C-09 LA SANACIÓN DEL ROMANO Y EL DIÁLOGO DE RELIGIONES

Lc 7, 1-10

  • Se piensa que los milagros de Jesús son signos de su gran poder divino. Creo que más bien son signos de su gran capacidad de compasión, de donde deriva su capacidad sanadora. Pero para que haya milagro no basta la parte divina. Ésta queda infecunda sin la colaboración humana, que representa la fe.
  • En este texto nos encontramos a la vez, ante una sorprendente capacidad sanadora y ante la sorprendente fe en un pagano. Jesús cura al criado “muy querido” del oficial romano, sin alguno de los recursos conocidos entonces -ni le dio remedios, ni le impuso las manos, ni pronunció fórmulas mágicas-, sino que fue una inusitada curación a distancia. El oficial romano, por su parte, era respetuoso de la cultura del pueblo invadido por su Imperio; le había cobrado cariño: incluso le construyó una sinagoga, es decir, un lugar de culto para una religión que no era la suya. Muestra delicadeza al no querer molestar al maestro, ni exponerlo a una eventual “contaminación” (entrar a casa de un pagano podría acarrear impurezas). Cree y confía en el profeta hebreo, a pesar de no compartir sus creencias, y esa confianza es total: le brinda el reconocimiento de autoridad, pues así como un oficial, con soldados a sus órdenes, puede mandar a alguno de ellos que vaya a alguna parte, Jesús pude también mandar a algún mal espíritu (que según la concepción israelita eran los causantes de enfermedades) a que salga del cuerpo de su amigo. El romano no sólo respeta la religión de los conquistados, sino que comparte su cosmovisión y dialoga con ella.
  • En la primera lectura, Salomón, al dedicar el Templo que acababa de construir, pidió al Señor que a los extranjeros que acudieran allí les concediera cuanto pidieran, para que así pudieran reconocer la grandeza del Dios hebreo. El texto evangélico sería, pues, un ejemplo de tal cumplimiento.
  • En la situación actual de globalización cultural, los pueblos y las culturas se están acercando entre sí, e incluso, las religiones mismas entran en contacto y dialogan. Antiguamente, cuando había poca comunicación entre regiones, las religiones eran “territoriales”, exclusivas de alguna nación. El creyente de cualquiera de estas, estando inmerso en su ambiente cultural, sentía que su cosmovisión y sus costumbres eran parte del sentido común. Si al entrar en contacto con pueblos vecinos aparecía la diversidad, la religión se volvía parte esencial de su identidad y generaba un “etnocentrismo”, considerando que la suya era superior. Ahora, en el pluralismo religioso generado por los contactos frecuentes, se relativizan las identidades y se deriva hacia el diálogo de culturas y religiones.
  • Sin embargo, estamos convencidos que la propuesta de Jesús es para todo el mundo (es “católica”, en el sentido de universal). Sus elementos básicos son susceptibles de ser aceptados, adaptados o reinterpretados por otras religiones. Todas ellas son respetables; pero se potenciarán cuando colaboren en favor de un mundo más unitario, justo y respetuoso, y puedan ser “contagiados” por el Evangelio.
  • El problema estriba en que la profecía está siempre amenazada por la “rutinización”. La necesidad de institucionalizarse para su efectividad la condena a perderse en el formalismo. Esto es su inevitable destino. El proyecto de Jesús requirió de una Iglesia; pero ahora, el aspecto humano de lo institucional está provocando más repulsión que atracción. Quizás sea tiempo de regresar a Jesús, pues su proyecto resulta ahora más atractivo que en su tiempo. La dinámica del Anticristo neoliberal está conduciendo hacia la destrucción irreversible del hábitat ecológico y hacia la muerte por empobrecimiento de grandes sectores, apenas mantenidos a nivel de subsistencia. Pero afortunadamente la utopía sigue siendo un impulso hacia la esperanza, y es posible que diversas religiones extraigan de sus contenidos elementos valiosos para un diálogo: “Así te conocerán y temerán todos los pueblos de la tierra, lo mismo que tu pueblo Israel”.

C-05 MISTERIO ABRUMANTE QUE PREPARA LA ENTREGA

C-05 Lc 5, 1-11

Habiendo lanzado su campaña mesiánica, el paso siguiente en la estrategia de Jesús sería reclutar su equipo central de trabajo. Cada colaborador testimonia su propia llamada. Lucas nos presenta la de los primeros cuatro: los pescadores Simón, Andrés, Santiago y Juan. Los vemos a la orilla del Lago lavando sus redes. Como acontece con los que consideran su trabajo como vocación y no como los simples “ganapanes”, se compenetran en cada paso de la tarea; aunque en esa ocasión, más que a su trabajo, estaban prestándole atención a lo que Jesús, el profeta que ya conocían, estaba enseñando. Había demasiada gente apiñada en torno suyo que le impedían hacerse oír por todos, de modo que Jesús les pidió a los pescadores que le permitiesen subir a una de sus barcas y que la alejasen un poco, y con aquella fuerte voz, predicaba un mensaje fresco y novedoso. Al terminar, les sugirió que pescaran algo. El trabajo de pescadores suele ser tranquilo y reflexivo: estar en medio del agua, a la luz de las estrellas y en silencio para no espantar a los peces, se presta a esa meditación que engendra sabiduría. También es verdad que a veces, como en aquel entonces, hay momentos de frustración: habían pasado toda la noche sin pescar nada. Simón, conocedor del oficio, sabe que entonces no había lugar para expectativas; pero la personalidad de Jesús le ha cautivado y –confiado- en su nombre lanza sus redes… y obtienen tal cantidad de pescados que las dos barcas corren peligro de hundirse. Como expertos pescadores que son, saben que esto no es natural, y se sobrecogen de temor.

  • Simón y sus compañeros se hallan ante el “Mysterium Tremendum”, es decir, esa experiencia de la majestad infinita de Dios que suscita el estremecimiento: el “temor de Dios”. Frente a su excelsa santidad, queda patente la distancia abismal de la propia indignidad de creatura, que ni siquiera podría subsistir por sí misma: “Aléjate de mí, que soy un pobre pecador,” exclamó Simón.
  • Es la misma actitud de la de Isaías, quien ante la sobrecogedora visión de la esplendorosa Gloria de Dios que llenaba la Tierra, que asentado sobre el trono excelso era servido por una pareja de serafines seis veces alados y alabado por miríadas, cuya voz hacía templar las puertas en medio de una gran humareda… La inenarrable visión hizo exclamar al profeta: “¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros… porque he visto con mis propios ojos al Rey y Señor de los ejércitos”… Pero uno de los serafines tranquiliza al profeta, le toca sus labios con un tizón ardiendo: “tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados te son perdonados”… y entonces Dios lo envía a una misión.
  • También Simón y sus compañeros son tranquilizados por Jesús: “No tengan miedo”-, y de modo similar los invita para una misión: -“¿Les gusta pescar, verdad?”-. Cuando Él llama no frustra aquellas satisfacciones más profundas que hasta entonces han dado sentido a nuestra existencia, sino que nos invita a realizarlas desde un nivel más profundo. A Simón, pescador de vocación, lo invita: “Sígueme y te haré pescado de hombres y de mujeres”. Sonaba bien. Toda elección implica renuncia; pero ante aquella promesa, ésta apenas se sentía. Inmediatamente dejando barcas y redes, lo siguieron.
  • Jesús también había echado sus redes y había obtenido buena pesca: sus excelentes colaboradores. Hay que “dejarnos pescar” por Él. Es posible que en algún momento hayamos tenido la sensación de encontrarnos ante el Misterio; la intuición de la grandeza de Dios; de su existencia sublime y de nuestra pequeñez de creatura. Esto es un don del Espíritu, el “Temor de Dios”, que no es “tenerle miedo a Dios”, sino el presentir lo excelso de su divinidad. Ante esta intuición, reconocemos la relatividad de nuestra existencia, pues sabemos que ella depende de Dios. Sobrecogidos, escuchamos que Jesús nos pregunta: “¿estás dispuesto a entregar tu vida para la misma causa que la entregué yo?” Sabemos que no nos queda sino entregarnos a su voluntad. Lo hacemos confiados en que no frustrará nuestros anhelos más profundos, sino que nuestra vida encontrará su finalidad y su sentido al aceptar su invitación.

C-04 PERDER LO SORPRENDENTE

C-IV Lc 4, 21-30

Continuando con el domingo pasado: después de que Jesús terminó la lectura del pasaje de Isaías, todos sus paisanos “le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios…” Sin embargo, no faltó quien comentara: “Bah. Ahora resulta que el famoso profeta del que tanto se habla no es sino el hijo de José, el artesano. Incluso un día vino a arreglar las ramas de mi techo”… y sobrevino la desilusión.

  • Nuestro conocimiento de las cosas es totalmente diferente al de las personas. Las cosas, por ejemplo son totalmente previsibles y comprensibles (p. ej., una laptop, si se siguen bien las instrucciones); pero en cambio, cada persona constituye un “misterio”, totalmente impredecible, debido a la libertad. Vistos con los ojos de Dios, cada uno de nosotros es sorprendente y maravilloso. Pero con los íntimos, con quienes convivimos cotidianamente, solemos perder lo sorprendente, pues creemos que ya nos conocemos bien. Al despojar del misterio a la persona, la reducimos a una “cosa”. Reducimos toda su complejidad a una etiqueta simple: “el enojón”, “la chismosa”, “el chistoso”… y haga lo que haga, lo encajamos en esa etiqueta. Quizás esa persona se haya esforzado y corregido sus defectos; pero para sus íntimos, siempre seguirá siendo “el enojón”, “la chismosa”…); y si acaso en algún momento no responde a la etiqueta (si el “enojón” se muestra complaciente, o “el chistoso” habla en serio), descontrolados, sentimos algo de temor (“¿Qué estará tramando?”). No entendemos cómo sea posible que otros admiren a nuestro cohabitante habitual: “No sé qué le encuentran sus compañeros a mi muchacho. Todo el tiempo preguntan por él; pero aquí nunca hace nada, está nomás tumbadote”, y lo calificamos: “candil de fuera y oscuridad en la casa.” En efecto, como decía Napoleón: «No hay hombre grande para su ayudante de cámara”.
  • Jesús lo expresa: “nadie es profeta en su tierra”. Para los extraños –la viuda de Sarepta o Naamán, el sirio-, un profeta es impactante y fácilmente se le cree; pero para sus paisanos, Jesús, por ser “ya conocido”, dejó de sorprender y no se le creyó. Por eso no pudo hacer allí ningún milagro, pues éstos sólo pueden ser realizados cuando el posible beneficiado cree en el taumaturgo.
  • La gente de Nazaret se desilusionó aún más cuando vio que Jesús no estaba dispuesto a responder a sus expectativas: que se instalara en su pueblo, para que llegase gente de todas partes a ser atendidas por “el curandero de Nazaret”. Sintiéndose despreciados, se llenaron de ira e intentaron despeñarlo… Pero como profeta, Jesús conservaba aún suficiente autoridad de “misterio” ante ellos, y al no atreverse a detenerlo, pudo zafárseles y retirarse de allí.
  • Tratemos de conservar ese elemento mistérico y sorpresivo en todas las personas, en especial con quienes nos rodean, y no rutinizar nuestras relaciones. Hemos de mantener la misma admiración respetuosa de los inicios y sorprendernos de sus novedades, pues no basta toda una vida para conocernos. Y para nosotros, confiados en Dios que al elegirnos como profetas nos hizo, como Jeremías, murallas de bronce para mantenernos de pie y proclamar lo que Dios nos diga.