C-03 EL LANZAMIENTO

Lc 1, 1-4; 4. 14-21

  • Después de su estancia en el río Jordán bautizando con su primo Juan, Jesús había regresado a Galilea. En el desierto había diseñado detalladamente su campaña mesiánica: su objetivo general (el “Reino”), su slogan (“El Reino de Dios ya ha llegado”), su equipo central (apóstoles), su estrategia (recorrer aldeas, sanando y predicando)… y ya sólo falta su lanzamiento público.
  • En toda campaña política o comercial se planea bien el momento en el que se da a conocer el programa o el producto (los principales objetivos secundarios o las excelencias del producto). Se procura que el evento sea significativo. (la primera vez que López Obrador se lanzó como candidato eligió el municipio más pobre del país).
  • Jesús escogió la sinagoga de Nazaret, la aldea donde se había criado. En el pueblo corrió la voz de que los visitaría Jeshua, el afamado profeta, del que se decía que oriundo de Nazaret. De modo que aquel sábado la curiosidad había convocado a todo el pueblo. A un personaje respetable se le invita a hacer la lectura (lo que implicaba también predicar).
  • La primera lectura recuerda cuando al regresar Israel del destierro, alguien encontró en un rincón de las ruinas del Templo los rollos de la Ley, la Palabra de Dios, que a su exilio no se les había permitido llevar y que sólo conservaban por la tradición oral. Ahora, por fin, la recuperaban. Esdras organizó una proclamación muy emotiva y enfervorizada.
  • Con la misma emoción Jesús, recibió el rollo del profeta Isaías que el encargado de la sinagoga le entregaba. Lo desenrolló, como se acostumbraba, eligió un pasaje y lo leyó:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.”

  • El párrafo, curiosamente, no es una cita textual, sino un montaje de San Lucas. Esto no fue casual, sino seguramente algo intencional. Suponemos que el evangelista tuvo expreso cuidado de seleccionar las frases adecuadas para describir en resumen todo el programa, la estrategia y los propósitos de la misión de Jesús. Podemos comentarlo:
  • “Llevar a los pobres una buena noticia”. Esto es raro. Por lo general, las noticias para los pobres suelen ser malas. Incluso las que se publicitan como “buenas” para el país, son malas para ellos: “Hay un clima favorable para las inversiones; los indicadores macroeconómicos son favorables”… y los trabajadores la traducen: “quiere decir que no van a subir el sueldo y que nos quitarán más prestaciones”. Pero cuando las noticias son buenas para los pobres, por lo general son buenas para todos.
  • “Para anunciar la liberación a los cautivos” (…) “para dar libertad a los oprimidos”. Por dos veces se habla de “liberación” -del cautiverio y de la opresión-. Liberación del pecado y del demonio, sí; pero también de todo grupo o estructura que explote económicamente, oprima políticamente o discrimine culturalmente… Liberación de todo aquello que impida el desarrollo pleno y alegre al que todo ser humano tiene derecho.
  • “Curación a los ciegos”. La vida moderna perjudica la vista; pero peor aún, nuestros ojos están capturados por la TV, por el Internet, por la escuela que “domestica y adormece”… La realidad que se nos presenta representa sólo el fragmento que interesa que percibamos y oculta aquella parte “peligrosa”, que no conviene se sepa. Los media informan; pero no “forman”, y más bien “desinforman”. Jesús viene a quitarnos estos impedimentos y cobrar conciencia del escenario en que nos movemos, primera condición para superar nuestra “indiferencia”, como nos recomienda el Papa Francisco.
  • “Proclamar el año de gracia del Señor”, es decir, un “Jubileo”. Recordamos el que tuvimos al inicio del Milenio (ahora estamos en otro año jubilar, el de la “Misericordia”). En el antiguo Israel, cada 50 años se daba un año jubilar, en el que se perdonaban las deudas, las tierras volvían a manos de sus propietarios originales y los esclavos quedaban libres. Recordemos la mal lograda campaña de San Juan Pablo II para la cancelación de la deuda externa para los países pobres (la ambición egoísta pudo más que la solidaridad). Jesús viene a proclamar un Jubileo; pero no de 365 días, sino uno indefinido. Nos deja la tarea, luchar contra todas aquellas estructuras que esclavicen y empobrecen.
  • Una vez terminada la lectura, Jesús volvió a enrollar el pergamino y se sentó. Se hizo un gran silencio expectante en el recito, y Él comenzó a hablar. Por cierto, su homilía (al menos lo registrado) no pudo ser más breve. Sólo dijo: “hoy se ha cumplido este pasaje que acaban de oír”.
  • Empezaba con esto la realización de las antiguas profecías y la misión del Mesías. El slogan “Ya está aquí el Reino de Dios”, anunciaba su consecución en germen, en semilla. Jesús simplemente dejó las bases, y ahora nos toca a nosotros llevarla a cabo. Su programa es nuestro programa. Ser cristiano significa continuar su obra, proclamando la alegría del Evangelio a los empobrecidos, a los cautivos, los “injusticiados”, los “victimizados”, los enceguecidos y adormilados… para despertarnos y poder vencer nuestras cómodas indiferencias egoístas. El Papa Francisco nos impulsa y apremia a ser testigos del rostro misericordioso del Padre Dios. No veamos este año Jubilar simplemente para ganar indulgencias con una confesión rutinaria más, sino veámoslo como una interpelación para convertirnos, despertando nuestras capacidades compasivas para con los sufrientes de nuestro entorno, superando las inercias y la indiferencia, y abriéndonos a la sociedad local, nacional y global.

C-02 LA SIGNIFICACIÓN DEL VINO

C-II- Jn 2, 1-11

Cuando Jesús estuvo en el desierto, después de haber cobrado conciencia de ser el Mesías y consecuentemente, que tenía todo el poder de Dios en sus manos, seguramente se habría pensado algo sobre sus milagros. En principio, tendría que hacer algunos, para manifestarse; pero superada la tentación de presentarse un Mesías milagrero espectacular –arrojarse desde la torre del Templo, salvar al mundo desde el poder- manifestaría la omnipotencia de Dios, no tanto desde el poder, sino desde la misericordia (que es desde ella como se manifiesta su omnipotencia). Por supuesto, renunciaba emplear sus capacidades divinas en beneficio propio (como lo tentaba el ladrón en la cruz), pues le quedaba claro que se mantendría siempre fiel a su condición humana. Sus milagros no se producirían para mostrar su poder, sino la compasión hacia los sufrientes. Pero, de cualquier manera, su primer milagro necesariamente habría de ser “epifánico”; pero discreto y no espectacular. De modo que Jesús todavía no tenía claro cómo podría ser esto.

Quién le dio la clave fue su madre. Ella había sido invitada a la boda de unos amigos de Caná, y asistió con su hijo, quien se hizo acompañar de algunos discípulos. Perspicaz, como toda mujer, María notó que el vino ya estaba escaseando (llegó más gente de la prevista). Siendo los banquetes de bodas tan importantes en aquella cultura, el vino era un elemento central, y sus amigos estaban en apuros. Así que le lanzó a su hijo una indirecta –“¡Ya no tienen vino!”-. Jesús captó en seguida la petición; pero respondió evasivo: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora”. María pensaría: ¡Cómo que aún no llega su hora! ¡Pero si ya hasta se le está pasando! Ya estaba impaciente para que su hijo se diese a conocer e iniciase su misión; pero veía que se seguía preparando y preparando… Conociéndolo, probablemente tendría cierto temor o indecisión. María no era de esas madres posesivas que piensan siempre que sus hijos son todavía pequeños y que deben esperar aún para salirse del hogar y hacer su vida. Su hijo necesitaba un empujoncito, así que lo comprometió con los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”. Jesús cayó entonces en la cuenta de que no podría haber mejor ocasión para manifestarse por vez primera que un banquete de bodas. Esto encajaba con la tradición profética, que comparaba los tiempos mesiánicos con un espléndido banquete con “manjares exquisitos y vino de solera”… y justamente, en una boda, pues Isaías había profetizado que el Justo surgiría esplendoroso y los pueblos verían su gloria, constatando el amor de Dios hacia Jerusalén, “como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu hacedor; como el esposo se alegra con su esposa, así se alegrará tu Dios contigo”-. Así que convirtió en vino el agua de seis tinajas para purificación.

Como hemos estado viendo, la fiesta de la Epifanía originalmente (y aún hoy en algunas Iglesias) comprende los tres acontecimientos que hemos venido recordando en sendos domingos: la adoración de los Reyes, el bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino. Como en las demás epifanías, examinamos: el “manifestante”, esta vez no es Dios Padre, como en las dos anteriores, sino Jesús mismo, quien a su vez es el “manifestado”. El signo epifánico fue su primer milagro, con esa modalidad de compasión y misericordia que posteriormente marcaría todos sus demás milagros, y que en este caso sacaría de apuros a sus amigos pobres. Los “destinatarios” de la manifestación no fueron todos los concurrentes, sino tan sólo los mínimos; ni siquiera el padrino, quien después de probar el vino reprendió al joven inexperto (las mejores bebidas se sirven al principio, pues luego, cuando los invitados ya están algo tomados, ni se fijan en lo que beben). Los principales destinatarios los menciona explícitamente el evangelista: “así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”.

El episodio es un ejemplo para la proyección de nuestra personalidad. El ansia de notoriedad nunca conviene (fue esa, quizás, la que perdió al “Chapo”, con sus aspiraciones fílmicas). La fama nos hace perder piso y pervierte la finalidad de nobles metas. Cuando sea conveniente darnos a conocer, procuremos hacerlo con suficiente discreción, sin perder de vista la recta intensión de las finalidades que nos proponemos.

El milagro nos hace apreciar lo importante que son de las fiestas para convocar personas unidas por un mismo ideal. Esos momentos de celebración, de alegría compartida, dan a la rutina de la vida un descanso necesario, y expresan el goce del vivir. El vino, cuando no se busca por la peligrosa embriaguez hedonista, tiene ese significado, de alegrar el corazón humano.

C-01 El bautismo de Jesús: SIGNOS EPIFÁNICOS II

Bautismo de Jesús – Dom I Ord (Lc 3, 15-16. 21-22)

  • La Epifanía, como ya dijimos, significa “brillo”, “iluminación”, “manifestación, “revelación”. Ese Jesús de Nazaret, en todo semejante a sus vecinos, fue dado a conocer en su ser profundo, de Mesías, Hijo de Dios. En las iglesias católicas de Oriente, en esta fiesta se celebran todavía tres de estas manifestaciones –la Adoración de los Reyes Magos, el Bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en las bodas de Caná-. En cambio, en las iglesias católicas de Occidente (de Rito Latino), dichas tres epifanías se separan en tres domingos distintos.
  • Juan era hijo de Zacarías, sacerdote levítico de Jerusalén. Estaba, pues, destinado a continuar con la profesión familiar –desempeñar un ministerio reconocido- y podría haber escalado un digno lugar; pero desde joven rompió con esa tradición, salió de la casa y pasó unos años en el desierto. Allí hizo un diagnóstico religioso acerca del Pueblo: éste no había respondido a la misión que Dios le confiara en la Alianza; se había pervertido, y ahora Dios ya estaba cansado. Era la última oportunidad. Ya el hacha estaba puesta a la raíz del árbol…. Eligió un ligar en la ribera del río Jordán, frente a la ciudad de Jericó, y predicaba un bautismo de penitencia. Los baños de purificación por inmersión en agua no eran infrecuentes –los tenían los monjes del Qumram y en el templo de Jerusalén mismo-; pero lo original era que los discípulos se sumergieran en un río, simbolizando que las aguas corrientes se llevaran los pecados (obviamente, este bautismo sólo aparentemente se asemeja al sacramento cristiano, que simboliza y realiza la muerte y resurrección de Jesús). La gente, en vez de seguir yendo al Templo de Jerusalén, prefería visitar al profeta y hacerse bautizar por él. Lo hacían en la ribera oriental, del lado del desierto, y salían del otro lado –justo por dónde, muchos años atrás, el pueblo hebreo había cruzado para entrar en la Tierra Prometida-, y de este modo emulaba un reingreso en la Alianza.
  • No perdamos de vista que Jesús era un ser humano “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”. Parte de nuestra condición humana es la de ser buscadores; de ir a tientas y a oscuras tratando de descubrir una posible misión en la vida. Jesús se sentía llamado por Dios; presentía que quería algo de Él; aunque no tenía muy claro lo que fuera. Después de examinar las distintas corrientes espirituales de su tiempo, percibió que el movimiento desencadenado por su primo Juan representaba la opción espiritual más elevada, y decidió visitarlo y hacerse su discípulo. Se acercó humildemente para ser bautizado, pidiendo a su Padre que le revelara su voluntad, y justo en ese momento “se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: ´Tú eres mi Hijo, el predilecto, en quien me complazco’”.
  • En cualquier “epifanía” es necesario conocer: ¿Quién manifiesta? (siempre es Dios Padre). ¿A quién se manifiesta? (el manifestado es siempre Jesús). ¿Quiénes son los destinatarios de dicha manifestación? (el domingo pasado, los reyes magos, y a través de ellos, a todas las naciones, incluso paganas). ¿Para qué medio o señal se manifiesta? (una estrella). En el caso presente, no parece que los destinatarios de esta manifestación hayan sido las multitudes seguidoras de Juan, pues no se narra ningún cambio en ellas. Parece que los únicos que pudieron escuchar la vez fueron Juan y Jesús (para el resto de la gente, se trató sólo de un rayo). El Espíritu Santo bajó en forma sensible (dice que “algo parecido a una paloma”, que fue esta ave la que quedó plasmado la iconografía) y se posó sobre su cabeza. Esto evoca una especie de “unción”. Jesús, pues, en ese mismo momento fue el Ungido (el Cristo, el Mesías). Cobra conciencia de su ser. Es el Mesías esperado desde siglos, el Hijo de Dios, tiene todo el poder divino en sus manos… Jesús queda anonadado, y quizás por consejo de Juan, se retira al desierto para discernir y poner en claro esta revelación, para poder iniciar su vida pública.
  • Si nosotros nos mantenemos abiertos, como Jesús, dispuestos a hacer la voluntad del Padre sobre nuestra vida, se podrá dar una “epifanía”. Esta vez no se nos revelará por un signo celestial -la estrella o la voz del Cielo- que con toda claridad nos diga lo que tenemos qué hacer. A nosotros nos toca descubrirlo. Serán ahora los “Signos de los Tiempos”, los hechos de la vida, los que pueden ser “leídos” en clave epifánica. Para esto, sintamos que Dios nos dice a cada uno “Tú eres mi hijo, el predilecto, en ti me complazco”. Sentirnos amados por Dios nos interpela a una generosa respuesta. Pero hemos de tener cuidado de no interpretar mal los signos. Se requiere del discernimiento para asegurarnos de que es voz de Dios y no alucinaciones o engaños del Mal. Para ello, conviene “retirarnos al desierto” y clarificar nuestra respuesta.