B-Pascua I LA RESURRECCIÓN

  • La presentación que los evangelistas hicieron de la Resurrección de Jesús sigue el esquema judicial. Las circunstancias habían colocado al pueblo ante un difícil discernimiento. Jesús les había planteado una propuesta religiosa basada en el “Sistema del Amor” a partir de los más vulnerables; pero aunque decía que no había venía a destruir la Ley antigua, sino “a darle su plenitud”, en la práctica resultaba un rompimiento respecto a aquella interpretación legalista y acartonada de los fariseos, con ese ritualismo y abusos del “Sistema del Sacrificio” (transferir las impurezas del oferente a su “chivo expiatorio”, le alienándolo de cualquier responsabilidad ética). Por la contraparte estaban las legítimas autoridades religiosas que gozaban del respaldo de la ley y de la tradición y que rechazaban a Jesús: no podía venir de Dios ya que no observaba el sábado -el respetable “Día del Señor”-, no cuidaba de “mancharse” tocando a leprosos, sus discípulos comían sin las lustraciones (lavarse las  manos antes de los alimentos), comía con publicanos y se rodeaba de pecadores, y esto, sin mencionar frases provocativas, como cuando llamaba a Dios “padre” suyo y que incluso pretendía identificarse con Él (“el Padre y yo somos la misma cosa”). Los indudables milagros que hacía –y que podrían probar la aprobación divina- también podrían provenir de un pacto diabólico y que los realizara “por el poder de Belzebú, príncipe de los demonios”.
  • Ambas propuestas religiosas se habían enfrentado como antagónicas e irreversibles y una de ellas tendría que caer. La gente estaba confundida. El único que podría resolver el dilema era Dios mismo; pero Él no le permitió a Jesús utilizar el poder divino en su propio beneficio. Lo que se le pedía era su fidelidad a su humanidad, incluso hasta la muerte. Si como decían las autoridades religiosas Jesús era un blasfemo, merecía la muerte por lapidación; pero los romanos se habían abrogado la pena capital, y no entendían ellos de cuestiones religiosas judías, de modo que la única forma de que los romanos mataran a Jesús había sido fabricarle un delito: la sedición, que merecía la crucifixión. Pero incluso en el último momento, la agonía en la cruz, Dios calló y Jesús experimentó el abandono de su Padre. Todo parecía que Jesús habría fracasado y que Dios estaba de parte de las legítimas autoridades religiosas. Pero una vez que Jesús murió y fue sepultado, finalmente, Dios se pronunció por Él, resucitándolo de entre los muertos. El libro de los Hechos de los Apóstoles repite varias veces el mismo esquema a propósito de la Resurrección: “a ese Jesús, a quien ustedes dieron muerte entregándolo a los paganos, a ese, ¡Dios lo resucitó!” Dios no estaba de parte de las autoridades religiosas, sino del ajusticiado, del rechazado.

·         Ciertamente el pronunciamiento de Dios fue muy discreto; apenas lo necesario; pero suficiente (fenómenos meteorológicos -el terremoto, el oscurecimiento del sol- podrían aparecer azarosos). Siendo la resurrección un hecho histórico, su veracidad dependerá de testigos, con las cualidades requeridas: ser sujetos de crédito, tener conciencia y que les constara personalmente. Las mujeres que fueron al sepulcro a ungir el cuerpo con perfumes, únicamente vieron removida la losa de entrada y asomándose, sólo vieron los lienzos. Los testigos que confirman la resurrección fueron, ciertamente, allegados suyos; pero no parecían predispuestos a creer cualquier alucinación (por eso Jesús pide que lo toquen, que le den de comer). Tan no estaban predispuestos que a pesar de estar tan familiarizados con su persona, lo confundían y sólo lo reconocen mediante algún signo: las llagas, las espinas del pescado, la palabra “María” pronunciada con ese tono tan peculiar, la pesca milagrosa, la fracción del pan, etc. ¿Será que el cuerpo resucitado sufre algunas transformaciones (atraviesa puertas cerradas, viaje rápidamente a Galilea, etc.)? ¿O será que más bien estaban inclinados a no aceptar la resurrección (lo habían visto: ¡tan bien muerto!)?

·         También es cierto que hubo testigos de la versión contraria: los soldados que guardaban el sepulcro afirmaron que mientras dormían, los apóstoles habían hurtado el cuerpo del sentenciado para hacer creer en la resurrección. Pero su versión era claramente un falso testimonio, ya que si estaban durmiendo, no pudieron saber si realmente algunos discípulos robaron el cadáver; máxime, como se supo posteriormente, que los Sumos Sacerdotes les habían dado monedas para sobornarlos.

·         De todos modos, aceptar la resurrección de Jesús no es fácil. Menos después de dos milenios de aquel suceso. Si aquel hecho sólo pudo ser creíble por el testimonio de alguien a quien le consta, ¿cómo pueden nuestros contemporáneos creer en este hecho, tan fundamental para nuestra fe? ¿Quién podría testimoniarlo? Sólo los auténticos creyentes. ¿De qué manera podemos ser creíbles de esta fe? Sólo mediante actitudes testimoniantes:

o   Vivir alegres.- Si la muerte subyace en cualquier tristeza profunda (enfermedades, separaciones, fracasos), la actitud de alguien que cree que la muerte puede superarse es la alegría. “La alegría –dijo Chesterton- es el gigantesco secreto de los cristianos”, pues como decía Santa Teresa, “un santo triste es… un triste santo”.

o   La valentía.- El miedo más hondo se produce ante el riesgo de morir; es el pavor ante nuestra desaparición. Pero quien cree realmente que la muerte no es definitiva; que hay vida más allá de la tumba, puede enfrentarse a los riesgos con valentía. Un cristiano cobarde no merece ser tomado en serio por nadie.

o   La esperanza.- Para actuar necesitamos de ideales que proyecten hacia el futuro nuestra vida. Pero la muerte frustra todos nuestros anhelos y proyectos, y esta llega fatalmente, tarde o temprano, de modo que la frustración parece inevitable. Pero al creer que hay vida más allá, se genera la esperanza, virtud que nos da seguridad y confianza de que nuestros anhelos más profundos –nuestra ansia de justicia, de paz, de libertad, de amor– habrán de tener cumplimiento.

o   El amor.- Por último, es una actitud que no se comprende plenamente sin un más allá: “El amor es más fuerte que la muerte”. El egoísmo siempre acecha e impide una entrega amorosa total, por lo que en toda entrega generosa siempre hay algo de muerte al “ego”. Podemos negarnos a nuestros intereses más fácilmente cuando tenemos fe en la resurrección. ·         Por eso la alegría de la Pascua no trata simplemente del “happy-end” de nuestro héroe, quien después de muchas desventuras logra triunfar. El Misterio pascual –la muerte y resurrección de Jesús- es también el misterio de nuestra propia muerte y de nuestra propia resurrección. La liturgia nos permite un doble salto mortal mistérico: primero, morir con la muerte de otra persona (¡¡¡), y segundo, con la muerte de aquella persona que vivió dos milenios atrás (!!!). Este proceso se inició el día de nuestro bautismo y se irá completando en el día-a-día, hasta que nos llegue el momento crucial de nuestra propia Pascua, “paso”) de nuestra muerte a la vida eterna.

B-28 SOBRE CAMELLOS ELÁSTICOS Y AGUJAS GIGANTES

Mc 10, 17-30

  • Es escandalosa e incomprensible la desigualdad económica mundial: el 1% de la población posee el 99% de la riqueza mundial. La riqueza de 8 empresarios es igual a la de la mitad de la población mundial. Un puñado de superricos (unas 6,000 personas, entre financieros, militares, políticos, líderes de las comunicaciones, del deporte y del espectáculo, etc.) controlan el mundo y constituyen un gobierno mundial. Las riquezas acumuladas por unas cuantas megacorporaciones y sus instituciones financieras imponen sus decisiones a los Gobiernos, defendidas con sofisticado armamentismo y espionaje. Aquí, 10 mexicanos tienen tanta riqueza como la de la mitad de la población.
  • El principio de la maximalización de la ganancia provoca efectos amenazantes: el agotamiento de los recursos naturales, la destrucción de medio ambiente y el empobrecimiento creciente de miles de millones de seres humanos. Es lo que el Papa denomina “la cultura del descarte” (se “descartan” como obsoletos millones de toneladas de productos diseñados para ser desechados, igual que se descartan centenares de millones de personas, que se quedan sin país donde sobre vivir y sin satisfacer sus necesidades más elementales). Esto, al mismo tiempo de indudables “avances” tecnológicos, jamás soñados; pero destinados a minorías hiperconsumistas gracias a una tecnología diseñada para prescindir del trabajo humano: grandes masas en calidad de “descarte”.
  • Como el legendario Frankenstein que mató a su creador, toda esta maquinaria (que podría calificarse de “infernal”) cobra autonomía. Quienes se encuentran identificados con ella se convierten en servidores suyos, sin que nadie pueda hacer nada para desmontarla. El Capital mundial se ha convertido en un ídolo cruel, que exige el sacrificio humano por hambre o por las armas, y lo que es peor, exige el sacrificio de la propia conciencia.
  • Este “rico” es incompatible con el Evangelio, que busca fraternidad y justicia. Entre Dios, Padre de Jesús y el sistema de ganancias actuales hay incompatibilidad radical. En tiempos de Jesús: Israel estaba abandonando su vocación inicial fraguada en el desierto, con sus estructuras fraternas (las tierras volvían a sus propietarios originales…). Con las Ciudades, deudas e impuestos despojaban a los campesinos de sus tierras. Un “rico” urbano era un saqueador. Como decían los Santos Padres, “en el origen de los grandes capitales hubo siempre rapiña”.
  • Esto escandalizó a los apóstoles –“¿Entonces quién puede salvarse?”-. Los ricos eran visto como los justos, mientras que los pobres estaban hundidos en sentimiento de culpabilidad, considerados como “impuros”. También hoy, son la “gente decente”, con su peculiar “moral” centrada en “los 10 mandamientos”: no se roban ni una fruta del mercado. En cambio, los pobres son rateros, promiscuos, borrachos, flojos…
  •  El joven rico de hoy llevaba, ciertamente, una vida “moral”; tenía su concepción de lo bueno y lo malo según la moralidad vigente, lo convencional (los “mandamientos”). Jesús lo remite a otra perspectiva ética fundamentada, donde lo Absoluto sólo lo son Dios y el pobre, todo lo opuesto a los principios de la Economía de mercado y sus axiomas técnicos, sagrados e inmutables. Pero desde el Evangelio, los “negocios” deben juzgarse desde la dimensión ética, que no suele tomarse en cuenta.
  • Estos “ricos” suelen justificarse con interpretaciones forzadas del Evangelio, donde camellos elásticos ambulan a través de agujas gigantes. Por eso, para Jesús es importante que sus seguidores se desprendan de la propiedad individual, que se desconecten de este sistema de mercado conducido por el criterio de la maximalización de la ganancia, que emprendan un difícil éxodo del sistema actual (incluso con ruptura de lasos de sangre), para trabajar, poco a poco, por un nuevo proyecto de economía solidaria en el que se vuelvan a recuperar “casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras”. Obviamente, esto no podrá darse, más que “con persecuciones”, pues los ricos se sentirán amenazados, ya que no los podrán explotar, y tratarán de deshacerse de ellos.
  • Pero Jesús no se cierra totalmente a personas ricas: “Para Dios nada es imposible”. Hay ricos que formación, contactos, capacidades, han sido muy importantes en la construcción del Reino. Sólo queda, pues, o el proyecto de la maximalización de la ganancia que lleva a la muerte y al exterminio, o el proyecto de Dios que busca la fraternidad construida desde los desposeídos, y para lo cual, renunciar a intereses particulares lleva a recuperarse en una economía solidaria, enriquecida de lasos compasivos más profundos que los de la sangre. Quizás ahora, con la nueva coyuntura política, se posible colaborar todos para un México más justo y por tanto, más pacífico. ¿Somos cómplices inconcientes de este proyecto de muerte (por nuestra indiferencia, ambiciones, pasividades, falta de información, etc.) o intentamos entrar en el proyecto de Vida, que es el de Dios?

B-15 CONSEJO PARA MISIONEROS EN CIERNES

B- XV CONSEJOS PARA MISIONEROS EN CIERNES

Mt 6, 7-13

  • Jesús era conciente de que su misión –como todo gran cambio a profundidad, requería mucho tiempo, que superaría, incluso, el tiempo de su propia vida, máxime si esa, previsiblemente, iría a ser más bien breve. Por tanto, vio la necesidad de enseñar y entrenar a su grupo cercano de colaboradores que habrían de continuar su proyecto. Además, era conveniente enviar una avanzadilla a los lugares donde pensaba ir, para que le fueran preparando la infraestructura y creando expectativas.
  • Sabemos que cualquier campaña requiere de cuantiosos recursos (las campañas para las elecciones de julio de 2018 costaron más de 1,250 millones de dólares). Curiosamente, los recursos invertidos en publicidad van en relación inversa con la calidad del producto: los buenos productos se recomiendan por sí solos; mientras que los de baja calidad requerirán de más recursos para que su consumo sea inducido. Para que se viera de que el proyecto de Jesús es de máxima calidad, envía a sus difusores prácticamente con lo que llevan puesto: ni túnica de repuesto, ni dinero en el cincho, ni bolsa para guardar sobras de comida. Tan sólo- en la versión de Mateo- les concede bastón para defenderse de los perros y sandalias para correr. Tendrán que ir tan sólo munidos de la Palabra de la que son portadores y totalmente confiados con ella, y de este modo su evidente desinterés será lo que les de credibilidad, por lo que en caso de no ser recibidos, constará que de allí no se llevan ni el polvo de sus sandalias. Les pide estabilidad en dónde se queden, justamente para favorecer la comunidad, como lo es también al enviarlos por parejas, para obligar a ponerse de acuerdo. Además, y como complemente del mensaje, les otorga dos poderes: expulsar demonios y curar enfermedades: Toda colectividad tiene sus demonios y sus enfermedades, y el propagador del Evangelio participa del poder sobrehumano de compasión de Jesús, que es lo que permite que la fe realice estos prodigios: liberar a las sociedades de demonios y enfermedades que les impiden su pleno desarrollo.

Hoy como entonces, la Iglesia no necesita de cuantiosos recursos, por más que la complejidad de la vida moderna no permita la total desposesión. Más que cadenas televisivas, requiere del testimonio de desinterés, sencillez y compasión, justamente para que el mensaje de Jesús mantenga su credibilidad.