como los ve la gente”, sea para levantar su autoestima, sea para corregirlos.