Mt 3, 1-23
- La Palabra de Dios apasiona y seduce, es fecunda y eficaz. Isaías la simboliza con la lluvia conforme a la cosmología de entonces: sobre la Tierra plana existe una bóveda con las estrellas, arriba de las cuales están las aguas celestiales, y más arriba se encuentra Dios. Él abre las compuertas de la bóveda y hace caer la lluvia, que fecunda los campos y luego se evapora regresando a su lugar de origen. Jesús es el “Verbo” (en latín, “palabra”), la Palabra de Dios que bajó del Cielo, empapó la tierra del mundo con su sangre, la fecundó y en la Ascensión, subió de nuevo a la diestra del Padre, de donde salió.
- La metáfora de la lluvia (en aquella cosmología) nos muestra el ciclo climático como un proceso regular y equilibrado que garantiza perfectamente las labores agrícolas. Hoy en cambio, dada la irresponsabilidad humana -el calentamiento global- se trastornan las estaciones: “La creación está ahora sometida al desorden –dice San Pablo en la segunda lectura-, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió”.
- Jesús opta por enseñar a través de parábolas, las cuales, además de ser claras y didácticas, le protegen contra sus adversarios que no están en el contexto, “viendo no ven y oyendo no oyen” y el poco sentido religioso que les queda, lo pierden; pero a sus discípulos, ya familiarizados con la enseñanza que van teniendo, a ellos se les dará más todavía, y en privado les interpretaba las parábolas. Para referirse a la Palabra de Dios, Jesús prefiere la metáfora de una profusa derrama de semilla de trigo que produce cosechas con resultados muy variables: a veces, la cosecha se logra y es abundante; pero otras veces queda frustrada. ¿A qué se debe esta desigualdad?
- No depende de la semilla, pues esta es de excelente calidad, capaz de producir, en condiciones apropiadas, cosechas hasta del ciento por uno.
- Tampoco depende del sembrador, quien es un trabajador capaz y generoso hasta el derroche: desparrama abundante semilla en todas las partes, en terrenos buenos, medianos o pésimos. Incluso –como hacían los campesinos de entonces agobiados por la pobreza- hasta en las orillas mismas de los caminos. Este sembrador -Jesús mismo- es la Palabra (el Verbo) Eterna, que bajó del Cielo, fecunda y da fruto y regresa nuevamente, ascendiendo hasta su origen, a la derecha del Padre.
- La tecnología utilizada es más bien rústica. Ni siquiera era la coa mesoamericana, ni como hacen todavía nuestras campesinas tradicionales, enterrándola con ayuda de los dedos del pie; ni siquiera el arado que en Israel ya se estaba difundiendo más. Mucho menos el agresivo tractor agroindustrial actual, para que quedara patente que la eficacia de la Palabra no depende de tecnologías, sino de ella misma (el contenido evangélico). No está sostenida por costosos recursos, como esas palabras manipuladoras que producen resultados mediocres a base de repeticiones machaconas a través de los espectaculares, las radiodifusoras y televisoras.
- El condicionante principal no fue, pues, ni el sembrador, ni la semilla, ni la tecnología, sino los terrenos, es decir, los receptores del mensaje. De modo que en vez de la “parábola del sembrador” tendría que llamarse la “parábola de los terrenos”. Jesús nos ofrece una tipología de receptores (¿o será una “taxonomía”, es decir, la que abarca la totalidad posible de respuestas?).
- La semilla que cayó en el camino encontró el piso bien apisonado por los pasos de caminantes. En la interpretación de Jesús, serían los oyentes que se encuentran bloqueados de antemano a la Palabra de Dios: acaso la rechazan por los malos testimonios de los “sembradores”, o los de su institución demasiado burocratizada y dogmática. También son quienes están totalmente comprometidos con intereses contrarios a los valores del Reino, impermeables, por tanto, a todo aquello que los ponga en riesgo; o serían también los atrapados por sus prejuicios inamovibles. Todos estos son terreno impenetrable para la semilla. No es de extrañar que tal Palabra sea comida por los pajarracos voraces, aquellos que fagocitan todo cuanto a ellos aproveche, sin atender las necesidades alimenticias de los demás.
- Los del terreno pedregoso, dice, sí están abiertos a la Palabra y la reciben con alegría; pero al nacer la plantita se seca pronto con los rayos del sol, pues tiene poca raíz. Son gente superficial, que parecen entusiasmarse fácilmente; pero les falta constancia y profundidad, por lo que con cualquier contrariedad la abandonan. Es actitud propia de nuestro tiempo, en que las redes transmiten gran cantidad de información; pero poca reflexión. Vivimos una cultura de la imagen –imágenes que nos cautivan por doquier–, pero la imagen no invita a la reflexión, sino que burla el sentido crítico. El activismo y las múltiples tareas nos impiden hacer algo con hondura. Recibir la Palabra requiere de custodiarla, y nada mejor que la oración frecuente.
- La que cayó entre espinas y abrojos que sofocaron la plantita apenas nacida. También es un terreno “moderno”, pues ahora somos abrumados por una gran cantidad de mensajes que se neutralizan unos a otros; por múltiples entretenimientos para divagar o por espectáculos pasivos que van adormeciendo nuestro sentido crítico. Aceptamos una multitud de tareas, de relaciones, de traslados, cayendo en un activismo frenético. Nos despertamos con multitud de problemas que nos consumen, y nos la pasamos rumiando dichos problemas en lugar de encontrarles una pronta solución. El consumismo moderno nos bombardea de publicidad de mercancías seductoras, que en poco tiempo se vuelven obsoletas; todo pasa de moda rápidamente, todo es relativo, y por tanto, no hay valores absolutos, no hay convicciones firmes, no hay ideales que sobrevivan a las continuas pruebas.
- Finalmente, la Palabra llega a destinatarios receptivos, abonados y regados por búsquedas honestas y aventuradas, y cada cual dio fruto en proporción a sus disposiciones, y quien más recibe, tiene que fructificar y comunicar más. Tenemos, pues, que preparar los terrenos, abonarlos, cuidarlos, para que la Palabra de Dios dé en nosotros todo el fruto de que es capaz.