B-006 LA SAGRADA FAMILIA: ¿SIGUE SIENDO PARADIGMA HOY?

Lc 2, 22-40

  • Dentro del clima navideño, nuestra mirada se dirige espontáneamente hacia aquella casita de Nazareth, donde vivía José y María, y donde el niño Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”
  • La familia es una institución primordial; es la “célula de la sociedad”, el oasis en medio del ajetreo citadino; aunque también puede ser causa de tensiones, abusos y problemas. La antropología cultural registra gran variedad de estructuras de parentesco, que se han dado y se dan en diversos tiempos y lugares. La familia de José estaba organizada de modo muy diverso a las familias nucleares modernas.
    • En Galilea, el núcleo familiar era el del clan. En el solar patriarcal (del varón de más edad), los hijos o hermanos casados construían sus respectivas viviendas, compartiendo un mismo patio, dónde guardaban sus aperos comunes, lavaban la ropa, tenían el horno para el pan, e incluso, un lagar. Una barda rodeaba ese espacio y un portón que se atrancaba por la noche. En ese espacio convivían los niños, considerados como “hermanos”, que entraban indiferentemente en cualquier vivienda.
  • Frente a este modelo (aún presente no hace mucho entre las familias del campo mexicano), la actual familia nuclear urbana presenta claras diferencias. En primer lugar, la pareja vive en un pequeño departamento con pocos hijos (el recurso a los anticonceptivos). No son raros otros tipos de familia, como la monoparental o en la que conviven los hijos de la pareja con hermanastros, hijos de una pareja anterior. Pero no hay que olvidar que aunque esté distante, los miembros ancestrales del clan siguen influyendo en la dinámica personal y familiar.
  • Los ancianos, que en la familia tradicional eran los “patriarcas” que controlaban la economía y el poder, y gozaban de prestigio y autoridad, ahora quedan solos, acaso internados en alguna casa de reposo, careciendo de poder
  • Antes, el varón era el que salía a trabajar y la mujer se dedicaba exclusivamente a los quehaceres domésticos. En cambio, ahora ambos cónyuges trabajan fuera y por tanto, ambos hacen las tareas del hogar, quedando menos tiempo para la convivencia intrafamiliar
  • Los adolescentes se dedicaban únicamente al estudio, y les quedaba tiempo para jugar en la calle con los vecinos. Ahora, en cambio, la escuela organiza mucha actividad extracurricular y en casa se quedan solos. entretenidos con las redes sociales o los videojuegos.
  • En efecto los bienes tecnológicos de hace apenas unas décadas eran los electrodomésticos, destinados para toda la familia. Los bienes tecnológicos actuales, en cambio, son individuales -cada cual sus cosas-, y cada cual tiene su propia televisión, su laptop, su IPhon, quizás su auto, y el horno de microondas permite comer cada cual cuando puede. Ya no es posible el control total de los programas por parte de los padres y se les tiene que formar en la responsabilidad personal…
  • Estos cambios sociológicos se convierten en desafíos para la construcción creativa de nuevos estilos familiares, que al mismo tiempo conserven algunos valores y virtudes tradicionales. En la Biblia se recomiendan a los hijos el respeto, el honor, la obediencia y el cuidado hacia sus padres. Estas virtudes son imprescindibles; pero ahora aquel autoritarismo patriarcal, que antes funcionaba, tiene que ser complementado o sustituido por relaciones más circulares, de diálogo, respeto recíproco, tolerancia, participación, equidad, escucha y libertad; y esto no sólo entre los cónyuges, sino también para con los hijos, quienes por su parte deberán reconocer que hay límites a respetar y el sentido de corresponsabilidad, superando el individualismo. Se habrán de respetar las metas y el propio proceso de desarrollo de cada miembro de la familia; pero al mismo tiempo, se exige un correlato sentido de comunidad familiar, comenzando porque todos compartan las labores domésticas.
  • Aunque la estructura familiar se modifique, existen ciertos valores vividos por la Sagrada Familia en Nazareth y que no tienen por qué desaparecer. De entrada está el amor, que es la argamasa que construye esta convivencia. Sin embargo, a veces este amor se presupone, una vez expresado solemnemente en el rito nupcial de los esposos y vivido en la intimidad familiar de lo cotidiano, se da por supuesto, como si el amor fuese algo ya asegurado y que bastaría simplemente con cumplir las tareas habituales. Se olvida así de las muestras de afecto en detalles simples, pero que implican virtudes domésticas, tales como la amabilidad, la mansedumbre, la cortesía o la atención… y que tienen su correlato en la otra parte, en la reciprocidad y el agradecimiento. San Pablo (Col 3, 12-21) exhorta a “revestirnos de compasión”, es decir, ponernos en el lugar de los otros y participar de sus sufrimientos y de sus alegrías, y cultivar mucho la paciencia.
  • Algo que las condiciones de vida moderna requiere de prevención es la virtud de la humildad: ahora, cuando la mujer tiene que salir también del ámbito doméstico para un trabajo remunerado, puede darse una especie de competencia entre los cónyuges, cuando por ejemplo, uno de ellos obtiene un puesto mejor o un ascenso. El otro cónyuge puede sentir esto como una especie de rebajamiento, por lo entonces se tiene que cultivar más la humildad, estando alerta para no dejarse llevar por la envidia, la competencia o la presunción. La oración en familia puede ser una fuente de energía para superar las dificultades.
  • La comunicación frecuente es algo ineludible. Especialmente, el diálogo, en el que lo primero es la escucha sincera y humilde al otro, dejándonos interpelar y reconociendo nuestros errores; pero acto seguido es el momento del “habla”, realizado con claridad, sin temor, buscando el momento oportuno, un hablar que puede a veces requerir de la energía y de rigor; pero que siempre se deba combinar con el afecto. Hoy más que nunca, cuando las condiciones actuales hacen pasar tiempo fuera del hogar, se necesita de la comunicación intrafamiliar. Se requiere de gran esfuerzo para no abandonar a los hijos y para acompañarlos en el reconocimiento de los límites existentes, que no pueden transgredirse sin riesgos. Las tecnologías de información digitalizada son algo que ya se nos impone. La computadora y el celular, al mismo tiempo que acerca a los lejanos, también aleja a los cercanos. Si aprendemos a emplear mejor estas tecnologías podrían ser fuente de comunicación profunda y ser aprovechadas para la transmisión de la fe y para la formación de los hábitos cívicos, que anteriormente eran tareas delegadas a las abuelas.
  • En fin, la Sagrada Familia es un icono simbólico, un paradigma que no hemos de perder de vista ante los cambios culturales actuales y la crisis de la institución familiar, justamente para ser repensada y adaptada a los desafíos culturales de la vida moderna.

B-Pascua V: AMOR, ESENCIA PROFUNDA DE LA TOTALIDAD

Jn 15, 9-17

  • Para la cosmovisión cristiana, el amor es la esencia íntima de la totalidad de lo existente. El amor es algo divino, pues como dice San Juan, “Dios es el Amor”, y por tanto, “el que no ama, no conoce a Dios”. Dios, por tano, no es un dios solitario, sino un Dios-Trinidad, todo un círculo amoroso, que no es un círculo cerrado, sino abierto, pues algo propio del amor es irradiar: el amor del Padre y del Hijo espiran el Espíritu Santo; pero la difusión del amor se torna generosidad gratuita: crea todo cuanto existe, en un derroche en cantidad y calidad, de estrellas y de seres imposible siquiera de imaginar.
  • Sabemos lo mucho que Dios nos ama a los humanos, por la sencilla razón de que nos envió a su propio Hijo, la Palabra, “por quien todo fue hecho”, y nos lo entregó hasta morir por nosotros, la prueba máxima del amor. Por tanto, si la semana pasada descubrimos que la relación entre los cristianos y Jesús de “configuración” –vivir en Él, con Él, desde Él, para Él-, siendo Dios el amor, nos toca permanecer en el amor. Y esto, no tanto disponernos a amarle a Él, sino más aún, hacer conciencia de que Él nos amó primero; nos ama a cada uno particularizadamente, con un amor de predilección… y esto provoca la reciprocidad.
  • Por supuesto, el amor es algo analógico (hay diversos tipos) y en todos ellos está Dios; pero en algunos tipos más que en otros: no se trata de ese amor romántico, emotivo, cimentado en el sentimiento, sino el que se arraiga en la voluntad. Sabemos que amamos a Jesús en que cumplimos sus mandamientos: un amor que implica exigencia ética, y esa ética no puede ser otra que la ética del amor (no la del “deber”): sabemos que amamos a Dios en que amamos a los hermanos, a todos ellos (diferenciadamente), incluso un amor que se extiende aún a nuestros enemigos. Se nos pide, incluso, tener para con nuestros hermanos un amor tan grande como el que nos tuvo Jesús: “dar la vida por ellos”.
  • Meditamos en esto desde el contexto actual: un mundo cuyos valores son el hedonismo egoísta, el individualismo, la ambición que no se detiene ante los sufrimientos del hermano, sino que se aprovecha de él; que a otros hermanos de la especie a quienes despoja de su ser, los considera como “población sobrante”, como posibilidades de arrebatarle lo poco que queda para una ambición desmedida, del tamaño del Planeta; un amor que se degrada a lo meramente utilitario: satisfactor de placeres egoístas, para después “tirarlo”, sin importar consecuencias (y a eso se le llama “hacer el amor”).
  • Pero el resultado de esas actitudes narcisistas son la depresión y la soledad. En cambio, la recompensa del amor cristiano que nos ofrece Jesús es la alegría plena. Podemos medir la magnitud de nuestro amor por la intensidad de alegría con que vivimos el Evangelio

B-Pascua IV: INSERCIÓN

Jn 15, 1-8

  • La relación entre los cristianos y Jesús es una relación misteriosa y del todo desusual. Por supuesto está la relación entre maestro y discípulo -aprender sus enseñanzas-. Está la relación entre un líder y sus seguidores –apasionarnos por su ideal, inclusive al punto de entregar la vida por la misma causa por la que Él vivió y por la que Él murió, como una causa más importante que la vida personal. Está también la relación entre un dios y sus adoradores, de dependencia, reconocimiento de ese “Mysterium Tremendum”, de la grandeza de su Infinita Majestad y la pequeñez de la creatura. Esto es muy importante; pero la unión entre Jesús y los cristianos es algo más que todo esto; es algo que difícilmente podríamos comprender fuera del género parabólico, como el que San Juan empleó el domingo pasado en la figura del Pastor y sus ovejas.
  • Pero como observamos a semana pasada, estas metáforas (el “pastor”, la “puerta”), si bien por un lado clarifican una realidad profunda y misteriosa, por otro lado, la dificultan, ya que cualquier comparación es limitada y ambigua, y para el tema que trataremos, resultan siempre se quedan muy cortas. Además, como vimos la semana pasada, hay que tener en cuenta la diferencia de contextos, tanto del lugar donde se produce la metáfora, como el de donde se recibe. En el día de hoy, dicha alegoría es la vid: mientras que Palestina es tierra de vino y la vid es considerada como una planta nacional (nutre de identidad cultural); en cambio, en gran parte de México, la vid es casi desconocida. Recuerdo en una ocasión en que predicaba esto en una comunidad rural, un anciano propuso tomar como significante para este tema al maguey, nuestra planta cultural. Obviamente, al cambiar el significante se afecta al significado: en este caso, las distintas pencas del maguey destilan su aguamiel a la “cabeza” del agave, lo que podría connotar la “comunión de los santos”, es decir, cómo nuestra santificación o pecado personales afectan también a toda la comunidad eclesial. Esto sería otro bonito significado; aunque nos aleja un tanto del tema de hoy.
  • Para comprender el significado de esta parábola hay que empezar por describir su significante: hay que distinguir entre el tronco de la planta (la vid propiamente), de sus “sarmientos” o guías, como hacen todas las plantas trepadoras (la calabaza, el chayote o grutas como la sandía o melón), y finalmente, el fruto (las uvas). El racimo de uvas se nutre de la planta misma, que absorbe los minerales necesarios de la tierra; pero lo hace a través del “sarmiento”, que busca trepar para que el fruto quede más expuesto al sol. El sarmiento es sólo una mediación que transmite la sabia; pero no es un nutriente fontal.
  • La vida cristiana no se reduce a “imitar” a Jesús; menos aún, a admirarlo y proclamarlo a modo apologético, imponiéndolo como “único camino” (“one way, Jesus”). La relación del cristiano con Jesús habrá que entenderla desde el plano mistérico, de una inserción del cristiano en la vida misma profunda de Jesús. Él es el que produce fruto y nosotros somos sólo instrumentos mediadores. Hay cristianos que trabajan mucho; son incansables en otras apostólicas, empresas y relaciones múltiples; sin embargo, por alguna razón lo que hacen no convence. Probablemente se debe a que se trabaja confiando en las propias fuerzas y posibilidades -nuestra preparación y los recursos económicos que contamos-, y entonces percibimos -con santa envidia- como otras personas con menores recursos, producen fruto mayor. Las obras cristianas no se producen por el la fuerza de la voluntad y por los recursos que logramos obtener. Diremos que habría que revisar nuestro “sarmiento”.
  • De igual forma, el “sarmiento” podríamos extenderlo a cualquier medicación que se interponga entre los creyentes y Jesucristo. Tales “mediaciones” -de las que no podemos prescindir-, pueden ser institucionales (estructuras eclesiales, movimientos apostólicos, espiritualidades, etc.), que ciertamente nos vinculan; con tal que a su vez se mantengan unidas al fuerte tronco.
  • Con estas aclaraciones podemos ahora comprender mejor el “significado” de la alegoría. La vida espiritual en el Cristianismo no tiene su origen en la mera fuerza de voluntad (ejercicios ascéticos de meditación), sino en la capacidad que tengamos de “insertarnos” en Cristo, de configurarnos con Él, de vivir en Él, por Él y en Él. Nuestra fe contribuye a mejorar el mundo; pero para ello, pide de nosotros algo más que una mera actitud ética. Por supuesto, para “configurarnos” con Jesús hay que conocerlo mejor –leer los evangelios, estudiar algo de la antropología y sociología de su tiempo, imitarlo y seguirlo. Pero no se trata de un mero modelo. Hay que sentir lo mismo que Él sintió: su compasión amorosa, su ternura; pero sobre todo, su pasión por el “Reino”, el proyecto del Padre. Para ello, ser conscientes que Él está vivo y que nos podemos comunicar con Él. En una oración tratar de escucharlo y familiarizarnos con su Espíritu. Sabiendo que su presencia se realiza mediante sus “signos”. Empezando principalmente con los signos de la Eucaristía (por la comunión, recibirlo es unirnos a su cuerpo y sangre de la forma más cercana: el alimento). Pero también, saber descubrirlo en la Palabra (los Evangelios), en los pobres, en los Signos de los Tiempos. A no vivir sino desde Él; a permitir que Él siga actuando a través de nosotros… y poco a poco no iremos asumiendo otros anhelos, sentimientos y formas de ver el mundo: los suyos.